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Red Internacional

A veinte años de los hechos que hoy se recuerdan en todo el país, el autor relata cómo vivió aquellas horas intensas en las calles de Buenos Aires, junto a miles de personas y a sus compañeras y compañeros del Partido de Trabajadores Socialistas, del cual es dirigente nacional. Y reflexiona sobre el significado político de esas jornadas históricas.

Christian Castillo@chipicastillo

Lunes 20 de diciembre de 2021 | Edición del día
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El 19 de diciembre de 2001 escuché el discurso de Fernando De la Rúa anunciando el estado de sitio en el local central del PTS, en La Rioja e Independencia, junto a otros compañeros y compañeras de la dirección del partido.

Ese día el Gobierno había preparado el anuncio sembrando el miedo de supuestas columnas que avanzaban desde el conurbano hacia la Capital para saquear comercios, cuestión que no existía.

Para las 16 horas, gran parte de los negocios de la Ciudad habían cerrado producto de estos rumores reproducidos por los medios de comunicación. El Gobierno apostaba a que el temor al “caos” favoreciera la aceptación de la medida represiva y de esa forma contener la oleada de protestas que venía incrementándose desde los anuncios del 3 de diciembre.

A mi entender más que el corralito lo que produjo mayor irritación en ese momento, fue el límite a sacar el dinero de los bancos, en una economía con alto nivel de informalidad y una bancarización infinitamente menor que la actual. Esa medida secó el mercado de pesos y produjo un shock recesivo que repercutió inmediatamente sobre los que menos tienen y también sobre los comerciantes, a quienes se les daba el tiro de gracia de un año de por sí ya muy malo. O sobre cualquiera que tuviera que hacer un gasto en efectivo tan sencillo como pagar un alquiler.

Recuerdo ese diciembre caluroso de colas incesantes en los bancos de miles y miles de personas que trataban de abrirse nuevas cajas de ahorro para poder sacar algo de efectivo. En los sectores populares, los saqueos, que se multiplicaron por todo el país, fueron una reacción a esa situación, dirigidos en especial a las grandes cadenas de hipermercados.

El 13 de diciembre el paro general tuvo un muy alto acatamiento. La apuesta de último momento de Domingo Cavallo a un salvataje desde Washington había fracasado. Sólo un año antes De la Rúa había anunciado “buenas noticias”, un blindaje de U$S 40.000 millones que nos daba el FMI (¿les suena?) y meses después, ya con Cavallo en el comando de la economía, la estafa del “megacanje”.

El anuncio del estado de sitio fue el detonante de la rebelión popular. Ni bien terminó el discurso salí caminando con Martín Ogando, que entonces militaba con nosotros, por Independencia hasta Jujuy y luego por ésta hasta Belgrano, donde vivía en aquel entonces. En el trayecto ya sonaban las cacerolas. Martín subió a casa y enseguida bajamos a la esquina de Jujuy y Belgrano también con Claudia, mi compañera.

En apenas media hora ya éramos cientos de vecinos, cortando el tránsito por completo y prendiendo gomas, como en cientos y cientos de esquinas de la ciudad. Toda Buenos Aires estaba tomada por manifestantes.

A las dos o tres horas nos dirigimos al Congreso por Belgrano y luego Entre Ríos, confluyendo con columnas que venían desde el oeste de la Ciudad. Allí el “que boludos, que boludos, el estado de sitio se lo meten en el culo” y el “oooohhhh, que se vayan todos, que no quede ni uno solo” ya eran hits populares.

En algún momento Martín siguió su camino. Seguimos hacia Plaza de Mayo como tantas decenas de miles. En el medio nos cruzábamos conocidos, todos con la sensación de estar viviendo un acontecimiento histórico. En algún momento se anunció la renuncia de Cavallo y, al rato, empezaron los gases y retrocedimos hacia Congreso. Ahí nos quedamos yendo y viniendo.

Creo que recién llegamos a casa tipo 4 am. Esa misma madrugada editábamos el suplemento especial de La Verdad Obrera donde planteábamos el paro general y “Fuera De la Rúa”.

El 20 de diciembre a las 10 ya estaba en el local y tipo 12 en el Congreso, donde había convocada una manifestación de la que desistieron las organizaciones ligadas a la CTA. Con un puñado de compañeros nos sumamos a la columna que salió por Avenida de Mayo donde estaban el Suteba La Matanza, la AGD-UBA, el MIJD de Castells y alguna organización más. Seríamos en total unos 500 o 700 como máximo.

No avanzamos mucho. Apenas pasamos Plaza Lorea nos dispersó una carga de la Montada, con gases incluidos. Nos replegamos frente al Congreso. Luego de un rato, ya con la llegada de más compañeros y compañeras, organizamos una columna común de los partidos de izquierda, que marchó por Callao, luego por Corrientes hasta llegar al Obelisco. Allí la columna de Izquierda Unida se detuvo. El resto entramos por Diagonal Norte. Mientras, llegaban las noticias de enfrentamientos tanto por Avenida de Mayo como en Diagonal Sur.

En Diagonal Norte estuvimos unas cuatro horas avanzando y retrocediendo frente a la Policía. Cada tanto, gritos de aliento cuando venían los motoqueros, que eran la división motorizada de los manifestantes. En esa columna del PTS estábamos con Octavio Crivaro, Paul Peralta, Eduardo Molina, Gustavo De Biasse, Eduardo Saab, Gastón Gutiérrez, Leandro Sorribas, Mirtha Pacheco, Facundo Aguirre, Diego Sacchi, Esteban Mercatante y tantos otros. También los compañeros del PO, de Convergencia Socialista y del MAS. En algún momento, en medio de los gases, nos encontramos con Néstor Kohan.

Recuerdo que los porteros nos permitían enjuagar trapos en las mangueras de los edificios. Buena señal. Serían las 17 cuando nos avisaron que estaban tirando con balas de plomo. Teníamos un solo celular, entonces le decíamos “el Movicom”. Finalmente la carga policial nos empujó hacia el Obelisco.

Ya sobre Corrientes había una marea de manifestantes, la inmensa mayoría jóvenes, que llenaba la avenida varias cuadras, más allá de Callao. Cada tanto grupos de militantes hacían incursiones por Diagonal Norte, enfrentando en escaramuzas a la Policía.

Seguíamos ahí cuando nos llegó la noticia de la renuncia de De la Rúa y se produjo un festejo generalizado. Enseguida fui para mi casa a cambiarme y de ahí nuevamente al Congreso, donde habían retrocedido los manifestantes. Luego fuimos por Rivadavia hasta Once, donde finalmente desconcentramos. Serían las 21 ó las 22 horas.

Luego empezarían esas semanas de movilización incesante, de Asambleas Populares, de fábricas recuperadas, de movimiento piquetero, de ahorristas indignados protestando contra los bancos.

La gran burguesía estaba dividida entre dolarizadores y devaluadores. Estos últimos se terminaron imponiendo. Lo que José Ignacio de Mendiguren llama “acomodamiento de los precios relativos” fue una devaluación brutal que provocó una caída del 40 % del salario real.

En esas jornadas de diciembre se expresó la acumulación de experiencia de lucha y movilización de los 90. Fueron movilizaciones con alto grado de espontaneidad pero que no cayeron del cielo, sino que se forjaron en el Santiagazo, en Cutral Có y Plaza Huincul, en Tartagal y Mosconi, en Jujuy, en el Correntinazo, en la resistencia a la Ley de Educación Superior de Menem y a los ajustes a la educación, en los siete paros generales contra De la Rúa.

La izquierda socialista y anticapitalista venía muy debilitada por las derrotas de los 90 y por el triunfalismo neoliberal luego de la caída de la Unión Soviética. Hoy la situación es diferente en varios sentidos, aunque la crisis social y el FMI la emparentan. ¿Que hubo conspiraciones de palacio? Claro, ¿cuándo no las hay? Pero eso no explica lo ocurrido. Fue un intento del movimiento de masas de tomar en sus manos su propio destino. Que no alcanzó, pero que marcó a fuego los años posteriores.

El pueblo movilizado terminaba con un gobierno ajustador y fondomonetarista. Eso es lo que las clases dominantes quieren que olvidemos.

Tenía 34 años en aquél momento. Soy más bien de la generación Malvinas, en el sentido del momento cuando uno entra a la vida política. Pero también me siento una suerte de hermano mayor de la generación de diciembre de 2001. Como tantos otros estuve ahí. Y no lo olvidaré.

Hoy el mejor homenaje a estas jornadas y a quienes fueron asesinados por la represión estatal es la rebelión del pueblo de Chubut contra el gobierno de Arcioni y la megaminería. Contra el extractivismo que el gobierno nacional alienta buscando juntar los dólares para pagar la deuda fraudulenta. En las calles de Trelew, Rawson, Comodoro, Madryn y las localidades de la Comarca también vive el 19 y 20 de diciembre de 2001.




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