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SEMANARIO

Trotsky y Luxemburg: 1905, 1917, 1918

Guillermo Iturbide

TROTSKY
Ilustración: Mar Ned - Enfoque Rojo

Trotsky y Luxemburg: 1905, 1917, 1918

Guillermo Iturbide

En 1962, J.P. Nettl, en la introducción a su gran biografía de Rosa Luxemburg (se podría decir que es la mejor o, por lo menos, la más completa), hace muchas comparaciones entre Trotsky y Luxemburg, remitiendo a una cierta “afinidad electiva” particular entre las figuras de ambos revolucionarios [1].

Esta afinidad no se dio en términos personales, ya que, según el propio Nettl y otros biógrafos de ambos, su relación fue distante e incluso mutuamente hostil durante un tiempo considerable mientras vivían. Sin embargo, posteriormente, el ascenso de la burocracia estalinista hizo mucho para cimentar esta identificación, desde, por ejemplo, el giro decidido de burocratización entre 1924 y 1928 en el Partido Comunista alemán (KPD) expulsando toda disidencia bajo la bandera de la “lucha contra el luxemburguismo”, al que se llamó “el bacilo sifilítico del movimiento obrero alemán” [2]. Stalin mismo hizo su propia contribución un poco más tarde, en 1931, transformando a Luxemburg en la creadora original de la teoría de la revolución permanente, “que luego adoptó Trotsky” [3].

Un contrapunto entre las ideas de León Trotsky y Rosa Luxemburg desde ya merecería un libro entero, por lo cual nos limitaremos aquí a una comparación entre sus puntos de vista sobre la Revolución rusa de 1905, y luego haremos un contrapunto entre las hipótesis estratégicas de ambos en las Revoluciones rusa de 1917 y alemana de 1918-19, respectivamente, tratando de destacar varias afinidades muy poco resaltadas.

La hipótesis original de la huelga de masas y 1905

Los dos marxistas de fuste más notorios que polemizaron con Lenin en el inicio del movimiento revolucionario en Rusia fueron Luxemburg y Trotsky. En ambos subyace, en ese entonces, una concepción similar de la organización partidaria que tiene un fuerte componente “anti-jacobino” y de autoactividad de las masas [4]. Tanto Trotsky como Luxemburg adjudicaban en ese entonces a Lenin, injustamente y en una lectura forzada, una posición conservadora frente al movimiento de masas, de contención de sus potencialidades y de negación de esa autoactividad. Muchos han querido ver, en los textos de ambos de esta polémica con Lenin, una especie de prevención contra lo que luego sería el estalinismo, como si anticiparan que las semillas de la burocratización del Estado obrero que surgiría de la Revolución de Octubre de 13 años más tarde ya estuvieran presentes en las concepciones de Qué hacer y Un paso adelante, dos pasos atrás. Sin embargo, la advertencia tanto de Luxemburg como de Trotsky no apuntaba a una polémica sobre una eventual conducción bolchevique de un Estado (de la cual el propio Trotsky sería parte en 1917), sino a lo que percibían como un conservadurismo frente al movimiento de masas [5]. Hay que decir que en la revolución de 1905, los bolcheviques, ante la novedad del surgimiento espontáneo del consejo obrero de San Petersburgo, en un comienzo tuvieron una actitud hostil, considerándolo una organización competidora de la socialdemocracia, pero fue justamente Lenin el que corrigió esos reflejos sectarios y ponderó la necesidad de combinar soviet y partido [6], amén de impulsar decididamente la insurrección de Moscú.

En la Segunda Internacional, hasta 1905, las hipótesis estratégicas sobre un eventual proceso revolucionario estuvieron más bien relegadas, centrándose en “la táctica probada” del Programa de Erfurt de la socialdemocracia alemana de 1891, que consistía centralmente en el desarrollo de la lucha sindical y parlamentaria por reformas en función de una acumulación política para un horizonte socialista que solo se veía difusamente. Solo sectores de la socialdemocracia ubicados más bien en sus márgenes, a la izquierda, consideraban esas hipótesis, como Parvus y Rosa Luxemburg en Alemania o los socialdemócratas rusos. Estas hipótesis estratégicas consistían en visualizar al proceso revolucionario a partir del desarrollo de una huelga general revolucionaria que paralizaría la economía, pondrían en jaque al Estado capitalista y plantearían quién es “el amo del país”, facilitando el acceso de la clase obrera al poder. No obstante, esta hipótesis era insuficientemente concreta debido a la carencia de experiencias revolucionarias durante más de tres décadas, a partir de la derrota de la Comuna de París de 1871. Ya en los debates sobre la huelga general belga de 1903 entre Luxemburg y Vandervelde se empieza a bosquejar la relación entre huelga de masas y revolución [7], pero es en Huelga de masas, partido y sindicatos, un trabajo muy elogiado por Lenin, donde Luxemburg afirma esta hipótesis estratégica y toma contornos más concretos, articulándose con la insurrección:

A través del desarrollo interno lógico de los acontecimientos sucesivos, la huelga de masas esta vez se convierte en una insurrección abierta, una barricada armada y combates callejeros en Moscú. Las jornadas de diciembre en Moscú concluyen el primer año de la revolución como el punto máximo de la línea de acción política y del movimiento de la huelga de masas en ascenso. Al mismo tiempo, los acontecimientos de Moscú muestran en un pequeño ensayo el desarrollo lógico y el futuro del movimiento revolucionario en su conjunto: su inevitable conclusión en una insurrección general abierta, que a su vez no puede producirse sino pasando por la escuela de una serie de revueltas parciales preparatorias, que por el momento pueden terminar con "derrotas" externas parciales y, consideradas individualmente, parecen "prematuras" [8].

En sus escritos sobre 1905, Trotsky tiene una idea similar del desarrollo de la revolución. En su libro publicado en 1907 llamado simplemente 1905, que se concentra en los tres meses cruciales de la revolución (de octubre a diciembre), describe una primera etapa desde la masacre del 9 de enero hasta el comienzo de la huelga de tipógrafos de Moscú del 19 de septiembre, como un período en el cual la revolución se va “transportando” por todo el territorio del Imperio Ruso bajo la forma de la huelga de masas, a veces más localizada, a veces más extendida, que va despertando políticamente a toda la clase obrera e incorporando a sectores más amplios que los organizados en el movimiento obrero. A partir de septiembre, la huelga iniciada en Moscú se extiende a San Petersburgo y se vuelve general en gran parte del imperio, a la par que en octubre nace el primer soviet, en la capital, y en noviembre el soviet de Moscú, desembocando en la insurrección de diciembre. Refiriéndose a los primeros meses de 1905:

De un extremo a otro del país corrió una oleada grandiosa de huelgas que estremecieron el cuerpo de la nación. Según un cálculo aproximado, la huelga se extendió a 122 pueblos y localidades, a varias minas del Donetz y a diez compañías de ferrocarriles. Las masas proletarias fueron removidas hasta sus cimientos. El movimiento arrastró a un millón de almas. Sin tener ningún plan determinado, incluso frecuentemente sin formular exigencia alguna, interrumpiéndose y comenzando de nuevo, guiada solo por el instinto de solidaridad, la huelga reinó en el país por espacio de unos dos meses […] Los propios huelguistas y quienes los apoyan, y quienes por ellos sienten simpatía, y los que les temen, y los que les odian, todos comprenden o sienten confusamente que esta curiosa huelga que corre locamente de un lugar a otro, recupera su impulso, y pasa como un torbellino, todos comprenden, o sienten, que no obra por sí misma, que se limita a cumplir la obra de la revolución que la envía. Sobre el campo de operaciones de la huelga, es decir, sobre toda la extensión del país, está suspendida una fuerza amenazadora, siniestra, cargada de una insolente temeridad [9].

Es decir, tanto para Trotsky como para Luxemburg, no se trataba de pensar en lo que la revolucionaria polaca llamaba la “huelga demostrativa” (uno de los varios tipos de huelga que caracterizaba), es decir, una simple cesación del trabajo pasiva, sino que se trata de un movimiento multiforme que se articula con todas las formas de lucha física y cuya consecuencia lógica y su coronación es el momento insurreccional.

El lugar central de la huelga de masas como hipótesis revolucionaria organizadora, para Trotsky está vinculado a su relación con los soviets:

La huelga política de masas fue la principal arma del soviet. Al establecer vínculos revolucionarios directos entre todos los grupos del proletariado y apoyar a los trabajadores de todas las empresas con la autoridad y la fuerza de toda la clase obrera, obtuvo el poder de detener la vida económica del país. Aunque la propiedad de los medios de producción seguía estando principalmente en manos de los capitalistas y del Estado, y aunque el poder estatal seguía estando en manos de la burocracia, el funcionamiento real de los medios nacionales de producción y comunicación –al menos en lo que respecta a la posibilidad de interrumpir el funcionamiento regular de la vida económica y estatal– estaba en manos del soviet. Fue precisamente esta capacidad del soviet, una capacidad probada en la práctica, de paralizar la economía e introducir la anarquía en la vida del Estado, lo que hizo del soviet lo que era [10].

Por otra parte, las posiciones de Luxemburg también convergieron con las de Lenin. Si, en condiciones ya superadas, este último se le aparecía a la revolucionaria polaca como el enemigo de la espontaneidad revolucionaria, ahora reconocía que "El cambio de las condiciones objetivas de la lucha, cambio que exigía pasar de la huelga a la insurrección, lo ha sentido el proletariado antes que sus dirigentes" [11], mientras que, poco más tarde, Luxemburg planteaba que "las masas, como de costumbre, en cualquier punto de inflexión de la batalla simplemente empujan a los dirigentes espontáneamente hacia objetivos más avanzados”.

La huelga de masas como organizadora de las “reservas estratégicas”

Sin embargo, para todo lector atento, hay un punto que debería llamar la atención: la gran diferencia entre el peso que le dieron Lenin y Trotsky a los soviets en sus balances de la revolución de 1905, mientras que, en el caso de Luxemburg, apenas son mencionados una vez en Huelga de masas, partido y sindicatos, al pasar, refiriéndose al soviet de Moscú, y prácticamente desaparecen hasta sus escritos sobre la Revolución rusa en 1917. ¿A qué se debe este vacío en esta etapa de la carrera de Luxemburg, reputada como una teórica de la espontaneidad revolucionaria, precisamente frente a un tipo de organización que era vista por no pocos revolucionarios como una alternativa al partido?

El peso destacado de los soviets en las hipótesis estratégicas del marxismo revolucionario data solamente de luego de la Revolución de Octubre de 1917, no de antes, como veremos más abajo, aunque ya Trotsky y Lenin le dieron peso antes de ese momento, aunque esencialmente como una particularidad de una hipótesis estratégica para Rusia. En ese sentido, Rosa, que escribió su Huelga de masas, partido y sindicatos como una elaboración teórica sobre la revolución de 1905 destinada a un público alemán, más bien subsumió el rol organizador de los soviets dentro del marco más general de la huelga de masas. Para ella, ya desde las polémicas sobre Bélgica en 1903, luego la revolución de 1905 y las polémicas en el movimiento obrero alemán de esos años contra los dirigentes sindicales conservadores sobre la huelga de masas, esta última, en su concatenación de formas de lucha y como autoeducación del movimiento obrero, tendía a resolver el problema de la organización de las “reservas estratégicas” de la clase obrera que ni los partidos obreros ni los sindicatos llegaban a abarcar: es decir, al conjunto de la clase obrera en todas sus capas.

En Huelga de masas, partido y sindicatos, esta idea de la huelga de masas como “organizadora” del movimiento obrero en su conjunto se combina también con un par conceptual, el de “conciencia de clase teórica y latente” vs. “conciencia de clase práctica y activa”, que tiene origen también en su visión organizativa conocida como de “partido-proceso” [12]:

En el trabajador alemán esclarecido, la conciencia de clase sembrada por la socialdemocracia es teórica y latente: en el período del dominio del parlamentarismo burgués no puede, por regla general, manifestarse en forma activa como una acción directa de masas […]. En la revolución, donde las propias masas aparecen en la escena política, la conciencia de clase se convierte en práctica y activa [13].

Este par conceptual es muy interesante, ya que aporta a una visión no lineal, no evolutiva, no gradual de la conciencia obrera en sentido –ya sea “ilustrado” por la propaganda socialista pacífica en la agitación electoral, ni en las luchas sindicales limitadas–, donde la revolución ahorra las etapas de este esclarecimiento pero a los fines de lo que aquí trato, se puede decir que Luxemburg utiliza esta imagen para discutir contra los dirigentes sindicales alemanes reacios a la acción y que apostaban solo a la educación política pacífica de la clase obrera por medio de las elecciones y a lo sumo acciones sindicales muy limitadas y respetando a rajatabla la legalidad, y le opone la rápida escuela de maduración política del proletariado ruso en el fuego de la revolución). Es un antídoto teórico a la idea del “partido educador” en sentido escolar. Como dice Trotsky en 1905, precisamente en ese sentido:

¡Solo nueve meses habían transcurrido desde el peregrinaje de enero al Palacio de Invierno! ¡Era posible! ¡Diez meses antes, ese mismo pueblo suplicaba al Zar que le concediese la libertad de prensa! ¿Era cierto? No, en verdad nuestro viejo calendario mentía. La revolución estableció ella misma y para sí misma el cómputo de sus años: sus meses son lustros, sus años son siglos [14].

El “partido-proceso” y el conservadurismo de la organización

De la misma forma, se podría decir que hay un “lado B” en esta concepción. En este distinto grado, en el trecho que hay entre lo latente y lo desplegado, habría una cierta visión del desarrollo del movimiento obrero donde la conciencia socialista de alguna manera surge por generación espontánea desde adentro mismo de la misma lucha de clases (un tema contra el que empieza a polemizar Lenin desde el Qué hacer, al plantear que la conciencia socialista es introducida desde afuera por el partido y la intelectualidad marxista, sin reparar en que la “ortodoxia marxista” de la época no opinaba de la misma manera) donde todavía no son muy visibles las mediaciones, los obstáculos, la tara en el desarrollo de la conciencia de clase que implican los agentes de la burguesía dentro del mismo movimiento disfrazados de “socialistas”, algo que no se le puede reprochar a Luxemburg sino que era parte de los límites de la experiencia hasta ese momento de todo el movimiento obrero y de todos los teóricos del socialismo. Esto, que podría llamarse cierto “fatalismo” en Luxemburg respecto al desarrollo de la conciencia obrera, y que es bastante coherente con una lógica como la del “partido-proceso”, donde hay una continuidad entre clase obrera y partido un poco en los términos en los que se aparecía en Marx (cuando el movimiento obrero no estaba todavía tan diferenciado ni existían capas burocráticas o aristocráticas ligadas a los intereses imperialistas de distintas burguesías, pero que se empezaba a volver más difícil de sostener ya a comienzos del siglo XX cuando esas capas y corrientes comenzaban a surgir), no se manifiesta tan claramente en Trotsky, aunque también tenía una teoría de la organización algo similar hasta 1917, más bien conciliacionista de las distintas fracciones. Si bien esa teoría de la organización, vista desde hoy con el beneficio de la experiencia de las revoluciones rusa y alemana, no pasó la prueba (el peso de esta teoría entre Luxemburg y los espartaquistas llevó a una fundación muy tardía y en muy malas condiciones de un partido revolucionario independiente en Alemania, el KPD [15]) venía acompañada de una sana desconfianza a las burocracias partidarias y sindicales que les permitió a ambos revolucionarios tener un pronóstico similar de la debacle de la socialdemocracia alemana muchos años antes de que ocurriera, a diferencia de Lenin, quien tuvo una visión más “modélica” del SPD hasta 1914, aunque no idéntica a él [16]. Ya en 1902, para Luxemburg:

Si la socialdemocracia quisiera resistir las revoluciones proletarias, si son una necesidad histórica, el único resultado sería que la socialdemocracia se transformaría de dirigente en rastrera o en un obstáculo impotente para la lucha de clases, que eventualmente, para bien o para mal, tendría que vencer sin ella y contra ella en el momento dado [17].

Y para Trotsky, en 1906:

Los partidos socialistas europeos, especialmente el más grande entre ellos, el alemán, han desarrollado un conservadurismo propio, que es tanto más grande cuanto mayores son las masas abarcadas por el socialismo y cuanto más alto es el grado de organización y la disciplina de estas masas. Consecuentemente, la socialdemocracia, como organización, personificando la experiencia política del proletariado, puede llegar a ser, en un momento determinado, un obstáculo directo en el camino de la disputa abierta entre los obreros y la reacción burguesa [18].

Si bien, como es evidente, esta visión de Luxemburg no terminaba de teorizar el marco organizativo concreto en que ese movimiento de huelga de masas, posiblemente por compartir esta visión generalizada en el marxismo de aquel entonces, de los soviets como “particularidad rusa”, se podría decir que el punto hasta donde llega la hipótesis estratégica de Luxemburg le permite estar lo suficientemente armada teóricamente como para desafiar tanto a los dirigentes sindicales que veían a sus limitadas organizaciones como el único cauce posible para el movimiento de masas de la clase obrera, así como para los dirigentes del propio Partido Socialdemócrata alemán que iban a la rastra de esos dirigentes sindicales.

La huelga de masas como organizadora se transforma en soviets. Trotsky y Luxemburg, 1917-18

Juan Dal Maso, en su libro Hegemonía y lucha de clases. Tres ensayos sobre Trotsky, Gramsci y el marxismo, plantea:

Los documentos del Primer y Segundo Congreso de la Internacional Comunista planteaban que los soviets eran órganos de la hegemonía y la dictadura del proletariado y del poder revolucionario, pero no hablaban explícitamente de la dualidad de poderes como situación de transición entre el poder burgués en crisis y el nuevo poder proletario. Fue Trotsky quien en su Historia de la Revolución rusa generalizó la idea de dualidad de poderes como característica de toda revolución, ligando directamente la cuestión de la hegemonía (a la que alude de modo elíptico) con la de la dualidad de poderes (p. 76).

En esa oleada revolucionaria mundial, pero sobre todo europea, que se extendió entre 1918 y 1923, muchos jóvenes y pequeños partidos comunistas de Occidente intentaron “imitar” el ejemplo ruso, pero el “élan” revolucionario que predominaba era, en una gran parte, la “teoría de la ofensiva”, que consistía en una traducción de la estrategia revolucionaria según la cual la nueva época abierta por la revolución bolchevique implicaría que esta se resumía a la “ofensiva permanente” [19]. En algunos otros casos, los jóvenes PC no habían roto del todo con las rémoras del pasado socialdemócrata. Se buscaba “seguir el ejemplo ruso”, pero las lecciones de Octubre no habían sido asimiladas.

Para Trotsky, el período de transición entre el poder burgués y el poder obrero podía verificarse en las revoluciones en general de la siguiente manera:

La mecánica política de la revolución consiste en el paso del poder de una a otra clase. La transformación violenta se efectúa generalmente en un lapso de tiempo muy corto. Pero no hay ninguna clase histórica que pase de la situación de subordinada a la de dominadora súbitamente, de la noche a la mañana, aunque esta noche sea la de la revolución. Es necesario que ya en la víspera ocupe una situación de extraordinaria independencia con respecto a la clase oficialmente dominante; más aún, es preciso que en ella se concentren las esperanzas de las clases y de las capas intermedias, descontentas con lo existente, pero incapaces de desempeñar un papel propio. La preparación histórica de la revolución conduce, en el período prerrevolucionario, a una situación en la cual la clase llamada a implantar el nuevo sistema social, si bien no es aún dueña del país, reúne de hecho en sus manos una parte considerable del poder del Estado, mientras que el aparato oficial de este último sigue aún en manos de sus antiguos detentadores. De aquí arranca la dualidad de poderes de toda revolución. [...] La guerra civil da a la dualidad de poderes la expresión más visible, la geográfica: cada poder se atrinchera y hace fuerte en su territorio y lucha por conquistar el de su adversario; a veces, la dualidad de poderes adopta la forma de invasión por turno de los dos poderes beligerantes, hasta que uno de ellos se consolida definitivamente. […] Si el Estado es la organización del régimen de clase y la revolución la sustitución de la clase dominante, el tránsito del poder de manos de una clase a otra, es natural que haga brotar una situación contradictoria de Estado, encarnada, sobre todo, en la dualidad de poderes [20].

La experiencia rusa del período del doble poder como hipótesis revolucionaria “traducida” a Occidente no era lo que predominaba. Sin embargo, es notable que muy frecuentemente entre los comentaristas del legado de Rosa Luxemburg se ha soslayado su actividad y escritos durante la Revolución alemana de 1918-19, que quedan opacados al lado de su crítica a los bolcheviques en su folleto sobre la Revolución rusa escrito poco antes. Si se los analiza, hay muchos elementos para decir que la revolucionaria polaca ya es precursora de esa extensión que hace Trotsky de la hipótesis del doble poder, por lo menos en lo que hace a aplicarla a la Revolución alemana. No se trata de una teoría sistemática, pero de todos esos escritos al calor de la batalla se puede desprender por lo menos que, si la idea de Trotsky de la dualidad de poderes no se había generalizado, por lo menos Rosa Luxemburg tuvo la perspicacia de aplicar elementos de ella a la Revolución de Noviembre (como se conoce a la revolución alemana de 1918-19), incluso, notoriamente, contra la opinión de una gran parte de las fuerzas revolucionarias que confluyeron en la fundación del Partido Comunista alemán al que perteneció, en el que predominaba, sobre todo en su base y en menor medida en sus dirigentes, la “teoría de la ofensiva”.

El doble poder en la revolución alemana

Ya en sus escritos de los primeros días de la Revolución alemana se podía empezar a ver una perspectiva que contemplaba el desarrollo de los consejos de obreros y soldados:

La imagen de la revolución alemana se corresponde con la madurez interna de las condiciones alemanas. Scheidemann-Ebert es el gobierno surgido de la revolución alemana en su etapa actual. Y los [socialdemócratas] independientes, que creen poder realizar el socialismo junto con Scheidemann-Ebert, sobre lo cual dan testimonio solemnemente en el Freiheit [diario del USPD], que construyen con ellos un “gobierno puramente socialista”, también califican como los socios adecuados de esta empresa durante este primer estadío provisorio. Pero las revoluciones no se detienen. Su ley vital es la de avanzar rápidamente, la de su transcrecimiento. La primera etapa ya está avanzando a través de sus contradicciones internas. La situación se puede comprender como un comienzo, como una condición insostenible a largo plazo [21].

A su vez, esta perspectiva mediata se combina por la lucha por un gobierno de los consejos de obreros y soldados y contra la trampa de la Asamblea Nacional [Constituyente] como supuesta forma de introducir “pacíficamente” el socialismo. El gobierno Ebert-Scheidemann se aparece como la versión alemana de Kérensky y el antiguo Gobierno Provisional ruso. En Alemania se repite el esquema del doble poder entre consejos y gobierno burgués, aunque con la peculiaridad de que ese poder es más asimétrico que en Rusia, ya que el Estado capitalista alemán, heredado de los junker, tiene una base mucho más sólida, y la socialdemocracia, que moldea a los consejos, los transforma en apéndice de ese Estado. Si en Rusia el Gobierno Provisional solo podía existir porque los soviets eran el poder estatal dominante de hecho, pero sus dirigentes se autonegaban constantemente y sostenían la ficción del Gobierno conciliador, en Alemania, desde el primer día, lo que hay es un vaciamiento progresivo del poder obrero surgido en el levantamiento del 9 de noviembre y una entrega de cada vez mayores prerrogativas por parte del consejo obrero berlinés al gobierno Ebert-Scheidemann, que sin embargo no logra hacer desaparecer a los consejos, que se van extendiendo por todo el país, y lleva a la guerra civil que comienza en enero de 1919.

En el programa de la Liga Espartaco, que luego será adoptado por el KPD en su congreso fundacional, Luxemburg escribe su visión de cómo se seguirá desarrollando la revolución alemana:

Desde el más alto jefe de Estado hasta la más pequeña comunidad, las masas proletarias deben, por lo tanto, sustituir los órganos tradicionales de la dominación de la clase burguesa: los senados, los parlamentos, los consejos municipales, por sus propios órganos de clase: los consejos de obreros y de soldados, cubriendo todos los puestos, supervisando todas las funciones, midiendo todas las necesidades del Estado en función de sus propios intereses de clase y de sus tareas socialistas [...] Se debe quebrar toda resistencia paso a paso con mano de hierro y energía despiadada. La violencia de la contrarrevolución burguesa debe ser contrarrestada por la violencia revolucionaria del proletariado […] A los peligros inminentes de la contrarrevolución, el armamento del pueblo y el desarme de las clases dominantes […] El frente unido de todo el proletariado alemán: el sur con el norte, el urbano con el rural, los obreros con los soldados, la dirección espiritual viva de la revolución alemana con la Internacional […] La lucha por el socialismo es la guerra civil más violenta en la historia del mundo, y la revolución proletaria debe prepararse para esta guerra civil, debe aprender a usarla –para luchar y ganar. Equipar a las masas trabajadoras compactas con todo el poder político para las tareas de la revolución es la dictadura del proletariado y por lo tanto la verdadera democracia [22].

En vísperas de esta guerra civil, en el congreso de fundación del KPD, Luxemburg empieza a visualizar la necesidad de que se desarrolle también un doble poder en el campo, que permita que la clase obrera de las ciudades ejerza su hegemonía sobre los campesinos:

¿Cuáles son las consideraciones tácticas que debemos deducir de ello? ¿Cuál es la mejor manera de enfrentar la situación que probablemente se nos presentará en el futuro inmediato? La primera conclusión será, indudablemente, la esperanza de una próxima caída del gobierno Ebert-Scheidemann, y de que ocupe su lugar un gobierno que se declare socialista revolucionario proletario. […] No debemos recaer en la ilusión de la primera fase de la revolución, la del 9 de noviembre; no debemos pensar que cuando queramos realizar la revolución socialista bastará con derrocar al gobierno capitalista y poner otro en su lugar. Hay un solo camino hacia la victoria de la revolución proletaria. Debemos comenzar socavando el gobierno Ebert-Scheidemann, destrozando sus cimientos mediante la movilización revolucionaria masiva del proletariado. Además, permítanme recordarles algunas de las insuficiencias de la revolución alemana, insuficiencias no superadas al cierre del primer acto de la revolución. […] Si la reconstrucción socialista ha de emprenderse con toda seriedad, nuestra atención debe dirigirse tanto al campo como a los centros industriales y, sin embargo, ni siquiera hemos dado el primer paso. […] Precisamente porque el socialismo no los ha tocado aún, los campesinos constituyen una reserva adicional para la burguesía contrarrevolucionaria. Lo primero que harán nuestros enemigos cuando las huelgas socialistas les empiecen a quemar los pies, será movilizar a los campesinos, defensores fanáticos de la propiedad privada. Hay una sola manera de adelantarse a esta potencia contrarrevolucionaria amenazante. Debemos llevar la lucha de clases al campo, debemos movilizar al proletariado sin tierras y a los campesinos pobres contra los campesinos ricos [23].

En ese mismo congreso fundacional, Luxemburg también sostiene otra polémica con la mayoría de su partido, oponiéndose a la propuesta de formar “organizaciones unitarias”, que consistían en una especie de “sindicatos rojos” que combinaban funciones de partido revolucionario y de sindicatos, abandonando los sindicatos de masas. Esta posición era notablemente sostenida por la mayoría de los militantes provenientes de la antigua organización IKD, que en el pasado había estado más cerca de los bolcheviques que los espartaquistas, pero que en este punto no tenían nada que ver con Lenin y Trotsky sino que más bien se acercaban a la tradición del sindicalismo revolucionario alemán, de ideología anarquista. Precisamente, Luxemburg, situada en el espíritu de los bolcheviques rusos, consideraba que los partidarios de la “organización unitaria” no lograban salir de la vieja dicotomía que solo concebía como formas de organización al sindicato y al partido:

Estas eran formas y medios que podían aplicarse antes de la revolución. Hoy debemos concentrarnos en el sistema de los consejos obreros, y las organizaciones no deben unirse combinando las viejas formas, sindicato y partido, sino que deben construirse sobre una base completamente nueva. Los consejos de empresa, los consejos obreros en continuo ascenso, una estructura completamente nueva que no tiene nada en común con las viejas y anticuadas tradiciones [24].

Para finalizar, hace falta agregar un contrapunto entre ambos revolucionarios respecto al problema de la insurrección. Trotsky mismo plantea el problema en forma polémica sin ambages en una conferencia que da en 1924 en una academia militar:

Hay que reconocer que el plazo de la insurrección es considerado como algo insignificante por muchos comunistas occidentales que no se sacaron de encima todavía su manera fatalista y pasiva de abordar los principales problemas de la revolución. Rosa Luxemburgo es en esto el ejemplo típico más expresivo y más talentoso. Psicológicamente lo comprendemos sin dificultad. Ella se había formado, por así decirlo, en la lucha contra el aparato burocrático de la socialdemocracia y de los sindicatos alemanes. Incansablemente, había demostrado que este aparato asfixiaba la iniciativa del proletariado. Ella sólo veía una salida a esto a través de un irresistible empuje de las masas para tirar abajo todas las barreras y las defensas edificadas por la burocracia socialdemócrata. La huelga general revolucionaria, que desbordaba todas las aristas de la sociedad burguesa, se había vuelto para Rosa Luxemburgo un sinónimo de revolución proletaria. Sin embargo, cualquiera sea su fuerza, la huelga general no resuelve el problema del poder, no hace más que ponerlo de relieve. Para tomar el poder hay que organizar la insurrección, apoyándose en la huelga general. Toda la evolución de Rosa Luxemburgo hace pensar que habría terminado por admitir esto. Pero cuando fue arrancada de la lucha, todavía no había dicho ni su última, ni su penúltima palabra. Sin embargo, recientemente en el Partido Comunista alemán todavía existía una corriente muy fuerte hacia el fatalismo revolucionario. La revolución se acerca, decían, provocará la insurrección y nos dará el poder. En cuanto al partido, su papel, en este momento, es hacer agitación revolucionaria y esperar los resultados. En tales condiciones, plantear categóricamente la cuestión del plazo de la insurrección, es sacar al partido de la pasividad y del fatalismo, es ponerlo frente a los principales problemas de la revolución, particularmente, ante la organización consciente de la insurrección para echar al enemigo del poder. [25]

Esta consideración de Trotsky sin duda se refiere a su pensamiento sobre la insurrección de Moscú en Huelga de masas, partido y sindicatos, donde precisamente el levantamiento armado más bien es un desprendimiento “lógico” del desarrollo de la huelga general revolucionaria, pero no es concebido en el sentido de la preparación consciente de “la insurrección como arte” [26]. Pero por otro lado, la conjetura de Trotsky de que si Luxemburg hubiera seguido viva podría haber evolucionado en este punto acercándose a la visión del jefe del Ejército Rojo se apoya en que, al calor del comienzo de la guerra civil alemana en enero de 1919 y del erróneamente llamado “levantamiento espartaquista”, la revolucionaria polaca escribe una serie de reflexiones en el diario del KPD donde sigue y critica fervientemente la forma en que se da este alzamiento y a sus líderes (implícitamente incluso a los de su propio partido) por todo lo que tiene de improvisado, librado al azar, vacilante, no sistemático ni planificado [27]. Desde ya que esto no equivale a una teoría de la insurrección, pero sí se trata de otro de esos elementos que, en el desarrollo de la revolución, tendieron a tener puntos en común con el pensamiento del fundador de la Tercera Internacional.

Con este somero repaso quisimos hacer un contrapunto entre las hipótesis revolucionarias de Luxemburg y de Trotsky, estudiando puntos en común y divergencias.

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NOTAS AL PIE

[1J.P Nettl, Rosa Luxemburg. A Biography, Londres, Verso, 2019.

[2Sobre la campaña contra Rosa Luxemburg llevada adelante en el KPD por Ernst Thälmann en 1928, cuando la Internacional Comunista vota el giro ultraizquierdista, ver E. Reuter / W. Hedeler / H. Helas / K. Kinner (eds.), Luxemburg oder Stalin. Schaltjahr 1928. Die KPD am Scheideweg, Berlín, Karl Dietz Verlag, 2009.

[3“¿ Qué actitud adoptaron respecto a estas discusiones los izquierdistas de la socialdemocracia alemana, Parvus y Rosa Luxemburgo? Inventaron un esquema utópico y semimenchevique de revolución permanente (imagen deformada del esquema marxista de la revolución) penetrado hasta la médula por la negación menchevique de la alianza entre la clase obrera y los campesinos, y lo contrapusieron al esquema bolchevique de la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos. Más tarde, este esquema semimenchevique de la revolución permanente fue adoptado por Trotski (y en parte por Mártov) y convertido en arma de lucha contra el leninismo” J. Stalin, "Sobre algunas cuestiones de la historia del bolchevismo".

[4Ver Juan Dal Maso, “Trotsky: jacobinismo y revolución”, IdZ Semanario, (24/08/2019).

[5Trotsky: “En la política interna del partido, estos métodos llevan, como lo veremos más adelante, a la organización del partido a ‘substituir’ al partido, al comité central a substituir a la organización del partido y, finalmente, al dictador a substituir al comité central; por otra parte, ello lleva a los comités a suministrar la ‘orientación’ (y a cambiarla mientras que ‘el pueblo se mantiene en silencio’); en política ‘exterior’ estos métodos se manifiestan en las tentativas para hacer presión sobre las otras organizaciones sociales utilizando la fuerza abstracta de los intereses de clase del proletariado y no la fuerza real del proletariado consciente de sus intereses de clase” (Nuestras tareas políticas, 1904). Y Rosa Luxemburg: “Al acordar al órgano directivo del partido poderes tan absolutos de un carácter negativo, como lo quiere Lenin, no se hace otra cosa que reforzar artificialmente y hasta un grado muy peligroso el conservatismo naturalmente inherente a ese órgano. Si la táctica del partido es el hecho, no del comité central, sino del conjunto del partido o, mejor aún, del conjunto del movimiento obrero, es evidente que a las secciones y federaciones les es necesaria la libertad de acción que es lo único que permite utilizar todos los recursos de una situación y desarrollar la iniciativa revolucionaria. El ultracentralismo defendido por Lenin se nos aparece impregnado, no de un espíritu positivo y creador, sino del estéril del vigilante nocturno. Toda su preocupación tiende a controlar la actividad del partido, no a fecundarla; a restringir el movimiento más que a desarrollarlo; a yugularlo, no a unificarlo” (Problemas de organización de la socialdemocracia rusa, 1904).

[6Ver V.I. Lenin, “Nuestras tareas y el soviet de diputados obreros” (1905) en Obras Completas, Tomo 10, ed. Akal, p. 9.

[9León Trotsky, 1905, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2006,pp. 80-81.

[10León Trotsky, 1905 Cap. 22 (otra versión).

[12Sobre la teoría del “partido proceso” ver Guillermo Iturbide, “Rosa Luxemburg y la reinvención de la política” (IdZ Semanario, 26/07/2020) y Daniel Bensaïd / Samy Naïr, “Lenin y Rosa Luxemburgo” (1969).

[14León Trotsky, 1905, Ed. IPS-CEIP, cap. 13, p. 127.

[15Ver al respecto también Guillermo Iturbide, “Rosa Luxemburg y la reinvención de la política”, op. cit.

[16Para una visión de la teoría de partido de Lenin vis a vis la “ortodoxia” kautskiana y el modelo del SPD, ver Ariane Díaz, “La imaginación realista”, Instituto del Pensamiento Socialista “Karl Marx”, 17/12/2013.

[18Resultados y perspectivas, 1906, cap. 9.

[20León Trotsky, Historia de la Revolución rusa, Tomo I, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2017, pp. 185-191.

[21Rosa Luxemburg, “Der Anfang”, (18/11/1918).

[22Rosa Luxemburg, “Was will der Spartakusbund?” (14/12/1918).
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Guillermo Iturbide

Ediciones IPS-CEIP
Nació en 1976 en La Plata. Es licenciado en Comunicación Social (UNLP). Editor y traductor en Ediciones del Instituto del Pensamiento Socialista "Karl Marx" (Ediciones IPS). Milita en el Partido de los Trabajadores Socialistas desde 1997.
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