OPINION

Ya no se puede vivir en Chile

El socialista y precandidato presidencial José Miguel Insulza está afligido, pero no por vivir en un país que está entre los más desiguales del mundo, tampoco porque la jubilación por las AFPs representa la mayor de las estafas sociales y un castigo para la vejez, ni porque la mala salud sea un cáncer si no tienes dinero, y donde la educación recién está comenzando a dejar de ser el negocio del año… después de cuatro décadas.

Cristian Bustos

Periodista @bustoc

Viernes 19 de febrero de 2016 | 13:15

Nada de eso aflige a Insulza. El mismo personaje que como Canciller deambuló por el mundo y juró a los ingleses que Pinochet sería juzgado en Chile si lo soltaban y bien sabemos que murió tranquilamente en su cama en la más absoluta de las impunidades.
Insulza escribe que se siente hastiado del “ambiente que se ha creado en los últimos doce meses en este país, el más nocivo que recuerdo en mi vida política, con la obvia salvedad del período anterior al golpe militar de 1973 (sic)”.

También se siente un incomprendido en su condición de “servidor público” -como se autocalifica con modestia-, pero no por culpa de una democracia viciada y menos por la corrupción y el cohecho entre las élites partidarias y el empresariado, sino porque hay una manifiesta y maquiavélica intención de juzgar a la “clase política”. A su parecer, un gremio de intocables.

Si bien es cierto la política es una actividad noble, no es lo mismo que formar parte de la “clase política”. Y mucho menos ser partícipe de un sistema de privilegios que igual que las mafias, terminan en acuerdos para repartirse y beneficiarse del poder, donde él ha sido un protagonista de fuste.

Comparar la situación política actual con la vivida durante la UP, no sólo revela su nivel de impudicia sino también de ignorancia respecto a un momento histórico.

Esos tres convulsionados años que culminaron con el derrocamiento del Presidente Allende, no sólo representaron la nacionalización del cobre y también un cambio radical en las condiciones semi feudales que tenía el campo chileno. Pero, sobre todo, los partidos y sus militantes, eran probos y consecuentes. Muchos de ellos perdieron la vida en dictadura mientras él profitaba de la solidaridad internacional sin haber arriesgado jamás un pelo.

Insulza es incapaz de visualizar que Chile cambió y que la prensa y las redes sociales desnudaron una realidad que se cae a pedazos. Añora esos arreglines entre cuatro paredes, donde todas las ilegalidades y suciedades se metían bajo la alfombra y a sus actores con desparpajo los califica de “hombres de estado”.

Con suprema hipocresía pide “cambiar de rumbo”, y que ojalá todo vuelva como en los 90, donde la alegría llegó sólo para algunos, y donde él se siente realmente cómodo y con ganas de vivir en Chile.






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