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SEMANARIO

¿Qué lecciones podemos sacar del proceso revolucionario en Chile?

¿Qué lecciones podemos sacar del proceso revolucionario en Chile?

Organizaremos este artículo en tres temas: el papel del Estado; la potencialidad social y política de la clase trabajadora y la cuestión del partido revolucionario. Intentaremos hacer un contrapunto entre el periodo que estudiamos (1970-1973) y la actualidad.

El verdadero rol del Estado durante el proceso chileno

La burguesía, en la lucha por defender sus intereses -como hemos explicado-, no dudó en utilizar a las fuerzas armadas como un instrumento para reprimir a los trabajadores y las trabajadoras, especialmente desde el tanquetazo del 29 de junio en 1973, acción luego de la que vinieron una serie de allanamientos en fábricas y poblaciones y atentados de la extrema derecha. De esa manera quedó en evidencia el papel del Estado como un instrumento al servicio del dominio de los capitalistas. Pese a eso, la UP defendió hasta el último minuto la tesis de que las Fuerzas Armadas iban a permanecer respetuosas de la Constitución.

Por su parte, el MIR, como explicamos en la cuarta sesión de este curso, si bien desarrolló críticas a la política de gabinetes cívico-militares y al constante intento de la UP de pactar con la DC, no tuvo política de autodefensa de masas y renunció a una hipótesis de insurrección que inevitablemente llevaba a una ruptura política con la Unidad Popular, camino que el MIR prefirió no transitar.

Así, las estrategias políticas que entraron en juego desde la izquierda, en los años más revolucionarios de la historia de Chile, entraban en contradicción con las exigencias que imponía la situación crítica, donde la clase capitalista no iba a dudó en ejercer la violencia contrarrevolucionaria frente al ascenso obrero y de masas. En la Unidad Popular predominó la tesis de las fuerzas armadas respetuosas de la constitución, pero las FF.AA. fueron una herramienta al servicio de la contrarrevolución, empezando a cumplir ese papel incluso antes del golpe del 11 de septiembre al amparo de la ley de control de armas.

La insubordinación de grupos de marinos en contra de la oficialidad golpista en la Armada, torturados por sus mandos posteriormente antes del golpe de septiembre; revelaba que si los trabajadores dejaban clara su decisión de avanzar hacia un gobierno propio con métodos revolucionarios, podrían haber derrotado las fuerzas armadas y represivas. Pero la UP, consecuentemente con su férreo respeto a la institucionalidad y confianza en “las fuerzas armadas constitucionales”, en vez de emprender ese camino, aplicó el plan Prats-Millas para devolver fábricas tomadas por los trabajadores; avaló la aprobación de la ley de control de armas, que fue utilizada por el campo contrarrevolucionario para realizar los allanamientos militares contra los cordones industriales, los locales sindicales y las poblaciones. Así, le otorgó cada vez más peso a las FFAA en la situación política, con los ministros militares, y el estado de sitio. Herramientas que utilizó el sector contrarrevolucionario para conspirar y trabajar en los preparativos del golpe militar, con Pinochet incluso instalado en el gabinete en 1973.

El Estado capitalista mostró de manera cruel, ser una maquinaria que defiende los intereses de la clase dominante, cuestión que hace más medio siglo ya había sido advertida por el dirigente revolucionario Lenin en su clásica obra El Estado y la Revolución, donde enfatizó la imposibilidad de conquistar el socialismo por medio de “reformas” al Estado capitalista, que como menciona, tiene por objetivo esencial cuidar la propiedad privada por medio de "destacamentos armados".

¿Tiene vigencia esta conclusión en la actualidad? Creemos que sí. Efectivamente, el rol del Estado, ha sido particularmente notorio durante los acontecimientos de la revuelta y ahora durante la pandemia. Si bien el Estado chileno ha mutado en su forma desde la época de la UP hasta nuestros días, continúa siendo un instrumento para el dominio de los capitalistas.

Las grandes empresas financian leyes a su favor que son resguardadas por las políticas del gobierno y las fuerzas represivas. Como quedó demostrado en las revuelta de octubre del 2019, con toques de queda, mutilados y asesinados por denunciar los 30 años de saqueo neoliberal en Chile.

Haciendo un uso político de la pandemia y la crisis sanitaria, el gobierno demuestra que lo único que le interesa es que las empresas sigan ganando, reducir sus pérdidas, facilitando despidos y el acceso a salvatajes estatales. Se optó, criminalmente, por mantener la producción a costa de las vidas de millones de trabajadores, somos obligados a viajar entre 1 y 2 horas en un completo hacinamiento, en el transporte público, a trabajos no esenciales, para tener que estar en las noches bajo un toque de queda que no cumple ninguna función esencial. Para garantizar esta explotación, el gobierno busca avanzar en fortalecer las herramientas represivas el aparato estatal como la ley de “protección de infraestructura crítica” que le permitirá al gobierno sacar a las fuerzas armadas, sin decretar “estado de excepción” o fortalecer el aparato de inteligencia estatal. Con estas medidas aceitan las facultades del Estado preparándose para reprimir próximos eventos de la lucha de clases que puedan surgir por el hambre.

No es azarosa la agenda represiva de Piñera para fortalecer el Estado. Cuando la clase capitalista ve sus privilegios en peligro, puede recurrir a los agentes armados del Estado para reprimir. Ahora se están preparando para eventos futuros más complejos. La agenda legislativa del gobierno confirma que la función esencial del Estado es preservar el dominio de clase patronal.

¿Con qué fuerza entonces se puede enfrentar al Estado y destruirlo? ¿Qué lo reemplazaría? Esa pregunta se planteó en el proceso revolucionario de 1970 a 1973. También reflexionaremos sobre su actualidad.

La fuerza transformadora de la clase trabajadora

El proceso revolucionario de 1970 a 1973 mostró el rol estratégico de la clase trabajadora derivado de su rol clave en la economía del país. Concentrada en los principales centros productivos del país, tenía además un gran peso social: el 85% de la población en Chile dependía de un salario para vivir mes a mes. Mayoritariamente, la población del país estaba concentrada en áreas urbanas, muchas veces colindantes con poblaciones, tomas de terrenos y campos.
Eso, como se demostraría con la experiencia de los Cordones en 1972 y 1973, le daba la posibilidad de ejercer un papel dirigente en el proceso revolucionario, generando alianzas con los campesinos, los pobladores, el pueblo mapuche y la juventud estudiantil. Frente al papel completamente reaccionario de la clase capitalista que impulsó medidas como el paro patronal de octubre de 1972 y terminó respondiendo al ascenso de masas con un golpe de Estado y la represión, en concordancia con el imperialismo norteamericano; la clase trabajadora dio muestras de una enorme capacidad de lucha y resistencia, enfrentando las tentativas para desestabilizar la economía en octubre de 1972, siendo parte de tomas de terrenos a manos de los campesinos y del combate al mercado negro en común con los pobladores. El desabastecimiento y el mercado negro fueron enfrentados con una serie de medidas de lucha por los trabajadores, tales como el comercio directo de los productos elaborados en las fábricas.

La carta que los Cordones Industriales le dirigieron a Allende poco antes del golpe, revela también la enorme conciencia que habían alcanzado los trabajadores respecto de su propia fuerza social y política. En la carta, el balance que se hace de octubre de 1972 cuando pararon los patrones y camioneros afectando las cadenas de suministro, es que “fue la voluntad y organización de la clase obrera la que mantuvo al país caminando frente al paro patronal” y “que se mantuvo la producción, el abastecimiento, el transporte, gracias al sacrificio de los trabajadores y se pudo dar el golpe mortal a la burguesía”.

Sin embargo, en la misma carta leemos que si bien “nadie puede negar la tremenda potencialidad revolucionaria demostrada por el proletariado”, los Cordones consideran que el gobierno de la UP tomó una salida para la crisis “que fue una bofetada o la clase obrera, instaurando un Gabinete cívico-militar”.

¿La clase obrera sigue siendo la clase determinante en la actualidad? Claramente, aunque su composición y la condiciones de trabajo hayan cambiado respecto al Chile de los 70’. Por ejemplo, hoy sería impensable que los trabajadores textiles tengan el papel que tuvieron entre 1970 y 1973 simplemente porque la producción de vestuario ha sido deslocalizada casi por completo y las prendas que vestimos provienen en buena medida de países como China. El peso relativo de los distintos sectores que componen la clase trabajadora en el país, ha cambiado hoy: ha surgido un nuevo sector de servicios y han proliferado trabajos sumamente precarios, como los que entregan aplicaciones como Rappi y Uber, destinados centralmente a las y los jóvenes. Esto, sin considerar la fragmentación que existe en términos organizativos y políticos producto de décadas de ataques neoliberales.

Pero más allá de esos cambios, Chile lejos de ser un país de “clase media”, es un lugar donde se ha ampliado de forma categórica la clase trabajadora, siendo nada más ni nada menos que 11 millones de personas quienes viven de sus salarios, sin contar a los familiares no asalariados de esas personas. Un punto de comparación fundamental con el periodo de 1970 a 1973 es la existencia de centros laborales que son verdaderas posiciones estratégicas de las cuales dependen zonas más vastas de la economía y la vida social, elemento que le da un enorme peso a la clase trabajadora como sujeto social. Pensemos en el papel gravitante que cumplen los puertos para el suministro, las termoeléctricas e hidroeléctricas, pensemos en el papel central que cumplen los servicios de transporte público como el Metro en las grandes ciudades, pensemos en los centros logísticos asociados al retail o en el papel que están cumpliendo ahora las y los trabajadores de la salud al enfrentarse en primera línea contra la pandemia del COVID-19. Pensemos en el papel que tienen la minería, la industria forestal o la pesca para la actividad económica de Chile.

La revuelta del 18 de octubre sin duda puso en tela de juicio toda la herencia económica y social de la dictadura. Pero el 12 de noviembre fue cuando apareció en la escena la fuerza social de la clase trabajadora. La revuelta social contra los 30 años llevaba poco menos de un mes y se realizó la huelga más importante de los últimos 25 años que paralizó puertos, servicios públicos y que se expresó con múltiples cortes y acciones combativas. El enorme despliegue de fuerza de ese día, mostraba un camino concreto para derribar al gobierno de Piñera. Sin embargo, esta fuerza encontró límites para desplegarse como producto de los límites que le impusieron las direcciones burocráticas de la CUT controlada por el Partido Comunista y la “cocina” de la cual participaron los principales partidos del Frente Amplio con los partidos del orden.

Hoy, los capitalistas y los partidos políticos que sostienen su régimen
Cordones Industriales y coordinación: la lucha por la autoorganización de la clase trabajadora y la unidad con los sectores populares

El surgimiento y el desarrollo de los Cordones Industriales entre junio de 1972 y septiembre de 1973, en las principales zonas fabriles del país, fue la mayor expresión de esa fuerza obrera durante los años de la UP, en el terreno de la autoorganización. Este fenómeno es una expresión de la enorme creatividad de la clase trabajadora a las necesidades y urgencias que impuso la situación política y la lucha de clases, pero no se trató de un fenómeno puramente espontáneo: los militantes obreros de organizaciones como el Partido Socialista y el MIR tuvieron un papel central.

Los Cordones Industriales no se ciñeron a las formas organizativas previstas legalmente como los sindicatos o la CUT, si bien muchos de sus dirigentes eran al mismo tiempo dirigentes sindicales. Implementaron la coordinación en un nivel territorial, en lugares como Cerrillos-Maipú, Vicuña Mackena o San Joaquín, Arica, Talcahuano u Osorno. Utilizaron métodos asamblearios. No limitaron su actividad a demandar cuestiones corporativas: barrieron las separaciones entre las distintas ramas productivas uniendo a trabajadores de un mismo sector geográfico de la ciudad y generaron desde sus inicios múltiples vasos comunicantes con el movimiento de pobladores y el movimiento de campesinos, apoyando tomas de terrenos y combatiendo en común el mercado negro y el acaparamiento.

Cuando se aproximó el peligro del hambre y el desabastecimiento con el paro patronal de octubre de 1972 y cuando la probabilidad de la contrarrevolución con las fuerzas armadas y el golpe de Estado se hizo real el 29 de junio de 1973 con el tanquetazo, fue precisamente la vanguardia obrera organizada en los Cordones Industriales, el sector que reveló la mayor iniciativa, la mayor capacidad de articulación y el mayor ánimo combativo.

En un Manifiesto lanzado por el Cordón Industrial Vicuña Mackenna –el más importante de Santiago junto al Cordón Cerrillos-Maipú- se declaraba en noviembre de 1972 que la experiencia de esos días:

«ha demostrado que los trabajadores no necesitan de los patrones para hacer funcionar la economía. En sus desesperados intentos por paralizar el país, sólo han conseguido mostrar su carácter parasitario ante los ojos de todo el pueblo. Todavía más, se han quedado aislados, junto al puñado constituido por aquellos sectores medios privilegiados. La conclusión es clara: sobran los patrones» (noviembre de 1972).

Después del tanquetazo de junio del 73, la fuerza de la clase trabajadora expresada en los Cordones volvió a manifestarse: los trabajadores se tomaron más de 400 fábricas y buscaron prepararse para hacerle frente a las acciones con características fascistas de las fuerzas armadas y la extrema derecha, que allanaban fábricas y tomaban el control de algunas poblaciones amparados en la “ley de control de armas” a la cual la UP había avalado con la firma del propio Allende en octubre de 1972, a fines de lograr un entendimiento con la Democracia Cristiana.

En la carta del 5 de septiembre de 1973 de los Cordones a Allende que citamos, ya se advierte el peligro golpista. Se denuncian los allanamientos de las Fuerza Aérea en MADEMSA, MADECO y RITTIG. Critican la actitud del gobierno ante la fuerza de la clase trabajadora, por no confiar en la fuerza y capacidad de combate de los trabajadores:

«los trabajadores sentimos una honda frustración y desaliento cuando su Presidente, su Gobierno, sus Partidos, sus organizaciones, les dan una y otra vez la orden de replegarse en vez de la voz de mando de avanzar. Nosotros exigimos que no sólo se nos informe, sino que también se nos consulte sobre las decisiones que al fin y al cabo son definitorias para nuestro destino».

Como podemos ver, aun criticando la actitud del gobierno, la carta de los Cordones muestra una cierta contradicción: al mismo tiempo que expresa la enorme iniciativa revolucionaria de trabajadores y trabajadoras que los lleva a criticar el hecho de que el gobierno constantemente llama al repliegue, exigen ser tomados en cuenta en las decisiones por ese mismo gobierno que se apoyaba cada vez más en las Fuerzas Armadas. Al interior de los Cordones no existió un programa y una estrategia alternativa que apostara a que los Cordones se desarrollaran para transformarse en un verdadero factor de poder, lo que implicaba romper políticamente con el rumbo que imponía la Unidad Popular. Un rumbo que -como sabemos- para buscar acuerdos con la Democracia Cristiana, entraba en contradicción con las iniciativas de los trabajadores de los Cordones Industriales.

¿Tiene alguna vigencia pensar cómo lucharon los Cordones Industriales y las experiencias de coordinación en 1972 y 1973? A nuestro modo de ver, en el Chile actual, posterior a la revuelta del 18 de octubre y al paro nacional del 12 de noviembre, y ahora en un contexto de pandemia, recesión económica, desempleo y hambre en las poblaciones; el problema de la coordinación vuelve a emerger como una problemática crucial. Surgieron iniciativas como las asambleas territoriales, brigadas de salud, y ahora ollas comunes en diferentes poblaciones. Pero también surgieron como elementos de coordinación entre trabajadores con sectores populares: el Comité de Emergencia y Resguardo en Antofagasta, el Comité de Salud y Seguridad desde el Hospital Barros Luco que buscan fortalecer esta alianza.
El Comité de Emergencia y Resguardo surgió en plena rebelión, como una iniciativa del Sindicato de Profesores y Profesionales de la Educación y convocó también a trabajadores de la salud, el comercio y la industria, que se coordinó con las poblaciones, estudiantes, apoderados, profesionales. El 12 de noviembre el Comité de Emergencia y Resguardo marchó en conjunto con 25 mil trabajadores, profesoras, pobladores y jóvenes en la ciudad de Antofagasta. También se unieron trabajadores mineros en las calles del centro de la ciudad y participan las poblaciones como la Miramar. Se trató de una importante jornada de unidad obrera y popular.

Hoy, en pleno 2020, la centralidad obrera y la hegemonía hacia otros sectores oprimidos continúan siendo sin duda problemas plenamente actuales. Como parte de la pelea por rescatar la tradición de autoorganización de los Cordones Industriales, quienes militamos en el PTR peleamos por desarrollar todas las experiencias de autoorganización y coordinación de los trabajadores con los sectores populares, siendo parte e impulsores del Comité de Emergencia y Resguardo en Antofagasta y de la lucha por la coordinación en el Hospital Barros Luco. Durante la revuelta y el proceso de lucha contra el gobierno, impulsamos la pelea por una huelga general, por la salida de Piñera y por una Asamblea Constituyente Libre y Soberana. Ahora que amenaza el problema del hambre y un colapso del sistema sanitario, peleamos por la nacionalización del cobre bajo gestión de los trabajadores, para que todos esos recursos sean destinados a enfrentar la pandemia y las necesidades derivadas de la recesión de la economía.

Construir un partido revolucionario de la clase trabajadora es una tarea esencial

La pregunta final que queremos tratar de responder es la siguiente ¿era posible enfrentar el peligro del golpe? ¿Los trabajadores y trabajadoras, podrían haber dado una batalla con opciones de vencer? ¿Era posible un camino político distinto? ¿Existió algún partido de izquierda que propusiera una alternativa revolucionaria coherente a la “vía chilena al socialismo”?

A nuestro modo de ver, un factor muy importante para explicar el curso que tomaron los acontecimientos, fue la ausencia de un partido revolucionario que propusiera una alternativa a la “vía chilena al socialismo”, peleando para que los Cordones Industriales impulsaran la unidad de acción, el frente único de todos los trabajadores y trabajadoras contra la ofensiva contrarrevolucionaria, organizando la autodefensa contra los grupos de extrema derecha como Patria y Libertad y las acciones de las fuerzas armadas.

La actuación política de la Unidad Popular no resistió la prueba de los acontecimientos, en cuanto su respeto a las instituciones y las Fuerzas Armadas se estrelló cada vez más contra los sectores que organizaron activamente la contrarrevolución.

Amplias franjas de trabajadores y sectores populares se percataron de que el gobierno de la Unidad Popular no estaba interesado en propinarle derrotas decisivas a la clase patronal y las fuerzas que preparaban la reacción. La carta de los Cordones Industriales también, es tajante en esta conclusión:

«Sabemos que en la historia de las revoluciones han habido momentos para replegarse y momentos para avanzar; pero sabemos, tenemos la certeza absoluta que en los últimos tres años podríamos haber ganado no sólo batallas parciales sino la lucha total; haber tomado en esas ocasiones medidas que hicieran irrevocable el proceso» (Carta de los Cordones Industriales a Allende, 5 de septiembre de 1973).

Esta enorme disposición al combate de la vanguardia obrera de los Cordones Industriales, no predominó para conducir el proceso. Para ello hacía falta un camino político distinto al de la Unidad Popular, que tampoco existía en los Cordones Industriales: un camino político que se propusiera la destrucción del Estado capitalista y su sustitución por organismos de autoorganización de masas como base de un gobierno de trabajadores. Emprender un camino así, implicaba poner en el centro el desarrollo de verdaderos organismos de doble poder de los trabajadores: contrapuestos al poder estatal capitalista, lo que en buena medida se jugaba en la oportunidad que tenían los Cordones para convocar a la defensa del proceso revolucionario a cientos de miles de trabajadores hasta conquistar un gobierno de trabajadores de ruptura con el capitalismo basado en la autoorganización y en el desarrollo de la autodefensa, a través de la formación de milicias de trabajadores, objetivo para el cual los Cordones podían jugar un papel de vanguardia. Pues en 1972 y 1973 se evidenció como nunca antes que la lucha por la realización de medidas revolucionarias está de la mano con las medidas de autodefensa de la clase trabajadora. Los allanamientos violentos en fábricas y las tomas de poblaciones por milicos como en la zona del Cordón San Joaquín, hacían sentir cada vez más la necesidad del armamento.

No obstante, llamar a formar milicias de trabajadores y pobladores para hacerle frente a los sectores fascistas que aparecían en la escena, hubiese implicado romper con la institucionalidad y concretamente con el pacto de garantías democráticas hecho con la Democracia Cristiana que le reservaba a las fuerzas armadas y a carabineros el monopolio de las armas. Es un camino que la UP no emprendió pues iba contra su razón de ser que era la “vía chilena al socialismo”. Por su parte, el MIR al no contar con una hipótesis insurreccional basada en la autoorganización de las masas, quiso darle una solución al problema del armamento con una concepción de “partido armado” que finalmente se reveló totalmente incapaz de responder a los enormes peligros, al mismo tiempo que tuvo una relación oscilante con el gobierno de la Unidad Popular.

Para la clase trabajadora se trataba de acontecimientos complejos y desafiantes. Buscó resolverlos heroicamente con la creación de los Cordones Industriales. Esto ocurría mientras miles y miles de jóvenes trabajadores, pobladores, mujeres, mapuche y estudiantes, durante esos años, se hicieron militantes con la intención hacer la revolución y engrosaron las filas de las organizaciones de izquierda existentes, muchas veces entrando en contradicción con lo que decían los dirigentes de estas organizaciones y con su política, como ocurrió con los militantes obreros del PS y el MIR que trabajaban en los Cordones Industriales. Cientos de miles discutían cuáles eran las vías para alcanzar el socialismo. Buscaban entregar sus energías a la causa de transformar la sociedad.

Pero no sólo eso. También hubo trabajadores que al pelear sólo por sus demandas inmediatas como aumentos salariales terminaron siendo instrumentalizados por la derecha y la Democracia Cristiana, como ocurrió con los trabajadores mineros de El Teniente en su paro de 74 días de 1973, que se enfrentaron a trabajadores y pobladores de izquierda en las calles de Santiago, lo que mostraba los límites de una política puramente sindicalista o gremialista.

La tragedia de 1973 es esta: no existió un partido con un programa revolucionario y con una estrategia que buscase que toda la energía revolucionaria de los trabajadores y el movimiento de masas fuesen encaminadas a propinarle derrotas irreversibles a la clase patronal.

Frente a desafíos nuevos como el peligro de una contrarrevolución armada y cuando el papel de la Unidad Popular se puso cada vez más en evidencia, la clase trabajadora no pudo improvisar una nueva dirección. Trotsky, reflexionando sobre la revolución española ocurrida en la década de 1930, decía algo que de cierta manera es útil para pensar la situación revolucionaria que tuvo lugar en Chile en esos años: que sin heredar del período precedente un partido revolucionario preparado y capaz de aprovechar el derrumbamiento del viejo partido dirigente, es imposible que al calor de los acontecimientos decisivos, surja de manera espontánea una dirección política revolucionaria que pueda cambiar el rumbo.

Para el caso chileno, esto es doblemente cierto. A pesar de la política de la UP, la clase obrera chilena llevó adelante la titánica tarea de enfrentar los embates de la burguesía, tomando las fábricas y enfrentando el paro patronal burgués y enfrentando la política del reformismo que llamó a devolver las fábricas tomadas y decretó una ley de control de armas que permitió al ejército desarmar a la clase obrera y desmoralizarla antes del combate. Pero bien: durante el lapso de tiempo en que los sectores avanzados de la clase trabajadora organizados en los Cordones chocaron con la política del gobierno de la UP; no logró forjarse una dirección revolucionaria, un partido, que tomando las experiencias de la grandes revoluciones, pudiese orientarse en los complejos acontecimientos de ese periodo. Estaba todo para que eso surgiera, salvo los militantes de carne y hueso que durante años se hubiesen preparado para afrontar un escenario tan complejo como el que se desarrolló en esos años. No existió un partido revolucionario que aprovechara la situación para que los trabajadores llegaran al poder.

Esta conclusión, en medio de la actual recesión mundial, en medio de las penurias sociales asociadas a la crisis del Covid-19, es una tarea más clave que nunca. En Chile y en otros lugares del mundo, estamos viendo como prolifera el hambre y el desempleo. Por primera vez en décadas, en la principal potencia imperialista del mundo estemos viendo revueltas en más de 70 ciudades, como una respuesta al asesinato racista de George Floyd. Hasta hace no mucho tiempo, Estados Unidos, desde el punto de vista de la lucha de clases, estaba más retrasado, en comparación a otros países imperialistas como Francia, donde se había generado el movimiento de los “chalecos amarillos” y donde los trabajadores venían resistiendo a los ataques de Macron. Estados Unidos parecía mucho más alejado de procesos así. Ahora, con un importante protagonismo de la juventud negra, pero también con amplios contingentes de la juventud latina y blanca, estamos frente a movilizaciones de carácter histórico. Lo que pasa en este país, en buena medida, es un síntoma de la crisis en curso y debe alertarnos respecto a la dirección que tomará la situación internacional. No olvidemos que es precisamente en Estados Unidos donde el desempleo dio un salto radical, superando en pocas semanas el desempleo que se detonó con la crisis de 2008. Además, por datos recientes, vemos que la alta tasa de desempleo afecta mayoritariamente a las mujeres, pobres y racializadas. Lo que acontece en Estados Unidos es muy clave, por ser la principal potencia imperialista del mundo. El escenario al que nos acercamos, no es sólo de ataques del capital, sino también de importantes fenómenos de la lucha de clases. Esto, de por sí, hace mucho más urgente la tarea de construir un partido revolucionario internacionalista.

Necesitamos llegar preparados a escenarios revolucionarios. Hoy en día, el Partido Comunista y el Frente Amplio buscan acomodarse cada vez más en la institucionalidad, mientras el gobierno golpea las condiciones de vida de trabajadores y sectores empobrecidos y mientras no cesan los despidos, o busca paliativos, para entregar recursos frescos a los capitalistas y algunas migajas a los sectores empobrecidos. Esto se ve en concreto con la aprobación de las principales figuras políticas del Frente Amplio a la ley antisaqueos -por la cual luego pidieron disculpas- escrita para criminalizar la protesta social, luego de la revuelta, y se ve también con la reciente ley de protección al empleo, votada a favor por el PC junto a la UDI y RN, ley que tuvo el efecto de disparar la cesantía a niveles que no se habían visto desde la crisis económica de los 80’, gracias a la figura de las “suspensiones”.

La Central Unitaria de Trabajadores por su parte, ha dejado pasar los despidos, suspensiones, recortes salariales y la desidia empresarial, en una especie de “tregua” permanente con el gobierno doblemente asesino de Sebastián Piñera: que mata en revuelta y en pandemia. Curiosamente, en su programa actual, la CUT dice que es necesario prohibir totalmente los despidos en el mediano plazo, entre otras cosas, pero su acción se limita a exigir con palabras que las organizaciones sociales sean consideradas por el gobierno para los diálogos y no desarrolla ningún plan de lucha para alcanzar esas demandas.

Todo esto nos lleva a la importante conclusión de que no podemos encontrar soluciones duraderas para las grandes mayorías de la mano de los empresarios y sus partidos. Por el contrario, la única manera de avanzar en ese sentido es afectar las ganancias y el poder de los capitalistas, y para emprender estas tareas es necesario construir un partido revolucionario de la clase trabajadora, con militantes que se preparen para los grandes desafíos que están por venir. Esa es una batalla necesaria en el presente.

La clase obrera en Chile dio enormes muestras de heroísmo. Hoy, su legado, no puede quedar en vano. Retomar la tarea histórica de construir un partido revolucionario de trabajadores y trabajadoras es lo que nos preparará para los nuevos procesos revolucionarios, cuando la clase trabajadora vuelva a levantarse. Esa es la tarea a la cual hemos buscado aportar desde este semanario.

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