Sociedad

REVOLUCIÓN RUSA

Trotsky: teórico de la insurrección proletaria. Su rol en la revolución rusa

El marxismo de León Trotsky es un marxismo con predominancia estratégica. La propuesta del revolucionario ruso es combinar la conquista de posiciones para avanzar en la toma del poder político. La audacia de Trotsky residió en captar los momentos históricos claves de disgregación del poder del Estado y dar el golpe frontal para destruirlo. En Petrogrado el dirigente revolucionario mostró su destreza.

Vicente Mellado

Licenciado en Historia U. Chile. Revistas Ideas de Izquierda.

Martes 25 de octubre de 2016

Una breve aclaración acerca de la revolución en las sociedades capitalistas avanzadas

En otros artículos (Ver Sección: “Trotsky y Gramsci: en torno a la revolución en las democracias capitalistas”) hemos afirmado que ha sido una costumbre en los medios académicos y de la izquierda socialdemócrata y populista considerar a Antonio Gramsci como el teórico de la revolución en occidente. Por el contrario, Trotsky no habría sido más que un teórico de la revolución en oriente, es decir, de los países coloniales o formaciones sociales capitalistas atrasadas.

Es cierto que Gramsci fue el primer marxista en analizar en mayor profundidad la especificidad histórica de las formaciones sociales capitalistas avanzadas. Su foco de análisis lo constituyeron las instituciones privadas de la sociedad civil, entendidas como el sistema de fortificaciones y trincheras mediante el cual las clases dominantes ejercen y construyen su hegemonía sobre las clases subalternas.
Sin embargo, en rigor, debiese afirmarse que el revolucionario italiano analizó las sociedades capitalistas de Europa central y occidental, siendo las mediterráneas el principal foco de investigación. Nótese que el análisis de Italia, se corresponde con una sociedad con fuertes elementos de subdesarrollo, con un predominio de población en los asentamientos rurales. En estos, el campesinado tenía rasgos —respetando su especificidad— que combinaban elementos “occidentales” con “orientales”, en el sentido de que en su mayoría eran campesinos sin tierra. Todo lo contrario a Francia, Alemania, los países escandinavos y Gran Bretaña. En estos, el campesinado se consolidó como una clase pequeño burguesa rural, propietaria de los medios de producción (con la excepción de la Alemania oriental cuyo proceso de transformación fue más lento) o se convirtió en proletariado rural.

Para Gramsci es fundamental en estas sociedades conquistar previamente la hegemonía de las clases subalternas para luego avanzar en la toma del poder. El problema de este razonamiento es que —aunque no haya sido el objetivo del marxista sardo— se terminó por separar la conquista de posiciones (la hegemonía) del momento insurreccional (uso de la fuerza). Allí reside el límite de la propuesta gramsciana: la inexistencia del “arte de la insurrección”. Este constituye un elemento fundamental para la teoría marxista que tiene por objetivo la destrucción del poder burgués y su reemplazo por el poder de los trabajadores y el socialismo.

Creemos necesario entregar estos argumentos para desmitificar que Gramsci fue conocedor de la totalidad de la estructura del poder capitalista de las sociedades avanzadas. En sus escritos, los análisis se centran más en los países mediterráneos que los nórdicos, siendo estos últimos los mayores representantes de las democracias parlamentarias. No obstante lo anterior, el desarrollo del concepto de hegemonía constituye su gran aporte a la teoría marxista y es lectura obligada para pensar una teoría de la revolución en las sociedades con regímenes parlamentarios burgueses consolidados.

El Arte de la Insurrección

A diferencia de Gramsci, Trotsky no centró su análisis en el conocimiento de los mecanismos extra estatales mediante los que se sustenta el poder burgués. Esto no significa que el revolucionario ruso no haya considerado la importancia de los organismos de la sociedad civil como posiciones estratégicas a conquistar por el proletariado y su partido revolucionario. En sus escritos de Alemania, Francia, España e Inglaterra, los sindicatos, las cooperativas, clubes deportivos y hasta la influencia de las iglesias disidentes, constituyen organismos esenciales al momento de identificar las posiciones a conquistar para el desarrollo de la hegemonía del partido revolucionario. No obstante, no realizó un análisis teórico sistemático de estas “fortalezas de hegemonía” como sí lo logró Gramsci.

El mayor aporte de Trotsky al marxismo lo constituye ser el teórico de la insurrección proletaria, es decir, de la toma del poder político. Sus escritos colocaron al centro cómo las posiciones conquistadas por la clase obrera pueden centralizar su acción —dirigidos por un partido revolucionario— con el objetivo de asestar un golpe mortal al Estado burgués. El aporte de Trotsky reside en haber analizado caso a caso los momentos históricos de disgregación del poder burgués, constituyendo las situaciones precisas para que la clase obrera pasara a la ofensiva, no necesariamente para tomar el poder, pero sí para conquistar nuevas posiciones de avanzada, como momento preparatorio para la batalla decisiva: la insurrección revolucionaria de masas y la conquista del poder político.

El arte de la insurrección es la capacidad de un partido de combinar la conspiración con la insurrección de masas. Esta última se debe preparar concientemente. Para esto es necesaria la construcción de un partido. Según Trotsky, esta constituye la tarea más difícil: “crear una dirección revolucionaria que esté a la altura de sus tareas históricas” (1).

Como mencionamos en el artículo “¿Por qué León Trotsky? Su legado para la construcción de un partido de la revolución socialista hoy”, no es posible la construcción de una organización revolucionaria hoy sin colocar como punto de partida el legado de Trotsky. Si algo lo diferencia de Gramsci (insistiendo en su aporte) y de las corrientes populistas de izquierda, es haber mantenido hasta sus últimos días la necesidad de construir un partido revolucionario de masas que tenga como objetivo la destrucción del Estado capitalista como fase necesaria para iniciar la transición al socialismo.

Trotsky y la insurrección de Petrogrado. El triunfo de la revolución rusa

Como afirmó Perry Anderson, la revolución rusa destruyó al último eslabón de los estados absolutistas feudales que quedaban en Europa (2). Si bien, el Estado Zarista vivía un proceso de transición al capitalismo, en el Imperio Ruso nunca lograron cristalizar instituciones u “organismos privados” propios de una sociedad capitalista moderna. La inexistencia de tradiciones republicano burguesas, sindicalización legal, la ausencia de mecanismos de cooptación burgueses propios de un Estado capitalista y de su máxima institución, el Parlamento, contribuyeron a facilitar la toma del poder por los trabajadores y campesinos (precipitada principalmente por el desastre de la Primera Guerra Mundial). Pero no así la transición al socialismo.

Sin embargo, si no hubiese existido un partido revolucionario, los bolcheviques, la toma del poder habría sido un rotundo fracaso. La gran lección de la revolución rusa es que la toma del poder, la insurrección de las masas explotadas y oprimidas, libera una enorme cantidad de energía social que debe ser encauzada y conducida por los rieles que llevan al triunfo de la revolución. De lo contrario, dicha energía social se disipará como lo hace el vapor y no podrá ser contenida en un pistón (el partido) para concentrarla en un punto determinado (el golpe frontal contra el Estado).

Cabe destacar que Petrogrado era una ciudad industrial occidentalizada. Con poco más de un millón de habitantes, una cuarta parte correspondía a trabajadores asalariados, en su gran mayoría industrial metalúrgicos —el complejo metalúrgico de Putilov tenía entre 15 y 20 mil trabajadores. Los barrios industriales de Ovujovsky, Putilovsky, Baltiisky o Trubochnyi, sin contar el barrio obrero de Viborg, evidenciaban la existencia de una genuina ciudad capitalista moderna.

La insurrección de Petrogrado constituyó la concreción de la estrategia bolchevique. Su máximo gestor y planificador fue León Trotsky. La lección de la toma del Palacio de Invierno es la necesidad de planificar la ofensiva para lograr un objetivo determinado. En este caso, la toma del poder político. La preparación de un plan clarividente constituye un elemento esencial a la estrategia revolucionaria.

Hoy en día, la gran falencia de las corrientes de izquierda pos neoliberales es la ausencia de un plan para avanzar y preparar las condiciones de la toma del poder. Sin negar que hoy en día los tiempos para alcanzar el objetivo son larguísimos (los tiempos de la democracia parlamentaria capitalista y de la restauración burguesa), una organización revolucionaria debe estar preparada para saber responder a los giros abruptos de la lucha de clases. Esto solamente se logra desarrollando una estrategia revolucionaria. No hacerlo, condena a los partidos o corrientes que quieren superar el capitalismo, a la pasividad y la confusión en los momentos históricos precisos donde hay que pasar a la ofensiva.

Eso lo entendió bastante bien Trotsky en vísperas de la realización del II Congreso de los Soviets el 25 de octubre en Petrogrado. La audacia de Trotsky residió en su capacidad de aprovechar cada tarea urgente de la revolución para la preparación de la insurrección. Como afirmó Isaac Deutscher, la sutileza y perspicacia táctica de Trotsky no permitió que sus amigos y enemigos supieran a ciencia cierta qué era lo que se proponía (3).

Trotsky fue electo Presidente del Soviet de Petrogrado el 26 de septiembre de 1917. Una vez más después de 1905, el gran orador y organizador revolucionario estaba a la cabeza del organismo obrero más potente que haya dado la historia humana.
La audacia y pensamiento estratégico de Trotsky residió en su capacidad de transformar una táctica defensiva (defender la ciudad de un posible ataque alemán y garantizar la realización del II Congreso de los Soviets) en una maniobra ofensiva (un rápido golpe fulminante a lo que quedaba del aparato estatal que permitió tomar el poder político en la capital imperial). Dicho de otra manera, la insurrección de Petrogrado constituyó la máxima concreción de la combinación de maniobras posicionales (defensa) con una guerra de movimientos (ataque).

Ante el posible ataque alemán a la ciudad imperial, el 9 de octubre de 1917, bajo la iniciativa de un joven socialista revolucionario de izquierda, Lizimir, se constituyó el Comité Militar Revolucionario. Este quedó bajo el mando de Trotsky. La función de este organismo fue organizar la guarnición que necesitaba para defender la ciudad; establecer contactos con las tropas del frente Norte, la fortaleza de Kronstadt y la marinería finlandesa; contabilizar los recursos humanos disponibles y las municiones; y elaborar un plan de defensa, entre otras medidas. La autoridad del Comité gozó de la legitimidad de ser un organismo del Soviet de Petrogrado.

De este modo, entre el 10 y el 17 de octubre, Trotsky se encargó de la tarea de transformar la defensa de la ciudad en la insurrección proletaria. Ante la noticia de que el gobierno provisional quería abandonar la ciudad, el Comité tomó la medida de organizar la defensa de la ciudad hasta las últimas consecuencias, exhortando al Comité Ejecutivo del Soviet a convocar el II Congreso de los Soviets. Aprovechando la situación, Trotsky hizo el llamado por radio a todos los soviets de Rusia a que enviaran delegados al Congreso a realizarse en Petrogrado. Si Kerensky era impotente de garantizar la realización del Congreso de los Soviets, lo haría el Comité Militar Revolucionario.

El Comité conquistó la confianza de las guarniciones de Petrogrado, incluyendo a los reticentes soldados de la Fortaleza de Pedro y Pablo. El 17 de octubre Trotsky hizo el llamado de armar a 5 mil Guardias Rojas, con la anuencia de las guarniciones. El objetivo era garantizar la realización del segundo congreso soviético.
Finalmente, el Soviet dio instrucciones a las guarniciones de que solo obedeciera las órdenes emanadas del Comité Militar Revolucionario. De este modo, los regimientos y Guardias Rojas quedaron bajo el mando del Comité. Y este bajo la dirección incuestionable de Trotsky.

En vísperas de la realización del Segundo Congreso, el 23 de octubre el Comité Militar Revolucionario puso en marcha el plan de defensa de la ciudad. Se ocuparon rápidamente las posiciones estratégicas de Petrogrado. Esto provocó la ira de Kerensky quien dio la orden de clausurar y capturar la imprenta bolchevique Rabochi Put. La respuesta del Comité Militar Revolucionario fue transformar la defensa de la realización del II Congreso de los Soviets amenazado por la contrarrevolución en una insurrección. El levantamiento se puso en marcha.

Entre la noche del 24 y 25 de octubre los Guardias Rojos y las guarniciones se tomaron la ciudad. El único edificio gubernamental que todavía no había sido tomado era el Palacio de Invierno. El II Congreso de los Soviets se realizó en el cuartel general de los bolcheviques, el Instituto Smolny. Mientras los delegados comenzaron a debatir y tomar decisiones, el crucero Aurora bombardeó el Palacio de Invierno con balas de salva. Los bolcheviques contaron con 2/3 de los delegados, que sumados a los delegados socialistas revolucionarios de izquierda, conquistaron el 75% de la representación soviética. La toma del poder político se había consumado. Era el triunfo de la revolución. Su máximo gestor fue León Trotsky. En su retorno de la clandestinidad en Viborg, Lenin “reconoció a Trotsky, finalmente y sin reservas, como su compañero monumental en la acción también monumental” (4).

(1) Trotsky, León, Historia de la Revolución Rusa. Tomo 2, Quimantú, 1972, p. 584.

(2) Anderson, Perry, El Estado Absolutista, siglo XXI, 1974. Ver el capítulo correspondiente a Rusia.

(3) Deutscher, Isaac, Trotsky. El profeta armado (1879-1921), lom ediciones, 2007 [1954], p. 264.

(4) Ibídem, p. 277.






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