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Una lectura marxista de la Metamorfosis de Kafka

Múltiples han sido las lecturas de "La Metamorfosis de Kafka". Imposible, pese a todas ellas, negar su deriva existencialista, un estado anímico generalizado que expresa el pesar por la vida superando cualquier intencionalidad humana. De esta manera se desenvuelve el personaje principal de la novela, Gregorio Samsa, quien tras arduas jornadas de trabajo como vendedor, un día cualquiera, sin que nada hubiese cambiado, se transforma en animal sin sorpresa alguna, como si ésta fuera su condición pasada, presente y futura. Su vida, atada al trabajo alienante, a los reproches empresariales; obligado a mantener a su familia y saldar sus deudas, se encuentra con muy pocos espacios que le permitan visualizar un horizonte lejano a la explotación laboral que imprime el capitalismo como sistema económico. Sin embargo la escritura de Kafka, realista a su vez, se ha convertido en la objetivación literaria del estado de alienación y enajenación al cual son empujados los y las trabajadoras. Esta es precisamente su vigencia.

Bárbara Brito

Docente y ex vicepresidenta FECH (2017)

Lunes 2 de febrero de 2015 | 21:14

Sin obstáculos, como si fuera un suceso natural, Kafka comienza relatando la transformación de Gregorio Samsa en un asqueroso bicho. Los cuidados que le proporcionaban correspondían únicamente a sus necesidades vitales, como la comida. Kafka alegoriza el estado de alienación del hombre a través de la metamorfosis de Samsa y su relación con los otros miembros de la casa. Es, a su vez, representación del estado que el propio Samsa sufría en el trabajo y el alejamiento de las relaciones personales cada vez más inestables antes de su transformación. Marx trataba este problema bajo la idea de que el capitalista sólo entrega un salario acorde a las necesidades de supervivencia, para que la clase obrera no se extinga y pueda seguir usurpando de su trabajo como parásito. Plantea Marx en los Manuscritos de París: "la Economía Política sólo conoce al obrero en cuanto animal de trabajo, como una bestia reducida a las más estrictas necesidades vitales."

Siguiendo esta idea Kafka enarbola una denuncia a las instituciones que debiesen velar por el bienestar del trabajador y una concepción inhumana en favor de la producción donde no cabe si quiera el derecho a enfermarse: "Seguramente aparecería el jefe con el médico del seguro, haría reproches a sus padres por tener un hijo tan vago y se salvaría de todas las objeciones remitiéndose al médico del seguro, para el que sólo existen hombres totalmente sanos, pero con aversión al trabajo". Y, más allá aún, una denuncia de clase: "en su condición de empresario, cambia fácilmente de opinión en perjuicio del empleado" (La Metamorfosis).

Trabajo alienado, instituciones laborales, relaciones de clase; todo contra el individuo - trabajador; contra Gregorio Samsa y los trabajadores como clase.

Luego de su transformación el pánico se extendió en la familia, la hermana, para la cual Samsa le había guardado un futuro en el conservatorio de música; supo desde el primer instante de ocurrida la tragedia, como si hubiese estado escrito su destino, que tendría que salir a trabajar. El círculo volvía a empezar.

Sin embargo no todo es desesperanza, Kafka abre momentos de respiro entre las páginas desoladas; ilusorios y pasivos -"Y durante un instante permaneció tumbado, tranquilo, respirando débilmente, como si esperase del absoluto silencio el regreso del estado real y cotidiano"-, y reales y activos. El trabajo, como aquello que, apropiado por el hombre, es decir, no como trabajo alienado, es precisamente lo que nos diferencia del animal. Tal como lo planteaba Marx, funciona como factor humanizante. Cuando la hermana y la mamá de Gregorio fueron a preparar su habitación para que, como bicho, pudiera correr libremente por las paredes, Gregorio respondió, se resistió, tomó una postura activa convencido de que, con ello, le quitarían todo lo que le quedaba de humano: "¿Deseaba realmente permitir que transformasen la cálida habitación amueblada confortablemente, con muebles heredados de su familia, en una cueva en la que, efectivamente, podría arrastrarse en todas las direcciones sin obstáculo alguno, teniendo, sin embargo, como contrapartida, que olvidarse al mismo tiempo, rápidamente y por completo, de su pasado humano?" Su decisión fue atenerse a esta última esperanza. A sí mismo pasó con "el cuadro de la mujer cubierta en pieles. Se arrastró apresuradamente hacia arriba y se apretó contra el cuadro, cuyo cristal lo sujetaba y le aliviaba el dolor del vientre." Fue a salvar el cristal, el cuadro que recordaba su pasado humano, su trabajo fuera del trabajo alienado. Él mismo, con sus manos, había recortado la imagen de ese cuadro y tallado su marco.

Kafka, más allá de sus propias intenciones, abre una ventana para cuestionar el trabajo entendido y desarrollado en el capitalismo como una actividad externa al trabajador, como una actividad donde “el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu.” (Manuscritos de París). Habrá entonces que retomar no sólo la lectura marxista de la realidad y del trabajo, sino el horizonte que plantea: una sociedad sin clases, sin propiedad privada; donde el trabajo le pertenezca al hombre y se convierta en lo que es por naturaleza: la satisfacción de una necesidad y no un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo.






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