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Finalizó la exposición “La pieza que falta. Impactos,1973”

El pasado 25 de enero finalizó la exposición del curador Ramón Castillo. La pieza que falta retrata desde una óptica singular acontecimientos que tras años se narraron como un mito, como muchas historias que la dictadura camufló, escondió, tergiversó. Es que las huellas de la dictadura al interior del Museo Nacional, con obras dañadas a causa de impactos de bala, develarían no solamente la violencia de los militares, sino un impulso político omnisciente, donde todos los aspectos de la vida deberían afrontar la bota policial, el estado de terror; incluso la institución-arte que la burguesía tanto se cuidó de resguardar en sus museos de mármol.

Bárbara Brito

Docente y ex vicepresidenta FECH (2017)

Martes 10 de febrero de 2015

Un paseo por el museo una tarde de domingo, una mirada al edificio nos adentra en nuevos mundos, artistas con distintas búsquedas subjetivas colman espacios. Más arriba, subiendo la escalera, el golpe con la realidad resuena, la concreción del gesto de Ramón Castillo con su obra, la pieza que falta, sumerge en un mundo que se cree conocido haciéndonos descubrir nuevos asombros. El arte ha sido apropiado reasignándole un nuevo lugar de víctima, de acusador, de crítico de su propio hogar. El arte como indicios, como huellas, como retratos de un pasado golpista, cómo búsqueda, como fragmentos de un rompecabezas o, como mencionó Ramón Castillo, como una exposición forense. El arte se convierte en un paria de una institución que aún se esmera por encubrir su propia historia.

Se lee en la exposición: “El 12 de septiembre de 1973 una tanqueta desde el puente Loreto disparó hacía el museo”. Las razones, aunque no concluyentes, acusan a un grupo de miristas que habrían estado escondidos en su interior; o, desde otra óptica, a una señora pinochetista que habría alarmado a los militares de la presencia de miristas al interior del Museo Nacional de Bellas Artes. Nadie había podido confirmar este hecho, Ramón Castillo tuvo, como todos, un tardío acceso a las fotos, donadas por Sergio Berthoud, que demostraban impactos de balas no sólo en el frontis del edificio, sino al interior, en las mismas pinturas. El cuadro “Retrato de mi hermana”, de Francisco Mandiola (1820-1900) aparecía con un impacto de bala, dentro de la investigación se comprobó que fue restaurado.

La exposición, como un estenoscopio, nos propone conocer el museo en su historia; como personificándolo, nos conmina a reconocer sus dolores y atrocidades, sus luchas y resistencias. Esta es la relación fundamental de La pieza que falta, la indisoluble unión entre el arte y su contexto histórico y social. Sin embargo su radical crítica institucional pareciera remitirse sólo a un tiempo pasado al cual nos podríamos acercar únicamente como si estuviéramos enfrentados a un diario de vida, o a un álbum de fotos familiar; es que, pese a la nostalgia, la distancia entre espectador y obra, entre presente y pasado reside en la lectura del régimen político y su relación con el arte, que pareciera haber sido problemática en un tiempo lejano, en 1973 y no hoy. El trabajo con la PDI, una de las principales instituciones que han arremetido contra los movimientos sociales hoy en día, cuya formación proviene de las entrañas de la dictadura militar, está naturalizado, igualado al rol del artista, igualado también al espectador que, como afirma el propio Ramón Castillo, al igual que el funcionario de la PDI, se transforma en un investigador.

El problema de la memoria ha sido tratado principalmente desde la óptica del trauma, nos hace falta, sin duda, un arte que trate el problema de la memoria, de la reconfiguración de la historia, desde una óptica de cuestionamiento actual, desde una óptica de desnaturalización de lo existente, y también, de combate contra las resonancias militares que se mantienen hasta el día de hoy.






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