Cultura

CINE

Crónica de otra Parasite en Recoleta

Carina A. Brzozowski

Agrupación Bordó Leo Norniella en Alimentación

Martes 11 de febrero | 21:44

Un reloj gigante, techo de vidrio, en forma abovedada, muchas escaleras mecánicas, columnas de acero al estilo de la Torre Eiffel. Locales de venta de las mejores marcas de ropa, calzado, chocolates, libros, juguetes. Las muñecas en la vidriera de la juguetería visten prendas parecidas a las de las mujeres que pasean por allí.
Un shopping de lo más paquete, ubicado en la zona de Recoleta, un patio de vanidades donde el aroma a café de los más caros, te pega una cachetada al entrar
“El señor Min tiene olor, olor a trapo, ese olor…” -Diría más tarde uno de los personajes de la película que fuimos a ver.

La ganadora del Oscar a la Mejor Película. Nosotros la vimos antes del galardón. Elegimos ese lugar por una cuestión de horarios y porque nos pareció un dato gracioso, irónico si se quiere, el hecho de ir a ver “Parasite” a ese cine, en el barrio donde una gran parte de la burguesía porteña pasea un domingo a la tarde.

“Es el olor que tiene la gente que viaja en subte” “Todos tienen ese olor”
Así nos identifican, a los que no somos de su clase: trapo viejo, rabanito hervido, olor a casa pobre. Esas palabras en la voz de los personajes, te apuñalan en el asiento frente a la pantalla.

El aroma del café impregna todo, los aromatizantes para prendas de vestir, hacen otro tanto. Mientras esperábamos para ingresar a la sala, me entretuve sacando fotos a un vitraux que había sobre nuestras cabezas.

También fui al baño. En una reseña propiamente dicha, no haría falta brindar toda esta información. Vale decir entonces que esto no es una reseña de “Parasite” sino un mirar, observar lo que sucede alrededor del hecho en sí de ver la película.

Decía entonces que fui al baño. Canillas doradas, carteras y calzados costosos, todo pulcro, fino, impecable. Al entrar nomás, fue brutal lo que vi: la señora que asea el baño vestida con el típico uniforme de mucama, oscuro, delantal blanco, parada en la entrada. Lo primero que pensé fue: “mierda, ni que hubieran pedido ellas que la señora vista ese uniforme, igual al que seguramente usan las chicas que trabajan en sus casas”. La mujer se me acercó para ofrecerme una toallita de papel, para secarme las manos, le agradecí, le dije que no hacía falta.

Necesitan verla así, marcar la diferencia aún en un lugar de paseo. “Vos sos esto, yo soy esto otro”. Me miré de arriba abajo, mi ropa bastante informal, sencilla, mi cara sin maquillaje, mis sandalias compradas en una feria. Me sentí incómoda, otro cachetazo se sumaba al del olor del café molido.

En la película, varias de las escenas transcurren en la cocina de una gran casa, muy lujosa, de arquitectura minimalista. Una imagen que me quedó grabada es la de la despensa, una acumulación de mercadería que alcanzaría para alimentar a muchos de los pobres que habitaban la otra parte de la ciudad, los bajos, donde la gente vive hacinada en departamentos que parecen sótanos, donde los jóvenes sueñan con ir a la universidad, mientras toda la familia se afana en armar cajas de cartón para una pizzería, por las que les pagan una miseria que no les alcanza para comer dignamente.

Frascos de aceitunas en un estante de la alacena, todo tipo de conservas. Pensaba en mi cocina, donde quizás, con suerte, hay un envase o una lata de cada cosa, pensaba también en otras cocinas, donde se hierven caldos para engañar al estómago.

“Ese olor, tan particular, de la gente que viaja en subte” decían los dueños de esa casa, en Corea del Sur, amantes de todo lo que proviene de Estados Unidos.
La casa se les iba llenando poco a poco con gente que olía a trapo: maestros y terapeutas para sus hijos, chofer, ama de llaves, gente de otros barrios invadiéndoles toda su impecable existencia.

“Parasite” es una gran metáfora de las injusticias de este sistema, la brutalidad del capitalismo que como un viento fuerte te sacude, te muestra una casa espectacular con un ventanal que da a un verde y prolijo jardín y al rato te manda con una patada en el traste a tu barrio de fritangas, a armar cajas de pizza. La precarización laboral que somete a los jóvenes que nunca podrán desarrollar sus distintos talentos, mientras existan casas en los altos, con muros infranqueables donde viven familias en burbujas gigantes.

A los 19 años, cuando terminé la secundaria, mi primer trabajo fue en una pequeña fábrica de pomos de témpera. Venía gente de una villa cercana y se llevaba bolsas de pomitos a sus casas para ponerles las tapitas. Recuerdo que cuando las traían, el dueño comentaba: “qué olor que tienen las bolsas, el mismo olor que ellos.”

Ya en el final de la película, hubo suspiros, murmullos, recuerdo que comenté: “Qué miedo que les dan los parásitos, que esto que pasa en la película les pase a ellos”. Creo que todos vimos un final distinto. Recuerdo que en un momento lloré, que con mis lágrimas contenidas hacía fuerza para que todo se resolviera de otra manera.

Nos quedamos en nuestros asientos durante unos segundos, no hubo aplausos para la que por la noche fue elegida la mejor película de los premios Oscar. El final te hace preguntar: “¿Será así?”

Un hombre se levantó en la fila de adelante haciendo un gesto, torciendo la boca comentando:“claro, es una fantasía”. Claro -pensé- nunca permitirían que esto pase, que sea siempre una ilusión del pobre adueñarse de los bienes de la burguesía.

Nos miramos sonriendo, porque sabemos, porque creemos que sí va a llegar el día en que ellos tendrán que irse con sus aires a otra parte, que no va a haber más jóvenes con la mirada perdida en el armado de una caja para pizza, y que el olor que sientan va a ser el de su propia desmesura y despilfarro, pudriéndose.






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