Géneros y Sexualidades

TRABAJADORAS

Fuerza laboral femenina y precarización (II)

La nueva re configuración de la situación del género femenino. Composición de género de la fuerza de trabajo activa. Condiciones precarias e inestables. Organizaciones de mujeres y feministas repiensan su estrategia y tácticas para la conquista de derechos.

Pamela Contreras

Valparaíso, Chile

Jueves 28 de abril de 2016 | 12:49

Tipo de trabajo

Las mujeres se concentran en empleos de menor calificación y remuneración, y la mayoría de maneras inestables (vía subcontrato, contrato a plazo fijo, honorarios o directamente sin contratos). La Fundación Sol, en su informe sobre Trabajo y Mujer, reveló que en los últimos 58 meses (hace un año atrás), el trabajo femenino está fuertemente representado por categorías de trabajo endebles. Prácticamente 3 de cada 4 nuevos empleos están bajo la modalidad de subcontrato, suministros, cuenta propia no calificado y familia no remunerada [v]

Jubilaciones

La desigualdad laboral del mundo del trabajo termina impactando sobre los niveles generales de las pensiones. Y si a nivel general las pensiones en Chile son bajas, las mujeres siguen siendo las más golpeadas, siendo el 93,1% de las mujeres las que recibe pensiones por vejez (programa retiro programados) de $147.763 o menos, lo cual sigue profundizando la línea de pobreza. Mientras que los hombres, el 87.3%, percibe una pensión de $147.763 o menos.

Participación sindical

El nivel de sindicalización en Chile en general es bajo, dado que solo llega al 14,2% de los ocupados. De todas formas, desde el año 2002 a la fecha, la diferencia entre hombres y mujeres sindicalizadas es cada vez menor, llegando el 2013 al 12,7% de sindicalización de las ocupadas.

Prejuicios machistas

La Encuesta Bicentenario 2015 (Universidad Católica – GFK Adimark), reveló que los chilenos perciben que son las mujeres la que cargan con la responsabilidad principal del cuidado de los hijos y las tareas domésticas, siendo el 53% del universo de los encuestado el que considera que la familia se descuida si la mujer trabaja a tiempo completo. Esta percepción es levemente mayor entre las propias mujeres (55%) que entre los hombres (51%).

En pleno siglo XXI, la mayor parte de la población del país sigue pensando que el cuidado de la familia y los quehaceres domésticos son responsabilidad exclusiva de las mujeres, lo que trae consigo una fuerte presión social para las dueñas de casa y aún más para las trabajadoras que deben realizar dobles jornadas laborales (en sus trabajos asalariados y en los hogares).

Las mujeres salieron al espacio público y la vida laboral contra todo prejuicio machista, pero esta relación no ha sido a la inversa en roles, ¿el sexo masculino se ha introducido al trabajo reproductivo?

Por otro lado, la sociedad presenta mayores contradicciones cuando se habla del valor de la vida (del que está por nacer). A las mujeres se les prohíbe decidir si ser madre o no, pero se sanciona laboralmente a la hora de ser contratadas por estar en edad fértil (impuesto al útero). Una parte importante de las trabajadoras piensa que el quedar embarazada será una causal de despido seguro, de hostigamiento laboral o la imposibilidad de ascender dentro de las empresas.

Mujeres, trabajadoras y luchadoras

La desigualdad de género y sus manifestaciones en el ámbito laboral es un problema para las trabajadoras, pero también para el conjunto de la clase trabajadora. La discriminación y los abusos, dentro y fuera del mercado laboral, son utilizados por los capitalistas para dividir las filas obreras. Utilizadas de forma similar a la xenofobia, el racismo, la discriminación por orientación sexual u otros prejuicios. La discriminación de las mujeres es notable por su extensión (somos la mitad de la población) y, además, la desigualad del trabajo (condiciones laborales, salarios) se combina con la desigualdad en el hogar.

La creciente participación de las mujeres en el mundo del trabajo (no domestico) se da en condiciones específicas; alta precariedad laboral, inestabilidad y desigualdad. Históricamente, el capitalismo ha utilizado la discriminación de las mujeres como disciplinamiento al conjunto de la clase obrera. Y a su vez, ha utilizado el trabajo doméstico no remunerado como una forma de “ahorro” y sostén de sus grandes ganancias.

Sin embargo, las condiciones de desigualdad en el que se desarrolla el trabajo femenino, lejos de constituir a las mujeres en meras “victimas”, ha generado un amplio protagonismo de las mujeres en conflicto y procesos de luchas en los últimos años, en especial en ramas con importante participación femenina y mayor estabilidad laboral como son el sector público y docentes. Dos ejemplos recientes permiten exponer cómo la presencia femenina puede motorizar diferentes luchas, algunas ligadas a las condiciones laborales y otras ligadas a las temáticas propias del género. La combativa lucha que han mantenido las y los trabajadores del sector público en Atacama, durante mas de 50 días (hasta hoy), exigiendo al Gobierno lo que se les prometió (bono por zona) y que viene en sintonía de las ultimas luchas de la ANEF (registro civil, reajuste salarial).

Un sector compuesto fuertemente por mujeres, que se han propuesto decir basta al abuso laboral y los bajos sueldos, que son capaces de desafiar al Gobierno, enfrentar la represión y las amenazas, organizar cortes de calles, toma de edificios y asambleas, pese a la invisibilización del conflicto y el nulo interés de sus empleadores en acoger sus demandas (Estado). Por otro lado, las luchas docentes que durante el último año desarrollaron la rebelión de las bases, que durante casi 60 días se mantuvieron en huelga y movilización, contra la neoliberal carrera docente, desafiando no solo al Gobierno y al Parlamento corrupto, sino que también a su propia dirección que se negaba a luchar.

Y, si bien, la mayoría de las movilizaciones y demandas de las mujeres trabajadoras son sindicales y no como género, en la búsqueda de mejores condiciones laborales y en base a su propia experiencia de lucha, se reconocen como sujetos políticos y transformadores, dando espacio para la reflexión de sus propias problemáticas como mujeres. Porque en esta nueva reconfiguración de la situación del género femenino, provistas de nuevos derechos y víctimas de mayores agravios, junto con la nueva composición de género de la fuerza de trabajo activa provocada por las transformaciones económicas y sociales de las últimas décadas, “obliga a reactualizar el debate entre feminismo y marxismo sobre el carácter de la relación entre capitalismo y patriarcado, el agente de la emancipación y la cuestión de la hegemonía. ¿Está planteada la hipótesis del resurgimiento de un feminismo que no se autosatisfaga en el refugio intimista de la liberación individual y se plantee un horizonte de crítica radical anticapitalista? Ello implica no solo el combate contra las variantes reformistas que propugnan la inclusión, aun cuando lo hagan bajo las laberínticas formas de un galimatías posmoderno, sino también recuperando –contra todo reduccionismo economicista o politicismo oportunista funcionales a aquel reformismo– las mejores tradiciones de la historia del marxismo revolucionario en la lucha contra la opresión femenina.” (Andrea D’Atri)

[v] Se considera parte de las fuerzas activas no remuneradas, principalmente a familiar que trabajan, pero no perciben salarios, por ejemplo, trabajo en almacenes, ferias, talleres caseros, etc. El 70% de estas empleadas son mujeres, y en menor medidas menos de edad.






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