Mundo Obrero Chile

CRÓNICA

Trabajadora industrial: “La lucha contra la precariedad me llevó a solidarizar con los profes y por eso me despidieron”

Sábado 10 de agosto

Al igual que muchas mujeres, mi día a día está lleno de actividades fuera del trabajo en la empresa. Comienzo muy temprano en la mañana, a las cinco estoy en pie junto a mi madre, que también va a su trabajo.

Aun a esa hora hay algunos que se están durmiendo en la casa. Si tenemos suerte y ningún contra tiempo de la vida cotidiana nos resta minutos, alcanzamos a tomar desayuno. Si no, tendremos nos arreglamos para comer algo en el camino al trabajo, mientras vamos en el bus.

Salimos casi a las seis, cuando la luz de día aún no aparece y hace mucho frío, vamos al paradero, donde podemos tomar el bus al trabajo.

En Larapinta, sector donde vivo en las afueras de Santiago, hay mala conectividad con el centro de la ciudad, por lo que tomar locomoción colectiva -muchas veces- se transforma en una odisea, donde vas apretado como sardina y pocas veces se tiene la “dicha” de tomar asiento. Es ahí donde me topo con las caras de otras mujeres trabajadoras que, al igual que nosotras, van cansadas. Tomando Lo Echevers, se arma taco infernal y aparece un olor putrefacto de las industrias y los basurales que se encuentran a los costados del camino.

El horario de entrada al turno en Komatsu es a las siete. Llegamos a la entrada al taller, donde nos saludamos con los compañeros, que son en su mayoría hombres. A diario, tenemos una “charla de seguridad” matutina, donde el supervisor del área entrega alguna informaciones y el programa del día, con el que sabremos cuánta carga laboral tendremos y si nos tocará correr con los componentes que debemos despachar.

Luego hacemos una rutina de ejercicios de elongación para comenzar la jornada, dentro de nuestras tareas realizamos la AST (análisis seguro del trabajo) y damos partida a la jornada. Dentro de nuestras deberes nos puede tocar pulir, pintar, lavar, embalar, montar componentes, despachar, limpiar y ordenar.

La mañana se pasa rápido y llega uno de los momentos más esperados del día: “el almuerzo”, donde lo único que quieres, además de comer, es poder sentarte un rato a descansar. Esos breves, pero reponedores minutos de descanso, donde dudas si seguir descansando en el baño o pararte e ir a trabajar.

De vuelta al taller, la carrera por terminar el trabajo se vuelve más estresante. Sabes que si no logras sacar la pega, el supervisor se te acercara para pedir que te quedes. Uno tiene dos opciones: te apuras y sacas la pega antes de que acabe el turno, así puedes llegar a tu casa temprano y disfrutar un poco más a la familia o te tomas tu tiempo y adelantas pega, y haces dos horas extra, pero te vas más tarde, te topas con el taco de Lo Echevers de vuelta, te vas de pie en la micro igual que en la mañana y a eso le sumas que llegas más cansada a la casa, a seguir trabajando para que al día siguiente esté todo listo para cuando te tengas que volver a levantar a trabajar.

Ante este panorama, aunque vendrían bien un par de lucas extra, por las horas de sobrecargo, prefieres llegar a tu casa temprano, te pones a trabajar como china y corres maratonicamente, para alcanzar a sacar la pega.

En el transcurso de la tarde, es inevitable tener roces con los compañeros, las traspaletas son escasas y los puentes grúa están todos ocupados y como mujer en un taller mecánico, tienes que abrirte paso a punta de codazos y sacas tu lado más “cabrón”, para hacerte respetar.

Al fin, pasan las horas y logras salir del trabajo, al tan anhelado descanso, libertad, hermosa libertad. Entre comillas, porque como lo escribí antes llegó la hora de trabajar en la casa. Ya en la casa, hay que comprar el pan, lavar la loza, tender ropa, barrer, cocinar, etc.

Estás tarea muchas veces las repartimos entre mi madre y yo. Me imagino cómo será para las mujeres donde el peso de las tareas domésticas recae solo en ellas. En el quehacer de la casa, comentamos con mi viejita cómo estuvo el día, salen anécdotas, comentarios, cahuines, risas, rabias, penas, injusticias. Cansadas, nos vamos a la durma, como decimos, para al día siguiente comenzar de nuevo el ciclo sin fin.

Estando en la noche con mis pensamientos, analizo la vida y me pregunto ¿Qué puedo hacer para cambiar, para transformar, muchas de las vidas de las mujeres con las que convivo? Mi madre, hermana, abuela, primas pequeñas, amigas, compañeras, la señora de la micro, la señora del almacén, mis vecinas, podría seguir y me decido a levantar una comisión de mujeres en mi trabajo, donde podamos expresarnos, mostrarnos y hablar.

Mi primer paso fue empezar a correr la voz entre mis amigas de la planta, logramos juntar un grupito de cinco compañeras en un whatsapp, en donde comenzamos hablar, para organizarnos.

Observando el conflicto docente, y conversando con mi almohada, pienso son trabajadores igual que nosotros. Todos hemos pasado por las enseñanzas de un profesor, ¿por qué no empatizar con ellos? Levantamos una campaña de fotos, con carteles alusivos a lucha de los profesores, junto al Sindicato, apoyando a los docente de la escuela de Lo Boza que se han portado un siete con nosotros.

Participamos en los cacerolazos, con un lienzo gigante, que decía ¡¡¡Si ganan los profes, ganamos todos!!! También empecé a visibilizar situaciones de inseguridad en el trabajo e injusticia, usando incluso mis redes sociales. Luego de eso, un día cualquiera, en mi rutina de trabajo me llaman para informarme que estaba despedida. Fue como un balde de agua fría.

Tenía muchos sentimientos encontrados. Me invadía la pena y la rabia. Saber que era un despido injustificado. Dentro de la planta, se rumoreaba muchas cosas como que me despidieron por una declaración que hice a través de mis redes sociales, donde exponía a la empresa y su farsa del “sueño komatsu”: de proyección laboral y crecimiento personal.

¿Suena lindo o no? Ahora que no estoy dentro de la fábrica y que he manifestado el querer dar la pelea por la reincorporación, ésta se ha puesto en plan de guerra de la manera más represiva posible: prohibiendo tomar fotografías, realizando actividades en paralelo a las actividades que realizamos con los compañeros para reunir fondos de lucha para mi causa. En plan de saboteo ¡Si ni cuando fue el dia del trabajador nos dieron siquiera un choripan o un vaso con bebida!

Dentro de Komatsu, se vive una dictadura patronal represiva. Muchos tienen miedo de exponer sus ideas y pensamientos, ya que si no sigues la línea política de la empresa, corres el riesgo de perder tu puesto de trabajo como me pasó a mi y a muchos. Quieren imponer su ley mordaza. Quieren automatizarnos de tal forma que seamos unas máquinas más, con la capacidad cerebral suficiente sólo para producir.

Ahora comenzaron a implementar el test de alcohol y drogas, transgrediendo la vida privada de los trabajadores y para finalizar, mis queridos lectores, sé que muchas y muchos se sentirán identificado con mi relato. Mi llamado es a no naturalizar este tipo de prácticas represivas del empresariado hacia los trabajadores. ¡Somos la fuerza que mueve el mundo!






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