SEMANARIO

8M: El temor burgués ante el fantasma de la lucha de clases

Pablo Torres

Rafaella Ruilova

8M: El temor burgués ante el fantasma de la lucha de clases

Pablo Torres

Rafaella Ruilova

Este 8 de marzo Chile fue protagonista de una de las movilizaciones más masivas desde el retorno a la democracia encabezada por el movimiento de mujeres. En esta nota analizamos sus alcances y sus perspectivas.

Este 8 de marzo en todo el mundo se conmemoró el Día Internacional de la Mujer Trabajadora con masivas movilizaciones. El Estado Español fue protagonista de la movilización más grande en Europa y Alemania vivió la más grande desde 1990. En Francia la lucha de las mujeres se unió a los Gilet Jaunes (chalecos amarillos), con las mujeres trabajadoras al frente.

Chile fue protagonista de la movilización más grande de América Latina, y vivió una de las movilizaciones más masivas desde el retorno a la democracia; en cantidad de gente fue similar al mejor momento del movimiento estudiantil en agosto del 2011, y del movimiento NO+AFP de 2016.

La fuerza de las mujeres llegó para quedarse. El potencial del movimiento radica en la fuerza social explosiva que puede alentar si se expande a la clase trabajadora con las mujeres al frente, si despierta al movimiento estudiantil, y junto a las y los oprimidos, se transforma en un gran actor de oposición al gobierno y al régimen en las calles, poniendo la lucha de clases en la situación.

Una gran demostración de fuerzas de un movimiento en ascenso

Si para esta fecha el año pasado fueron cerca de 40 ciudades las que se movilizaron, con alrededor de 100.000 personas movilizadas en Santiago, el número para este 2019 más que triplicó. Solo en Santiago la asistencia fue cercana a las 400.000 personas [1]. En el país cerca de 70 ciudades movilizadas, con cientos de miles. Fue sin duda una gran movilización mostrando la fuerza y vitalidad de un movimiento de mujeres en ascenso, desde la cantidad de convocatorias y gente movilizada, hasta las acciones mediáticas previas (desde el “súper-lunes” con el cambio de nombre a las estaciones de metro hasta tomas simbólicas en universidades) con un 8M que se tomó la agenda.

No es menor que este hecho político nacional y demostración de fuerzas sea al inicio del segundo año de Piñera, en que se juegan las “reformas estructurales”. Una interesante antesala en un año que para el gobierno tiene el fantasma de un “annus horribilis” como advertía hace unos días el pasquín derechista La Tercera (y considerando el fantasma del 2011) ( [2]).

Una de las novedades centrales fue el paro parcial regional encabezado por las y los trabajadores públicos en Valparaíso, con movilización donde participaron profesores, funcionarios públicos y municipales, de la salud y algunos sindicatos privados, convocando a cerca de 30.000 personas en la ciudad puerto durante la mañana, en una concurrida marcha que terminó con fuerte represión policial y con algunos enfrentamientos entre manifestantes y la policía. La presencia de trabajadores y trabajadoras fue un aspecto característico, al igual que un componente más combativo y contra el gobierno de Piñera. En este sentido, Valparaíso expresó lo más avanzado del movimiento sindical tomando las demandas de las mujeres como propias, y abriendo un potencial que de desarrollarse puede ser ampliamente revulsivo.

Pero esta movilización no cae del cielo, es parte del ascenso a nivel internacional del movimiento de mujeres, y su propia expresión en Chile, sobretodo pos 2011, que tiene entre sus hitos más importantes el 2013, donde se realizó la primera marcha por el aborto legal, libre, seguro y gratuito; el 2014 con el Primer Encuentro de Educación No Sexista, donde participaron cientos de mujeres de universidades al calor del nacimiento y desarrollo de diversas secretarías y comisiones de género y sexualidades posteriores a la explosión estudiantil del 2011; el 2015 y 2016 fue la lucha contra el acoso y abuso sexual; y el 2017 el fenómeno de Ni Una Menos que movilizó a miles en las calles denunciando la violencia de género en su expresión más cruda: los femicidios.

El año pasado después de una masiva movilización por el Día Internacional de la Mujer Trabajadora se constituyó la coordinadora 8 de marzo (C8M). Posteriormente, explotó el “mayo feminista” cuya lucha central fue contra la violencia machista y por una educación no sexista, con masivas movilizaciones, en su mayoría, de mujeres, y tomas universitarias y de liceos. El 25 de julio movilizó a miles tomando el llamado por el derecho al aborto legal, libre, seguro y gratuito de la “marea verde” argentina, que traspasó fronteras. Ya a fines del año pasado, el Encuentro Plurinacional Mujeres que Luchan convocó a cerca de 1.300 asistentes, quienes debatieron las estrategias, programa y tácticas a desplegar para este reciente 8 de marzo.

Un ascenso del movimiento de mujeres en un país donde el régimen patriarcal mantiene a las mujeres como ciudadanas de segunda categoría (baste ver lo fundamental del código civil vigente desde 1855, con reformas que no han cambiado sustancialmente aquella situación), en el “jaguar” capitalista -modelo de la derecha regional- donde la explotación, precariedad, salarios y pensiones de hambre la sufren en primer lugar las mujeres trabajadoras y pobres.

Esta dinámica del movimiento de mujeres ha ido a contramano del movimiento estudiantil y de trabajadores los últimos años. El movimiento estudiantil, que fue el principal opositor al régimen político en las calles, sufrió un “reflujo” y desvío (bacheletista). El movimiento de trabajadores protagonizó huelgas y luchas parciales, en un marco más general de reflujo pos 2015 y, si bien, emergió el movimiento NO+AFP, que contó con movilizaciones de masas, este tuvo un carácter más “ciudadano” y el 2018 salió de las calles. El despertar de una nueva generación a la vida política, fruto del ascenso del movimiento de mujeres, con miles de mujeres muy jóvenes que no vivieron el 2011 y también varones que ven la lucha de las mujeres como una referencia y como palanca de politización, es una bocanada de aire fresco que puede volver a dinamizar a uno de los movimientos estudiantiles con mayor tradición combativa y asamblearia de América Latina. La politización de miles de mujeres trabajadoras y su identificación con la lucha del movimiento de mujeres puede jugar un rol similar en el movimiento obrero, abriendo nuevos fenómenos de organización que tiendan a chocar con una burocracia sindical conservadora.

Si a esto le sumamos la lucha y repudio desatado por el asesinato de Camilo Catrillanca, que vio sectores de “vanguardia” en la juventud y el combativo paro portuario en Valparaíso a fines de año, son fenómenos que pueden anticipar una tendencia más general hacia la lucha de clases. Sin embargo, si bien la convocatoria fue hecha tras el llamado a “Huelga General Feminista”, que revalorizó el concepto de “huelga” en amplios sectores de masas, no se desarrolló como huelga o paro efectivo en los sectores productivos de la economía nacional, ni en los servicios, paralizando efectivamente el país entero. Fue quizá uno de sus mayores límites.

Piñera, Plá y Morel: los límites de una falsa hegemonía

El enorme impacto del 8M tuvo al gobierno en una encrucijada. Mientras demagógicamente habló de “igualdad de derechos”, se tiró contra la “huelga” y la movilización, un discurso que fue de la mano con su giro “trumpista”, y de la inicial emergencia de una extrema derecha liderada por José Antonio Kast.

De fondo el gobierno leyó mal la situación política y la relación de fuerzas producto de su propia autocomplacencia. Su balance del primer año de gobierno es completamente “positivo”, auspiciado por sus oráculos de Cadem, en el marco que ya tras el asesinato de Catrillanca y la frustración de expectativas con “tiempos mejores” que solo llegaron para la clase capitalista y no para el pueblo trabajador, empezó a cambiar el ánimo popular.

Si ya el viernes tuvo que buscar maniobrar cambiando el discurso, el día de ayer buscó apropiarse “orgulloso” de una masiva “marcha pacífica” [3]. Que tengan el espacio para reivindicar “la marcha pacífica” se debe a que no fue una movilización con “enemigos claros”, transformándose, por ejemplo, en una movilización claramente en contra del gobierno y el régimen. Sobre este aspecto, el movimiento estudiantil del 2011 marca un precedente, no para un nostálgico volver al 2011, sino porque para derrotar verdaderamente no solo las reformas de Piñera y la derecha o las trampas de la ex Nueva Mayoría, que el PC y el FA siembran ilusiones con sus “mínimos comunes”; sino que para derrotar a este régimen que mantiene la opresión y explotación sobre millones de mujeres, con la alianza criminal del patriarcado y el capitalismo, necesitamos una fuerza social muchísimo más poderosa, pues no va a caer solo el patriarcado, sino que tenemos que derribarlo. Este tiene enemigos e instituciones poderosas, que buscarán derrotar, desviar, o cooptar. La lucha contra las reformas de Piñera de conjunto será un desafío del movimiento.

Cooptación liberal y un feminismo inofensivo

Sin embargo, no fue la única política que actuó la del gobierno, y hubo distintas orientaciones desde la clase dominante. Un factor de poder activo que intervino y que tampoco se puede desconocer –a fin de que queramos efectivamente derrotar a esos enemigos que sostienen la alianza criminal del capitalismo y patriarcado- es que la marcha fue a la vez tomada y promovida masivamente por un importante sector de la clase capitalista, en particular de grandes medios de prensa, que incluso dialogaron con la “huelga de mujeres” para dejarla como algo inofensivo.

Mientras medios de prensa escritos tradicionales, liderados por El Mercurio y La Tercera, hablaron de las demandas de la mujer, pero contrarios a la huelga y la movilización secundando el discurso gubernamental; CNN, del grupo norteamericano Time Warner ligado al imperialista Partido Demócrata de Estados Unidos, o C13 de Luksic, liderado por la “matriarca” Iris Fontbona, cuya fortuna llega casi a los 14.000 millones de dólares (N°1 de los ricos de Chile como apareció en el Ranking Forbes esta semana), llamaron a apoyar la huelga y la marcha, a tomar las demandas de las mujeres, y promovieron un discurso que intentó ser “hegemónico” desde el empresariado. Fue un factor importante de este 8M, una línea política distinta para enfrentar y cooptar o mantener inofensivo para los capitalistas al movimiento de mujeres.

Para el gobierno y los distintos sectores de la burguesía, la mejor dirección que podría tomar el movimiento es que el régimen, empresarios, sus partidos y la iglesia, no sea su principal enemigo, que sus métodos no sean los de la lucha de clases, y que su programa no se una a la causa de las y los trabajadores, el pueblo mapuche y la juventud, con las mujeres trabajadoras al frente, para así mantenerlo contenido y poder pasar sus reformas y ataques.

Buscan mantener al movimiento de mujeres como uno que no reconoce clases sociales. Mientras hablan de “igualdad de derechos” demagógicamente, quieren mantener la aberrante desigualdad material fundada en la explotación y opresión, que es la base del poder y ganancias de la clase dominante. Ese discurso es justamente también el que busca que- alientan la “huelga”-, ésta sea algo meramente “cultural” o simbólico para que no se afecte sus ganancias con paros efectivos y combativos, impidiendo que se desarrolle como un movimiento de las mujeres trabajadoras junto a explotados y oprimidos, que cuestione las bases de su dominio. Esta línea “hegemónica” de un sector burgués tiene la lucidez de buscar empalmar para desde ahí limitarlo y hacerlo aceptable para el régimen capitalista.

Sin embargo, tras la masiva manifestación, una incógnita quedó abierta. ¿Será un boomerang que permita que la lucha de clases vuelva a entrar como tendencia en la situación nacional y abrir procesos más profundos de radicalización política e ideológica en sectores de la juventud y del movimiento de las y los trabajadores?

No sólo es una hipótesis abierta, sino que debe guiar la orientación de las feministas socialistas y revolucionarias/os para que el movimiento de mujeres se ligue a la lucha de explotados y oprimidos, contra gobiernos y empresarios, y sea un factor activo para derrotar las reformas de la derecha, enfrentar a los empresarios y sus diversas trampas que buscan mantener al movimiento de mujeres en los marcos del régimen de explotación y opresión.

¿Y la oposición?

Si el movimiento de mujeres tiene el potencial de forjar una gran oposición social no solo a Piñera y sus reformas, sino al conjunto de este sistema y sus sostenedores, la “oposición” política de la ex Nueva Mayoría busca hipócritamente sintonizar con el movimiento de mujeres, en particular los PPD o los neoliberales “progresistas” del PS.

Buscando posar de falsos amigos del pueblo, apoyando la huelga y movilización, buscan vías para recomponerse de su crisis nada más y nada menos que para volver al gobierno el 2022. Sin embargo, cuando co-gobernaron durante casi 30 años con la derecha, las iglesias y el empresariado, precarizaron la vida, el trabajo, salud y educación, reprimiendo y negando el derecho al aborto. Solo durante el último gobierno de Bachelet impulsaron el aborto en 3 causales, y además de ser insuficiente por representar solo una ínfima parte de los abortos que día a día se realizan en Chile, tuvo como objetivo evitar que se desarrollara una lucha por el aborto legal, seguro y gratuito. Su política aunque vaya detrás de los acontecimientos por su crisis, junto al discurso liberal de grupos mediáticos, busca forjar nuevas ilusiones que nuestras demandas las conquistaremos administrando mejor este sistema.

El Frente Amplio y Partido Comunista cuando hablan de "unidad de la oposición" con aquellos viejos dinosaurios, son serviles a esta política de diversas alas burguesas que buscan contener al movimiento en los marcos del régimen capitalista y patriarcal. Asimismo, el discurso de conciliación con la propia derecha como practica Camila Vallejo hacia Isabel Plá: “yo creo que ella comparte la gran mayoría de las demandas que está planteando esta huelga (…) por lo tanto, esperaríamos, que más que criticarla, se sumara (a la marcha), porque en los temas de fondo podemos concordar”.

Esta política de la gran mayoría de la izquierda, que le hace el juego a la derecha y al progresismo neoliberal, impide que se reúna una fuerza social poderosa de explotados y oprimidos, que se desarrolle la lucha de clases con las mujeres trabajadoras al frente, y que enfrente a gobiernos, empresarios y los viejos partidos que también sostienen este régimen contra las mujeres, trabajadoras y trabajadores, jóvenes, mapuche, inmigrantes.

Su política de "mínimos comunes" con los neoliberales progresistas, incluyendo a la DC que se declara abiertamente contra derechos básicos como el aborto, llevarán a nuevas frustraciones, y siendo dirección de amplios sectores del movimiento de masas (como la CUT, el Colegio de Profesores, altamente feminizado, o la Confech) son serviles a que no se despliegue activamente la lucha de clases para enfrentar seriamente a nuestros enemigos. La derecha, el empresariado y los viejos partidos del progresismo neoliberal, no son aliados ni del movimiento de mujeres ni de la clase trabajadora y la juventud. Llevar al molino de alianzas con esos sectores, mantendrá a este movimiento inofensivo, que es justamente lo que pretenden.

El temor burgués a la unidad de explotados y oprimidos y un cuestionamiento profundo

Un temor que alertaron varios analistas, se expresa en el editorial de La Tercera del día sábado:

“Se deben reconocer los progresos que ha tenido Chile en esta materia y los esfuerzos que han realizado los diferentes gobiernos para implementar políticas en favor de materializar una plena equidad de género (…) se debe evitar el riesgo de que este movimiento sea cooptado por sectores políticos, que finalmente usan esa plataforma para promover un discurso ideológico e intereses particulares, que no solo no contribuyan al objetivo final, sino que terminen perjudicando al propio movimiento. En ese sentido, peticiones tales como el fin a las AFP, “la soberanía y autodeterminación de pueblos y territorios en resistencia” o la “desmilitarización en Wallmapu” -todas incluidas en el petitorio de la coordinadora que promovió la manifestación de ayer-, confunden los propósitos centrales en materia de género. Sería lamentable que un movimiento como éste termine desdibujando sus peticiones, porque ello solo contribuirá a que pierda adhesión entre la ciudadanía y se debilite. Para consolidar los logros alcanzados en los últimos años y seguir avanzando, el movimiento no debe desviarse de su objetivo central, que es la legítima demanda por una mayor equidad entre hombres y mujeres.” [4]

Este diario da cuenta de un aspecto nuevo del movimiento, y es que tomó demandas de las mujeres trabajadoras cuya mayoría trabaja en las labores más precarias; la lucha contra las AFP; la exigencia a la desmilitarización de La Araucanía tras el asesinato a Camilo Catrillanca; inmigración y vivienda; junto a las demandas del fin a la violencia de género y el derecho al aborto legal, libre, seguro y gratuito. A La Tercera no le interesa que “se debilite”, sino justamente que desarrolle todo este potencial unificándose a explotados y oprimidos. Este programa, que supera las demandas de años anteriores, es un signo de preocupación de amplios sectores, pues “no debe desviarse” de lo que este medio de prensa considera “su objetivo central”: la igualdad formal de derechos en los marcos de este sistema en la realidad ampliamente desigual. Mantener separadas las demandas y peleas de las mujeres y del feminismo, de otros sectores castigados por este sistema.

Pero quizá más importante, es el comentario del connotado intelectual burgués Carlos Peña, que en su columna dominical de El Mercurio señala, que una de las novedades centrales de este 8M fue:

"el ánimo expansivo que poseen que llegan a cubrir prácticamente todos los malestares que vive la sociedad contemporánea (..). Ocurrió con el movimiento estudiantil". Continúa los argumentos y señala que:

"Los discursos en torno al género están transitando desde las demandas consistentes en espantar cualquier forma de discriminación o violencia en razón del género o la orientación sexual, a la idea de acabar con el capitalismo, porque, se sugiere, el conjunto de la formación social en cuyo interior se producen los abusos y la violencia descansaría sobre una inconfesada violencia de género. [5]

No es algo a dejar de pasar para algo que parece que empiezan a oler otros sectores de la burguesía. En una columna de Gonzalo Cordero, un histórico UDI quien dirigió parte de la campaña comunicacional de Piñera, señala en una columna, advirtiendo en tono preocupante de un "Caballo de Troya" surgiendo:

"En una parte del discurso feminista hay un caballo de Troya, porque a propósito de la reivindicación de los derechos de la mujer se introducen de contrabando una serie de conceptos y otras motivaciones con una carga ideológica que solo degradan el valor del objetivo declarado." Mientras dice que es injusta la posición de las mujeres históricamente, toda su preocupación va en la siguiente cuestión: "Pero de ahí a decir que el patriarcado es consecuencia inevitable del capitalismo y que para defender los derechos de la mujer se deben cambiar sus bases esenciales hay más que una distancia enorme." [6]

El temor de la ampliación del programa, a la unidad con otros sectores, es el temor a la radicalización político-ideológica de sectores de las mujeres, de la juventud y de la clase trabajadora que puedan cuestionar el sistema desde sus cimientos.

La discusión sobre la huelga y un segundo temor burgués

Uno de los aspectos más interesantes de este 8M, teniendo en consideración que fue más simbólica que real, es que la “huelga” como concepto volvió a revalorizarse, miles hablaron de ella. En diversas notas hemos discutido el problema teórico y político de la “huelga general” a raíz de los debates que cruzan al movimiento de mujeres y el feminismo, pues como movimiento vivo, en su interior está cruzado por diversas tendencias, y que luchan porque su estrategia se haga carne en la realidad y el movimiento se desarrolle en una determinada dirección. Las corrientes del feminismo liberal y reformista, del separatismo y/o el feminismo radical, así también las feministas socialistas de la clase trabajadora, vienen debatiendo sobre esta cuestión.

De ahí la importancia del debate abierto sobre la huelga, que por primera vez sale de círculos más reducidos, y tomar esta fecha tiene un elemento muy progresivo. La historia y la tradición de la huelga están completamente ligadas a la lucha de la clase trabajadora contra la clase capitalista, aquellas/os que producen las riquezas sociales y están obligados a vender su fuerza de trabajo contra quienes se apropian de ellas –los capitalistas, aquellos propietarios de la propiedad privada de los medios de producción y distribución-. Un método propio de la lucha de clases.

En esa tradición está el ataque a ella del gobierno. El sector de la clase dominante que apoyó la “huelga”, buscó desnaturalizarla y diluirla en una ciudadanía que reclama derechos formales, dejándola como algo simbólico. Sin embargo, es expresión de profundos padecimientos donde “la igualdad formal o de derechos” empieza cada vez más a ser contrastada con la desigualdad real y material en las condiciones sociales de vida de la gran mayoría de la población y en particular de las mujeres.

Los distintos sectores burgueses, o atacándola o apropiándose para diluirla y hacerla inofensiva ante el sistema, buscan impedir la posibilidad de radicalización y del retorno del fantasma de las atacadas “calles” (eufemismo que instaló el reaccionario El Mercurio) que haga que la “huelga” sea una palanca mucho más allá un símbolo, sino que un elemento explosivo de la situación que amenaza sus reformas y su gobernabilidad. Y es aquí donde es criminal el rol de la burocracia sindical, de la estrategia de conciliación de una gran parte de la izquierda del FA y el PC, o de un feminismo inofensivo (como el separatista que lucha contra los hombres en general, o uno que busca que sea solo “feminismo” sin vincularse ni a la lucha de clases ni al conjunto de los explotados, o uno reformista que pretende que sean “hitos” para cambios legales y culturales solamente), que no se propone que este movimiento aliente el desarrollo de la lucha de clases y de calles y de un despertar de actividad de amplias franjas de la clase trabajadora y estudiantes, donde las mujeres trabajadoras y jóvenes sean las protagonistas, junto al pueblo-nación mapuche, a los inmigrantes, al conjunto de explotados y oprimidos. Es decir, que se abra un proceso de radicalización política e ideológica de amplias franjas de masas.

Por eso Valparaíso hay que mirarlo, porque fue un paro parcial con movilización que en otro contexto, puede llevar verdaderamente a métodos de paro o huelga general.

El gobierno y la burguesía, desde distintas voces, le temen profundamente a la huelga y a que el enorme potencial del movimiento de mujeres, con las mujeres trabajadoras al frente, haga despertar al gigante dormido que es la clase trabajadora, que junto a la juventud, mapuche y oprimidos, vuelque su lucha de clases para reclamar sus derechos actuales e históricos.

El rol conservador de la burocracia sindical

Uno de los rasgos más notorios de casi todas las luchas de la última década, es el rol completamente conservador de la burocracia sindical, en primer lugar de la CUT. La CUT sigue mirando desde la galería las principales luchas de la última década, yendo muy, pero muy a la zaga. Ni qué decir de centenares de huelga y luchas parciales y aisladas, donde la burocracia es campeona para no hacer nada, mantener divididos y hacer solo la conciliación con las autoridades y empresarios, del diálogo social.

Solo unas semanas antes del 8M llamaron a apoyar, pues al principio “adhirieron” de palabra. Ni siquiera llamaron a discutir este llamado en las bases, siendo que incorporada cuestiones claves como el fin al trabajo precario o jubilaciones, en el marco de reformas de Piñera. Luego cuando apoyaron, no organizaron ningún paro efectivo, ni impulsaron comisiones de mujeres para organizar la huelga en los lugares de trabajo, y solo apoyaron testimonialmente. Agitaban la “huelga”, pero en ningún lado la hicieron efectiva. Un paro efectivo hubiera significado que millones de mujeres trabajadoras y de trabajadores paralizaran en los metros, micros, minas, supermercados, malls, retail, en las telecomunicaciones, recolectoras de basura, en las salas de clases, escuelas y liceos, en los hospitales, en general, en todos los lugares de trabajo, que hubiera permitido que millones se hubieran incorporado al movimiento y se movilicen. Es evidente que para ello, deberían estar también junto a sus compañeros para que los sindicatos y el conjunto del movimiento de trabajadoras pelee, con las mujeres trabajadoras al frente, por estas demandas, pues son con quienes sufren la explotación y precariedad. Pero eso requería no un apoyo testimonial, sino una gran campaña para la organización activamente de las bases con el paro efectivo nacional, una posición desde la que batallamos desde Pan y Rosas.

De forma progresiva, la C8M también salió a exigir el paro a esta burocracia sindical, encabezada nada menos que por una mujer, Bárbara Figueroa, militante PC. Sin embargo, este llamado de la C8M tampoco fue en el marco de una estrategia para poner a las mujeres trabajadoras al frente y desarrollar la lucha de clases contra empresarios y sus partidos, gobierno e iglesias, sino una exigencia puntual en el marco en que hegemoniza una mirada que concibe la “huelga general” como una generalidad de protestas, quitándole todo filo revolucionario y combativo que es su verdadera tradición, como Rosa Luxemburgo se dedicó a recalcar una y otra vez en sus polémicas contra reformistas y centristas.

Desde la CUT, y más a su derecha las centrales ligadas a la gran patronal como la CAT, UNT o CTCh, todas han jugado un rol completamente conservador- por decir lo menos- frente al movimiento de mujeres, cuando no directamente boicoteador por omisión. Las burocracias sindicales son enemigas de que las mujeres obreras trabajadoras, precarias, pobres, inmigrantes y jóvenes, pasen al frente, pues sería revulsivo para mantener su orden sindical como casta burocrática, acostumbrada a los salones y no a las calles. Sería revulsivo porque podría revolucionar los sindicatos y todas las organizaciones sindicales, frente a una burocracia que de lucha real no quiere saber nada.

La central sindical más importante del país, la CUT, dirigida por el PC, hizo oídos sordos a una paralización efectiva para poner en movimiento a millones de mujeres precarias trabajadoras. Con ello, debilitan una fuerza que podría mucho más grande, dividiendo las peleas.

Y esto contrastó con una novedad: la presencia de miles mujeres trabajadoras este 8M, algunas con sus sindicatos, otras de manera individual o con sus compañeras, que llegaron después o antes de su jornada laboral para hacerse parte de la marcha, muchas que empujaron en distintos sectores a realizar una paralización efectiva, a organizar actividades en sus trabajos. No fue un hecho masivo producto de esta política consciente de la burocracia o de diluir la huelga en algo simbólico y no como una palanca para millones de mujeres trabajadoras, pero fue un hecho nuevo que se hayan visto miles de mujeres trabajadoras, que es expresión del inmenso impacto en las conciencias de millones que el movimiento de mujeres ha generado, y que puede ir por mucho más.

Este mismo debate que hemos dado con otros sectores del movimiento feminista, se debe revalorizar más aún ad portas de un año de ataques precarizadores del gobierno de Piñera, ad portas de un llamado a “paro nacional” por parte de la CUT el 11 de abril, donde de salir las millones de mujeres trabajadoras y oprimidas al frente paralizando el país y ganando la movilización en las calles, uniendo las demandas de trabajadoras y trabajadores con toda la fuerza del movimiento de mujeres y con la juventud, puede mucho más que hacer temblar la tierra.

En el marco de esos desafíos se encuentra también la venida de Bolsonaro, Iván Duque y los principales representantes de la derecha de América Latina, y títeres del imperialismo norteamericano a Chile a finales de marzo. La fuerza del movimiento de mujeres puede expresarse ese día, en una gran movilización nacional, dándole continuidad a la enorme masividad del 8M y fortaleciendo los aspectos más revulsivos de este movimiento.

Este 11 de abril hacia el paro nacional, de unirse el movimiento de mujeres con la clase trabajadora entera, con las mujeres obreras al frente, sería un salto inmenso, y sumado a la posibilidad de hacerse parte de la lucha contra la derecha regional, con la venida de Bolsonaro, puede aportar a que se desarrolle todo el potencial que guarda el movimiento de mujeres en Chile y en la región, escenario y camino al que nos jugamos las socialistas feministas.

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NOTAS AL PIE

[1Según el sitio de noticias ADN, tomando un estudio del académico Clark McPhail sobre la medición de gente movilizaciones en base a la densidad de la manifestación, “un cálculo conservador presumiendo dos personas por metro cuadrado estimaría en por lo bajo 264 mil asistentes a la marcha por el Día de la Mujer, sin contar la gente que llegó después, ni quienes caminaron por la vereda o el bandejón central de la Alameda.” Esto considerando ambas calzadas de la Avenida Alameda copadas entre Plaza Baquedano y Universidad de Chile, y una calzada completa hasta calle Echaurren.

[2El año crucial de Piñera. Reportajes. La Tercera. 03/08/19. https://www.latercera.com/reportajes/noticia/ano-crucial-pinera/551433/

[3Isabel Pla, vanguardia femenina emblema del gobierno, y pasó del "pareciera que es una convocatoria de un sector de la oposición con una agenda que excede los temas de la mujer" a reivindicar la "Masiva y pacífica marcha 8M muestra que causa por plena igualdad de derechos para mujeres convoca a mayoría de chilenas y cruza nuestra sociedad”

[4ditorial La Tercera. 09/03/2019.

[5El punto de capitoné. Carlos Peña. El Mercurio 10/03/2019.

[6Caballo de Troya. Gonzalo Cordero. La Tercera 10/03/2019
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Pablo Torres

Comité de redacción La Izquierda Diario / Partido de Trabajadores Revolucionarios
Dirigente del Partido de Trabajadores Revolucionarios. Comité de redacción La Izquierda Diario Chile.

Rafaella Ruilova

Licenciada en historia y militante de Pan y Rosas
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