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Marxismo y política transicional (II)

Marxismo y política transicional (II)

Publicamos a continuación la contrarrespuesta realizada por Maximiliano Rodríguez a la nota El Programa de Transición y la estrategia revolucionaria: respuesta a Maximiliano Rodríguez, producto de una serie de debates que hemos mantenido desde Ideas Socialistas con el economista y redactor de rebelion.org.

«El pensamiento revolucionario no tiene nada en común con la adoración de ídolos. Los programas y los pronósticos se ponen a prueba y se corrigen a la luz de la experiencia, que es el criterio supremo de la razón humana.»

León Trotsky, A noventa años del Manifiesto comunista

En vista a su última respuesta [1], la discusión con el profesor Valenzuela corre el riesgo caer en un poco fructífero diálogo de sordos, enclaustrado además en el estrecho círculo de los iniciados en el trotskismo.

Centramos nuestra exposición en dos temas específicos: la cuestión del desarrollo de las fuerzas productivas en El programa de transición y la denominada “estrategia” revolucionaria de la política transicional, esto no sin antes poner en guardia al lector sobre la peculiar forma de argumentación y discusión que el profesor Valenzuela pone en práctica.

1. El método argumentación y discusión del profesor

En sus intervenciones el profesor Valenzuela ha demostrado una forma bastante pintoresca de razonamiento, que lamentablemente termina por volver infructífero cualquier intento por entablar una discusión racional.

La forma en cuestión se caracteriza por tres artilugios, a saber:

· Lectura de textos a la luz de conclusiones preconcebidas, extrayendo de ellos cosas que en verdad no dicen;
· Levantar muñecos de paja para luego derribarlos afirmando que su interlocutor dice algo que en verdad nunca dijo, desprendiendo además conclusiones antojadizas; y
· Interpretación de los textos de Trotsky, y de El programa de transición en particular, como una cuestión de iniciados.

Revisemos.

a. Lectura según conclusiones preconcebidas

En su primer respuesta, el profesor hacía una singular lectura del texto de Lenin La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla [2], en que presentaba al líder bolchevique como un exponente de la política transicional, cuando en verdad nunca reivindicó una política de ese tipo.

Ahora vuelve hacerlo. Esta vez presenta a un Engels que supuestamente avala las políticas del tipo transicional, cuando precisamente en el artículo en que polemiza con Heinzen las rechaza explícitamente, estableciendo claramente el ámbito donde las medidas transicionales son efectivamente pertinentes (que no es urbi et orbi como lo sostiene el trotskismo) y dónde y cuándo no.

Hay que estar demasiado segado por la idolatría como para hacer encajar cualquier cosa y dar siempre la razón al ídolo. Ante dicha actitud, ninguna presentación de pruebas que contradigan al ídolo bastarán, porque al final siempre, y digan lo que digan, le darán la razón a este.

Aquí solo nos resta apelar al lector que tenga un mínimo de rigor teórico y honestidad intelectual, para que, libre de las anteojeras de la adoración, lea directamente –sin intermediarios– los textos aludidos, contraste posiciones y saque sus propias conclusiones.

b. Levantar y derribar muñecos de paja

Cuando alguien dice que un perro es negro, NO está diciendo que todos los mamíferos sean de dicho color, ni tampoco se desprende de dicha afirmación que los tigres sean un animal herbívoro.

Explicar algo así resulta tedioso, especialmente para alguien que enseña filosofía, y que por tanto debe tener un mejor conocimiento que uno en las reglas básicas de la lógica. Por lo mismo, nos resulta incomprensible que, ante nuestra afirmación de que «la tónica del capitalismo es el crecimiento y desarrollo de las fuerzas productivas», el profesor Valenzuela saque a colación, a pito de nada, una larga disquisición sobre las crisis económicas.

Pues bien, el caso es que al reconocer esta característica del capitalismo NO se está diciendo que las crisis NO existan, ni que el desarrollo de las fuerzas productivas se lleve a cabo sin contradicciones. Cuando Marx y Engels afirman, por ejemplo, en el Manifiesto que «la burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción» [3], no están negando –ni niegan– la existencia de las crisis económicas. De hecho, después de dicho pasaje las consignan y describen en detalle sus consecuencias.

Para aclarar, focalizarnos en el tema discutido y evitar falsas polémicas, estamos de acuerdo con la caracterización que Harvey hace de las crisis capitalistas, y que el profesor Valenzuela recoge en su escrito. No hay discrepancia al respecto [4]. Por el contrario, es un excelente complemento a nuestra afirmación sobre el desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo, el cual agradecemos de todo corazón.

La cuestión, sin embargo, es que el complemento del profesor no viene al caso, a saber: la visión estancacionista subyacente en El programa de transición. Una cosa no niega la otra, ni guardan relación para estos efectos. Es como pretender negar la afirmación de que el perro es negro porque los tigres en verdad son carnívoros. Sin duda es fácil demostrar que los tigres son carnívoros, y así “ganar” la discusión. Pero, ¿qué tiene que ver la dieta de los tigres con el color negro del perro? Pues nada.

Este es el conocido artilugio de levantar muñecos de paja en base a una caricatura de las posiciones del interlocutor, para luego derribarlos. Con esto se trata de desviar la atención sobre el verdadero tema debatido para “ganar” a toda costa una discusión.

c. Lectura para iniciados

Los textos destinados al público profano, donde precisamente se sitúan los programas de los partidos obreros, deben poder entenderse en sí mismos, sin referencias a ideas y textos previos del autor (que, de hecho, debería ser irrelevante). Lo que afirman no debe prestarse para dobles interpretaciones del lector. Trotsky tenía esa capacidad. Era, además de un gran orador, un excelente escritor. Sus distintos escritos denotan que poseía una pluma privilegiada, que cuando quería ser clara y directa, lo era.

Al inicio de El programa de transición Trotsky sostiene:

La premisa económica de la revolución proletaria ha llegado hace mucho tiempo al punto más alto que pueda alcanzar bajo el capitalismo. Las fuerzas productivas de la humanidad se estancaron. Las nuevas invenciones y los nuevos progresos técnicos no conducen a un acrecentamiento de la riqueza material. [5]

Pensemos entonces en un trabajador de a pie, con una capacidad de comprensión lectora normal y que no sepa absolutamente nada de Trotsky. ¿Cuál sería la idea central del texto que el trabajador destacaría después de su lectura? Creemos que en su calidad de lector desprejuiciado no cometería ninguna tergiversación de las ideas del autor al señala el estancamiento de las fuerzas productivas como idea central del texto. De hecho, es simplemente lo que está escrito. ¿Por qué debería suponer que lo que quiere decir en verdad el texto no es lo que está escrito, y que cuando habla de estancamiento de las fuerzas productivas de la humanidad el autor nos quiere decir otra cosa?

Pues bien, esto es precisamente lo que nos advierte el profesor. Sostiene que lo que allí dice o quiere decir Trotsky no es lo que está efectivamente escrito. Se trata de una interpretación de la coyuntura, nos advierte. Pero en ninguna parte el revolucionario ruso habla de que se trate de un estancamiento coyuntural o pasajero de las fuerzas productivas. Por el contrario, más adelante El programa de transición Trotsky hace hincapié que está siempre hablando de «la época del capitalismo en descomposición» (sic), corroborado además por la aseveración de que «el capitalismo liberal, basado en la competencia y la libertad de comercio, ha quedado completamente relegado al pasado» [6].

Como prueba de que lo que quiere finalmente decir Trotsky no es lo que efectivamente dice, y que este «no veía de manera unilateral las tendencias al estancamiento», el profesor Valenzuela remite a un texto sobre el “equilibrio dinámico” del capitalismo que data de… ¡17 años antes de El programa de transición! ¿A cuento de qué? Ni idea, porque además, como se sabe en el análisis estadístico-económico de series temporales –y esto seguramente no lo sabe el profesor–, un “equilibrio dinámico” bien puede darse en torno a una tendencia subyacente estacionaria como no estacionaria (creciente o decreciente) [7]. Trotsky no lo especifica en el pasaje citado por el profesor.

El problema con este tipo de interpretaciones “sintomáticas” de textos canónicos, en que el ídolo siempre tiene la razón al final del día, es que desplaza peligrosamente la discusión político-programática del terreno de la ciencia al de la fe y la religión, en donde solo los iniciados en las verdades reveladas son capaces de interpretar correctamente lo que el ídolo en verdad quiso decir. Sobra decir que este criterio deja abierta las puertas de par en par al burocratismo, donde solo el burócrata de turno tiene la potestad de determinar las interpretaciones correctas.

El tema es que, ¿por qué un trabajador de a pie tendría que tener un conocimiento acabado de la obra de Trotsky para entender El programa de transición? ¿Por qué tendría que ir a un texto escrito 17 años antes para entender correctamente la aseveración de que «las fuerzas productivas de la humanidad se estancaron»? ¿No se explica acaso por sí sola? En base a su propia observación de la realidad, ¿no estaría el trabajador en su legítimo derecho a dudar de eso de que «las nuevas invenciones y los nuevos progresos técnicos no conducen a un acrecentamiento de la riqueza material»? ¿Por qué alguien tiene que salirle con la monserga del “equilibrio dinámico”? ¿Por qué el ídolo, siempre genial y en lo correcto, no fue capaz de expresar claramente lo que quería decir, y, en cambio, hay que recurrir a intérpretes especializados para entender sus ideas?

Para dejarlo en claro, la discusión que mantenemos con el profesor Valenzuela es sobre el texto El programa de transición: sus ideas centrales, presupuestos y consecuencias, y no una de orden filológico de la obra de Trotsky.

2. Sobre la política de El programa de transición

Dejando de lado el pintoresco “método” de argumentación del profesor, nos focalizaremos en dos temas particulares relativos a la política basada en El programa de transición: la cuestión del desarrollo de las fuerzas productivas y la supuesta “estrategia” revolucionaria transicional.

a. La cuestión de las fuerzas productivas y la política transicional

El programa de transición descansa sobre una concepción estancacionista del desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo, asociada, según Trotsky, a la época monopolista de este modo de producción.

Este supuesto rasgo estructural del capitalismo contemporáneo es crucial para la política que pregona El programa de transición, ya que a partir de este se deduce toda una cadena causal, a saber: 1. estancamiento de las fuerzas productivas -> 2. incapacidad del capitalismo para satisfacer demandas de los trabajadores, por muy parciales y acotadas que sean -> 3. cualquier demanda de los trabajadores entra inmediatamente en colisión con la propiedad privada capitalista, abriendo automáticamente una situación de cuestionamiento al poder de la burguesía.

En este esquema entra a jugar la política transicional, que cumple la función de acercar –a modo de “puente”– a los trabajadores a la conciencia revolucionaria que les permita acceder al poder. La fórmula consiste en agitar y convocar a luchar por medidas que cuestionen la propiedad privada capitalista, buscando «que las masas trabajadoras aumenten sus aspiraciones e ilusiones». [8]

El presupuesto del estancamiento de las fuerzas productivas es crucial para gatillar toda la cadena causal descrita en El programa de transición, y establecer a partir de allí el lugar y rol de la política revolucionaria.

Aquí algunas preguntas para el profesor (¡y por favor no salga con lo del “equilibrio dinámico”!): si el estancamiento de las fuerzas productivas no es un rasgo estructural del capitalismo contemporáneo, sino solo «una lectura de la situación concreta de 1938 y sus principales encrucijadas» [9], ¿es siempre válida la cadena causal que Trotsky identifica en El programa de transición a partir de ese hecho, como por ejemplo que «cualquier reivindicación seria del proletariado y hasta cualquier reivindicación progresiva de a pequeñaburguesía, conducen inevitablemente más allá de los límites de la propiedad privada capitalista y el Estado burgués» [10]? Si no es así, ¿por qué entonces el PTR levanta medidas transicionales, como el control obrero, en contextos de crecimiento económico y para los asuntos más diversos (conflicto mapuche, por ejemplo)? Si las levanta en dichos contextos ocurre una de dos: o la política de agitar medidas transicionales no depende del estancamiento de las fuerzas productivas, y es válida entonces siempre y para cualquier escenario del capitalismo; o bien, se está asumiendo implícitamente que estas están estancadas, lo cual no corresponde a la realidad y la línea política de la organización está mal formulada para el escenario en el que actúa.

Ahora bien, según el profesor el crecimiento y desarrollo de las fuerzas productivas como característica del capitalismo no estaría confirmada «ni en la teoría marxista ni en la experiencia histórica» [11]. El problema, y para desgracia de nuestro pedagogo, es que este rasgo si está confirmado, tanto por la teoría marxista como por la experiencia histórica.

En la teoría, dicho rasgo aloja en el mismo concepto [12] con el que Marx captura la esencia y universalidad del capital, entendido este como valor que se valoriza, y que se sintetiza en la conocida fórmula D-M-D’ del capítulo IV de El capital. Implícita en dicha fórmula está recogida la naturaleza expansiva del capital (en la medida que D’>D), y que en la esfera de la producción le lleva al constante desarrollo de las fuerzas productivas en la forma de extensión de la jornada laboral (plusvalía absoluta), tecnificación de los procesos productivos (plusvalía relativa), reproducción ampliada por medio de la reinversión de la plusvalía, aumento de la composición orgánica, etc.

A su vez, y no es sino precisamente en la práctica histórica donde la concepción marxista del desarrollo de las fuerzas bajo el capitalismo se ve confirmada. Es cosa de tomar cualquier serie larga de 5, 10 o 50 años del producto por habitante o de la productividad media del trabajo para corroborarla. Pese al crecimiento turbulento (turbulent growth) [13] que estos indicadores muestran a lo largo de los años, la tendencia es clara hacia el crecimiento, en el sentido que los periodos en que se estancan o, incluso, decrecen se ven más que compensados por aquellos en que se expanden.

La corroboración del desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo en la práctica histórica es fundamental para la discusión sobre la política transicional, ya que, como lo establecía el mismo Trotsky, «los pronósticos se ponen a prueba y se corrigen a la luz de la experiencia» [14]. De este modo, si finalmente la aseveración de que «las fuerzas productivas de la humanidad se estancaron» no resulta verdadera a la luz de la experiencia histórica, ¿qué consecuencias trae esto para toda la serie de conclusiones que de dicha aseveración se extrae en El programa de transición y de la política que en él se establece a partir de ella? La interrogante se la dejamos planteada al profesor.

b. “Estrategia revolucionaria” transicional

La política transicional descansa sobre una singular dialéctica entre la lucha de clases y la conciencia revolucionaria de los trabajadores. En efecto, El programa de transición sostiene a final de cuentas una concepción eminentemente voluntarista de la acción revolucionaria. Está la idea de que el partido de la clase trabajadora puede desencadenar, a través de la agitación de medidas transicionales, un escenario de lucha por el poder. A este disparate el profesor Valenzuela lo llama una «articulación con la estrategia revolucionaria» (sic), entendida como «el arte de vencer, articulando las batallas parciales –sindicales, parlamentarias, teóricas– con el objetivo de derrotar a la burguesía y poner en pie un gobierno de trabajadores basado en la autoorganización» [15].

Paradójicamente este tipo de “estrategia” –de que la organización política puede crear situaciones revolucionarias estimulando la subjetividad de las masas– coincide con otras vertientes del marxismo (como el guevarismo, por ejemplo) que precisamente ponen el acento en la exaltación de la voluntad de lucha como detonante de la acción política revolucionaria de las masas [16]. Voluntarismo que, en el caso del trotskismo, descansa en una concepción fuertemente subjetivista de la conciencia de clase, y que lleva finalmente a que la política transicional conciba la conciencia revolucionaria de los trabajadores de forma superficial como el aumento de sus «aspiraciones e ilusiones [sic]» [17]. Este voluntarismo relega a segundo plano las condiciones de realización de las reivindicaciones que se levantan, haciendo depender todo finalmente de la lucha y la correlación de fuerzas. En palabras de Trotsky: «la “posibilidad” o la “imposibilidad” de realizar las reivindicaciones es, en el presente caso [refiriéndose a la demanda transicional de escala móvil de salarios y horas de trabajo], una cuestión de relación de fuerzas que solo puede ser resuelta por la lucha» [18].

Sin embargo, dentro del marxismo existe también una concepción distinta acerca de los escenarios que abren disputas por el poder entre las clases (situaciones revolucionarias), la dialéctica de la lucha de estas y la conciencia revolucionaria y el rol que cumple en esta la organización política de la clase trabajadora. Esta es la de Lenin.

De acuerdo a esta, las situaciones revolucionarias se caracterizan por la concurrencia de una serie de «cambios objetivos» (imposibilidad de las clases dominantes de mantener su dominación, agravación de los padecimientos de las masas explotadas y ascenso del movimiento de masas) que «no solo [son] independientes de la voluntad de los distintos grupos y partidos, sino también de la voluntad de las diferentes clases» [19]. Por tanto, al ser una situación independiente de la voluntad de los partidos y las clases que estos representan, no hay ningún “puente” que establecer «entre [las] reivindicaciones actuales [de las masas] y el programa de la revolución socialista» [20], tal como lo establece la política transicional.

En otras palabras, no hay reivindicación programática –porque en realidad no corresponde a los programas– que pueda desencadenar un escenario de lucha revolucionaria por el poder. El programa simplemente fija los objetivos máximos y mínimos que la organización política impulsa en el seno de las masas en determinados escenarios: la conquista del poder político por los trabajadores en una situación revolucionaria, la abolición de la propiedad privada capitalista y la instauración del socialismo, por una parte; y una serie de reformas (si, ¡reformas!) beneficiosas para la clase trabajadora en contextos de dominación burguesa, por otra. Así, en el caso de los partidos marxistas, la parte mínima formula una serie de reivindicaciones dentro del capitalismo (si, ¡dentro del capitalismo!) que apuntan, según la expresión de Lenin, a «preservar a la clase obrera de la degeneración física y moral, así como elevar su capacidad de lucha por su propia emancipación» [21].

Siendo las reivindicaciones mínimas sobre las que descansa la actividad cotidiana de masas de la organización política obrera, Lenin explicaba la relación de estas con la lucha revolucionaria por el socialismo de la siguiente manera: «¿Acaso […] en una sociedad objetivamente madura para el socialismo, la realización de todas las exigencias del programa mínimo habrían dado el socialismo? Pero tampoco es así. Solo puede decirse que, en la práctica, lo más probable es que toda lucha seria por las principales reivindicaciones del programa mínimo, puede encender la lucha por el socialismo, y que nosotros en todos los casos tendemos a ello» [22].

Antes de continuar cabe hacer dos aclaraciones para evitar los malos entendidos que arma el profesor Valenzuela.

En primer lugar, desde la perspectiva leninista, lo erróneo no es la separación entre el programa mínimo y máximo e impulsar la lucha en torno a reivindicaciones mínimas. En el texto aludido –al que también se refiere el profesor en su escrito– Lenin simplemente advierte del error de pensar que el conjunto de reivindicaciones mínimas, aun alcanzándose dentro del capitalismo, da o abre una perspectiva directa hacia el socialismo (cosa que concordamos y nunca hemos sostenido nada en sentido contrario). Esto contrasta con la posición de Trotsky de que «cualquier reivindicación seria del proletariado […] conducen inevitablemente más allá de los límites de la propiedad privada capitalista y el Estado burgués» [23].

Para Lenin, levantar demandas mínimas en sí mismo no es reformismo. El reformismo está en sostener que estas dan el socialismo. El embrollo del profesor está en presentar la aclaración de Lenin como si este supuestamente percibiera que se tratara de un “límite” (sic) del programa mínimo, sugiriendo así que el líder bolchevique sería un precursor de El programa de transición.

En segundo lugar, la versión creada por Trotsky –y que el profesor Valenzuela, como buen idólatra, se traga completa y repite sin mayor juicio crítico– de que la separación entre programa mínimo y máximo correspondería exclusivamente a la socialdemocracia, y que en ella estaría la fuente del reformismo y oportunismo que aquella mostró durante la coyuntura de la Primera Guerra, es en sumo simplista. Teñida además de maniqueísmo con el fin de fundamentar las propuestas que Trotsky presenta en El Programa de transición.

Otro aspecto en que la concepción leninista se contrapone a la política transicional está en el cómo ambas conciben la relación entre la conciencia de clase y la lucha de clases y el rol que, a partir de esta, se desprende de la organización política. Como vimos, la política transicional busca instalar un estado de aumento en las aspiraciones e ilusiones «cuyo objetivo consiste en una movilización sistemática de las masas para la revolución proletaria» [24].

Nada de eso se encuentra en Lenin. De hecho, en sus Tesis de abril, fija como eje de la política bolchevique, en la coyuntura revolucionaria de 1917, el de explicar a las masas la situación por la que en ese momento atravesaba Rusia. De forma aún más clara, refiriéndose a la tarea de los bolcheviques de luchar contra las ilusiones de las masas, sostenía «la necesidad de “echar vinagre y bilis en el jarabe de las frases democrático-revolucionarias”» [25].

En Lenin, por tanto, la política revolucionaria no se elabora en base a “aspiraciones” e “ilusiones”, sino contra ellas, explicando con toda crudeza y claridad a las masas la situación que enfrentan y las tareas que tienen por delante. No se trata naturalmente de que las masas no posean ilusiones que estén inspiradas por buenos y legítimos deseos, y que no haya que considerarlas dentro del análisis de la situación política; pero, por lo general, estas responden a formas veladas de ideología burguesa en la conciencia de las masas fruto del estado de dominación en el que se encuentran.

La forma en que la política transicional concibe la relación entre conciencia y lucha de clases conlleva dos peligros. Por una parte, que la organización política caiga en el espontaneísmo. Por eso no corresponde a esta “plegarse” a las ilusiones de las masas (la frase cliché que se repite una y otra vez en el trotskismo para “fundamentar” esta política es la de “hacer la experiencia con las masas”); ni, como pretende la política transicional, salirle al paso a las ilusiones burguesas con ilusiones “revolucionarias” a través de la “estrategia” de reivindicar demandas transicionales. Por otra parte, el criterio de establecer la política en función de los vaivenes que experimenta el estado de ánimo de las masas expone finalmente a la organización al oportunismo, fenómeno recurrente en las organizaciones que adoptan políticas del tipo transicional.

Finalmente, hay otro aspecto importante en que contrastan la política transicional y la concepción defendida por Lenin, y es que las “orientaciones” que la primera pretende entregar no son más que una declamación de imperativos categóricos (“deben hacer esto y esto otro”) desde la organización política hacia las masas y sus órganos de lucha , que en general no expresan sino buenos deseos (del estilo “la crisis la deben pagar los empresarios”). Como este tipo exigencias no logran el éxito esperado, está siempre a la mano la explicación de la pasividad y traición de las dirigencias burocráticas que frenan la lucha de las masas. Sin embargo, esto es solo una parte de la historia. Los “estrategas” transicionales nunca se cuestionan seriamente lo errado de exigir planes de lucha a la burocracia sindical, la verdadera disposición de lucha de las masas trabajadoras o lo absurdo de las reivindicaciones transicionales.

En contraste, en Lenin la cuestión del deber ser apunta fundamentalmente hacia la organización política, en el sentido de establecer los cursos de acción que esta, en su calidad de representante de los intereses de la clase, debe adoptar en determinado momento en el seno de las masas trabajadoras. La organización debe ganarse el apoyo de aquellas a través del convencimiento, y no mediante la prescripción de cursos de acción. En 1917 la política bolchevique no consistió en prescribirle a las masas que debían levantar soviets –de hecho, estos ni siquiera fueron inventados por los bolcheviques, ellos solo constataron y aprovecharon el hecho– para tomarse el poder y nacionalizar bancos e industrias, o en exigirle al gobierno provisional que pusiese fin a la guerra e implementase medidas de transición al socialismo; sino en explicar que, pudiendo hacerlo, el poder debía ser asumido por los soviets para poner fin a la guerra. Para ello el partido bolchevique llevó a cabo una sistemática campaña de propaganda y agitación en el seno de los soviets para esclarecer estos objetivos y ganarse la confianza de la mayoría de la clase obrera rusa.

En resumen, y en contraste con la concepción leninista, la denominada “estrategia revolucionaria” de la política transicional muestra a lo menos tres deficiencias fundamentales:

· Una errónea identificación del origen y causas de las situaciones revolucionarias, y el rol desencadenante asignado a las reivindicaciones programáticas;
· Un concepto subjetivista de la conciencia revolucionaria de clase, concebida como el aumento de las aspiraciones e ilusiones de las masas y no como el esclarecimiento racional de los desafíos y tareas que estas tienen frente a las crisis de la dominación burguesa; y
· Un rol eminentemente prescriptivo de la organización política frente a las masas trabajadoras y sus órganos de lucha.

3. Conclusiones

Más allá de la pintoresca forma de argumentación del profesor Valenzuela, nada de lo por él dicho en su última respuesta desmiente las debilidades teóricas (economicismo) y errores de caracterización del capitalismo (estancacionismo) que mencionamos respecto a El programa de transición de Trotsky.

Por otra parte, la supuesta –y así denominada por el profesor– “estrategia revolucionaria” presente en El programa de transición no es tal.

En contraste, existe en el marxismo una concepción alternativa (Lenin) que se diferencia radicalmente de la “estrategia” transicional. En esta, no es función de las reivindicaciones programáticas en sí mismas desencadenar situaciones de disputa revolucionaria por el poder. De allí que mantenga la separación conceptual entre programa mínimo y máximo, sin ningún “puente” entremedio como pretenden establecer los defensores de la política transicional.

Bajo esta separación subyacen una serie de diferencias fundamentales referentes a cómo ambas concepciones conciben los orígenes y causas de las situaciones revolucionarias, la dialéctica de la lucha y la conciencia de clase de los trabajadores y, finalmente, la relación de la organización política con las masas y el rol que juega en el seno de estas.

Finalmente, esta concepción alternativa en el marxismo no solo es distinta a la política transicional, sino que además probó en la experiencia histórica («criterio supremo de la razón humana» según Trotsky) ser exitosa, en el sentido de ser capaz de construir partidos obreros con fuerte arraigo de masas y, que es lo más importante, de llevar a la clase trabajadora al poder. Logros que, a pesar de todos sus “puentes”, no figuran en la historia de la política transicional.

Julio 2020

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NOTAS AL PIE

[1Véase Juan Valenzuela: El Programa de Transición y la estrategia revolucionaria: respuesta a Maximiliano Rodríguez. Disponible en: http://www.laizquierdadiario.cl/El-Programa-de-Transicion-y-la-estrategia-revolucionaria-respuesta-a-Maximiliano-Rodriguez

[2Véase Juan Valenzuela: El “Programa de transición” y su actualidad frente a la crisis en curso. Disponible en: https://www.laizquierdadiario.cl/El-Programa-de-Transicion-una-lectura-para-la-crisis-en-curso

[3Carlos Marx y Federico Engels: Manifiesto del Partido Comunista en Obras Escogidas, tomo I, Editorial Progreso, URSS, 1974, p. 114.

[4Si el profesor pusiera atención a las citas que trae a colación se daría cuenta que Harvey comienza hablando de «el crecimiento económico bajo el capitalismo» [los destacados son nuestros]. Gramaticalmente hablando, “crecimiento” es el núcleo del sujeto, mientras que el resto son solo determinantes de este que especifican el asunto tratado. Distinto hubiese sido si el geógrafo partiera hablando de “el estancamiento (o el decrecimiento) económico bajo el capitalismo”, pero no es así.

[5León Trotsky: El programa de transición (La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional) en El programa de transición y la fundación de la IV Internacional, Obras escogidas de León Trotsky, volumen 10, Ediciones IPS, Argentina, 2017, p. 43. Los destacados son nuestros.

[6León Trotsky: El programa de transición… en El programa de transición y la fundación de la IV Internacional, op. cit., pp. 46 y 51. Los destacados son nuestros.

[7Véase Walter Enders: Applied Econometric Time Series, Fourth Edition, Wiley, United States, 2015.
Dicho sea de paso, con la monserga del “equilibrio dinámico” el profesor intenta refutar nuestra afirmación de que la política de El programa de transición descansa en una visión economicista. Para aclarar la cuestión, no es que Trotsky asuma posiciones economicistas por sostener una visión estancacionista del desarrollo de las fuerzas productivas, sino, como veremos más adelante, por deducir de esta la dinámica que cobra la lucha de clases en el capitalismo contemporáneo. El economicismo consiste en explicar fenómenos de una determinada esfera de la vida social a partir de la esfera económica, cuando precisamente no pueden ser reducidos a aquella.

[8Nota a la edición de León Trotsky: El programa de transición y la fundación de la IV Internacional, op. cit., p. 11. Los destacados son nuestros.

[9Juan Valenzuela: El Programa de Transición y la estrategia revolucionaria…, op. cit.

[10León Trotsky: El programa de transición… en El programa de transición y la fundación de la IV Internacional, op. cit., p. 46. Los destacados son nuestros.

[11Juan Valenzuela: El Programa de Transición y la estrategia revolucionaria…, op. cit. Los destacados son nuestros.

[12Entendiendo por concepto aquella categoría elemental del pensamiento humano que fija los rasgos esenciales y necesarios de un objeto determinado.

[13Anwar Shaikh: Capitalism: competition, conflict, crises, Oxford University Press, New York, 2016, capítulo 2.

[14León Trotsky: A noventa años del Manifiesto comunista en El programa de transición y la fundación de la IV Internacional, op. cit., p. 31.

[15Juan Valenzuela: El Programa de Transición y la estrategia revolucionaria…, op. cit. Los destacados son del original.

[16El Che Guevara formulaba de la siguiente manera esta concepción: «el foco insurreccional puede desarrollar las condiciones subjetivas [de la revolución] sobre la base condiciones objetivas dadas». Ernesto Che Guevara: La guerra de guerrillas, Ocean Sur, Bogotá, 2006, p. 13.

[17Nota a la edición de León Trotsky: El programa de transición y la fundación de la IV Internacional, op. cit., p. 11. Los destacados son nuestros.

[18León Trotsky: El programa de transición… en El programa de transición y la fundación de la IV Internacional, op. cit., p. 48. Los destacados son nuestros.

[19V.I. Lenin: La bancarrota de la II Internacional en Obras escogidas, tomo V, Editorial Progreso, Moscú, 1976, p. 227. Los destacados son nuestros.

[20León Trotsky: El programa de transición… en El programa de transición y la fundación de la IV Internacional, op. cit., p. 46.

[21V.I. Lenin: Proyecto de programa del Partido Socialdemócrata de Rusia en Obras completas, tomo 6, Editorial Progreso, Moscú, 1981, p. 220n. Los destacados son nuestros.

[22V.I. Lenin: Comentarios para el artículo sobre el maximalismo en Obras completas, tomo XXIV, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1970, p. 252. Los destacados son nuestros.

[23León Trotsky: El programa de transición… en El programa de transición y la fundación de la IV Internacional, op. cit., p. 46.

[24León Trotsky: El programa de transición… en El programa de transición y la fundación de la IV Internacional, op. cit., p. 47.

[25V.I. Lenin: Las tareas del proletariado en nuestra revolución (Proyecto de plataforma del partido proletario) en Obras escogidas, tomo VI, Editorial Progreso, Moscú, 1976, p. 286.
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