Logo Ideas Socialistas

SEMANARIO

El Movimiento de Izquierda Revolucionaria y los desafíos de un año decisivo

El Movimiento de Izquierda Revolucionaria y los desafíos de un año decisivo

En este artículo queremos centrarnos en los debates de la izquierda. Abordaremos para ello la radicalización política e ideológica de los años sesenta y la formación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

¿Porqué estudiar al MIR? Porque representó una estrategia disidente a la teoría de la vía chilena al socialismo de la Unidad Popular y representó una crítica por izquierda a los partidos reformistas tradicionales.

El año 1973 fue el año decisivo del proceso revolucionario chileno. En esta sesión veremos en detalle los meses antes del golpe y cómo los distintos partidos políticos, incluyendo el MIR, se pusieron a prueba.

Los años 60 y la izquierda

Los años sesenta fueron una década de grandes acontecimientos que marcaron la historia mundial y que forjaron a una generación que creció al calor de agudos procesos de la lucha de clases a nivel nacional e internacional. En años de enfrentamiento entre revolución y contra-revolución y de despiadada acción del imperialismo, no había mucho espacio para mantenerse al margen y no tomar partido. Así, la idea de una militancia política para hacer la revolución conquistó a millones de trabajadores y trabajadoras, jóvenes, estudiantes y pobres en todo el mundo.

Recordemos que al término de la Segunda guerra Mundial, surgen diversas luchas de liberación nacional sobre todo en Asia, África y América Latina. Uno de los hechos que marcaron la época fue la Revolución cubana, que inauguró la década de los sesenta. El movimiento 26 de Julio que dirigía Castro, que originalmente no era marxista, tuvo que declararse socialista tras la invasión fallida de EEUU a la isla. Esto fue una humillante derrota para EEUU y la administración Kennedy.

En un contexto de revoluciones, luchas de liberación nacional, ofensiva de EE.UU sobre el Continente y también dictaduras militares como anunciaba el golpe en Brasil en 1964; la estrategia y métodos tradicionales de los partidos reformistas, fueron vistos por todo un sector como estériles para encarar el nuevo escenario y se propusieron la tarea de construir un partido para hacer la revolución. ¿Qué partido construir, qué programa, qué estrategia? Fueron los debates que estuvieron detrás de la fundación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria en Chile.

La formación del MIR

En Chile el panorama de la izquierda estaba dominado fundamentalmente por el Partido Comunista y el Partido Socialista, partidos con una fuerte base en los sindicatos, pero profundamente integrados al régimen político y de una arraigada estrategia y prácticas reformistas.

Pero a la izquierda de estos partidos, había una serie de organizaciones que defendían la necesidad de construir un partido revolucionario con centro en la clase trabajadora, constituidas fundamentalmente por quienes reivindicaban el legado del revolucionario ruso León Trotsky. Recordemos que el Partido Comunista fue fundado por Luis Emilio Recabarren y construido por esa clase trabajadora “con olor a pólvora” de las minas y los puertos de principios del siglo XX, y se denominó Partido Comunista al adscribirse a la Internacional Comunista dirigida por Lenin y Trotsky. Unos años después de su muerte de Recabarren, el PC se dividió en dos: un ala recabarrenista que adhirió luego a la oposición de izquierda internacional de León Trotsky que luchaba contra la burocratización de la URSS y los partidos comunistas; y entre los que se alinearon detrás de la política de Stalin y una internacional burocratizada. Este es el origen de las organizaciones trotskistas en Chile, quienes fueron las que defendieron la tradición del marxismo de Lenin y Trotsky, contra la deformación estalinista del marxismo leninismo; y criticaron la política reformista de los partidos comunistas y socialistas.

Durante la década de los sesenta se amplió considerablemente el espacio de las organizaciones que criticaban por izquierda al Partido Comunista y el Partido Socialista. Una serie de hechos contribuyeron a que el concepto de “izquierda revolucionaria” ganara terreno:

En 1957 se desarrolló una revuelta que fue conocida como “La batalla de Santiago”, un levantamiento contra el alza del pasaje del transporte público y las políticas de ajuste del gobierno de Ibáñez. Los duros enfrentamientos con la policía y el ejército, con saldo de decenas de muertos, fue el despertar a la vida política de una generación y una importante experiencia para muchos militantes de izquierda.

(Imagen: La Batalla de Santiago, 1957)

La revolución cubana tuvo un fuerte impacto en Chile. Sólo para hacernos una idea, Clotario Blest, fundador y presidente de la Central Única de Trabajadores, fue uno de los primeros en viajar a Cuba y uno de los impulsores en Chile de la solidaridad con la revolución. Pese a sus posiciones anarquistas y cristianas, su conclusión fue: es necesaria una organización política y revolucionaria en Chile.

A su vez, la radicalización que ya se empezaba a sentir contrastaba con la dirigencia del PS y el discurso de la candidatura de Allende de 1964, lo que chocó con sectores a izquierda dentro del partido, por lo que se vivió un proceso de quiebres y expulsiones de estos sectores críticos. A su vez, la holgada derrota de Allende frente a Frei fue visto por muchos como la comprobación que era imposible un triunfo electoral de los partidos de izquierda, y que el camino armado era el único posible.

En este marco es que en 1965 se realiza el Congreso Fundacional del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, que buscó unificar en una sola organización a los sectores de la extrema izquierda. En su convocatoria planteaba que:

«Los partidos tradicionales de la clase obrera chilena no tienen destino (...) Las experiencias de todas las revoluciones victoriosas, desde la rusa de 1917 hasta la cubana de 1959, fueron groseramente desechadas. En vez de organizar a los trabajadores y a la juventud para el sacrificio de una lucha heroica, los han domesticado en el ejemplo del parlamentarismo y la burocracia (...) Se necesita un verdadero partido de clase. Ha llegado la hora de romper definitivamente con los reformistas» (Convocatoria al Congreso Constituyente de la Izquierda Revolucionaria Chilena)

El MIR surgió esencialmente como una confluencia entre grupos y dirigentes trotskistas del Partido Obrero Revolucionario (POR), como el dirigente obrero Humberto Valenzuela y Luis Vitale, sectores que quebraron o fueron expulsados del PS, como el grupo de Concepción dirigido por un joven Miguel Enríquez, por dirigentes del sindicalismo clasista de la década de los cincuenta como Clotario Blest, entre otros.

(Imagen: Humberto Valenzuela)

(Imagen: Luis Vitale)

Se trató de una unificación de sectores muy disímiles a partir de algunas ideas generales como la necesidad de construir un partido revolucionario, que la revolución sólo podría ser fruto de la lucha armada y que esa revolución tendría un carácter socialista. Pero no existía una visión común sobre cuestiones esenciales para la construcción de un partido revolucionario, partiendo por cuál debía ser la estrategia y los métodos para el triunfo de la revolución, qué tipo de partido y sobre cuál clase social se basaría ese partido, por lo que esta unidad duró pocos años. Ya en 1967, todo un sector fundador abandona el MIR luego de que Miguel Enríquez fue elegido como secretario general, quien asumió en medio de una serie de disputas internas. Luego en 1969 es expulsado el sector trotskista. Es decir, el MIR que conocemos no se desarrolló por la unidad de la izquierda revolucionaria, sino que fue el que construyó Miguel Enríquez y su grupo por medio de la lucha de tendencias. Pero no fue sino hasta el período de la Unidad Popular que el MIR desarrolló su mayor crecimiento y definió sus rasgos políticos esenc iales. O

El MIR de Miguel Enríquez

Miguel Enríquez representaba el sector más influenciado por la Revolución Cubana y el guevarismo. La principal crítica que planteaba el MIR al reformismo tradicional era la imposibilidad de la vía electoral para conquistar el poder, criticando la “vía pacífica” al socialismo. El carácter revolucionario de una organización se definía más por si se estaba por la lucha armada, y menos por si se estaba por destruir el Estado capitalista mediante la revolución obrera y popular, lo que necesariamente plantea el uso de la violencia revolucionaria de masas. De hecho, el MIR no veía posible que en Chile fueran las masas quienes conquistaran el poder mediante un levantamiento revolucionario y la huelga general insurreccional. La principal prioridad del MIR en ese momento era el desarrollo de una organización político-militar y el inicio de la lucha armada, que definía como una lucha de carácter guerrillera, prolongada en el tiempo y con centro en el campo.

El sector de Valenzuela y Vitale, históricos dirigentes de la principal organización trotskista, el Partido Obrero Revolucionario, defendían un programa que establecía la centralidad de la clase trabajadora, la independencia de clase respecto de la burguesía nacional y la necesidad de tomar el poder mediante la insurrección armada para establecer un gobierno obrero basado en sus propios órganos de poder. Eran reacios a la estrategia guerrillerista, pero nunca desarrollaron una superación estratégica y una apuesta ofensiva con personalidad propia que les permitiera dar un salto en el desarrollo del partido al calor de la radicalizaciones de sectores de la clase trabajadora. Así, expulsados del MIR, se mantuvieron en la marginalidad política.

El año 1969 marca un giro de la organización, en donde se proponen “iniciar la lucha armada al más breve plazo posible”, y aunque su objetivo era establecer una guerrilla en la zona de Nahuelbuta, el centro de las acciones del MIR consistieron en asaltos de bancos. Se trataba de acciones muy mediáticas que le permitieron ganar notoriedad en la prensa, generando la curiosidad y atracción en sus principales dirigentes, la mayoría veinteañeros, en momentos que se encontraban en clandestinidad.

Es en estos años que el MIR rechaza tajantemente la participación en las elecciones y plantea:

«Los que en definitiva estén por una revolución fundamentalmente socialista, deben rechazar las elecciones y desarrollarse al margen y en contra de ellas, como expresión de la legalidad que pretendemos destruir. Sólo así estarán preparando el inicio de la lucha armada» (¡No a las elecciones! Único camino: lucha armada. Enero 1969).

Sin embargo, la hipótesis de que la clase trabajadora y las masas rechazarían la vía electoral ante la crisis del reformismo, claramente se demostró errada ante el entusiasmo popular ante la candidatura de Allende y en el ascenso obrero y popular de los de 1970 a 1973. Empujado por los acontecimientos, el MIR tuvo que matizar su discurso y en 1970 se produce un giro en su ubicación respecto de la Unidad Popular. Suspenden las acciones armadas a petición de Allende, y dan libertad de acción a sus militantes para votar por él. Enriquez define esto como apoyo crítico al gobierno, negocian la incorporación a la guardia armada presidencial (Grupo de Amigos del Presidente) a cambio de la amnistía.

Así, durante los años de la Unidad Popular, el MIR aunque mantuvo su identidad de lucha armada, puso su centro en la acción política y en el trabajo político entre estudiantes, pobladores y campesinos fundamentalmente, y se ubicó como el ala izquierda del proceso de la UP, aunque manteniéndose por fuera de la coalición.

La posición política del MIR fue “apoyar lo bueno y criticar lo malo”, proponiéndose como principales tareas:

«Defender el triunfo electoral de las maniobras de la burguesía y el imperialismo, empujar las movilizaciones de masas a partir de sus frentes por estos objetivos y formular una política hacia la suboficialidad y tropa. Señalaremos los peligros que acechan al pueblo en el camino de la conquista del poder por los trabajadores a partir de una mayoría electoral, buscando prepararlo para el enfrentamiento que este camino necesariamente implica. Combatiremos las maniobras de los momios, denunciaremos las oscuras intenciones de la DC y su negro pasado, apoyaremos a los sectores revolucionarios de la UP, e intentaremos desplazar el centro de decisiones de La Moneda y los pasillos del Congreso a los frentes de masas movilizados» (El MIR ante el triunfo de la Unidad Popular, octubre 1970).

Miguel Enríquez había preparado a la organización para una hipótesis muy alejada de cómo se desarrolló la realidad concreta en ese momento. Lo que que se planteó con toda agudeza durante el período fue la necesidad de un partido revolucionario que surgiera confluyendo con la radicalización de un sector importante de la clase trabajadora, que como vimos en la sesión anterior, fue la verdadera vanguardia durante estos años a través de los Cordones Industriales.

Sin embargo, el enorme cambio político que vivió el MIR durante los años sesenta, no significó un balance y quiebre con su concepción estratégica anterior. Así, aunque el MIR se planteó desde su nacimiento como un partido que se propuso la tarea de hacer la revolución y buscaba superar los límites del reformismo, no logró desplegar una política alternativa a la Unidad Popular que le permitiera disputarle la mayoría de la clase trabajadora a los partidos reformistas, lo que se jugó en los momentos más críticos del proceso revolucionario en Chile como fue 1973.

Ya vimos cuál era el contexto del triunfo electoral de Salvador Allende. Vimos los intentos de la derecha y el imperialismo por evitar que asumiera y cómo desarrollaron una política de terror económico. Y finalmente vimos la enorme respuesta de la clase trabajadora y el pueblo frente al paro patronal de 1972 organizado por la derecha y la Democracia Cristiana con la extensión y creación de los Cordones Industriales y otras formas de auto-organización. Ahora nos sumergiremos en el año decisivo: 1973, en donde se jugó el destino de la revolución en Chile y del futuro del país. Fueron momentos cruciales en los que todos los partidos se probaron ante la realidad, incluyendo, por supuesto, al MIR.

1973: fuerzas armadas y poder popular

El paro encabezado por los camioneros en octubre de 1972, que se dio en un terreno insurreccional y significó un duro choque de fuerzas entre la clase trabajadora y los sectores populares, contra la burguesía que no esperaba una respuesta tan contundente de la clase trabajadora y los cordones, terminó gracias a un compromiso entre el gobierno de Allende y la oposición, con la incorporación de militares al gabinete y la política Control de Armas y de devolución de parte importante de las fábricas ocupadas con el plan Prats-Millas. El enfrentamiento quedó sin resolverse y tanto el gobierno como la DC y la derecha se proclamaban vencedores. Esta disputa ahora se trasladó al terreno electoral en las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, con las Fuerzas Armadas como árbitro.

Eduardo Frei sostuvo que ésta se trataba de “la elección más importante en la historia política de Chile de este siglo”. Su apuesta era seguir ahogando al país y la consideraban la última oportunidad para derrocar a Allende por la vía parlamentaria. Sin ir más lejos, frente a las elecciones, la SOFOFA había planteado:

«Si la Unidad Popular obtiene entre el 42 y el 50% de los votos en las elecciones parlamentarias de marzo, Chile tiene como única salida la guerra civil y el enfrentamiento» (La Opinión, Buenos Aires 3 de febrero de 1973).

Por su parte, Patria y Libertad planteaba categóricamente que:

«Si en marzo la UP obtiene alrededor del 40% de los votos, no queda sino el derrocamiento armado» (La Opinión, Buenos Aires 3 de febrero de 1973).

(Imagen: Pablo Rodríguez, dirigente del grupo de extrema derecha Patria y Libertad)

Finalmente, la Unidad Popular obtuvo un 43,9%, logrando un porcentaje superior incluso a las elecciones de septiembre de 1970. Como ya anunciaba la derecha, este avance electoral lejos de darle mayor estabilidad al gobierno, dio pie a que durante los próximos meses se intensificaran los enfrentamientos de clase. Sin embargo, la política que sostuvo Allende y el Partido Comunista fue intentar una negociación con la Democracia Cristiana, apoyarse en las Fuerzas Armadas como principal sostén del gobierno y también entrar en negociaciones en torno a la deuda externa con EE.UU para aliviar la situación económica.

Esto también significó recrudecer las críticas a los sectores que cuestionaban esta política de moderación en un momento de ofensiva de la derecha y mantener su intento de devolver muchas de las fábricas tomadas en respuesta al paro patronal de octubre. Lo que generó continuas tensiones y enfrentamientos con la clase trabajadora. En este contexto, el MIR planteaba:

«La dirección política del gobierno es producto de esta lucha ideológica, pero está resuelta a favor del reformismo. Con el agregado que el centro de decisiones pasa por un acuerdo entre Allende, los ministros militares y el PC. Los ministros militares han tomado cada vez mayor relevancia política. Después de las elecciones esta tendencia se acentúa» (Punto final, 27 marzo de 1973).

Pese a la búsqueda de moderación por parte del gobierno para poder negociar con la Democracia Cristiana, la burguesía volvió a tomar la iniciativa y comenzaron meses de preparación activa del golpe de Estado. Se recrudece la crisis económica, el boicot por parte de los empresarios y EE.UU y se desarrollan enfrentamientos permanentes en las calles de Santiago.

A finales de junio de 1973 se produciría quizá el momento más definitorio de todo el período de la Unidad Popular, en donde el enfrentamiento entre revolución y contra-revolución se hizo directo y urgente. En la mañana del 29 de junio, tanques del Regimiento Blindado Nº2 cruzaron las calles de Santiago, encabezados por el teniente coronel Roberto Souper, en lo que fue un intento fallido de golpe de Estado conocido como “tanquetazo”.

La respuesta obrera y popular contra la intentona golpista fue rápida y contundente y quizá el momento de movilización más combativa de la clase trabajadora en la historia de Chile. La CUT llamó a ocupar las fábricas; se realizaron alrededor de 500 tomas de fábricas y fundos.

Un militante de izquierda de Valparaíso, en su vívido relato de los hechos de ese decía, contaba que al mediodía del 29 de junio:

«La movilización popular no cesa.Recorremos algunas fábricas y vemos que los obreros siguen organizándose y recibiendo instrucción para el combate. Se fabrican armamentos a partir de explosivos y molotovs» (Nueva Hora, Buenos Aires, julio 1973).

Los Cordones Industriales se consolidaron como el sector que logra dar la respuesta más organizada de la jornada. El alzamiento no es seguido por el resto de las Fuerzas Armadas y fracasa. Un cronista de los hechos plantea que:

«Se señala que el principal impedimento del alzamiento sería la desconfianza en la tropa, de cuya subordinación no están seguros» (Nueva Hora, Buenos Aires, julio 1973).

Lo que tiene directa relación con la enorme respuesta de masas, que empujó incluso a unidades del ejército a solidarizar con el pueblo. Durante la tarde se realiza una masiva movilización que pasa fuera de La Moneda en un clima de enorme combatividad. La consigna “luchar, crear poder popular”, que hasta entonces era gritada por la extrema izquierda, se transforma en un grito de toda la masa.

También se escuchó “a cerrar el Congreso nacional” y “trabajadores al poder”. El mismo cronista de los hechos describió el ambiente que se vivía en esos momentos:

«La derecha pone el grito en el cielo por las ocupaciones de fábricas y sostiene que los obreros se están armando. Se tiene la certeza de que la situación habrá de reagravarse a corto plazo. Se entra en un impasse donde las distintas clases pondrán en tensión todas sus fuerzas. El enfrentamiento se avecina y todos lo perciben como inevitable» (Nueva Hora, Buenos Aires, julio 1973).

Ese día Allende llamó a la calma y en respuesta a los gritos de la masa sostuvo:

«Compañeros trabajadores: tenemos que organizarnos. Crear y crear poder popular, pero no antagónico ni independiente del gobierno» (discurso de Allende, 29 de junio)

Durante la mañana había aparecido en La Moneda con el general Prats, el director general de Carabineros y Augusto Pinochet, afirmando que:

«Desde allí llamé al pueblo dos veces por radio. Primero para señalarles que tuvieran confianza en las FF.AA, en Carabineros e Investigaciones, y segundo, para que estuviera presto, por si acaso necesitábamos su presencia para combatir junto a los soldados de Chile» (Salvador Allende, declaraciones de prensa 29 junio 1973)

Pese a que el intento de golpe fracasó, la tensión política y en la lucha de clases se extendió por varios días, mientras Allende definía un nuevo gabinete. Intenta incorporar nuevamente a los militares al gobierno, pero las exigencias de los generales implican prácticamente tomar el control del gobierno, lo que es rechazado por la Unidad Popular. También se intenta incorporar a figuras de la DC, lo que es bloqueado por este partido.

Al contrario, la Democracia Cristiana pasa a la ofensiva y plantea la inconstitucionalidad del gobierno y pone como exigencia al gobierno:

Ante la presión de la Democracia Cristiana, Allende reafirma la política fundamental que sostendrá durante estos días y los próximos meses: i) Reafirmar que las FF.AA son las únicas que pueden portar armas; ii) El llamado poder popular representado fundamentalmente por los Cordones Industriales y también los Comandos comunales, deben ser dependendientes, no autónomo del gobierno y mantenerse dentro de la legalidad; iii) las industrias tomadas serán devueltas a sus dueños salvo que sean monopólicas y cumplan los requisitos para entrar al área de propiedad estatal.

El debate sobre las Fuerzas Armadas

La pregunta de ¿cuál debía ser el carácter del “poder popular” y su relación con el gobierno? Y ¿qué posición tomar respecto a las FF.AA?, fueron dos de los problemas estratégicos fundamentales planteados por los acontecimientos y que tuvieron que responder los partidos de izquierda y el MIR.

Frente al problema de las FF.AA el MIR desde finales de 1972 rechazó la presencia de los generales en el gabinete y denunció que su incorporación se realizaba para limitar la movilización de las masas y reforzar al Estado burgués. Esto contrastó con el resto de los partidos de la Unidad Popular que respaldaron la incorporación de los generales en el gobierno. El Partido Comunista, al mismo tiempo que atacaba al MIR por esta posición, sostenía que:

«Pueblo y FF.AA deben seguir constituyendo las principales garantías de la seguridad interna contra los locatelis de la guerra fratricida» (Luis Corvalán, secretario general del PC, marzo de 1973).

(Imagen: Allende y Corvalán)

Incluso dirigentes que aparecían como izquierdistas, como Carlos Altamirano del Partido Socialista, planteaban:

«Nunca como hoy se ha producido una identificación más grande del pueblo, Fuerzas Armadas y Carabineros (...) El pueblo de overol y el pueblo de uniforme constituyen uno solo» (Chile Hoy, 13 de julio de 1973).

Esta posición contrastaba con la que sostenían los sectores más avanzados de la clase trabajadora, organizados en los Cordones Industriales, pese a que muchos de ellos también militaban en el Partido Socialista. Uno de sus dirigentes más emblemáticos, Armando Cruces, presidente del Cordón Vicuña Mackenna, planteaba que:

«Nosotros los trabajadores somos antimilitares. Odiamos el fascismo. Y el fascismo está en los generales, está en los oficiales de las Fuerzas Armadas con estructuras fascistas creadas por ellos mismos» (Entrevista a Armando Cruces, Avanzada Socialista agosto 1973)

En la otra vereda, la derecha y la Democracia Cristiana planteaban que el creciente peso de las FF.AA en el gobierno había servido para limitar al propio gobierno y el desarrollo del “poder popular”, pero advertían que la convivencia entre Allende y las Fuerzas Armadas no podía durar por siempre.

Esto expresaba cómo el enfrentamiento entre los militares y la vanguardia obrera se fue recrudeciendo luego del tanquetazo. Gracias a la aplicación de la Ley de Control de Armas, que el gobierno dejó pasar al no vetarla a tiempo, las Fuerzas Armadas realizaron violentos allanamientos contra las fábricas. En algunos de ellos fueron asesinados obreros, y los golpes, humillaciones e interrogatorios políticos empezaban a hacerse más frecuentes. Hay relatos incluso como los militares le decían a los obreros en los allanamientos, “para bien de su vida, no se integre al cordón industrial”. Todo, mientras que el estado de emergencia decretado por Allende en el mes de julio de 1973 frente al nuevo paro patronal convocado por los camioneros, fue usado por los militares para estar en la calle y tener el control, incluso, de algunas ciudades, todo previo al golpe militar. Se trató de un entrenamiento y preparación hacia el golpe, que buscaba debilitar y desmoralizar a la clase trabajadora y sectores populares, fomentar el espíritu de cuerpo dentro de FF.AA y Carabineros. Esto, mientras Allende y el PC hacían la vista gorda. Por esto es que decimos que el “golpe no vino de golpe”.

El MIR llamó a apoyar la lucha de los obreros contra la devolución de fábricas, denunció los allanamientos y el creciente peso de las Fuerzas Armadas. Sin embargo, la política que sostenía Miguel Enríquez para este momento la resumió planteando:

«Es posible, a partir de la contraofensiva revolucionaria y popular, generar las condiciones para imponer un verdadero gobierno de los trabajadores, un gobierno que sea una efectiva palanca de apoyo a la lucha de las masas, que impulse el Programa Revolucionario del Pueblo, que se apoye en el Poder Popular y en las Fuerzas Armadas democratizadas» (Discurso de Miguel Enríquez, teatro Caupolicán).

La forma en que entendía el MIR el “gobierno de trabajadores” no apuntaba a preparar la insurrección contra la burguesía, pese a su discurso de “contraofensiva revolucionaria”. Tendía más bien a un gobierno de tipo intermedio, que en un contexto de extrema polarización se tornaba utópico. Plantear consignas tendientes a las tareas de preparación de la insurrección implicaba un choque y quiebre con el gobierno, y ese fue un paso que el MIR conscientemente no quiso dar. Naturalmente el problema no se reducía a hacer una declaración general de si se estaba a favor o en contra del gobierno, menos en un momento en donde la aplastante mayoría de la clase trabajadora consideraba que el gobierno de la UP era su gobierno, sino en plantear las tareas acordes a la crisis revolucionaria que se abrió a fines de 1972 y durante 1973, es decir, el desarrollo de los Cordones Industriales para que avanzaran a transformarse efectivamente en organismos de poder junto con pobladores, campesinos y sectores populares, y prepararse para enfrentar los intentos golpistas que implicaba prepararse para derrotar a las FF.AA, las bandas fascistas armadas y destruir realmente el Estado capitalista y su aparato burocrático militar. Y convertir a los organismos de poder obrero y popular en las bases de un nuevo Estado.

Comandos Comunales y Cordones Industriales

Como vimos en sesiones anteriores, dentro de todas las expresiones de auto-organización que se dieron en respuesta a la ofensiva de la derecha, los Cordones Industriales representaron el sector más avanzado y organizado, constituyéndose como una amplia vanguardia obrera. Si había un lugar en donde se pudiesen desarrollar organismos de poder obrero y popular, era a partir de los Cordones Industriales. Vimos también, cómo el gobierno y los partidos de la UP, aunque terminaron adoptando la consigna de “crear poder popular”, se oponían a que su desarrollo se diera de manera independiente del gobierno, sino que buscaban que fuese un canal de participación en el Estado, en el marco de un gobierno donde las FF.AA ya tenían un poder considerable.

El MIR planteaba el desarrollo del poder popular de manera autónoma e independiente del gobierno, pero no opuesto a él, y llamaron a la constitución de Comandos Comunales o Consejos Comunales de trabajadores como también se los conocía. El MIR fue uno de los partidos que planteó con más énfasis la necesidad de “crear poder popular”, y fueron dos debates centrales los que recorrieron al MIR y a la izquierda al respecto: su relación con el gobierno de Allende, como ya desarrollamos anteriormente; y el carácter de clase del poder popular.

Miguel Enríquez critica a los Cordones Industriales porque sólo organizaban a una parte de la clase trabajadora. Sin embargo, era imposible resolver el problema de la hegemonía obrera respecto al resto de los sectores a partir de esquemas preconcebidos, sin partir por las tendencias reales hacia la autorganización obrera y popular, siendo los Cordones Industriales los verdaderos órganos de resistencia y de autorganización, tanto en la crisis de octubre, como el 29 de junio de 1973, mientras que los comandos comunales fueron organizaciones mucho más débiles y que en general representaba una coordinación de los frentes de masas de los partidos de izquierda de la Unidad Popular junto con el MIR.

El otro error, es no ver que los Cordones sí comenzaron a desarrollar tendencias hacia la alianza con los “pobres de la ciudad”, y que por lo tanto la base para impulsar dicha alianza estaba también en los Cordones. Es por esto que en este punto, terminaron impulsando la misma política que el Partido Comunista de transformar los Cordones en bases departamentales de la CUT.

Esto tiene relación con su concepción teórica del Poder Popular, en donde si bien declaraban que la vanguardia debía ser asumida por la clase obrera, su esquema de Comandos Comunales no partía del poder que significaba el controlar la producción y el peso dirigente que estaba jugando la clase obrera industrial en Santiago y otras ciudades, para desde ahí pensar la alianza con los sectores populares y la resistencia al golpe.

VER TODOS LOS ARTÍCULOS DE ESTA EDICIÓN
COMENTARIOS