Mundo Obrero

HISTORIA

Trotsky y Gramsci. En torno a la revolución en las democracias capitalistas (II)

Después de la Segunda Guerra Mundial, los partidos comunistas europeos de occidente (en particular el italiano), socialdemócratas y académicos marxistas convirtieron el legado histórico de Antonio Gramsci en la alternativa “marxista occidental” en oposición a la propuesta insurreccional de origen leninista considerado eficaz para los países con formaciones sociales atrasadas.

Vicente Mellado

Licenciado en Historia U. Chile. Revistas Ideas de Izquierda.

Martes 28 de abril de 2015 | 15:22

La lectura socialdemócrata y reformista de Gramsci

A mediados de la década del 70 los partidos comunistas de Italia, Francia y España proclamaron el giro al denominado eurocomunismo. Este giro estratégico (si bien ya se había planteado desde 1956 con el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética) estableció que el único medio de acceso al poder político era integrándose a las instituciones del Estado democrático burgués. De este modo, se institucionalizó la vía pacífica al socialismo aceptando la alianza con partidos burgueses considerados progresistas para ser gobierno. Fue la consumación de la degeneración estratégica iniciada por el estalinismo desde mediados de los años 20.

La supuesta originalidad de la vía “eurocomunista” al socialismo se basó en proclamar la independencia del “control ideológico” que preconizaba la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) sobre los partidos comunistas del mundo. Para diferenciarse del denominado leninismo de origen oriental, el eurocomunismo hizo del “gramscismo” el fundamento teórico político del comunismo occidental.
De manera coincidente, la intelectualidad de izquierda europea crítica a la política de la URSS, atravesada por los innumerables movimientos sociales del periodo 1968-1978 en occidente y en el bloque soviético, estableció que la única manera de lograr un socialismo genuinamente “pluralista y democrático” era radicalizando el sistema democrático liberal propio de Europa occidental. La vía insurreccional solamente había terminado en dictaduras totalitarias.

En esta línea se encontraron militantes del Partido Comunista Italiano (PCI) —Umberto Cerroni, María Antonieta Machiocchi y Luciano Gruppi—, socialistas —Norberto Bobbio— y herederos de la escuela estructuralista francesa de Louis Althusser —Ernesto Laclau y Chantall Mouffe—. Estos intelectuales y muchos más, hicieron de Gramsci el padre putativo de la vía occidental al socialismo.

De conjunto, los intelectuales críticos al estalinismo de la posguerra confluyeron en el siguiente consenso: la originalidad de Gramsci reside en haber construido una teoría marxista donde antes de la toma del poder del Estado, la clase obrera debe conquistar la hegemonía de la sociedad civil. Esta estrategia es lo que en el lenguaje “gramsciano” se denominó “guerra de posiciones” (ver el artículo I de esta sección) en contraposición a la “guerra de movimientos” o maniobra propia de formaciones sociales con un desarrollo débil y atrasado de sus instituciones civiles. En estas formaciones sociales primaría la estrategia leninista de la insurrección. En cambio, en occidente, la presencia de innumerables y complejos sistemas de “trincheras y fortificaciones” culturales existentes al interior de la sociedad civil dificultarían la conquista del poder del Estado mediante la insurrección. Ésta última debe ceder necesariamente a la lucha de la clase obrera por conquistar la hegemonía en la sociedad civil.

Basándose en la clásica cita de Gramsci que afirma que “en política, la guerra de posición es hegemonía” (1), la intelectualidad europea crítica al estalinismo terminó elaborando la teoría de un socialismo pluralista y democrático solamente viable desde el interior de las instituciones del Estado capitalista y respetando la propiedad privada.

A partir de los años 80, con la crisis del comunismo soviético y la ofensiva del neoliberalismo contra la clase trabajadora, en particular la industrial, el legado de Gramsci terminó alimentando teorías que proclamaron la muerte de la clase obrera como sujeto revolucionario. Desde ese momento, nuevas corrientes filosóficas y categorías epistemológicas irrumpieron en la escena política y en el lenguaje de las ciencias sociales: posestructuralismo, posmodernismo, posmarxismo, marxismo mínimo, y autonomismo, por nombrar algunos.

Estas corrientes de pensamiento filosófico político terminaron por coronar el camino iniciado por el eurocomunismo y la socialdemocracia en los años 70: convertir a Gramsci en un filósofo marxista completamente inofensivo para el Estado capitalista. Peor aún, el autonomismo y el posmarxismo sustituyeron a la clase obrera como sujeto que debía conquistar la hegemonía de la sociedad civil por un sujeto difuso (la “multitud”), un sujeto diverso y espontáneo en sus demandas (los movimientos sociales) o simplemente un sujeto republicano (la ciudadanía).

Si para el eurocomunismo y la socialdemocracia todavía la clase obrera tenía importancia estratégica relativa (base de los Estados de Bienestar), para las corrientes “post” y el autonomismo la clase obrera se convirtió en sinónimo de totalitarismo. Ahora era el momento histórico de los sujetos marginados del trabajo asalariado urbano (principalmente el industrial) como constructores estratégicos de una nueva sociedad. Eran libres, descentralizados y sin subordinación a los viejos partidos de masas de corte leninista. La caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS contribuyeron a acelerar el triunfo ideológico de estas corrientes.

¡En defensa de Gramsci!
La necesidad de un partido revolucionario de la clase trabajadora

Como mencionamos en un artículo anterior de esta sección (2), Gramsci en sus escritos terminó oponiendo la guerra de posiciones a la guerra de movimientos o maniobra. Sin embargo, el revolucionario italiano nunca dejó plasmado en su obra que la lucha por el socialismo debía ser utilizando exclusivamente los mecanismos de la democracia burguesa. Esa fue la lectura de la socialdemocracia y el eurocomunismo.

Por el contrario, durante el periodo 1919-1926, Antonio Gramsci defendió la idea de construir un partido comunista que preparara a la clase obrera para la insurrección y la conquista del poder político. Los escritos acerca de los Consejos de Turín y Milán son evidencia de esa perspectiva (3). Este “momento preparatorio” exigía que la clase obrera conquistara la hegemonía del conjunto de los explotados y oprimidos, en particular el campesinado del Mezzogiorno. En sus tesis de Lyon (abril de 1926), Gramsci afirmó:

“Las fuerzas motrices de la revoluciones italiana, tal como surge de nuestro análisis, son, en orden de importancia, las siguientes:

1] la clase obrera y el proletariado rural
2] los campesinos del Mezzogiorno y de las islas y los campesinos del resto de Italia.

El desarrollo y la rapidez del proceso revolucionario sólo pueden ser apreciados a partir de una evaluación de ciertos elementos subjetivos, es decir, de la medida en que la clase obrera logre adquirir una personalidad política propia, una firme conciencia de clase y una independencia de todas las demás clases, de la medida en que logre organizar sus fuerzas, o sea, ejercer de hecho una función de conducción de los demás factores, comenzando por dar una expresión política concreta a su alianza con los campesinos” (4).

El concepto de hegemonía en Gramsci —como ya ha mencionado Anderson (5)— fue tomado de los bolcheviques para desarrollar una estrategia revolucionaria de la toma del poder político en la realidad italiana. Esta se sustentaba en la alianza de la clase obrera con el campesinado. Era un deber del partido revolucionario conquistar la hegemonía política de las clases explotadas y oprimidas para tomar el poder.
Al parecer, el eurocomunismo, la socialdemocracia y las tendencias posmodernas omitieron esto de su análisis. Y cuando lo consideraron, como Buci Glucksmann, fue solamente en breve para legitimar rápidamente la vía pacífica al socialismo.
Para Gramsci, la hegemonía sobre la parte oprimida de la sociedad civil la construye la clase obrera como sujeto revolucionario. No un sujeto abstracto como la “ciudadanía” o el “pueblo” en general.

El problema reside en que desde fines de la década del 20, Gramsci desplazó su análisis al problema de la hegemonía de las clases subalternas en la sociedad civil, considerando un “momento preparatorio” anterior a la conquista del poder político. Ese momento preparatorio se convirtió para Gramsci en una guerra de posiciones de larga duración en el tiempo histórico, trayendo como resultado la omisión del momento insurreccional.

La consecuencia estratégica de esto es que el “momento de la maniobra”, necesario para pasar a la ofensiva contra el Estado burgués, terminó subordinado a la guerra de posiciones. Para Gramsci, la maniobra se debía manifestar en acciones “parciales” para asegurar la defensa de las fortalezas conquistadas en la sociedad civil (7). Como el momento insurreccional desapareció de sus escritos en los años 30, el resultado fue una separación del momento posicional. Dicho en lenguaje leninista, la conquista de la hegemonía se separó de la conquista del poder político. Esta separación es la que trajo las interpretaciones aludidas más arriba.

Estas elipsis y ambigüedades es lo que aprovechó el reformismo (en sus diversas variantes) para hacer de Gramsci —parafraseando a Lenin—un “adocenado liberal”. En Chile esta es la concepción de Gramsci que predomina actualmente. Nosotros, por el contrario, sin negar las limitaciones de los análisis de Gramsci, defendemos lo más enriquecedor de su legado político para la construcción de un genuino partido marxista hoy: la necesidad de que los trabajadores asalariados urbanos conquisten posiciones estratégicas para desde allí expandir su hegemonía política sobre el resto de los explotados y oprimidos de la sociedad capitalista. Solo de este modo un partido revolucionario podrá echar hondas raíces en la clase trabajadora y conquistar la confianza del resto de las clases y capas sociales oprimidas.

1. Gramsci, Antonio, “Maquiavelo. El moderno príncipe”, en: Cuadernos de la Cárcel, Tomo 3 (1930-1932), Cuaderno 13 (XXX), Ediciones Era, 1975, p. 244.
2. Trotsky y Gramsci. En torno a la revolución en las democracias capitalistas (I).
3. Gramsci, Antonio, Escritos periodísticos del Ordine Nuovo (1919-1920), Tesis once, 1991.
4. Gramsci, Antonio, “La situación italiana y las tareas del PCI (Tesis de Lyon)”, en: Escritos Políticos (1917-1933), siglo XXI, 1977, p. 239.
5. Anderson, Perry, Las antinomias de Antonio Gramsci, Editorial Fontarama, 1977.
6. Buci-Glucksmann, Christine, Gramsci y el Estado. Hacia una teoría materialista de la filosofía, siglo XXI, 1974, pp. 221-235.
7. Gramsci, Antonio, “Cuaderno 13(XXX). Notas breves sobre la política”, en: Cuadernos de la Cárcel, Tomo 5 (1932-1934), Ediciones Era, 1975, p. 22.






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