¿Cómo llegó Estados Unidos a ser un país imperialista?

A propósito de la nueva intervención estadounidense en Medio Oriente hacemos un repaso histórico sobre cómo este país llegó a conformar su poderío. En esta nota desarrollaremos los inicios de la expansión imperialista norteamericana a fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

Brenda Hamilton

Consejera Directiva FFyL UBA @bren_hamilton

Viernes 10 de enero | 15:35

Para que este país se fuera consagrando como potencia fue necesaria una política de estado para superar rápidamente los lastres de haber sido un país colonial. El motor de este desarrollo innegablemente fue la voracidad por entrar al orden económico mundial de manera competitiva, tratando de ubicarse a la altura de la misma potencia europea de la cual se había independizado en 1776.

Este desarrollo económico como nación independiente de Estados Unidos tiene lugar y coincide con la consolidación de la etapa imperialista en el mundo, que Lenin sintetiza en las siguientes definiciones: concentración y centralización del capital, formación de monopolios (para eliminar la competencia), creación del capital financiero por medio de la fusión entre el capital bancario e industrial, mediante un proceso de exportación de capitales junto al reparto del mercado mundial y el reparto territorial del mismo entre las principales potencias.

En “El imperialismo, etapa superior del capitalismo” (1916) Lenin se detendrá sobre las particularidades de este país para plantearnos: “En Estados Unidos, el desarrollo económico durante estas últimas décadas, ha sido aún más rápido que en Alemania, y por esa misma razón los rasgos parasitarios del capitalismo norteamericano resaltan en particular relieve. [1]

Sin dudas esta nación logró mostrar una cierta excepcionalidad en su desarrollo gracias a la expansión territorial transfronteriza y a la concentración económica producto de la formación de los monopolios norteamericanos que destaca Lenin. Vale aclarar que este desarrollo político y económico no beneficiará al pueblo trabajador, sino que reunirá los grandes beneficios en manos de un grupo reducido de banqueros, empresarios y políticos.

Sobre estas bases materiales y el pujante avance de los Estados Unidos en el mundo, es que se apoyarán tanto las políticas de estado como la ideología dominante que sustentará este proceso con el objetivo de construir una retórica que acompañe y justifique al imperialismo.

La funcionalidad de la doctrina del “Destino Manifiesto”

En 1845, el periodista John L. O’Sullivan sintetizaba en la revista Democratic Review una de las principales referencias a esta influyente doctrina : “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino.” [2]

La avanzada territorial que vemos ya desde las anexiones de los estados de Texas en 1845 (derivando en la guerra con México entre 1846 y 1848) y de Hawái en 1898, pueden ser englobadas como parte de las políticas consagradas a través del “Destino Manifiesto”, tanto puertas adentro como hacia afuera. Sobre el cual la historiadora Graciela Abarca plantea: “esta ideología se vuelve fundamental para comprender la manera en que Estados Unidos se percibía-y se percibe- a sí mismo dentro del orden mundial. A través de la historia del país, el Destino Manifiesto, como sistema de valores, funcionó de manera práctica y estuvo arraigado a las instituciones.” [3]

Con esto la autora da cuenta de la importancia de esta idea-fuerza que fomentará el sentimiento de supremacía y por ende de autoridad, proveniente de las supuestas bases democráticas e inclusivas sobre las cuales se estaba consolidando el país. En cambio, los hechos nos muestran cómo la misma se utilizó para fomentar el ciclo económico favorable a los empresarios estadounidenses, que construían la nación con las directrices propias del liberalismo y la modernidad de su sistema político. [4]

En este sentido, también planteará cómo el denominado “Destino Manifiesto” será permanentemente readecuado por distintos gobiernos y en disimiles momentos para seguir perpetrando el imperialismo. Ya que el sesgo descalificatorio que dicha doctrina le otorgaba al resto de las naciones, le permitía moralmente a los Estados Unidos tener la supuesta potestad para inmiscuirse en políticas de estado ajenas. Siguiendo la línea de su argumento, ellos eran los únicos que podían expandir la civilización en naciones supuestamente atrasadas. [5]

Filipinas: primer bastión de una política decididamente imperialista

Una vez consagrado el objetivo de pacificación interna superando los límites de sus propias fronteras, Estados Unidos abrirá paso a la gran empresa imperialista en el año 1898 con la guerra librada contra España por el dominio de Filipinas [6]. Allí podemos ver el “parteaguas” que llevo al país a entrar en una nueva dinámica sin retorno ante el mundo: el imperialismo.

Esta guerra es expresión de cómo se intentará avanzar sobre otras naciones políticamente “débiles”, pero que a nivel económico son grandes poseedoras de recursos naturales y materias primas necesarias para el desarrollo de la economía capitalista. incluso a nivel comercial generando nuevos mercados disponibles para la venta de productos manufacturados e industriales producidos por los llamados “países centrales”.

El triunfo en el Pacífico, simbolizó entonces el ascenso del país norteamericano por haber desafiado y vencido a una vieja potencia imperialista como era España, acorralándola con su gran maquinaria bélica. Demostrando así ante el mundo que Estados Unidos había desembarcado para quedarse y que no iba a negociar su protagonismo en la economía mundial, por más que llegara tarde al “reparto del mundo” que ya habían hecho las potencias europeas durante el siglo XIX. Haberle ganado la guerra al tradicional Estado Español le consagró la preeminencia no solo en el pacífico sino también en las islas del Caribe, que fueron su siguiente objetivo.

En este sentido, la guerra por Filipinas puede ser entendida como un laboratorio de los mecanismos que serán a partir de ese momento utilizado en los subsiguientes países que sufrirán de la presencia y control de los Estados Unidos sobre sus territorios y producciones. Uno de los principales dispositivos será la cooptación de los movimientos nacionales a partir de otorgarles puestos estatales y en los engranajes principales de las economías a los antiguos líderes nacionalistas, en los nuevos estados ahora totalmente dependientes del imperialismo estadounidense.

El método de la dominación benévola con el que se conoció este proceso fue también acompañado por una dura represión social a las resistencias que desafiaban estas imposiciones. Para otorgarle un sustento ideológico a estas acciones, se dará una manipulación de la educación local en función de crear una noción de insuficiencia en los propios nativos, inculcando la idea de que requerían del imperialismo civilizatorio para poder ser parte del mundo moderno y “progresar”. [7]

Con los ojos puestos en el “patio trasero”

Apenas un año después de la cruzada en Filipinas vendrá la inmiscuida de Estados Unidos en Cuba, coronada con la famosa “Enmienda Platt” que limitaba constitucionalmente a la isla y la sometía ante el imperialismo estadounidense tanto económica como políticamente. [8]

En este mismo contexto, el país del norte realizó una serie de invasiones directas o indirectas en el caribe entre los años 1898 y 1916, que le permitieron abrirse paso y ganar mercados en Nicaragua, Costa Rica, Panamá (impulsando la independencia con Colombia para apoderarse económicamente de la zona), República Dominicana, México, Haití, Honduras y Guatemala. Enmascaradas todas estas intervenciones tras la “Doctrina Monroe” que abogaba por una “América para los americanos”, en referencia solamente a los americanos estadounidenses en consonancia con lo ya expuesto acerca del espíritu del “Destino Manifiesto”.

Podemos llegar a la conclusión de que toda esta primera etapa imperialista marcó a sangre y fuego las políticas de una nación que se forjó tras la sed expansionista y guerrerista persistente en la actualidad tanto dentro del partido republicano como del demócrata. En la historia del imperialismo quienes perdieron sus vidas, sufrieron y sufren las peores consecuencias de estas guerras son los hijos del pueblo pobre y trabajador, pero desde estas páginas apostamos y confiamos a que un día esta historia se de vuelta para construir un futuro sin explotación ni opresión.

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[1Lenin, “El imperialismo, etapa superior del capitalismo”. Editorial Anteo. Buenos Aires. 1974. Pág 154

[3María Graciela Abarca, “El Destino Manifiesto y la construcción de una nación continental”, en Pozzi y Nigra (comps.), Invasiones bárbaras…, op. cit, pág 44.

[4Eric Foner, “La Libertad Progresista”, en La Historia de la Libertad en Estados Unidos, Ediciones Península, Barcelona, 1998, págs. 239-270.

[5“Doctrina Monroe (1823)”, en Daniel J. Boorstin (Compcomp.), Compendio Historico Histórico de los Estados Unidos. Un recorrido por sus documentos fundamentales. , México, Fondo de Cultura Económica, 1966, págs. 212-213.

[6Malena López Palmero, “La guerra de 1898 y el imperialismo norteamericano”, en Pozzi y Nigra (comps.), Invasiones bárbaras…, op. cit., págs. 55-71.

[7Dario Martini, “La Guerra Filipino-Estadounidense (1899 1902). Un laboratorio de ensayo para el naciente imperialismo estadounidense”, Huellas de Estados Unidos, n° 3, Septiembre 2012,. http://www.huellasdeeua.com.ar/ediciones/edicion3/6_Martini_p.73-88.pdf





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