Géneros y Sexualidades

GENERO Y DIVERSIDAD

Dictadura, violencia política, sexual y la lucha de las mujeres

El uso de la violencia material y simbólica contra las mujeres como elemento de dominación, trasciende la época o el contexto histórico en el que se viva o del que se hable.

Martes 1ro de septiembre de 2015

“Esta Comisión recibió el testimonio de 3.399 mujeres, correspondiendo al 12,5 %
de los declarantes. Más de la mitad de ellas estuvieron detenidas durante 1973. Casi
todas las mujeres dijeron haber sido objeto de violencia sexual sin distinción de
edades y 316 dijeron haber sido violadas. No obstante, se estima que la cantidad de
mujeres violadas es muy superior a los casos en que ellas relataron haberlo sido, por
las consideraciones anteriores y porque existen numerosos testimonios de deteni-
dos que señalan haber presenciado violaciones, cometidas en una gran cantidad de
recintos de detención.
La tortura sufrida por las mujeres menores de edad y por
aquellas que se encontraban embarazadas subraya la brutalidad ejercida y la gravedad
de las consecuencias que les han afectado. Cabe señalar respecto e estas últimas que
229 mujeres que declararon ante esta Comisión fueron detenidas estando
embarazadas y 11 de ellas dijeron haber sido violadas. Debido a las torturas sufridas,
20 abortaron y 15 tuvieron a sus hijos en presidio”

Informe de la Comisión Valech.

El uso de la violencia material y simbólica contra las mujeres como elemento de dominación, trasciende la época o el contexto histórico en el que se viva o del que se hable. En tiempos de pasividad se manifiesta en la violencia ejercida por hombres particulares hacia mujeres (como el caso de VIF o los femicidios y violaciones), o de mujeres particulares hacia otras mujeres, en la publicidad, la prostitución, en la desigualdad laboral y económica, en la legislación que atenta contra la autonomía de los cuerpos femeninos, etc.

Sin embargo esta realidad reviste más crudeza cuando en procesos de lucha de clases álgidos, como los ocurridos en los setentas con los cordones industriales, los piquetes de defensa obreros, las diversas maneras de organizarse en los barrios y poblaciones, surgen elementos que se transforman cualitativamente en cuestiones que fragmentan la estabilidad del orden impuesto. Todos estos sucesos e hitos en la lucha de los y las explotadas y oprimidas anunciaban el posible advenimiento de un nuevo sistema económico y social. Éste, que no logró transformarse en algo más que un “anuncio” pero que dejo enormes conquistas y lecciones, sólo logró ser barrido con la Dictadura.

La burguesía al ver amenazados sus privilegios políticos y económicos ante el avance consciente y organizado de las masas oprimidas y explotadas incrementa todos sus mecanismos de represión estatal, de esta forma, organizada en un gran aparato militar y de inteligencia, ideologizados en su nivel máximo en los valores irracionales que le son propios e inspirados en la supuesta superioridad de la clase social a la que representan, se manifestaron a través del golpe sin ninguna resistencia contundente de las masas organizadas. Valiéndose de todo tipo de violencia, le atribuyeron a ésta una doble operación,: en tanto es material y es histórica, mediante el terror, la muerte y la desaparición, desarticularon a las organizaciones de izquierda y a los organismos de autorganización de clase principalmente a los cordones industriales, pero también a los sindicatos y federaciones, a su vez, por otra parte, usaron la violencia como receta ejemplificadora contra personas por el sólo hecho de ser parte de la clase trabajadora, de los sectores del campesinado pobre o de las poblaciones, dentro de esta segunda operación, el uso de la violencia se transformó en un medio útil para restituir un antiguo orden material y simbólico, económico, social y cultural que se había viso amenazado poniendo en su lugar “histórico” a los sectores oprimidos específicos como las mujeres y la diversidad sexual.

Esto implicó ejercer sobre los cuerpos de las mujeres un tipo de violencia específica, la violencia sexual, pero esta vez abierta y manifiestamente como una variante de la violencia política. Es interesante, por decirlo menos, verlo de esta forma, porque sacando el repudio moral legítimo a las violaciones y prácticas brutales de centros de tortura especializados en torturas sexuales como el “venda sexy”, en el que se practicaban desde violaciones colectivas hasta el uso de perros amaestrados; queda al desnudo un mecanismo que el patriarcado oculta bajo las formas democráticas de los Estados burgueses, pero que son latentes y se asoman cada vez que las masas y sus mujeres se ponen de pie: el 2011 dejó al desnudo los abusos sexuales por parte de carabineros a las estudiantes secundarias, y es que, como dijimos, esta violencia específica, no sólo es parte de las guerras y situaciones extremas, es parte estructural de la sociedad: en el mundo, el 25% de las mujeres son violadas en algún momento de su vida y entre un 25 y un 75% de las mujeres son maltratadas físicamente en sus hogares de manera habitual; pero en épocas de contrarrevolución o de guerras se exacerba, se hace institucional y de Estado, adquieren un carácter de clase, para reacondicionarnos a volver al rincón del cuál venimos y del cual estamos luchando por salir.

En Chile se estima que el número de víctimas de la dictadura de Pinochet supera las 40.000 personas, de ellas 3.065 están muertas o desaparecidas entre septiembre de 1973 y marzo de 1990. No olvidamos a las 75 mujeres detenidas desaparecidas y que dentro de ellas hubo nueve embarazadas.

El mismo Estado que hoy visibiliza la violencia, durante la Dictadura militar practicó de manera masiva las violaciones hacia las detenidas y otras aberrantes prácticas que hasta hoy solo se mencionan de manera somera en informes como el Valech o el Rettig. Un manto de silencio, que ha sido denunciado por diversas organizaciones feministas y de DDHH, se cierne sobre las cientos de ejecuciones de mujeres e incluso desapariciones de mujeres embarazadas, todos éstos: femicidios de Estado, de una clase hacia otra.

Ésta doble y triple violencia, de clase, violencia política y de género hacia las mujeres busca frustrar el proyecto de vida, quebrar cualquier resistencia, disciplinar nuestros cuerpos y mentes y acallar nuestra lucha contra el orden establecido.

En tanto la mujer sale al espacio público a luchar se buscan socavar su voluntad y castigarla material y simbólicamente por haber sobrepasado las fronteras de los roles que culturalmente les estaban asignados. Si a esto le sumamos que muchas de estas mujeres estaban comprometidas con algún proyecto revolucionario o en la construcción de una sociedad distinta, que estaban inmersas en los procesos de lucha de clases, ejerciendo incipientemente un doble poder en fenómenos como los cordones industriales que tenían directa incidencia en la economía del país, las razones para someterlas a castigos y todo tipo de violencia se incrementan “El control del cuerpo y la sexualidad de las mujeres se convierte en instrumento de venganza y de castigo. Venganza, porque en el marco de la ideología patriarcal que considera a las mujeres como objetos sexuales y depositarias del honor masculino y de la comunidad, la violación y la tortura sexual se consideran ataques contra los hombres del grupo enemigo” (Red Chilena contra la Violencia Doméstica y Sexual. “Feminismo y aborto” Violencia Sexual y Aborto. Conexiones necesarias. Chile, 2008).

Sin embargo; de esta brutal sombra que cayó sobre miles de personas y que barrió con todas las conquistas de los y las trabajadoras, en el miedo y el silencio que duró más de 10 años, nuevas convulsiones sociales comenzarían a agrietar el suelo de la Dictadura.

El nivel económico de las masas que se vio profundamente atacado debido a las políticas neoliberales, la privatización general de la economía, la nula intervención del Estado en la regulación económica, la apertura salvaje al saqueo imperialista, la subcontratación como práctica (que después consagraría Bachelet en una ley), hace que chile se hundiera en una grave crisis entre 1981 y 1982 alcanzando un nivel de desempleo entre un 25% y un 30% que afectaría principalmente a la juventud. En este contexto, y con la clase obrera golpeada y sus sindicatos controlados en gran parte por la Dictadura al punto de hacerse muy difícil su ascenso al nivel de los cincuenta, sesentas y setentas antes del golpe, una oleada de protestas se inician cuando el 11 de mayo de 1983 fue convocada la primera jornada principalmente por la Confederación de Trabajadores del Cobre (CTC) y apoyada por diversos grupos. Su magnitud sorprendió no sólo al gobierno, sino que a sus propios organizadores. Además nuevos sujetos como el poblador y la pobladora surgen como “oposición al régimen”, dando una ferviente lucha por el pan y contra la represión estrechamente ligados a los nacientes organismos y organizaciones de DDHH. La Iglesia y partidos del ala democrática de la burguesía actuarían dirigiendo gran parte de éste surgimiento de la “oposición”. La izquierda por su parte comenzaría un proceso de transformación y de adhesión a nuevas estrategias, surgirían grupos como el FPMR, surgirían nuevas alianzas políticas con partidos de la burguesía como la Alianza democrática y el Movimiento democrático popular. El horizonte de la revolución socialista era ya una añoranza, lo que primaba era la lucha por la recuperación de la Democracia formal del voto y el cese de la represión brutal, las variantes más a la izquierda en el fondo eran variantes del reformismo radicalizado en armas.

Los discursos reguladores de la Dictadura que ensalzaban a la mujer como procreadoras, defensoras del hogar, la moral y el modelo de la Dictadura: “guardianas del orden y forjadoras de la patria”, y la introducción cultural-neoliberal de la figura de la mujer como consumidora por excelencia, mientras el hombre era el proveedor económico, constituían una brutal hipocresía tras la cual se escondían ejércitos de obreros cesantes o informales.

Frente a este panorama, las mujeres que ya habían comenzado a organizarse germinalmente después del golpe en aquellas organizaciones en torno a los presos políticos, y los DDHH, como Mujeres por la Vida, Mujeres Democráticas, y Mujeres de Chile, dan un salto cualitativo al empezar a plantearse como parte de un movimiento feminista como tal.

En 1978 Se realiza en Santiago el Encuentro Nacional de Mujeres, convocado por la Coordinadora Nacional Sindical, con 298 delegadas, que exigen se reponga el fuero maternal, las salas cunas, jardines infantiles, casinos en las empresas, jubilación a los 55 años, pago íntegro de salario durante el pre y post natal, recuperación de los niveles de atención médica y servicios de salud conquistados hasta septiembre de 1973. Son los años ochenta los de mayor actividad para los movimientos feministas, quienes abogaron por la caída del régimen dictatorial y por una democratización del país. Como referencia revisamos que en 1980 surge el CODEMU y en 1981 el Movimiento de Mujeres Pobladoras (MOMUPO) que agrupó varias comunas de Santiago.

En los ochenta se da un proceso de politización de la vida privada, inspiradas en la segunda ola del feminismo se difunde el lema “lo personal es político” y análogamente la consigna “democracia en el país y en la casa” de Julieta Kirkwood expresa el contenido y el sentir del movimiento de mujeres. Es decir, se visibilizaron varios problemas concretos de las mujeres, a partir de los cuales se teorizó sobre la opresión y desigualdad que vivía la mujer. Así como la izquierda perdía de horizonte la revolución socialista, las feministas que venían de sus filas se rearmaban en los movimientos de mujeres criticando legítimamente el machismo dentro de las organizaciones de izquierda en los que la máxima aspiración de una mujer, era secundar a una figura masculina. Estos agrupamientos feministas se centraban en la democracia como el único régimen garante de la lucha por su intereses y derechos. Se dieron fenómenos curiosos para nosotras, que hoy vemos al marxismo y al feminismo como una sola idea y lucha, como el de la doble militancia que era una salida habitual para aquellas mujeres que no veían integrarse sus demandas y problemas a la cotidianidad y las políticas de sus propias organizaciones.

La primera manifestación de mujeres en contra de la dictadura fue el 11 de agosto de 1983, mismo año en que se reorganiza con fuerza el MEMCH, movimiento como el SOMOS MÁS surgen al calor del nacimiento de las ONG’s que a medida que van profesionalizando la cuestión de la mujer, lentamente van generando mecanismos de cooptación del movimiento de mujeres que se caldeaba en poblaciones y barrios obreros, hacia una nueva institucionalidad que avizoraba la nueva democracia que los grandes poderes del FMI, el Banco Central y EEUU estaban pensando para todo Latinoamérica después de haber barrido con sangre golpista el ascenso de los explotados y oprimidos en el gobierno de sus propios destinos.

Acorde a esta tonada, se desarrolla el plebiscito nacional del 88, las militantes del movimiento feminista comenzaron a tener las más claras divisiones. Es así como surgen dos polos del movimiento feminista, por una parte aquellas organizaciones que buscaron la acción desde las organizaciones sociales en las que participaban con la intención de mantener el espacio que habían ganado en dictadura, y por otra parte, aquellas que en las puertas de la Democracia pactada, se aliaron con la Concertación de Partidos por la Democracia para diseñar sus programas y sus propias agendas. El futuro de esta estrategia lo vemos hoy en que, incluso en el segundo gobierno de Bachelet, seguimos arriesgándonos a morir o ir presas por abortos clandestinos, seguimos siendo el 70% de los subcontratados de este país, seguimos siendo el 60% de las jefas de hogares en situación de extrema pobreza y seguimos siendo absolutamente vulnerables ante los femicidios e, incluso, ante la violencia patriarcal y sexual de las fuerzas represivas como les ocurrió a las estudiantes el 2011 y el 2012.

Por su parte las feministas autónomas: la oposición por izquierda a esta alianza pactada, se mantuvieron en pequeños espacios en las poblaciones, sin poder evitar que las grandes agendas se discutieran en las alturas. Se creó el SERNAM, y así se desplegó la nueva democracia para ricos que consagró la herencia política y económica de la Dictadura y se volvió un asunto de tecnócratas el problema de la mujer, hoy presenciamos la creación de un Ministerio de la Mujer y el infructífero debate sobre el aborto bajo las 3 causales que se instaló a propósito de una incipiente rearticulación de un movimiento feminista y de mujeres que tras el 2011 y el 2012 volvió a tomarse las calles; aun así nuestra situación no registra ningún avance concreto desde la transición y sobre nosotras se siguen cerniendo los grilletes de la obra de Pinochet.

No podemos dejar de mencionar que la lucha de estas mujeres y el movimiento feminista de los ochentas fueron un factor importantísimo que configuró numerosas resistencias a un período profundamente doloroso e indignante, que muchas de estas mujeres fueron víctimas directas de la violencia y la tortura y que han sobrevivido para dotar al movimiento feminista de una memoria que es deber de todos mantener y para continuar junto con las nuevas generaciones una lucha por la verdad y el castigo a todos los responsables de la brutalidad dictatorial.

Sin embargo detrás de esa historia inmediata, hay algunas mujeres cuyo rostro es más difuso de ver tras el telón de la vuelta a la democracia, fueron las textiles de Yarur, las textiles de Tomé, las alimenticias de Soprole aquellas obreras de la historia que tuvieron por un momento en sus manos las riendas de nuestros destinos y de los suyos propios, aquellas mujeres que lucharon junto a sus hermanos de clase por destruir esta sociedad y levantar un nuevo orden sin clases sociales, sin explotación ni opresión, tal vez no representaban el sentir de las elaboraciones de las feministas como Julieta Kirkwood, pero sí contaban con una larga data de gérmenes de feminismo y lucha de clases, como el de las obreras anticlericales de principios del siglo XX y estaban en el corazón del proceso revolucionario más importante de este país durante los sesentas y setentas.

Hoy, después de haber vivido la lucha de la Juventud sin miedo el 2011, de estar inmersas en un clima en el que se alternan los escándalos de corrupción de las castas Penta y Soquimich, la avanzada reaccionaria de los camioneros, latifundistas y ultraderechistas con las luchas de la clase trabajadora y la juventud, en la que vibramos con la posibilidad de un nuevo despertar de los trabajadores quienes aún no pueden desplegar sus fuerzas a causa de dirigentes conciliadores como Bárbara Figueroa, Jaime Gajardo o Manuel Ahumada, el mejor aporte que podemos entregarle a las mujeres trabajadoras es la de conocer y aprender de su historia y la reactualización de las banderas que fueron borradas y sepultadas por el horror de la Dictadura, la reactualización de la lucha por retomar el control de la economía y la lucha por una república de trabajadores y trabajadoras a la vez que, como las feministas de los ochentas, nos organizamos en pos de nuestras demandas como mujeres, para no secundar a nadie en esa batalla en la que pondremos la vida y la convicción. Hoy estando de vuelta en un sistema democrático (de ricos y empresarios) creemos que el movimiento feminista verdaderamente emancipatorio se desarrollará bajo principios clasistas y revolucionarios, y que el horizonte por el socialismo mediante la revolución es la estrategia definitiva por la emancipación total de nuestras cadenas y que hoy, como tarea inmediata tenemos el desafío de echar abajo toda la herencia política y económica de la Dictadura, lo que sería el mejor homenaje a todas nuestras hermanas de género y clase caídas en la lucha.

¡Abajo la herencia de Pinochet!¡Juicio y Castigo a los violadores de DDHH! ¡Mujeres a organizarnos!






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