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El “Programa de transición” y su actualidad frente a la crisis en curso

Juan Valenzuela

El “Programa de transición” y su actualidad frente a la crisis en curso

Juan Valenzuela

El Programa de Transición es un documento que fue redactado para el congreso fundacional de la IV Internacional, que se realizó en septiembre de 1938 en la ciudad de París. Fue escrito en el exilio por el revolucionario ruso León Trotsky, para responder a un escenario complejo en el que –en sus palabras- “las crisis coyunturales, en las condiciones de la crisis social de todo el sistema capitalista, oprimen a las masas con privaciones y sufrimientos cada vez mayores”. Se trata de un escrito que cobra nueva actualidad en medio de la crisis capitalista que ya supera en profundidad a la crisis de 2008.

“El crecimiento de la desocupación profundiza a su vez la crisis financiera del Estado y socava los inestables sistemas monetarios” –dice el texto de 1938.

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Hoy, en pleno 2020, la desocupación y el endeudamiento vuelven a ser problemas centrales, con el FMI volviendo al acecho. Pese a las diferencias evidentes entre esos años y el presente, las tendencias destructivas y degradantes del capitalismo hoy vuelven a expresarse.

La crisis es una amenaza de cesantía y hambre

El informe del Fondo Monetario Internacional emitido en abril, es claro en señalar que estamos ante “la peor recesión desde la gran depresión”. La contracción de la economía mundial, en 2020, será de un -3% y para Latinoamérica será aún más grave: -5,2% según el organismo. Para las economías avanzadas será de -6%.

Si bien el organismo no define que estemos frente a una “depresión económica” comparable a la que ocurrió entre 1929 y 1932 (cuando la contracción para las economías avanzadas fue de -16%), reconoce que en varios aspectos el único punto de comparación es esa crisis. Que las cosas empeoren cada vez más, es el pronóstico que prevalece. De mínima, se perderán 9 billones (millones de millones) de dólares entre 2020 y 2021, el equivalente a la economía alemana y japonesa juntas. Los niveles de deuda aumentarán enormemente en los próximos 12 meses. Una cifra que pone en evidencia los efectos sociales de esta crisis, es el nivel desempleo en Estados Unidos: un 14.7 %, reportado hace algunos días, cifra que puede llegar hasta el 20%.

Según el mismo organismo, Chile no escapa a estos pronósticos recesivos. El FMI prevé una contracción de - 4,5%, pronóstico más pesimista que la contracción de - 2,5% prevista por el Banco Central de Chile en abril. Este mismo organismo prevé un retroceso del producto per cápita al nivel de 2012. En un punto, el futuro es claro: Chile será más pobre.

Pero la pobreza es ahora

Ahora bien, más allá de si la contracción finalmente es de -2,5% o de -4,5%, lo cierto es que los efectos sociales de la crisis ya están en pleno desarrollo. Según El Mercurio, trabajadores desocupados, recién despedidos y suspendidos, son ya hoy casi un millón y medio de personas. Las cartas de término de relación laboral de abril alcanzaron un total de 238.115, lo que implica un alza de 11,4% en 12 meses. El peak de las desvinculaciones podría venir ahora en mayo. En cuanto a la Ley de Protección del Empleo, la ministra del Trabajo, María José Zaldívar informó que de acuerdo a datos de la Superintendencia de Pensiones, al 8 de mayo, un total de 80.498 empresas se han acogido a la suspensión de contratos ante la AFC. 459.155 trabajadores, en estos momentos, estarían viviendo de sus ahorros en AFC. Además, 17.508 trabajadores se habrían acogido a una reducción de jornada con reducción de sueldo.

Hechos como la protesta por hambre el lunes 18 de mayo en la comuna de El Bosque, o del lunes 25 en Puente Alto (Bajos de Mena) tienen como telón de fondo la repentina pobreza a la que han sido arrojadas cientos de miles de trabajadores junto a sus familias, producto del desempleo, los despidos y las suspensiones.

Propuestas y objetivo del Programa de Transición en 1938: escrito con urgencia

¿Qué propuestas programáticas planteaba el Programa de Transición en 1938 frente a al escenario de crisis y pauperización de ese momento? ¿Cuál era su objetivo más importante? Respondamos estas preguntas para examinar luego cuánta vigencia guarda este histórico texto en el presente.

El Programa de Transición planteaba cuatro tipos de consignas: las mínimas (como lo podría ser el aumento de sueldos o la defensa de los puestos de trabajo), democráticas (como la asamblea constituyente), transitorias (como la expropiación de ciertos grupos capitalistas y la gestión obrera) y organizativas (como la formación de piquetes de defensa o comités de fábrica) (entrevista a Emilio Albamonte y Christian Castillo, 2008, en Trotsky, El Programa de Transición, ediciones IPS).

Ahora bien, el objetivo del Programa de Transición no era “clasificar” tipos de consignas de manera abstracta y establecer una articulación “puramente lógica” entre ellas, por fuera de toda situación concreta. Como dice Juan Dal Maso, el Programa de Transición es un manifiesto, un escrito urgente, un llamado a la acción, que contiene análisis y propuestas programáticas. Para Dal Maso los manifiestos “no pretenden dar soluciones a todos los problemas”, sino, simplemente marcar “ciertos objetivos fundamentales para actuar”. Por su parte, el propio Trotsky decía que el texto estaba incompleto: “no contiene ni la parte teórica, es decir, el análisis de la sociedad capitalista y de su fase imperialista, ni el programa de la revolución socialista propiamente dicha”.
Escritos de este tipo son profusos en el marxismo, comenzando por el Manifiesto Comunista de Marx y Engels (1948) u otros como La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla de Lenin (1917) -texto este último, que inicia con una alarma de incendio, que indica elocuentemente su inscripción en circunstancias históricas concretas:

EL HAMBRE SE ACERCA […] Una catástrofe inevitable se cierne sobre Rusia. El transporte ferroviario se halla en un estado de increíble desorganización que crece sin cesar. Los ferrocarriles quedarán parados […] Los capitalistas sabotean […] Llevamos medio año de revolución. La catástrofe está hoy más cerca. Hemos llegado al desempleo en masa. ¡Quién podría pensarlo!: en el país no hay mercancías, el país perece por falta de víveres, por falta de mano de obra, aunque existen cereales y materias primas en cantidad suficiente (1980, p.5).

Una y otra vez el objetivo es el mismo en este tipo de documentos: marcar ciertos objetivos urgentes para actuar en un escenario complejo, donde está en juego la vida misma de los trabajadores.

¿En qué sentido vigencia?

Si bien ciertos aspectos teóricos o políticos de estos textos permanecen vigentes o se reactualizan al volver a emerger situaciones más catastróficas como la actual, eso no significa que tengan una validez absoluta para todo momento y todo lugar. También hay aspectos de esos escritos que pueden quedar anticuados al variar las circunstancias. Un ejercicio de lectura de este tipo, es el que realizó Trotsky cuando se cumplieron 90 años desde la publicación del Manifiesto Comunista, intentando diferenciar las ideas que “conservan todo su vigor” de aquellas que “requieren una modificación o ampliación importante” (2007, p. 23).

Establecido este criterio, la nueva actualidad a la que nos referimos respecto al Programa de Transición no tiene que ver con la vigencia de cada una de sus consignas sin modificaciones en el presente (aunque sí hay varias consignas bastante pertinentes para el presente como veremos al final). Sino que tiene que ver con lo que podemos llamar su lógica: es decir, su manera de entender como se efectúa la elaboración de un programa revolucionario en momentos en los que las masas no asumen aún la perspectiva de la revolución, pero en los que la crisis capitalista hace totalmente insuficiente pelear sólo por demandas mínimas. Lidiando con ese problema, Trotsky escribía:

La tarea estratégica del próximo período –período prerrevolucionario de agitación, propaganda y organización- consiste en superar la contradicción entre la madurez de las condiciones objetivas de la revolución y la falta de madurez del proletariado y de su vanguardia (confusión y desmoralización de la vieja dirección, falta de experiencia de la joven). Es preciso ayudar a las masas, en el proceso de sus luchas cotidianas, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias, partiendo de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera y conduciendo a una sola y misma conclusión: la toma del poder por el proletariado.

Sintetizando, podríamos decir que Trotsky tiene a la vista dos cuestiones: a) la contradicción de la subjetividad de la clase trabajadora (confusión, desmoralización) y las condiciones objetivas del capitalismo (suficientemente maduras para una revolución socialista) y b) la necesidad de establecer un puente entre la conciencia actual de las masas (que no es revolucionaria) y el objetivo de la toma del poder.

Esa contradicción entre lo subjetivo y lo objetivo, no siempre se da de la misma manera. Del mismo modo, el puente político entre la “conciencia actual” y el objetivo de la toma del poder, también cambia de acuerdo a las circunstancias. Debatiendo contra una visión estática del Programa de Transición, Trotsky escribía que “este programa […] debe incluir las reivindicaciones más sencillas. No podemos prever y recetar las reivindicaciones locales y sindicales adaptadas a la situación local de una fábrica, ni el desarrollo desde esta reivindicación hasta la consigna de la creación de un soviet obrero”. Es decir, un programa de transición real es un ejercicio político vivo y no un recetario por fuera de la lucha de clases.

En el pensamiento de Trotsky, las demandas parciales o sencillas, por un lado, y la creación del “soviet obrero” (organismo de autoorganización contrapuesto al Estado burgués), por otro, “son los puntos extremos del desarrollo de nuestro programa de transición para encontrar los lazos y conducir a las masas hacia la idea de la toma revolucionaria del poder”. La crisis capitalista, en 1938, sólo prometía hambre, guerra y muerte a los trabajadores. Es eso lo que generaba la necesidad de no permanecer en un ámbito de “demandas mínimas” o “reformas en el marco de la sociedad burguesa” (Trotsky, 2007, p. 69), como entendía la II Internacional el programa mínimo. Esa crisis, era el terreno sobre el cual se desenvolvían Trotsky y la IV Internacional y hacía urgente un programa de transición para evitar que la clase trabajadora pague son su sangre y su vida sus consecuencias y las de la guerra imperialista que se avecinaba. Dadas las circunstancias, un programa con ese propósito, no podía eludir el problema del poder. Era necesario un programa de conjunto y no sólo un programa con demandas parciales. Si la clase trabajadora no hacía la revolución, los imperialistas conducirían indefectiblemente el mundo a la guerra imperialista, lo que finalmente ocurrió.

Este es el “nervio vital” del Programa de Transición. El mismo que está presente en La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla. Cómo evitar las penurias que se avecinan: “una catástrofe inevitable se cierne sobre Rusia […] Todo el mundo lo dice. Todo el mundo lo reconoce. Todo el mundo lo hace constar […] Pero no se toma ninguna medida” (p. 5). Lenin propone una serie de medidas de urgencia como la fusión de todos los bancos en un banco único y su nacionalización; la estatización de los consorcios monopolistas; la abolición del secreto comercial; la sindicación obligatoria y la agrupación obligatoria de la población en sociedades de consumo o fomento y control de estas organizaciones. Las plantea como una exigencia al gobierno provisional con el objetivo de regular la economía en un momento especialmente crítico en el contexto de la guerra. Pero esta exigencia la hace confiando en la fuerza de los trabajadores y como medidas preparatorias para el ejercicio del poder:

En el fondo, todo el problema del control se reduce a saber quién fiscaliza a quién, es decir, qué clase es la fiscalizadora y cuál la fiscalizada. Con la participación de “los organismos competentes” de una pretendida democracia revolucionaria, en nuestro país, en la Rusia republicana, se sigue reconociendo y manteniendo hasta hoy el papel de fiscalizadores a los terratenientes y los capitalistas. Consecuencias inevitables de ello son el bandidaje de los capitalistas, que provoca la indignación general del pueblo, y la ruina, mantenida artificialmente por los capitalistas. Hay que pasar de manera resuelta y definitiva –sin temor a romper con lo viejo, sin temor a construir con audacia lo nuevo- al control de los obreros y los campesinos sobre los terratenientes y los capitalistas (p. 23).

¿En qué sentido, entonces, está vigente la lógica del Programa de Transición o de un texto como La catástrofe que nos amenaza…? En en el sentido de que nuevamente han surgido peligros vitales para la clase trabajadora, esta vez producto de la crisis del COVID-19. Vuelve a ponerse en el tapete la pregunta ¿existe una salida beneficiosa de los trabajadores y sectores populares a esta crisis o estamos condenados a aceptar como desmantelan las conquistas y derechos? Elaborar un programa con medidas transicionales para responder a la crisis es nuevamente una tarea clave.

Una vieja concepción de "programa mínimo" o el Programa de Transición

Esta lógica contrasta enormemente con la contraposición entre programa mínimo y programa de transición que realiza el economista Maximiliano Rodríguez en una entrevista recientemente publicada en esta revista.

En la contraposición que realiza entre programa mínimo y programa de transición, el economista defiende la perspectiva de un “programa mínimo”, el que, en sus palabras “nos da el punto de referencia de la acción política de la clase obrera bajo el capitalismo”. En sus palabras:

Hay que plantearse un conjunto de reformas, demandas, reivindicaciones, que requiere la clase trabajadora en las condiciones actuales del capitalismo para asegurar su unidad de intereses. Las condiciones para que esta acceda al poder no están hoy dadas. No está a la orden del día el derrocamiento de la burguesía.

Rodríguez contrapone esta perspectiva de programa mínimo a la perspectiva de un programa de transición. Para él, mientras el programa mínimo nos da el punto de referencia de la acción política en las condiciones del capitalismo, cuando las condiciones para un gobierno de trabajadores todavía no están dadas; las medidas de un programa de transición “que ponen en cuestión la propiedad privada y que abren paso al socialismo”, estarían, “contempladas bajo la condición de que la clase obrera accede al poder del Estado”. Según Rodríguez, resulta iluso defender consignas como la expropiación bajo gestión obrera de ciertas empresas, cuando la clase patronal domina y el capitalismo se sostiene. Para el economista:

a lo que hay que apuntar es a establecer condiciones que garanticen la lucha de los trabajadores en mejores condiciones. Que estos se puedan organizar en sus lugares de trabajo, que no haya problemas de persecución a los sindicatos, la posibilidad de negociar dentro de una misma rama de la actividad económica, etc. [...] Las consignas tienen que ser claras, concretas, sin apelar a palabras rimbombantes, abstractas y vacías.

Rodríguez, con estos planteos se distancia de Trotsky, que según él "le achacaba exclusivamente a la socialdemocracia la separación de los programas socialistas en una parte “máxima” y otra “mínima”, siendo la separación expresión del reformismo prevaleciente en dichos partidos”.

Sin embargo, el problema es más complejo que achacarle algo a alguien. Trotsky, más que “achacar” una separación reformista entre partes del programa, explica la relación que hay entre esa forma de entender el programa, propia de la socialdemocracia, y las condiciones objetivas en las que se desarrolló esta concepción. Como es sabido, después de la derrota de la Comuna de Paris (1871), el crecimiento del capitalismo generó una aristocracia obrera en los países centrales –como Alemania- la que se transformó en la base material de una fuerte corriente reformista al interior de la II Internacional, que apostaba por mejoras en los marcos del capitalismo más que por la revolución socialista. Mientras la economía continuó creciendo y las contradicciones del sistema capitalista no estallaron, esta pelea por reivindicaciones mínimas y reformas en los marcos de la sociedad capitalista, aparecía como pertinente con la situación, al menos en los países centrales. Se generó la apariencia de que se podían mejorar las condiciones de vida de manera evolutiva, sin chocar con el poder y la propiedad capitalistas.

Sin embargo, cuando estalló la guerra imperialista -abriéndose una época de crisis, guerras y revoluciones (Lenin)-, el problema del poder de los trabajadores se hizo un problema político presente y vital para hacerle frente a las consecuencias nefastas de la guerra (que Lenin describe en La catástrofe que nos amenaza…). En ese nuevo marco, la vieja separación entre programa mínimo (posible hoy) y programa máximo (el socialismo futuro) se hizo cada vez más obsoleta. Al transformarse la toma del poder por la clase trabajadora en un problema político presente y vital, dada la magnitud de la crisis económica y social derivada de la guerra y el posterior triunfo de la Revolución rusa, esa separación no sólo mostró su falla teórica, sino que pasó a ser un instrumento de la reacción para evitar que los trabajadores conquisten el poder.

Sin embargo, resumiendo el balance de toda esa discusión, en 1938, Trotsky no rechazó el programa mínimo, como si fuese erróneo luchar por mejores sueldos o por defender los puestos de trabajo:

La IV Internacional no rechaza las reivindicaciones del viejo “programa mínimo” en la medida en que ellas conservan algo de su fuerza vital”, afirmaba. Por eso mismo “defiende incansablemente los derechos democráticos de los obreros y sus conquistas sociales”. Es más, en una situación de crisis capitalista, donde se pierden puestos de trabajo y derechos sociales “las reivindicaciones parciales […] de las masas” chocan “con las tendencias destructivas y degradantes del capitalismo decadente.

Por esa razón, para el Programa de Transición, sólo las demandas mínimas no bastan. Por esa razón, la IV Internacional partidaria de las ideas de Trotsky, propuso “un sistema de reivindicaciones transitorias, cuyo sentido es el de dirigirse cada vez más abierta y resueltamente contra las bases del régimen burgués”.

Un programa de transición para el presente

Nada más falso que la idea de que el programa de transición consiste en ““radicalizar” la movilización social de manera artificial, no importando si las demandas tienen posibilidad práctica de implementación”, como si las y los militantes revolucionarios nos dedicáramos a sembrar falsas objetivas con el objetivo de “influir”. Hoy, en 2020, el capitalismo, básicamente no tiene nada para entregar a los trabajadores pero sí mucho por quitarles, como se muestra cada vez más a nivel global. Por eso, la defensa de cuestiones mínimas para la clase trabajadora, tiene a ligarse con demandas que cuestionan las relaciones capitalistas. La radicalización, en cierto punto, es la empujada por el propio capitalismo.

Tomemos como ejemplo, Latam. Los accionistas se repartieron US$57 millones de ganancias, y dos semanas después anunciaron 1.400 despidos en Chile, Ecuador, Colombia y Perú. Esto se suma a las 1.000 licencias sin goce de sueldo y a los 800 retiros “voluntarios”. En marzo habían bajado los sueldos de los trabajadores al 50%. Esto ocurre en medio de una radical disminución de los vuelos producto de las restricciones fronterizas y una crisis global de la industria aeronáutica, a partir de la cual los dueños de esta empresa anunciaron una reducción del tamaño de la empresa. Esta crisis de la industria aeronáutica, a su vez, está relacionada con la recesión global que desde Estados Unidos a Chile está implicando un aumento del desempleo. Es decir, para los despedidos y trabajadores con licencia, no será “llegar y encontrar trabajo”.

A la luz de estos hechos, es evidente que pelear por rechazar estos despidos, en las actuales condiciones, implica tocar las ganancias de los capitalistas. Por ejemplo, sólo con las ganancias repartidas entre los dueños de Latam de 54 millones de dólares, sería posible mantener con sueldos sobre los $600 mil en promedio, a 3.200 personas (el total de despedidos y suspendidos con licencia sin pago). Con mucho menos se podrían pagar sueldos algunos meses mientras se busca una solución. Todo esto pese a la crisis.

Pero para que esas ganancias no vayan a los bolsillos patronales y se usen para los trabajadores, tendría que desarrollarse una lucha de los trabajadores sin precedentes, para imponer a los dueños de Latam la decisión de que las ganancias se destinen a enfrentar los despidos y no a llenar sus bolsillos. Pues por simple caridad, no van a hacer algo así. Los capitalistas, priorizan siempre sus bolsillos, incluso ahora en plena crisis.

En un escenario así, a nuestro modo de ver, hacer una relectura del Programa de Transición es sumamente productivo. Nos encontraremos con que muchas de sus medidas, dadas las circunstancias de crisis en las que fueron elaboradas, pueden ser hoy rescatadas y contribuir en la elaboración de un programa para el presente.

Por ejemplo, el histórico texto proponía la apertura de los libros de contabilidad y los registros de flujos financieros de todas las empresas, constituyendo comités de trabajadores para ejercer control sobre aquéllos:

Los obreros no tienen menos derechos que los capitalistas a conocer los “secretos” de la empresa, de los trusts, de las ramas de las industrias, de toda la economía nacional en su conjunto. Los bancos, la industria pesada y los transportes centralizados deben ser los primeros sometidos a observación.

Las primeras tareas del control obrero consisten en aclarar cuáles son las ganancias y gastos de la sociedad, empezando por la empresa aislada, determinar la verdadera parte del capitalista individual y del conjunto de los explotadores en la renta nacional, desenmascarar los acuerdos de pasillo y las estafas de los bancos y los trusts; revelar, finalmente, ante la sociedad el derroche espantoso de trabajo humano que resulta de la anarquía del capitalismo y de la exclusiva persecución de la ganancia.

Revelar cuánto se llevan los capitalistas de la renta nacional, era una tarea prioritaria del control obrero de la producción para Trotsky. En el contexto de la crisis actual, cuando empresarios usan la crisis como pretexto para justificar despidos o incluso alzas de precios de alimentos, es sumamente necesario rescatar esa política.

También, hay otras medidas del Programa de Transición que revelan su vigencia. Frente al desempleo masivo en el país, el reparto de las horas de trabajo entre ocupados y desocupados sin rebaja de sueldo para que nadie se quede sin trabajar. Los empresarios dirán que si se mantienen los sueldos y se reducen las jornadas, ellos perderán. Se resistirán a tocar sus ganancias. Pero la clase trabajadora no puede aceptar pasivamente ser condenada al hambre.

Frente al problema del hambre, nacionalizar la industria alimenticia bajo gestión de los trabajadores y expropiar a los grandes propietarios de la tierra, para que trabajadores y sectores populares planifiquen la producción al servicio de las necesidades sociales; la expropiación de ciertos grupos de capitalistas, peleando por estatizar toda empresa que cierre o quiebre bajo gestión de sus trabajadores y articular un plan de grandes obras públicas, destinado a combatir la pandemia y fortalecer el sistema de salud, que pueda orientar la producción, también son medidas transicionales que podríamos elaborar a partir de una lectura viva de este documento.

Medidas como estas contribuirán a gestar la alianza obrera y popular necesaria para enfrentar a los capitalistas.

Para nosotros, no se trata de ponernos a definir a priori qué es lo realizable y qué es lo irrealizable en el capitalismo y menos de leer textos clásicos como "biblias", sino de pelear por que en cada lugar de trabajo o zona surjan experiencias de organización y coordinación, para que la clase trabajadora no pague la crisis como quieren los capitalistas y no se deje pisotear, preparando las condiciones para un gobierno de trabajadores.

Quienes quieren pelear sólo por lo mínimo, decretando desde fuera de los límites de lo posible, fomentan la resignación. Pero en una crisis como la que estamos viviendo, lo peor que podemos hacer es resignarnos. Hoy, más que nunca, el Programa de Transición está vigente.

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Juan Valenzuela

profesor de filosofía - Partido de Trabajadores Revolucionarios
profesor de filosofía - Partido de Trabajadores Revolucionarios
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