Cultura

NOVIEMBRE DE 1946 / TRIBUNA ABIERTA

Los mineros de Bolivia aprueban la Tesis de Pulacayo

La Federación Sindical Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) aprobó este documento que permitió el avance de la independencia de clase del proletariado minero boliviano.

Sábado 14 de noviembre de 2015 | Edición del día

En noviembre de 1946, la Federación Sindical Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) convocó un Congreso Extraordinario en la localidad de Pulacayo, departamento de Potosí. Reunidos al pie del socavón San León de la antigua mina de plata, a la impresionante altura de 4.620 sobre el nivel del mar, delegados de 44 sindicatos mineros de todo el país deliberaron del 6 al 12 de noviembre, aprobando el documento más célebre en la historia de Bolivia: la Tesis de Pulacayo. Un humilde cine-teatro construido en el flanco de la montaña sirvió de precaria sede de las deliberaciones del congreso, ofreciendo a los delegados mineros algún reparo ante el frío penetrante de la montaña potosina.

Las circunstancias trágicas que atravesaba el país rodeaban de tenso dramatismo los acontecimientos. El 21 de julio de aquel año un cruento golpe de estado terminó con el gobierno nacionalista de Gualberto Villarroel, sostenido por la logia militar nacionalista Razón de Patria (RADEPA) y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). El presidente y varios de sus colaboradores fueron asesinados y sus cuerpos sin vida colgados en los faroles de la Plaza Murillo. Fue el inicio del sexenio, uno de los períodos más álgidos de las luchas sociales en Bolivia, en los prolegómenos de la Revolución de 1952.

El levantamiento contra Villarroel, organizado por la rosca oligárquica, contó con la activa participación del Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR, formado por los comunistas stalinistas). El Partido Obrero Revolucionario (POR, trotskista) que calificó el levantamiento de contrarrevolucionario, estaba sumido en la clandestinidad. El PIR se incorporó a las filas del oficialismo gobernante, mientras el POR y el MNR (seriamente desarticulado) militaban en la oposición al gobierno. Este designó como Ministro de Trabajo a Aurelio Alcoba, artesano potosino, quien concurrió al congreso de Pulacayo con el apoyo de los militantes piristas. Fue recibido con duras críticas y rechiflas por los mineros radicalizados, a punto tal que el “ministro obrero” y sus acompañantes debieron huir apresuradamente por las ventanas del cine, atemorizados ante las amenazas de los trabajadores.

En este contexto, los mineros aprobaron la propuesta programática presentada por la delegación del sindicato de Llallagua (posteriormente llamado Siglo XX), redactada por Guillermo Lora, en ese entonces joven asesor de la conducción de dicho sindicato y secretario del POR. Aprobado casi por unanimidad, con algunas escasas modificaciones, el texto, conocido desde entonces como la Tesis de Pulacayo, estaba destinado a tener una extraordinaria importancia en la historia del proletariado minero boliviano, no exenta de apasionadas controversias.

Es así cómo, en la década del ’40 del siglo pasado, quedó constituida la matriz político-organizativa-ideológica del proletariado minero, columna vertebral del movimiento obrero boliviano en los siguientes 40 años. En diciembre de 1942 se había producido la Masacre de Catavi, punto culminante de una huelga de varios meses en las minas de Patiño: una marcha de mineros encabezada por sus mujeres (palliris) fue masacrada por el ejército. El trágico desenlace implicó un retroceso del PIR por su actitud conciliadora (el estaño era un metal estratégico para los aliados en la segunda guerra mundial), y un avance importante para el MNR, a partir de una vigorosa denuncia e interpelación parlamentaria impulsada por Víctor Paz Estenssoro. Dos años después, en 1944, los mineros concretaron la fundación de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), alcanzando la unidad nacional de los sindicatos de base, en cuya conducción apareció el histórico dirigente Juan Lechín. En los años siguientes los mineros vivieron un incesante proceso de radicalización política, en el cual influyó la activa militancia del POR en el movimiento sindical de los trabajadores del subsuelo. En el tercer congreso de la FSTMB, realizado en Catavi, en marzo de 1946, se aprobó una audaz pliego reivindicativo que ha sido considerado un “antecedente inmediato” de las Tesis aprobadas en noviembre del mismo año en Pulacayo que, como ya dijimos, se constituyeron en la plataforma política y teórica de los mineros de Bolivia en las siguientes cuatro décadas.

Las Tesis de Pulacayo es un documento organizado en once acápites, agrupados temáticamente en una estructura tripartita. Los primeros seis acápites contienen los principios estratégicos fundamentales del movimiento minero, el séptimo define una plataforma de reivindicaciones transitorias mientras que, del octavo al undécimo, se desgranas reflexiones tácticas sobre la situación política.

La primera parte es una declaración de principios, donde se discute, centralmente, que tipo de revolución necesita Bolivia. Las Tesis proclaman que los trabajadores del subsuelo no ignoran ni pretenden pasar por alto la “etapa demo-burguesa”, lo que resaltan es que una revolución democrática burguesa sólo podía triunfar convirtiéndose en una fase de la revolución proletaria. Bolivia era un país capitalista atrasado integrado a la economía mundial. Aunque el capitalismo era la forma económica predominante, subsistían el latifundio y otras formas económicas precapitalistas. La característica fundamental del país era la ausencia de una burguesía nacional capaz de liquidar la gran propiedad terrateniente y disolver las relaciones sociales precapitalistas, concretar la unificación nacional y liberar la nación de la opresión imperialista. Por lo tanto, la satisfacción de las tareas democráticas y antiimperialistas postergadas no podía ser concretada por sectores progresistas de la burguesía o por gobiernos de unidad nacional. Requería la concreción de un proceso de transformación social dirigido por los trabajadores que avanzarían sobre el régimen de la propiedad privada. Esta dinámica definía el carácter permanente de la revolución obrera en Bolivia, burguesa por sus contenidos y proletaria por la clase social que la dirigirá. Las Tesis se pronuncian por la independencia del movimiento obrero del Estado y los partidos políticos, condenan toda participación obrera en el gobierno y toda forma de colaboración de clases, y proclaman como principios rectores de la Federación Minera la lucha de clases y los métodos de acción directa. Alerta sobre los “ministros obreros”, advirtiendo que su inclusión en los gobiernos burgueses no cambiaba el carácter de éstos.

La segunda parte delimita una plataforma de consignas inmediatas muy radicalizadas: salario básico vital y escala móvil de salarios, semana de 40 horas y escala móvil de horas de trabajo, ocupación de las minas ante los intentos de boicot patronal, contratos colectivos de trabajo, independencia sindical, control obrero de la producción y el trabajo en las minas, apertura de los libros contables, armamento de los trabajadores (piquetes de autodefensa contra la represión y las masacres), bolsa pro-huelga, supresión del trabajo a “contrato”.

En la tercera parte las Tesis se definen por la acción directa de masas como medio para conquistar el poder. Proponen aprovechar la inminente convocatoria electoral para llevar un bloque obrero al Parlamento, cuyo accionar debía estar subordinado a las necesidades de la acción de masas. Se pronuncian contra “todo intento colaboracionista en las filas obreras”, rechazan los “frentes populares” y la “unidad nacional” y reclaman la formación de una Central Obrera Nacional, anhelo que recién se concretará tras el triunfo de la insurrección de abril de 1952, con la fundación de la Central Obrera Boliviana (COB).

A lo largo de los años, la Tesis de Pulacayo ha sido criticada desde diversos ángulos. En particular, fue censurada por nacionalistas y stalinistas, pero también suscitó agudas discusiones desde la izquierda. Se ha objetado que en sus formulaciones no termina de romper con la concepción etapista de la revolución, que lleva implícita una cierta dosis de espontaneísmo (la creencia que basta la lucha para resolver los problemas) que constituye una traba para la formación de una subjetividad revolucionaria, que proclama la alianza obrero-campesina pero no adopta como propias las reivindicaciones fundamentales del campesinado indígena-originario, que no plantea la construcción de una dirección revolucionaria y los organismos de poder dual.

Discusiones válidas, sin duda, pero quizás habría que preguntarse si un documento, que después de todo es el programa de una federación sindical, debe contener la respuesta a todos (o casi todos) los problemas para la construcción de una subjetividad revolucionaria. Sin embargo, el proletariado boliviano, cada vez que decidió retomar el camino del clasismo, extraviado en las más diversas experiencias recorridas en las últimas seis décadas de la intensa historia boliviana, vuelve una y otra vez a Pulacayo. La reivindicación de la revolución obrera, las consignas transicionales y la referencia al socialismo han convertido a la Tesis de Pulacayo en una verdadera reserva estratégica para la praxis revolucionaria del movimiento obrero boliviano. Se puede afirmar con certeza que, mientras exista la explotación del hombre por el hombre, sus principios estratégicos fundamentales seguirán vigentes.







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