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Tribuna abierta: Nuevo mundo

El término de un mundo trae consigo el inicio de otro, esto lo sabían los sabios en la China y también las comunidades amerindias con la llegada de los colonizadores españoles a su nuevo mundo; y es muy probable pensar que hoy con la expansión y establecimiento de la actual pandemia, en casi cada rincón de nuestro planeta, estemos viviendo un nuevo punto de inflexión en la historia de la humanidad.

Jueves 9 de abril

Por Maximiliano Taylor

Ante el inminente fin de una era, Lao Tsé recogió los grandes saberes de la China del siglo IV A.C. en el libro del Tao Te Ching. Lo hizo porque aquel término de mundo, ese apocalipsis que amenazaba con destruir la realidad material tal cual como la conocían los chinos, no podía constituir la ruina de su mundo espiritual. El término de un mundo trae consigo el inicio de otro, esto lo sabían los sabios en la China y también las comunidades amerindias con la llegada de los colonizadores españoles a su nuevo mundo; y es muy probable pensar que hoy con la expansión y establecimiento de la actual pandemia, en casi cada rincón de nuestro planeta, estemos viviendo un nuevo punto de inflexión en la historia de la humanidad. Žižek menciona que el virus devastará el sistema del capitalismo neoliberal con un golpe al estilo “artes marciales hollywoodense”; la verdad no tenemos forma de saberlo. Sin embargo, estamos en conocimiento de que la base de toda esta maquinaria de producción mundial se ha remecido, y eso podría ser la epifanía de la venida de una nueva realidad.

La China de las dinastías de Lao Tsé, y ahora la China “comunista” contemporánea, dos Chinas separadas por más de dos mil años; son coincidencia geográfica en la ocurrencia y afrontamiento de catástrofes que amenazan con destruir el viejo mundo. Esta cultura al parecer nos lleva ventaja en afrontar calamidades. ¿Pues que tiene este lejano oriente que nuestro mundo occidental no? Creo que la respuesta es la espiritualidad. Espiritualidad que ha sido olvidada (a propósito) en occidente. Al parecer nuestra sociedad occidental se encuentra carente de este ámbito esencial del humano, desplazada por la instauración de una sociedad de producción y consumo. Aunque claro, siempre hay resistencias, principalmente desde el arte y desde las ciencias medioambientales, que hacen de su eje principal en su obra los conceptos olvidados por este capitalismo especulativo y nos regalan bocanadas frescas de aire en un ambiente ya viciado. Existen otros grupos de resistencia, que Gastón Soublette a investigado a fondo, que mantienen una sabiduría espiritual en el diario vivir y que se encontrarían sobre todo en la región de Arauco…

Pero volviendo al hoy, estamos caminando sobre tiempos de cambio de mundos, parte de la población vivimos estos encierros forzados —otra parte, por cierto, debe seguir trabajando día a día exponiendo su vida—, y dichos encierros nos encauzan obligadamente a prácticas que poseen en su esencia el germen de actividades propias de la población del oriente, prácticas que han realizado por milenios: como el detenerse, respirar, agradecer, mirar afuera y mirar adentro, admirar la Naturaleza... El virus nos invita a reflexionar sobre lo que el capitalismo neoliberal aplasta a diario: ¿es necesario producir tanto? ¿esto lo haré toda mi vida, día tras días, año tras año? ¿es necesario tragarme, y no degustar, el desayuno? ¿porque se debe producir cada vez más en un constante ascenso? Ascenso hacia donde, ¿y por qué? ¿para qué?

Creo que la semilla para el inicio de un cambio de rumbo está plantada, o mejor dicho hemos sido infectados con estos cuestionamientos, pequeñas dosis de veneno para el sistema, tal cual vacuna, y que nos encauzarán a la germinación de una sociedad nueva y más prístina, que rendirá tributo a lo mejor de lo antiguo, tal como lo hizo Antonín Dvorak con los cantos étnicos norteamericanos en su novena sinfonía titulada: “Nuevo Mundo”.






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