Cultura

TROTSKY, SINDICATOS Y BUROCRACIA PERONISTA (PARTE I)

¿Los sindicatos son de los trabajadores?

La larga historia de dominación capitalista y su relación con los sindicatos conlleva a ciertos “sentidos comunes” sobre su rol o representatividad. Para analizarlos y debatir, tomamos varios trabajos de Trotsky que aportan elementos fundamentales para ello.

Andrea Robles

Querellante en la Causa Triple A |miembro del staff de Ediciones IPS| @RoblesAndrea

Domingo 21 de agosto de 2016 | 13:22

A la hora de enfrentar el ataque de las patronales y del gobierno la cuestión del rol de los sindicatos se pone sobre el tapete. Hace decenas de años que los sindicatos en Argentina, que reúnen a los obreros de los grandes centros neurálgicos económicos del capitalismo, están al mando de burocracias sindicales que garantizan a modo de poderosas corporaciones un férreo control político. La burocracia sindical maneja las palancas del poder de los obreros de incidir o no en la vida gremial y política. La larga historia de los sindicatos, que abarca desde su conquista misma como organización hasta duras derrotas, permite que bajo control burocrático, muchas cuestiones sean naturalizadas o transformadas en “sentidos comunes”. Por eso, y porque son cuestiones complejas, a modo de homenaje por el 76 aniversario del asesinato de León Trotsky, no pretendemos con esta serie de notas cerrar el tema sino por el contrario acercar estos trabajos –de la tradición marxista con más de 150 años de experiencia comprobada–, como aporte para la reflexión y debate en los lugares de trabajo. En esta primera entrega:

¿Los sindicatos son de los trabajadores?

La clase obrera argentina tiene una tradición de las más combativas del continente. Desde su nacimiento: la primera huelga en 1878, la Semana Trágica en 1919 hasta la huelga de la construcción que derivó en la huelga general de 1936, el Cordobazo. Gran parte de la historia argentina se puede escribir a partir de los grandes hitos de la lucha de la clase obrera que ya cumplió 140 años.

En sus orígenes los sindicatos eran herramientas en manos de sus trabajadores. Los socialistas, anarquistas o comunistas que encabezaban los sindicatos eran corrientes políticas que se reivindicaban obreras y anticapitalistas.

La tendencia a la concentración del capital, el pasaje de un capitalismo de libre competencia a uno monopólico, desarrolló desde principios del siglo pasado la tendencia de maniatar los sindicatos al Estado burgués y el surgimiento de las burocracias, perdiendo su independencia. Como afirma León Trotsky:

Hay una característica común, en el desarrollo, o para ser más exactos en la degeneración, de las modernas organizaciones sindicales de todo el mundo; su acercamiento y su integración al poder estatal. (…) Las camarillas capitalistas que encabezan los poderosos trusts, monopolios, consorcios bancarios, etc. ven la vida económica desde la misma altura en que lo hace el poder estatal, y requieren, a cada instante, su colaboración. A su vez los sindicatos de las ramas más importantes de la industria se ven privados de la posibilidad de aprovechar la competencia entre las distintas empresas. Deben enfrentar un adversario capitalista centralizado, íntimamente ligado al poder estatal. De ahí la necesidad que tienen los sindicatos –mientras se mantengan en una posición reformista, o sea, de adaptación a la propiedad privada– de adaptarse al Estado capitalista y disputar su cooperación. A los ojos de la burocracia sindical, la tarea principal es la de “liberar” al Estado de sus compromisos capitalistas, debilitar su dependencia de los monopolios y atraerlo a su favor. Esta posición armoniza perfectamente con la posición social de la aristocracia y la burocracia obreras, que luchan por obtener unas migajas de las superganancias del imperialismo capitalista. Los burócratas hacen todo lo posible, en las palabras y en los hechos, por demostrarle al Estado “democrático” hasta qué punto son indispensables y dignos de confianza en tiempos de paz, y especialmente en tiempos de guerra” (León Trotsky, Los sindicatos en la era de la decadencia imperialista).

Trotsky da cuenta de varias cuestiones que impactan por su actualidad. El Estado no es un árbitro que gobierna en función del resultado de una disputa entre capital y trabajo, como lo presentan la burocracia sindical, el reformismo y en particular el peronismo. El carácter del Estado es burgués, es la institución encargada de garantizar el funcionamiento del capitalismo. Al decir del Manifiesto Comunista, “el gobierno del Estado no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”. Hoy con el gobierno de Macri la naturaleza de clase del Estado se hace más evidente que nunca pero la burguesía, dependiendo de la relación de fuerzas entre las clases y sus posibilidades económicas y políticas, ha apelado y puede apelar a gobiernos más engañosos –la historia está llena de ejemplos–. Incluso cuando ve peligrar su poder es capaz de apelar a gobiernos integrados también por las direcciones del movimiento obrero para ponerle fin y restablecer la “calma”.

La conformación del Estado burgués argentino, en las primeras décadas del siglo pasado, tenía como contradicción su debilidad para incorporar a las masas al régimen para estabilizar la dominación política –aunque el radicalismo y su contraparte, en el fortalecimiento de la corriente sindicalista en el movimiento obrero, intentaron cumplir ese rol–. Su dependencia del imperialismo otorga un carácter específico a los gobiernos, el Estado y su relación con los sindicatos.

Los países coloniales y semicoloniales no están bajo el dominio de un capitalismo nativo sino del imperialismo extranjero. Pero este hecho fortalece, en vez de debilitar, la necesidad de lazos directos, diarios, prácticos entre los magnates del capitalismo y los gobiernos coloniales y semicoloniales que, de hecho, dependen de ellos. En la medida en que el capitalismo imperialista crea en las colonias y semicolonias una capa de aristócratas y burócratas obreros, éstos necesitan el apoyo de los gobiernos como protectores y guardianes y, a veces, como árbitros. Esta constituye la base social más importante del carácter bonapartista y semibonapartista de los gobiernos de las colonias y de los países “atrasados” en general. También es la base de la dependencia de los sindicatos reformistas respecto al Estado”, (León Trotsky, Los sindicatos en la era de la decadencia imperialista).

De estas tendencias surge a su vez la imposibilidad de cualquier dirección reformista de lograr superar los marcos capitalistas y sus mecanismos de regulación, pacíficos o represivos, para defender los intereses de clase. Al no plantearse las direcciones obreras la superación del capitalismo, surge la tendencia a colaborar con los diferentes gobiernos de turno e imponer diversos “sentidos comunes”. Como aquel que pregona que cuando hay crisis económica los trabajadores tienen que solventarla y cuando no la hay, los empresarios hacen millonarias ganancias y a los trabajadores y al pueblo le corresponden migajas. El hecho que Facundo Moyano recientemente preguntara retóricamente quién estaría dispuesto a hacerle un paro a Macri en los primeros 100 días de su gobierno cuando ya habían despedido a 10.000 trabajadores (y transferido una porción del PBI a los sectores del campo e industriales de la burguesía, cuestión que no aclaró, tampoco dijo la cifra real, sino la que reconoció Macri) es parte de un “sentido común” de apoyo a la gobernabilidad burguesa por parte de la clase obrera.

En la década de 1930, la clase obrera desarrolló uno de los capítulos de lucha más combativo con la pelea por el reconocimiento de las organizaciones sindicales por rama de industria que agudizaron esta contradicción de las clases dominante en su pretensión de contener a una clase obrera en transformación. La imposibilidad del reformismo de defender la independencia de los sindicatos comenzó a hacerse evidente. Tanto el Partido Socialista (PS), el Comunista (PC), y la corriente sindicalista otorgaron un rol central a la negociación con el Estado. El PS priorizó la acción parlamentaria y el PC impulsó frentes con sectores burgueses –en su llamado internacional a conformar Frentes Populares de colaboración con la burguesía “democrática” – (1).

Si bien las primeras transformaciones de regulación del Estado hacia los sindicatos operaron en ese momento, fue la misma política de las direcciones la que facilitó que fuera el peronismo quien, a cambio de algunas concesiones en torno a las reivindicaciones que planteaban los trabajadores, consolidara sus cimientos. La estatización de los sindicatos (vía el cobro compulsivo de las cuotas sindicales, de las obras sociales, o regir los convenios y conflictos por medio del Ministerio de Trabajo) y la conformación de una burocracia –que se enriquece, u obtiene privilegios– para que garantice su sujeción, tal cual la conocemos hoy, se llevó a cabo en los primeros gobiernos de Perón. Como afirma el historiador del reconocido libro Los cuatro peronismos, Alejandro Horowitz, el peronismo vino a resolver esta debilidad del capitalismo argentino, estableciendo una poderosa mediación para impedir la intervención independiente de la clase obrera en los asuntos públicos.

Los sindicatos son una gran conquista de los trabajadores pero en manos de la burocracia y estatizados se transforman en instituciones al servicio de garantizar el funcionamiento capitalista. Esto no significa que sea una relación orgánica o natural. Como con toda casta parasitaria, todo lo contrario, es preciso recuperarlos como organizaciones de masas de la clase trabajadora. Pero antes de abordar esto último, surge otro de los “sentidos comunes” que afirma que “las grandes centrales sindicales serán siempre peronistas” porque responden a la “idiosincrasia de la mayoría de los laburantes”. Tema que trataremos en la próxima entrega, siguiendo con nuestro homenaje a León Trotsky y su obra.

Notas.
1. La historia de la clase obrera desde su nacimiento hasta los inicios del Cordobazo será desarrollada en un libro de Ediciones IPS que publicaremos proximamente.

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