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SEMANARIO

Ni la comida es segura si el futuro está en manos de los capitalistas

Juan Valenzuela

Ni la comida es segura si el futuro está en manos de los capitalistas

Juan Valenzuela

La dependencia alimentaria de Chile

Pero ahora, con la crisis del covid-19 desatada a nivel global, se revela que el hecho de que Chile se destaque como exportador de algunos alimentos como uva de mesa, cerezas, arándanos, ciruelas, filetes de salmones frescos y congelados, mejillones, truchas congeladas enteras, erizos de mar ahumados y malta tostada; no lo libra de la dependencia de las importaciones de otros alimentos que son de uso masivo y básico. Cerca del 20% de los lácteos que se consumen en el país son importados, lo mismo ocurre con 40% de los granos y el 50% de las carnes, productos que son parte del consumo básico de millones de personas.

Es por esta razón que la incertidumbre respecto a la alimentación de millones de personas comienza a ser una realidad. “No somos autosuficientes” en términos alimentarios. “Chile solo tiene cubierto aproximadamente el 50% de la demanda”. Ese es el diagnóstico del economista Roberto Darrigrandi. Pronostica que si la crisis empeora, es posible que “existan productos sobre los cuales veamos complicaciones, sobre todo si se cierran las fronteras”. Por su parte, Ricardo Ríos, gerente de Chilterra –el tercer productor de lácteos a nivel nacional-, dice que si esta situación sanitaria en países productores se extiende por un tiempo amplio, “vamos a estar expuestos a un corte en la cadena de suministro por parte de estos países que nos abastecen de cosas básicas”.

El escenario mundial

Estos pronósticos, son coherentes con el escenario que empieza a visibilizarse a nivel mundial en términos alimentarios. Qu Dongyu, presidente de la Food and Agriculture Organization dependiente de la ONU, afirmó que “la pandemia de Covid-19 está afectando a los sistemas alimentarios y a todas las dimensiones de la seguridad alimentaria en el mundo (…) Ningún país es inmune”. Los hechos que confirman que los sistemas alimentarios corren peligro, son muy concretos: Kazajstán, uno de los principales exportadores de trigo, prohibió la exportación de harina y además de zanahorias, azúcar y papas. Vietnam no firmará nuevos contratos de exportación de arroz. Rusia evalúa suspender exportaciones semana a semana. La agencia de prensa Bloomberg, alerta de la posibilidad de que surja un “nacionalismo alimentario”.

Historias tranquilizadoras

Estos análisis y pronósticos de la crisis en un tema tan sensible como la alimentación, contrasta enormemente con las palabras tranquilizadoras que trata de instalar el gobierno. “Estamos muy bien abastecidos. No hay ninguna razón para que haya acaparamiento ni suban los productos agrícolas”. Así, el ministro de Agricultura Antonio Walker le baja el perfil a las complicaciones y se muestra extrañado de la percepción de la gente. Juan Carlos Domínguez, de ChileCarne, habló de una “sobrerreacción” frente al covid-19 y planteó que en lo que respecta a la producción de la “carne de cerdo y aves, Chile no depende de terceros países para su abastecimiento, por lo que de no verse interrumpida la cadena logística no debería existir desabastecimientos de estos productos”. Distinto es el caso de la carne de vacuno: “podría haber escasez si es que Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay -principales proveedores- decidieran imponer una política restrictiva sobre estos insumos”.

Lo cierto, es que las alzas ya son una realidad y que existen presiones para que esas alzas se generalicen. No es casual. Por ejemplo, en lo que respecta al trigo, Chile depende de importaciones de tres países: Canadá, Estados Unidos y Argentina. La producción local es poco tecnologizada y no alcanza a satisfacer la demanda. Si la oferta mundial disminuye a raíz de decisiones como la de Kazajistán que prohibió exportar harina, eso significa que las presiones para subir los precios o limitar las exportaciones, cobrarán más relevancia también para otros exportadores como Canadá, Estados Unidos o Argentina, de los que depende Chile. En Estados Unidos, en lo que respecta a las mascarillas, Trump ya prohibió las exportaciones. ¿Qué pasaría si eso se extiende a otros productos como el trigo? Así, productos como el pan o los fideos, podrían elevar sus precios.

Ya estamos viendo alzas en productos de consumo masivo. Las papas, por ejemplo (tomando como referencia una comparación de la semana que va del 6 de enero al 10 de enero, con la semana del 30 de marzo al 3 de abril de este año), según los datos oficiales de ODEPA tomados en Lo Valledor y la Vega Central, subieron de $272 a $308 el kilo (+$36); las naranjas, de $591 a $935 (+$344); las cebollas de $277 a $305 (+$28); etc. En un lapso de tiempo similar, en el año 2019, el alza de las papas fue claramente menor: de $168 a $187 (+$19). Y las cebollas y las naranjas, al contrario a lo que ocurrió este año, bajaron de precio: aquéllas, de $444 a $250 (-$194) y éstas de $352 a $312 (-$40).

Todo esto revela la falsedad de uno de los argumentos que dio el gobierno para justificar el estado de excepción y la presencia militar en las calles: proteger las cadenas de abastecimiento. Estas cadenas de suministro, en realidad, están en manos de capitalistas inescrupulosos que aprovechan las crisis para especular con los precios. Lo que protegen los militares, es el derecho de estos empresarios a hacer negocios con nuestras penurias.

Control obrero, expropiación de los grandes propietarios de la tierra y de la industria alimenticia: un programa socialista frente a la crisis

Para proteger la “cadena de abastecimiento” y garantizar que los alimentos no escaseen ni se encarezcan por la especulación, es necesario que trabajadoras y trabajadores luchemos por la apertura de todos los registros y cuentas de las empresas, para controlar la producción y la distribución de productos y así denunciar cada alza de precios, formando comités de trabajadores en la industria agropecuaria, en los puertos, los centros logísticos y los supermercados.

Sus ganancias y sus lujos no son más importantes que nuestras vidas. Es necesario pensar un plan integral para garantizar el abastecimiento de todo lo necesario para la alimentación del pueblo. Si hay dependencia de importaciones en lácteos, granos y carnes rojas; no podemos dejar eso en manos de intermediarios inescrupulosos que piensan más en sus bolsillos que en la alimentación del pueblo. El Estado debe garantizar el suministro y los trabajadores deben gestionarlo. Por último, expropiar las tierras a los grandes empresarios y terratenientes y toda la industria alimenticia, es fundamental para planificar la producción alimenticia teniendo como objetivo central que nadie pase hambre. Tomás Pablo Rosa, señalaba que Chile “dispone de 35,5 millones de hectáreas bajo uso agrícola, pecuario y forestal, de un total de 75,6 millones. Aún hay espacio para crecer. Solo 1,3 millones de hectáreas tienen cultivos anuales y permanentes”. Además de esto, hay que tener en cuenta que cerca del 30% de la industria manufacturera, está destinada a la alimentación. Es posible y necesario que el uso de todos esos recursos sea planificado de acuerdo con las necesidades de los trabajadores y el pueblo y no de acuerdo al afán de acumular riquezas privadas de los capitalistas. Hay que evitar a toda costa que la crisis sanitaria del covid-19 se conjugue con el hambre.

El capitalismo no nos puede asegurar ni la comida el día de mañana. Por eso hay que derribarlo. Un gobierno de trabajadores y un programa socialista e internacionalista para reorganizar la sociedad, son tareas completamente actuales.

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Juan Valenzuela

profesor de filosofía - Partido de Trabajadores Revolucionarios
profesor de filosofía - Partido de Trabajadores Revolucionarios
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