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OPINIÓN

La siniestra navidad en el sistema educativo

Llegó fin de año, con ello se impone la fiesta de “amor y paz”, de la mano de las deudas, pero también de los despidos masivos al final del año escolar.

Domingo 24 de diciembre de 2017

Bajo la forma “fin de contrato” se establece el despido de miles de trabajadores, en especial en la educación, pues se definen las plantas docentes para el próximo año escolar. ¿Qué criterios definen quién se queda y quien se va de su lugar de trabajo? ¿Lo que la ley establece es legítimo? ¿Los miembros de la comunidad escolar podrían establecer una organización más democrática en los establecimientos?

Durante todo el año recorre los pasillos, comedores, patios y consejo de profesores aquellas frases que advierten y condicionan el actuar del profesorado. Famosa desde el 2011, el artículo que faculta a los directores con despido del 5%, en la Ley 20.501, impulsada por el Gobierno de Sebastián Piñera (2010-2014), en la cual se le entregan mayores atribuciones a los directores, seleccionados a través de Alta Dirección Pública, que consiste en que podrán proponer al sostenedor despedir anualmente al 5% de la dotación docente del establecimiento a su cargo, siempre y cuando, califiquen como básicos o incompetente en la última evaluación.

Pero, no es todo, aunque las corporaciones como parte del servicio público debiesen tener con contrato indefinido al 80% de su dotación, la cantidad de profesores a plazo fijo esta muy lejos del 20%, es por ello que dentro de las demandas impulsada en la gran lucha de “la rebelión de las bases” el 2014, se luchó por la titularidad docente, que las dirección gremial del Colegio de Profesores sólo logró negociar establecer un decreto que aplica la titularidad, por una única vez, para aquellos profesores que tenían 3 años continuos o 4 discontinuos.

Aun así, miles de profesores se encuentran en esta situación, siendo base de maniobra para la impotencia, el ejercicio del autoritarismo y control del qué hacer docente, pues la finalización de contrato, por ley no es un despido, sino simplemente “fin contrato”, no importa si tienes hijos, deudas o enfermedades. ¿Pero qué hay de detrás de ellos? La formación de una subjetividad dócil del profesorado “si no no te gusta, te puedes ir”.

Esto refleja que la labor docente no es un trabajo colectivo integral que piensa y ejerce su labor por el bienestar de los estudiantes, sino que un conjunto de reglas y normas establecidas por una pequeña gerencia. Reglas y normas que ni siquiera está probada su éxito, sólo está probado el agobio laboral que vive el conjunto de sus trabajadores, y expuesto el destino de millones de niños y adolescentes que deben prepararse para cumplir reglas y normas, pero en ningún caso para cuestionarlas para el bien común o el interés colectivo, pues eso ya otros lo han establecido para las grandes mayorías.

Es evidente que todo aquel que manifieste diferencia entra a ser parte de la lista negra para ser eliminados de la dotación docente de un próximo año escolar. Como ya es también muy evidente, justificaciones que no cumplan las reglas que ellos mismos impulsan, lo que se muestra cuando los delegados sindicales o gremiales ejercen su labor como representantes de los derechos de los trabajadores, es traducida en su lógica gerencial como una molestia a la gestión, no puede ser de otra forma, dado que el sistema educativo está regido bajo una lógica de mercado, una empresa más.

¿Podrán los trabajadores de la educación alterar y transformar esta situación? ¿Podría la comunidad escolar elegir a su director? ¿Podría dejar de existir esta figura? ¿Podrían ser los propios trabajadores quienes coordinen la gestión de las escuelas?

La famosa Escuela Nacional Unificada, aunque inconclusa, es un impactante antecedente de esta posibilidad, casi mil delegados a nivel nacional, asambleas en establecimientos, regiones y provincias, que intentaron definir qué educación para una nueva sociedad, con participación de profesores, funcionarios, estudiantes y apoderados, en síntesis una democracia completamente superior, que escandalizó a la iglesia, a los políticos demócrata cristianos y la derecha más conservadora e hizo tambalear a Salvador Allende, pero que luego, la dictadura pisoteo desbaratando el Sindicato Único de Trabajadores de la Educación (SUTE), impulsor de esta desafío.

El ser sujeto político se vuelve un problema para aquello que el status quo impone, donde el ser trabajador debe estar desvinculado de la acción o el ejercicio permanente de la voz política. Este cambio dependerá del atrevimiento de los trabajadores de la educación, para ello su unidad es fundamental, pero también es fundamental impulsar corrientes políticas para discutir y actuar en dirección de estos objetivos.

La agrupación de trabajadores de la educación Nuestra Clase, es un impulso para el desafío de recuperar nuestros organismos, conquistar la unidad de los trabajadores y organismos democráticos, terminar con el agobio e inestabilidad laboral, por una educación pública gratuita, laica y no sexista, con una administración democrática desde los trabajadores de la educación, apoderados y estudiantes.






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