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La hostelería: una mirada desde dentro a la precariedad laboral

La hostelería es uno de los sectores más importante de la economía del Estado español. No en vano representa alrededor del 8 por ciento del PIB, con cerca de 300 mil establecimientos repartidos a lo largo y ancho de la geografía española y ocupando a alrededor de 1,7 millones de trabajadores.

Viernes 15 de diciembre de 2017 | 18:23

En 2016, de los 20 millones de contratos que se firmaron, 2,6 eran de camareros. Estas cifras muestran por si mismas la magnitud de esta rama de la economía, que en los últimos años ha ido ganando peso paulatinamente. En comparación con otros sectores, es de los pocos que ha experimentado un crecimiento sostenido en la creación de empleo, en detrimento principalmente de la industria y la construcción.

Esto se enmarca dentro de la creciente importancia que el sector servicios ha ido conquistando desde mediados de los 80, producto de la política de desindustralización que comenzó el gobierno de Felipe González y que los siguientes ejecutivos no han hecho más que profundizar. De esta manera, se construyó una economía basada principalmente en el ladrillo, el turismo y el sector terciario.

Durante la segunda mitad de los 90 y hasta el estallido de la crisis de la económica internacional en 2007-2008, este modelo parecía imparable, con tasas de crecimiento del orden del 3 por ciento anual y con una sostenida reducción del paro alcanzando cuotas de menos del 8 por ciento, y por tanto muy cerca del pleno empleo. Sin embargo, esta aparente bonanza no estaba exenta de contradicciones. Durante este periodo se sentaron las bases sobre las que se abrió paso la creciente precariedad laboral de la actualidad. Avanzando en la lógica del modelo neoliberal imperante en el resto del mundo, especialmente en Estados Unidos, que implicó una brutal ofensiva a escala planetaria de la burguesía contra los derechos de la clase trabajadora.

Con el estallido de la crisis económica internacional, este optimismo se vino abajo y el desempleo alcanzó cifras estratosféricas. La industria y la construcción fueron los sectores que salieron más perjudicados, viviendo un proceso acelerado de destrucción de puestos de trabajo. Por otro lado, la hostelería que ya tenía un importante peso dentro de la economía española, comenzó a jugar un papel determinante tanto a la hora de maquillar las cifras de paro como a la hora de ir construyendo un modelo laboral mucho más precarizado que antes de la crisis. Solo en 2016 se crearon 43 mil puestos de trabajo en este sector, y desde 2013, el 25,9% de los nuevos empleos han sido en hostelería.

Siendo uno de los sectores de mayor precariedad, la hostelería es donde se concentran muchos de los principales males del actual modelo laboral. La temporalidad, endémica en el sector, es uno de ellos, con alrededor de la mitad de los contratos de una duración menor a siete días. Estos empleos, a su vez, son en su mayoría (el 61,7 %) de jornadas parciales. Por lo cual es uno de los sectores con salarios más bajos.

Múltiples realidades

Pero incluso dentro de la hostelería hay diferencias en función de si trabajas para una gran multinacional de comida rápida o un bar de barrio o del centro de una gran ciudad. Gabriel, extrabajador inmigrante de la multinacional norteamericana KFC (Kentucky Fried Chicken), nos relata como la mayoría de los trabajadores de esta empresa son mujeres inmigrantes “siendo casi siempre el principal sustento de sus familias tanto aquí como en sus países de origen. Esto provoca que se encuentren en una situación de extrema vulnerabilidad, y que se vean obligadas a aceptar condiciones de trabajo abusivas”.

En esta clase de centro de trabajo prácticamente todos los contratos son de jornada parcial, aunque finalmente muchos de los trabajadores realizan turnos de más de 40 horas a la semana, sin planificación horaria alguna “poniendo enteramente tu tiempo a disposición de la empresa con la amenaza de despido si no cumples”. Además, en esta empresa en concreto, Gabriel nos cuenta que “los ritmos de trabajo son muy duros por lo que muchos empleados caen enfermos con frecuencia, pero como dependen de las horas complementarias por fuera del contrato para poder llegar a fin de mes, intentan recurrir lo menos posible a las bajas laborales, poniendo de esta manera en riesgo su salud”.

En otras empresas, como el Grupo Vips, la política de contratación tiene un perfil más juvenil, menor de 26 años. Esto se debe a que “con el actual panorama del mercado laboral, con altas tasas de paro entre la juventud, la empresa se puede permitir precarizar cada vez más las condiciones laborales. A esto también se le suman las ayudas que desde el Estado se le da a la empresa por su política de contratación juvenil”, nos cuenta Rosa, que lleva trabajando más de 20 años para esta compañía.

Esto no siempre fue así, en la década pasada esta empresa “tenía una alta tasa de trabajadores inmigrantes, en su mayoría contratados en origen, es decir directamente de los países más pobres de América Latina y África”, afirma Rosa. “Esta política de contratación también tenía la lógica de poder aprovecharse de su situación y poder imponer condiciones de miseria como ahora hacen con la juventud trabajadora”, concluye.

Sin embargo, quienes peores condiciones laborales tienen, dentro de las grandes empresas de restauración, son sin duda alguna las pizzerías como las cadenas Domino’s o Telepizza, etc. Estos trabajadores no superan en jornada completa los 640 euros al mes de salario base. En la actualidad es raro ver trabajadores a tiempo completo, aunque después les impongan hacer las horas complementarias que necesite la empresa, pagándoles estas a aproximadamente 4,5 euros. Mientras que las condiciones en las que trabajan sus repartidores, solo pueden ser calificadas de criminales.

Victoria, una ex trabajadora de Telepizza, nos cuenta como sufrió un accidente “por culpa de las malas condiciones técnicas de unas de las motos y un casco genérico que no era de mi talla. Fue un accidente muy grave, estuve una semana en coma y tendré consecuencias físicas para toda la vida”.

Si miramos la realidad que viven los trabajadores de bares de barrio o céntricos que no pertenecen a grandes cadenas está sometida a una mayor arbitrariedad todavía, ya que en este caso los convenios laborales son simple papel mojado. De esta manera mucho de estos puestos de trabajo se pagan en negro en jornadas maratonianas, y con un elevado número de horas no remuneradas.

Los efectos del nuevo modelo laboral

Estos cambios estructurales de la clase trabajadora del Estado español están teniendo enormes consecuencias para el movimiento obrero. Con el aumento de la precariedad y la caída de sectores como la industria y la minería, que tradicionalmente han sido la punta de lanza de los trabajadores en su lucha contra la patronal, la capacidad de respuesta de la clase obrera se ha visto considerablemente mermada. De esta manera la inmensa mayoría de los que se incorporan al mercado laboral lo hacen en sectores con poca tradición de lucha y considerablemente desorganizados y divididos.

Los grandes aparatos sindicales, sobre todo CCOO y UGT, tienen una responsabilidad central en este proceso. Las burocracias de los “mayoritarios” han sido culpables de dejar pasar sin apenas resistencia todas y cada una de las contrarreformas laborales que impulsaron los gobiernos del PP y el PSOE en los últimos años y que fueron la base del proceso de precarización y reestructuración que sufrió la clase obrera. En concreto, entre los trabajadores de la hostelería, no han hecho el más mínimo esfuerzo por ayudar a su organización sindical. De esta manera la inmensa mayoría no está afiliado a ningún sindicato. Un fenómeno que se debe tanto a la desidia de la burocracia sindical hacia los trabajadores precarios en general, como por la profunda desconfianza que hay hacia CCOO y UGT entre los propios trabajadores y trabajadoras, debido a que en todos estos años han sido los garantes de la patronal a la hora de firmar convenios de miseria.

A pesar de todo, en este último año se empezaron a dar procesos de lucha y autoorganización, tanto en la hostelería como en otros sectores. Aunque todavía son muy incipientes, estos procesos pueden precipitar un posible cambio de escenario, por lo que se hace necesario una reflexión profunda tanto de sus potencialidades como de sus actuales límites. Entre los más destacados han sido los conflictos de los trabajadores de Deliveroos, la plataforma de trabajadoras de la limpieza de hoteles, Las Kellys, o la lucha de los jóvenes precarios en Zaragoza alrededor de la campaña “Valemos Más Que Esto”.

Si algo tienen en común estos conflictos es que lo protagonizan trabajadoras y trabajadores ultra precarizados que sufren una dinámica de ataques permanentes por parte de la patronal. En su mayoría son jóvenes que han entrado en el mercado laboral, pero también mujeres e inmigrantes, o trabajadores que han sido expulsados de otros sectores como la construcción. Otra característica fundamental es que estos procesos de autoorganización se dan al margen de CCOO y UGT, siendo iniciativas propias de los trabajadores y que refleja cómo estos sindicatos tienen cada vez menos influencia en los sectores más precarios.

Esto muestra como la desmoralización y el sentimiento de impotencia reinante entre los trabajadores fruto del aumento de la precariedad, y que es una de las causas de la desmovilización de la clase obrera en los últimos años, puede terminar teniendo un efecto totalmente inverso: podría ser el caldo de cultivo para movilizar al conjunto de los trabajadores precarios que no tienen más remedio que salir a luchar por mejores condiciones de vida. Esta hipótesis se ve reforzada en relación a la enorme desafección que tiene la juventud trabajadora con respecto a un Régimen atrofiado, que ya no tiene nada que ofrecerles salvo la seguridad de que vivirán peor que sus padres.

La lucha contra la precariedad está en la base de la batalla por la recomposición del movimiento obrero. Por ello es necesario que la izquierda sindical, y los sectores antiburocráticos dentro de los sindicatos mayoritarios, se propongan la tarea estratégica de ayudar a la organización y coordinación de los sectores más explotados y empobrecidos de la clase trabajadora. Porque en la organización para el combate de esa inmensa fuerza social anida la posibilidad de impactar en el conjunto de la clase obrera y por esa vía disputarle el rol de dirección que sigue jugando hoy la burocracia de CCOO y UGT.

Solo de esta manera la clase obrera podrá ocupar el lugar que le corresponde en su lucha por resolver los principales problemas de los explotados y oprimidos por el sistema capitalista.






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