Cultura

CINE Y ORGULLO

La película lgtb del año: 120 pulsaciones o el cine que salda una deuda

“120 pulsaciones por minuto” de Robin Campillo es además de una obra maestra planificada con ritmo e inteligencia un recordatorio de los inicios de la lucha contra el SIDA.

Eduardo Nabal

Periodista y crítico de cine, Burgos

Martes 3 de julio | 18:01

Encabezando casi todas las listas de películas favoritas los cinéfilos LGTB al hablar de las mejores películas del año, “120 pulsaciones por minuto” de Robin Campillo es además de una obra maestra planificada con ritmo e inteligencia un recordatorio de los inicios de la lucha contra el SIDA cuando las autoridades con su irresponsabilidad, intereses e inacción dejaban morir a gays, inmigrantes, prostitutas, personas sin recursos.

Sin infravalorar por ello la labor que hoy realizan comités y asociaciones antisida, alguien tenía que contar que al principio la lucha contra el SIDA fue una batalla política de primer orden contra los prejuicios, la avaricia y la ignorancia desde diferentes instancias políticas y médicas en el poder.

El guionista Phillipe Mangeot, miembro activo de Act-Up París, ha contado sin medias tintas la verdadera historia del origen nada plácido de una lucha y Robin Campillo (sin una filmografía destacable hasta esta inmensa película) ha mezclado el drama social, el fresco histórico, el melodrama irónico y el filme de memoria de un combate.

Y lo ha hecho con un montaje brillante, con una gran cantidad de información y con un reparto impresionante, en el que algunos de los intérpretes vienen de las filas de la propia organización.

“120 pulsaciones por minuto” nos muestra sin ambages ese punto de inflexión que fue luchar contra el SIDA, lo que era luchar contra el silencio, la homofobia, el machismo y la xenofobia.

El filme grita alto y alcanza tintes épicos gracias a una cuidada composición de las secuencias y a una progresión geométrica de los elementos dramáticos de su trama. Es por eso una mezcolanza de ficción y documental, de tragedia y comedia, de cine social y de cine intimista, sin miedo hacia el homoerotismo ni las verdades que entonces se silenciaban.

El hecho de que el excelente trabajo de Robin Campillo haya calado tan hondo en los cinéfilos es que cuenta de manera magistral la historia de una batalla que se ha querido relegar al olvido.

Apelando a diferentes generaciones de espectadores estamos ante un filme que hace pensar, sentir y recordar. Act-Up tuvo sus delegaciones en Nueva York, Londres, Barcelona, e inspiró en gran medida a grupos como La Radical Gay en los años noventa.






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