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Portuario de Valparaíso: y si sacamos al Rojas, ¿a quién ponemos?

Una cosa es segura en el paro portuario: hay un extenso repudio a la dirigencia sindical traidora que encabeza Roberto Rojas. Pero la moción de censura, que se vota este martes, abre esa pregunta en algunos dudosos

Lunes 3 de diciembre | 13:50

La importancia de los puertos

Del total de transferencia de mercancías en el mundo, un 95% lo hace a través de los puertos. La economía mundial está hace mucho tiempo completamente interconectada, con cada país vinculado con otros de mil maneras, tanto financieras como políticas. Países y hasta continentes enteros se dedican a fabricar, o a extraer materias primas, o simplemente a consumirlo todo. Los portuarios saben perfectamente que por sus manos pasan todos los productos de consumo masivo importados, como también los productos de exportación, ya sea materias primas o manufacturas.

Los puertos de la zona central del país (Ventanas, Valparaíso y San Antonio) son la vía de salida de todo el cobre de la zona central, como también de la industria hortofrutícola. A su vez, son la vía de entrada energética (combustibles de todo tipo), de insumos como el acero que necesita la industria, de productos de consumo masivo que abastecen a la población.

Cada rama productiva en el país tiene sus respectivos puertos: en el norte son más mineros, en el sur más forestales. En el centro, combinan diversas industrias.

Los puertos son “posiciones estratégicas” de la economía. Es decir, pese a ser lugares muy puntuales, y tener relativamente pocos trabajadores, un sólo paro afecta fuertemente todo el sistema productivo.

Eso lo saben los trabajadores, pero también lo saben los empresarios y sus gobiernos, y por ello sus sindicatos han sido históricamente objeto de salvajes disputas para controlarlos. En Valparaíso, lamentablemente, esa batalla la ganó hace 18 años la familia Von Appen… pero esa historia está llegando a su fin.

Por ejemplo, este paro lo ocasionaron los "tiempos mejores" de Piñera, que está perdiendo su sostén económico y en el puerto de Valparaíso se expresó concretamente en una sustantiva baja en la transferencia de carga, con un impacto directo en los ingresos de los trabajadores. Ésto movilizó al conjunto de los trabajadores en la búsqueda de bonos compensatorios, transformándose de una lucha económica en una lucha política contra su propia dirección.

Lo que no hizo Pinochet lo hizo la Concertación

Los portuarios eran antiguamente trabajadores fiscales, con ingresos estables y sindicatos poderosos. Los empresarios tuvieron que golpearlos en dos tiempos para lograr dividirlos y debilitarlos: primero, con la disolución de la antigua Emporchi y la creación de la figura del “trabajador portuario eventual”, que no tenía horario ni trabajo seguro, y en cambio pasó a tener contratos que duran 7 horas y media. Segundo, con la privatización de los frentes de atraque de todo el país. Lo primero lo hizo la dictadura a inicios de los 80’. Lo segundo lo hizo la Concertación desde fines de los 90’.

Ésta privatización de una industria estratégica del país no hubiese sido posible si es que los dirigentes de la época (entre los que se encontraba Roberto Rojas) no hubiesen aceptado de manos de José Miguel Insulza las platas para indemnizaciones, directamente, para repartirla a su antojo. Diez mil millones de pesos costó la traición. Así es cómo entraron al juego los Von Appen, los Matte, los Angelini y los Luksic, y así fue cómo el trabajo eventual convirtió a los sindicatos en verdaderas bolsa de trabajo, donde quién miraba feo al dirigente se quedaba sin pega.

Basta de dirigentes de empresa

Los sindicatos, así, se convirtieron en instrumentos no de los trabajadores para defenderse y lograr sus reclamos, sino de un pequeño grupo de matones sin principios que, no contentos con ser pagados por las empresas para disciplinar a los trabajadores, se dedicaron a sacarle la mayor cantidad de plata a los mismos socios. Sus objetivos eran opuestos a los de los trabajadores, quienes se daban cuenta de todo pero eran objeto de amenazas, censuras, calumnias y expulsiones. Por ejemplo, cualquier socio del Sindicato Nº1 de Estibadores de Valparaíso sabe que su directiva hace muchos años se dedica a mentir de cara a toda la Asamblea, acallando cualquier crítica, suponiendo que la base trabajadora les cree, resultando imposible proponer cualquier cosa porque todo queda para “puntos varios”, teniendo que aguantar dos horas de un monólogo falso de arriba abajo al final del cual no queda nadie.

Uno de los peores males que inculcó Rojas fue intentar adoctrinar a los trabajadores en que ellos tenían la culpa de todo, que eran unos brutos, unos ignorantes, que se ganaban el despido solos, que eran incapaces de hacer nada. Es muy fácil identificar a un seguidor de Rojas, porque trata a todos como imbéciles, y para comprobarlo dice que él mismo también es un imbécil.

Derivado de esto, que habría que saber un montón de leyes. Lo cierto es que el trabajo portuario está regulado en no más de cinco páginas del Código del Trabajo, que regulan cuestiones tales como la obtención del carnet rojo, los comités paritarios o la duración del turno, y nada más. Las leyes no tienen un gran peso aquí. Todo lo importante en la relación con las empresas es: quién tiene la fuerza para imponerle al otro su voluntad. Todo cambio surge de hechos impuestos.

Pero el actual paro le ha demostrado a todos que los trabajadores de Valparaíso pueden levantar un enorme proyecto colectivo propio, como es una movilización, sostenerla y desarrollarla, no sólo contra las empresas, sino contra esa misma directiva. Es decir, no necesitan más a un grupo reducido de gente, que ni siquiera trabaja, haciendo todo por ellos (mejor dicho, contra ellos).

Democracia sindical

Una vez echado Roberto Rojas y su séquito, la pregunta más importante no será ¿y ahora quién?, sino, ¿qué hacemos?

Hay tres cosas que ya existen, pero hay que desarrollar al máximo:

a) los delegados por área o especialidad (algo que venía poniéndose en práctica, con mucha debilidad, en OPVAL); es decir, que cada especialidad elija delegados o delegadas, de acuerdo a su cantidad, para que actúen como sus voceros ante la empresa, y los trabajadores estén en todo momento representados, en la pega misma.

b) Un Cuerpo de Delegados, es decir, el conjunto de delegados de ambos terminales, de todas las especialidades y áreas, que exprese el sentir de toda la base trabajadora. Esto no es precisamente lo que hoy existe, que es más bien un pequeño grupo de voceros elegidos por la base al calor de la lucha. La clave de un Cuerpo de delegados es que sea lo más extenso posible, para ser la mejor vía de expresión del conjunto de trabajadores.

c) La Asamblea como instancia máxima resolutiva. Esto debe desarrollarse, para mantener la cohesión del Sindicato, pero no de manera autoritaria, como hacía Rojas, sino como una instancia donde la base pueda discutir libremente, haya libertad de crítica, de opiniones, de tendencias. Una Asamblea sin censuras, sin la odiosa Comisión de Disciplina actuando como guardaespaldas de la directiva, acallando a quién sea hable contra las empresas.

Es decir, no necesitamos más un grupito cerrado que haga todo por el resto. Al contrario, una vez sacado Rojas, la vida sindical florecerá, las comisiones organizarán la amplia iniciativa de la base, la unidad se hará más fuerte, las desconfianzas irán desapareciendo, la moral irá aumentando y los portuarios podrán experimentar la fuerza que poseen.

Este aspecto de democracia sindical solamente podrá llegar a su máxima expresión si se guía por una política de unidad de todos los trabajadores: la fusión de todos los sindicatos portuarios; a su vez que por una política de independencia respecto de las empresas. Es la única manera, por otra parte, de que el trabajador portuario vuelva a ser un “sujeto” activo de la ciudad, que se gane el aprecio de los porteños, que toda la ciudadanía entienda y apoye sus demandas, para que sea así un referente y un ejemplo, apoyando las luchas de otros trabajadores y las luchas que nos competen a todos como trabajadores (como ya hicimos con No+AFP), con el pueblo Mapuche, contra la represión, y también sectores sociales tales como el movimiento estudiantil, con quienes es seguro que una alianza de lucha sería una combinación que multiplicaría la fuerza de ambos.

Independencia política respecto de las empresas

En el mundo portuario hemos visto infinidad de contradicciones. Los sindicatos más combativos del país parecen pisarse la cola a cada rato. Un día hacen noticia nacional por realizar Paros en Solidaridad con otros puertos (una completa novedad en el país) y al día siguiente emiten declaraciones diciendo que agradecen a las autoridades, a las empresas y los marinos, imitando la nefasta política de los dirigentes tradicionales de la CUT. Hoy por ejemplo, que con la empresa TCVAL se puede dialogar, y con TPS no. O que a Luksic le preocupa la industria nacional, y a Von Appen su puro bolsillo. Que a los puertos no pueden entrar a fiscalizar carabineros, pero sí pueden hacerlo los marinos (¿puede imaginarse uno, en cualquier trabajo, y de improviso aparece un policía a pedirle los documentos?), etc.

No hay política más terrible para la clase obrera que aquella que plantea que hay empresarios buenos y empresarios malos. Que con unos sí y con otros no. Cualquier trabajador de TCVAL sabe que esos empresarios son tan abusivos como los Von Appen, solamente que cuando aparece el Gobierno agachan el moño.

No puede haber democracia sindical si es que los dirigentes se hacen amigos de los empresarios. Si hay una relación de mutua conveniencia entre empresarios y dirigentes, primero desaparecerá la democracia sindical, luego desaparecerá la plata, y después empezarán a desaparecer los que critican eso.

“Proyecto país” o Control de los Trabajadores

El remate máximo de esa política de subordinarse a un empresario “bueno” es la de pretender que a ese tipo de empresarios le interesa el país. Que con ese tipo de empresarios podemos mirar hacia el futuro y todo será una relación hermosa y beneficiosa para todos. Por el contrario, todas las últimas crisis medioambientales por las que ha atravesado el país los últimos años, la infinidad de casos de abusos laborales, de abusos en cobros, de hipocresía sobre la responsabilidad social, nos muestran que todo tipo de empresario sólo vela por su propio bolsillo.

Si los mineros ya han planteado la reestatización del cobre, los portuarios ¿podemos reestatizar los puertos?

Echar a esos magnates es una cuestión que se ha planteado repetidas veces, casi siempre por motivos legales. Por ejemplo, ante la terrible multiplicación de casos de accidentes fatales, según lo cual Von Appen debería haber perdido la concesión hace mucho.

Pero no se trata acá de cuestiones legales o de simplemente volver al Estado, se trata de quién hace el trabajo en los puertos. Porque los portuarios, desde los administrativos hasta los estibadores, saben perfectamente cuando llega nave y hay que agenciarla. Saben cómo organizar los turnos para buques en los sitios, cómo coordinar con las flotas de camiones y los clientes finales, saben qué tipo de maniobras se van a utilizar, qué tipo de carga viene y cómo manipularla, sabe cómo operar las maquinarias y cómo se organizan las “nombradas” para distribuirse en cuadrillas, saben el precio del metro de frente de atraque por hora y de metro cuadrado en el muelle. En fin, cualquier trabajador portuario medianamente experimentado conoce enteramente la industria en la que trabaja.

Y eso demuestra la cuestión más importante de todas: que los empresarios no son necesarios, porque solamente se dedican a echarse la plata al bolsillo y hay que echarlos a todos. Por el contrario, los únicos que realizan la pega de verdad se les termina el contrato apenas finaliza el turno, siendo que son los que debiesen llevarse todo el fruto de su esfuerzo.

Porque los trabajadores portuarios han demostrado de sobra que tienen la capacidad de movilización y lucha para proponerse objetivos a su altura. No podemos seguir eternamente pidiéndoles a los patrones, enviándoles cartas, saludándolos, haciéndoles petitorios que, por más que se cumplan, hay que volver a enviar a cada rato porque lo logrado ya no vale nada.

Es decir, la lucha por la reestatización bajo gestión obrera de los puertos.

Este paro portuario en Valparaíso nos abre todas éstas posibilidades. Depende de cada portuario elegir por su futuro, que no puede seguir dependiendo de Roberto Rojas.






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