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George Orwell, la escritura crítica al orden social

Hace 65 años fallecía en Londres Eric Arthur Blair, más conocido como George Orwell. Fue un destacado escritor, ensayista y periodista, comprometido políticamente en la lucha de la Revolución Española, crítico del imperialismo inglés y también del nazismo y el estalinismo.

Ana Lopez

@analopezd Historiadora

Jueves 22 de enero de 2015 | 15:12

Orwell nación en 1903 en la India, para ese entonces colonia inglesa, donde fue parte de la policía imperial en Birmania, para luego abandonar el ejército y volver a Francia en el año 1928. Durante esos años desarrolló una fuerte crítica social contra el imperio, que se plasmó en el libro “Los Días en Birmania” donde retrata las condiciones de un pequeño poblado y las relaciones entre los colonizadores y el lugar que habitan, el desprecio y racismo hacia los habitantes locales, considerados como seres inferiores.

En Francia trabaja en diferentes lugares, pero en condiciones de bastante pobreza y dificultad, muchas veces incluso cercano a la indigencia, lo que representó en el libro “Sin blanca en París” finalmente vuelve a Inglaterra al año siguiente, donde sigue escribiendo y comienza a publicar artículos y dar clases en colegios.
Poco a poco su escritura comienza a reflejar las condiciones de vida de los trabajadores, entre ellos el relato “El Camino a Wigan Pier” que lo acercó al mundo de izquierda.

En el año 1936 se marcha hacia España, a Barcelona, para participar en la lucha contra el levantamiento del general Franco y cubrir este proceso para un periódico inglés. En ese país se alistó en las milicias, en la zona que dirigía el Partido Obrero de Unificación Marxista, POUM, en el frente de Aragón. En el año 1937 fue herido en el cuello por una bala.

Sobre su llegada a Barcelona relataría

“De esta experiencia y participación en la revolución española, surge su libro “Homenaje a Cataluña”, donde cuenta las experiencias en el frente, la lucha de las milicias, su simpatía con la experiencia de organización de los territorios dominados por las organizaciones anarquistas, y donde realiza sus primeras críticas al control del Partido Comunista sobre el proceso, tema que retomará más tarde en “Rebelión en la Granja” y en “1984”. En 1937 se declara en ilegalidad al POUM por la presión del estalinismo, teniendo sus militantes que enfrentar la cárcel o huir.

En uno de los fragmentos de su libro relata su llegada a Barcelona:

“Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. Casi todos los edificios, cualquiera que fuera su tamaño, estaban en manos de los trabajadores y cubiertos con banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas; las paredes ostentaban la hoz y el martillo las iniciales de los partidos revolucionarios; casi todos los templos habían sido destruidos y sus imágenes, quemadas. Por todas partes, cuadrillas de obreros se dedicaban sistemáticamente a demoler iglesias. En toda tienda y en todo café se veían letreros que proclamaban su nueva condición de servicios socializados; hasta los limpiabotas habían sido colectivizados y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro. Camareros y dependientes miraban al cliente cara a cara y lo trataban como a un igual. Las formas serviles e incluso ceremoniosas del lenguaje habían desaparecido. Nadie decía señor, o don y tampoco usted; todos se trataban de «camarada» y «tú», y decían ¡salud! en lugar de buenos días. La ley prohibía dar propinas desde la época de Primo de Rivera; tuve mi primera experiencia al recibir un sermón del gerente de un hotel por tratar de dársela a un ascensorista. No quedaban automóviles privados, pues habían sido requisados, y los tranvías y taxis, además de buena parte del transporte restante, ostentaban los colores rojo y negro. En todas partes había murales revolucionarios que lanzaban sus llamaradas en límpidos rojos y azules, frente a los cuales los pocos carteles de propaganda restantes semejaban manchas de barro (…) Con la excepción de un escaso número de mujeres y de extranjeros, no había gente «bien vestida»; casi todo el mundo llevaba tosca ropa de trabajo, o bien monos azules o alguna variante del uniforme miliciano. Ello resultaba extraño y conmovedor”.

Su crítica al estalinismo se va haciendo cada vez más fuerte, en el mismo libro señala que “Podíamos ya empezar a hacer conjeturas sobre lo que ocurriría. Era fácil ver que el gobierno de Caballero caería y sería reemplazado por otro más derechista, sometido a una influencia comunista aún más fuerte (esto ocurrió una o dos semanas más tarde), que se empeñaría en terminar con el poder de los sindicatos de una vez para siempre. Para después, cuando Franco fuera derrotado -aun dejando de lado los enormes problemas planteados por la reorganización de España-, las perspectivas no eran halagüeñas. Los comentarios periodísticos acerca de «una guerra librada en defensa de la democracia» eran mero engaño. Ninguna persona sensata podía suponer que hubiera alguna esperanza de democracia, ni siquiera como la entendemos en Inglaterra o en Francia, en un país tan dividido y exhausto como lo sería España al concluir la guerra. Se acabaría imponiendo una dictadura y, evidentemente, la posibilidad de una dictadura proletaria había pasado. Ello significaba que el país sería sometido a alguna clase de fascismo. De un fascismo que, sin duda, tendría algún nombre más agradable y -por tratarse de España- sería más humano y menos eficiente que las variedades alemana o italiana. Las únicas alternativas parecían ser: o una dictadura franquista infinitamente peor o que la guerra terminara (siempre era una posibilidad) con una división de España, ya sea por verdaderas fronteras o por zonas económicas”.

Incluso la publicación del libro debió enfrenta la hostilidad de los intelectuales y militantes del Partido Comunista, en una época en que la URSS tenía todavía una gran influencia. Esto lo llevó incluso a tener que buscar editores, ya que varios se negaron a publicar el texto.

Su crítica al estalinismo no lo alejó de las ideas socialistas, que siguió reivindicando. En “Rebelión en la Granja”, muestra la miseria del estalinismo de forma satírica, representando los principales dirigentes de la Revolución Rusa como Lenin, Trotsky y Stalin, dando cuenta del proceso de contra revolución stalinista que amenazaba los principios mismos de 1917 y que Trotsky había señalado en “La Revolución Traicionada” y otros textos.

Los “siete mandamientos” de la Granja eran “1. Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo. 2. Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es un amigo. 3. Ningún animal usará ropa. 4. Ningún animal dormirá en una cama. 5. Ningún animal beberá alcohol. 6. Ningún animal matará a otro animal. 7. Todos los animales son iguales”. En el texto se relata, con la metáfora de los animales, como Stalin se va haciendo del poder, hasta la expulsión de Trotsky, que termina liquidando muchas de las conquistas de la revolución, de la máxima “todos los animales son iguales ante la ley” se terminará en “todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”, como sucedería en la URSS con la creación de una casta burocrática llena de privilegios y poder.

Esta crítica al estalisnimo la profundizaría años después con “1984”, donde también aparece una crítica a la idea de totalitarismo o control total. En esta novela aparece la figura del Gran Hermano o Hermano Mayor, capaz de una vigilancia y control total sobre la población, sobre la cultura, el lenguaje, la vida, contra la que se enfrenta Winston Smith, un funcionario que comienza una lucha contra el poder, que finalmente pierde.

Orwell murió en 1950 producto de la tuberculosis.

Varios autores comentan que el cineasta inglés Ken Loach, basó su película “Tierra y Libertad” en la obra de Orwell Homenaje a Cataluña. Esta película cierra con un poema de William Morris, que es un buen homenaje a Orwell “Únete a la batalla en la que ningún hombre fracasa. Porque aunque desaparezca o muera, sus actos siempre prevalecerán”.






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