Cultura

EFEMÉRIDES LITERARIAS

Charles Baudelaire, un lírico en la época del altocapitalismo

Este 31 de agosto se cumplieron 149 años de la muerte del poeta. Su obra permanece como una invitación para reflexionar sobre la modernidad capitalista.

Viernes 2 de septiembre de 2016

Foto: Retrato de Baudalaire, de Gustave Coubert (1848)

El interrumpir el curso del mundo era la más profunda voluntad en Baudelaire.
Walter Benjamin, Parque central

París, 24 de febrero de 1848. La ciudad arde. Las calles se llenan de manifestantes que rechazan la suspensión del derecho a la reunión. Un día antes el gobierno de Guizot inunda de tropas la ciudad, pero la Guardia Nacional se pone del lado de los manifestantes. Alexis de Tocqueville, miembro del parlamento, se encuentra con su cocinera al salir por la mañana de la habitación. Exaltada, la mujer le dice que afuera están matando al pobre pueblo. Arrastrado por las circunstancias a la calle, Tocqueville constata el carácter excepcional del alzamiento, aquello que lo distinguió de cualquier otro: “fue el carácter, no diré principalmente, sino única y exclusivamente popular de la revolución que acababa de producirse: la omnipotencia que había dado al pueblo propiamente dicho, o sea, a las clases que trabajan con sus manos, sobre todas las demás”. O como señaló Marx en su libro sobre Las luchas de clases en Francia: “Si París, en virtud de la centralización política, domina a Francia, los obreros, en los momentos de sacudidas revolucionarias, dominan a París”.

Entre los alzados se halla Charles Baudelaire. Entre, pero no con. Pide como ellos la caída del gobierno, pero difícilmente se confunde con ellos. No se trata de un proletario, pertenece en todo caso a la bohème, aquella masa “informe, difusa y errante” –como la consideró Marx– de “vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos” y que retrató Giacomo Puccini en su ópera homónima. Baudelaire quería distinguirse de la masa, pero nadie, hasta él, había formado parte de ella con tanta naturalidad. Ahí reside la tensión de su poesía, su heroísmo trágico.

Charles Baudelaire. Un lírico en la época del altocapitalismo, es el título de la obra que Walter Benjamin quiso escribir sobre Baudelaire. En los textos que quedaron del proyecto, el crítico aborda la obra de Baudelaire como los fragmentos de un mundo que aunque pertenece al pasado, aún puede alumbrar el nuestro. En ellos sería posible leer la historia del siglo XIX, descifrar críticamente a la modernidad. Obras tan incomprendidas y calumniadas como Salones –de 1845, 1846 y 1859 respectivamente–, El spleen de París, pero sobre todo, Las flores del mal, se convierten a los ojos de Benjamin un lugar privilegiado desde el cual otear aquellas sombras de la ilustración que habían sido dejadas de lado.

Y es que en su poesía afloran las tensiones de una época marcada por la modernización, sobre todo en aquel ciclo de poesías añadido a la segunda edición de Las flores del mal: Cuadros parisinos. En él aparece la destrucción del viejo París por las obras de Haussmann – “Se fue el viejo París (las ciudades, ay, cambian con mayor rapidez que un corazón humano)–, la industrialización, la introducción del transporte público – “les asusta el fragor del ómnibus que pasa”–, los escaparates luminosos de mercancía. La masa como supresión de ese miedo a ser tocado del cual hablará Elías Canetti configuró una nueva experiencia de la ciudad. Jamás los hombres se habían observado tanto tiempo sin la necesidad de hablarse. El amor a última vista –como lo nombrará Benjamin– es el propio del hombre de la multitud. En su poema “A una transeúnte”, el poeta cruza por un instante su mirada con una mujer y se enamora, a sabiendas de que jamás volverá a verla: “Un relámpago… ¡luego la noche!... ¡tú a quien hubiese amado, tú que lo sabías!”.

Lírica, en un momento en que una forma así difícilmente adquiriría lectores, la poesía de Beaudelaire es conciencia del derrumbe. Su París no es el de Víctor Hugo, que aún creía en el progreso, sino el de la más profunda putrefacción. El tiempo, cual catástrofe, todo se lleva tras de sí. Como escribe en su poema “El reloj”: “Tres mil seiscientas veces cada hora, el Segundo nos susurra: ¡Recuerda! –Presuroso el Ahora dice con voz de insecto: Soy el Tiempo Pasado y tu vida sorbí con esta inmunda trompa”. Por eso, en el poema que concluye Las flores del mal – “El viaje” – Baudelaire constata que pese a todo sólo habrá de descubrir “un oasis de horror en un desierto de aburrimiento” y que el viaje final, el único seguro, es la propia muerte.

Pues como lo viera con claridad Benjamin, las alegorías del poeta permitían quebrar la superficie radiante de la modernidad capitalista, pero no transformarla. La “facultad de entrever en estas multitudes sojuzgadas núcleos de resistencia –núcleos que forman las masas revolucionarias del cuarenta y ocho y los partidarios de la Comuna– no estaba destinada a Baudelaire” –escribe en un ensayo. Pero en su mirada teñida de melancolía por la catástrofe ya se habrían atisbado los primeros rayos de esperanza que preceden al resquebrajamiento.






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