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Red Internacional

A un 47% se dispara la cifra de los hogares cuyo principal sustento económico es el aporte femenino.

Martes 14 de julio de 2015 | 00:44

Este conteo,extraído de una nota reciente de Emol, abarca desde junio del 2011, fecha en la que se registraba que el 17% de las trabajadoras eran el principal sustento económico de sus hogares, hoy la cifra se disparó apuntando a un fenómeno que lejos de detenerse, se profundiza.

Este fenómeno acarrea las enormes contradicciones propias del ingreso al grueso de los trabajos más precarizados: el desempleo en las mujeres se ha elevado a un no menor 6,9% gatillado por la inestabilidad generada por la doble carga que deben asumir las mujeres entre el trabajo y el hogar, lo que es considerado un problema exclusivo de la mujer que tanto la sociedad (con la imposición de asumir el rol de madres y cuidadoras del hogar) como la bota empresarial, (con leyes que los favorecen como la facilidad para despedir mediante el artículo 161 o la consagración misma del trabajo precario) descargan sobre los hombros femeninos.

Así, las mujeres asumen el mayor peso para hacer andar y funcionar los pilares de esta sociedad y se llevan la peor parte como retribución: según la última encuesta Cadem el 13% de las mujeres gana menos de $225.000 en comparación al 7% de los hombres, mientras que la encuesta Casen registró un aumento del 25% en la brecha salarial entre géneros.

Sumémosle a esto todo el entuerto que logró detener el proyecto de despenalización del aborto terapéutico en manos de la Democracia Cristiana, que mantiene a Chile en la vergonzosa lista de los pocos países en el mundo que penaliza un derecho que es considerado en gran parte del globo como un derecho humano fundamental de mujeres y niñas.

Además, somos el cuarto país en Latinoamérica encabezando los índices de violencia hacia las mujeres, con los femicidios como telón de fondo que el mes pasado se volvieron titulares rompiendo el triste record de 9 mujeres asesinadas en tan sólo una semana.

Cifras de pobreza, violencia y precariedad con rostro femenino tenemos por montones; así mismo se observa el aumento acelerado de las cifras de mujeres que sostienen hogares y son las principales responsables de su núcleo familiar. Cuesta entender, entonces, porqué la agenda de género ha sido uno de los fuertes de un gobierno atravesado por una profunda crisis de legitimidad que en nada ha mejorado la situación de las mujeres. Parece ser un reflejo distorsionado de la cada vez más importante relevancia de las mujeres en la estructura social y económica chilena, específicamente las mujeres trabajadoras y las mujeres de sectores empobrecidos, quienes sostenemos este país cada vez abarcando más; un fenómeno que avanza acarreando contradicciones y desigualdades de las cuales somos víctimas. Un fenómeno cuyos costos los pagamos siempre las mismas en favor del privilegio de un minoritario puñado de hombres y mujeres constituidos en una clase social (la empresarial) y una casta de políticos corruptos que hoy al son de la desaceleración económica comienzan a hablar de austeridad para la gran mayoría, mientras ellos siguen repletos de lucros y privilegios.

La clase trabajadora (compuesta por hombres, mujeres y sexualidades diversas), el movimiento sindical tiene hoy el enorme desafío de abordar este fenómeno y sentar una bandera que apunte a superar las contradicciones y desigualdades que acarrea el aumento acelerado de mujeres trabajadoras y sostenedoras de sus hogares en un mundo laboral que reserva para ellas los peores puestos de trabajo, en las peores condiciones y en un sistema que les niega la posibilidad de decidir sobre sus propias vidas. Sin las mujeres, cualquier avance obtenido de una lucha va por la mitad.




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