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Crisis infinita: líder de Podemos Madrid abandona la política y deja a Podemos en estado catatónico

El fin de ciclo del neorreformismo es tan irrevocable como la dimisión del ya ex secretario de Podemos Madrid a sus cargos orgánicos, a su escaño en la Asamblea regional y en el Senado.

Diego Lotito

@diegolotito

Sábado 26 de enero

Una semana. O estrictamente, 8 días. Es lo que duró Podemos antes de un nuevo escándalo público mayúsculo desde el anuncio de Errejón y Carmena, que puso al partido morado al borde de la fractura (vertical y transversal).

La decisión de Ramón Espinar ha dejado a la organización en estado de shock, sin haberse recuperado aún del uppercut que significó la ruptura entre Pablo Iglesias e Iñigo Errejón.

En un mensaje compartido en su cuenta de Twitter, una frivolidad a la que ya nos tienen acostumbrados los líderes de Podemos que se fraccionan o directamente abandonan el barco, Espinar sostiene que “participar en un proyecto político implica compartir valores, ideas y ponerlas en marcha. Liderarlo es un ejercicio de responsabilidad que implica proponer el rumbo y dirigir el esfuerzo colectivo”. Espinar asegura en su nota que “no se dan las condiciones para llevar el proyecto de Podemos en Madrid hacia donde creo que debe dirigirse”, y entonces lo “más responsable” era dar un paso al costado.

Nótese la distinción entre “participar” y “liderar”. En su carta Espinar dice que “seguirá participando en política, militando en Podemos”, pero en el aparato institucional que se ha transformado Podemos difícilmente exista un ámbito que pueda considerarse de “militancia” en el partido, salvo que sea uno de los miles de cargos, liberados y burócratas (en el sentido puramente administrativo del término).

Espinar y la dirección regional eran los encargados de elegir un nuevo candidato en la comunidad de Madrid que compitiera con Errejón en mayo. Pero el ex secretario general de Madrid no era partidario de presentar una candidatura de Unidos Podemos para enfrentar al tándem Errejón-Carmena.

Tras el órdago de Errejón, Espinar cerró filas con Iglesias, al menos públicamente. Pero entre ese hecho y su dimisión en la organización fue creciendo la incertidumbre sobre el futuro de una candidatura propia en la Comunidad. Sobre todo, el pánico ante la posibilidad de no superar el piso del 5% y que a Podemos le suceda lo que a IU en 2015 (con la candidatura del poeta Luis García Montero), quedándose fuera de la Asamblea y tirando literalmente a la basura cientos de miles de votos. Esto sin contar la humillación política, que tiene mucho más peso del que se cree.

En ese marco, este viernes la situación ha estallado. En una reunión con la dirección nacional de Podemos que debía definir la hoja de ruta para enfrentar a Errejón en mayo, Espinar expresó las dudas de todo el mundo. “Nos hemos pasado con Errejón”, dicen algunos medios que habría dicho en una reunión el mismo día en que Errejón lanzó su anuncio. Las dudas buscaron disiparse con la presión del aparato para que siguiera con el curso trazado por el Secretario General desde su interrumpida baja por paternidad. Pero Espinar no soportó el apriete y terminó dimitiendo.

Allí radican, según la información que ha trascendido, las razones de coyuntura que han llevado a Espinar a abandonar Podemos. Pero las causas son mucho más profundas.

Burocratización, asimilación política y pesimismo

El caso de Espinar no es una excepción. En 2016 nueve miembros del Consejo Ciudadano de Madrid abandonaban sus cargos en protesta por la «deriva» del partido entonces dirigido por Luis Alegre. El propio Alegre, pablista de la primera hora, luego errejonista en Vistalegre II, también abandonó la militancia entre 2015 y 2016 para dedicarse a dar clases en la universidad.

Otra decena de dimisiones tuvieron lugar en Catalunya en 2017 tras la purga de Iglesias a Fachín. Hace pocos meses Podemos Zaragoza se veía sumida en el caos tras ocho dimisiones y varios escándalos a raíz de las primarias. Y un día antes que Espinar era Carmen Lizárraga, diputada andaluza e integrante del consejo ciudadano, la que daba el portazo.

Si hiciéramos la cuenta, sumaríamos centenares de casos de dimisiones y escándalos, muchos de ellos de menor exposición pública, en los últimos años.

Para Carolina Bescansa, fundadora de Podemos caída en desgracia tras filtrarse una propuesta de alianza a Errejón para disputarle a Iglesias el liderazgo en Podemos, asistimos a “una crisis en racimo”, con ramificaciones en La Rioja, Cantabria, Galicia y otros territorios. El motivo sería la falta de reglas y democracia dentro de la organización, así como el relato de “traición” que se ha construido dentro del partido cada vez que hay diferencias o crisis internas.

Estos factores son reales. Podemos se transformó rápidamente en un aparato hipercentralizado y burocrático, en el que Iglesias como secretario general, en honor a su antigua tradición estalinista, ha dirigido los destinos de la organización con puño de hierro.

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Pero el fenómeno tiene connotaciones sociales y raíces más profundas. Las disputas de personalidades y por espacios de poder son congénitas a la extracción social y las ambiciones personales de sus principales referentes.

Podemos representó para muchos de sus líderes, surgidos de las filas de la pequeñoburguesía y la intelectualidad académica, un inmenso experimento. Era la oportunidad de hacer carrera política bañándose de cierta participación popular controlada -al menos en los inicios-, pero integrándose como cuadros políticos de élite, es decir, en el lugar que creían que les correspondía. Esto era algo que la osificada estructura de Izquierda Unida ya no permitía hacía rato.

El crecimiento hipertrófico del partido tras su irrupción electoral, sus “pruebas en el poder”, la burocratización interna para movilizar una maquinara de “guerra electoral” que fracasó en su estrategia original, dio paso a sus primeras crisis internas de magnitud. Hoy, estas crisis se han desarrollado a tal punto que amenazan con derribar todo el edificio.

Para amplios sectores de las masas la crisis de Podemos expresa el desencanto con un proyecto político que, al menos en el terreno discursivo, irrumpió con la vocación de acabar con la “casta política” para terminar siendo la pata izquierda del antidemocrático Régimen del 78. Para la mayoría de sus líderes políticos e ideológicos que hoy abandonan el barco, sin embargo, representa un fracaso en sus aspiraciones personales, las cuales política e ideológicamente estuvieron desde el inicio autonomizadas de todo anclaje de clase. O más precisamente, de todo anclaje a la clase trabajadora y sus intereses como tal.

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Si hubo una característica fundamental en Podemos desde su surgimiento fue su excesivo optimismo en las posibilidades de democratizar las instituciones del Estado capitalista, el cual era directamente proporcional a su pesimismo en relación al potencial transformador y revolucionario de la clase trabajadora y la lucha de clases.

Si lo segundo persiste, lo primero ha implosionado. Junto con la burocratización in extremis del aparato partidario, la gestión capitalista de los mentados “ayuntamientos del cambio” y la asimilación política como parte del Régimen, lejos de ser una panacea democratizadora ha demostrado el único resultado posible: la transformación de Podemos en una máquina de formar burócratas conservadores que compiten entre sí por los espacios de poder que les ha dejado la democracia liberal.

Ahora el pesimismo se ha adueñado de todo. Y las salidas individuales, consustanciales a las aspiraciones que por su propia naturaleza tiene la pequeñoburguesía, son lo único que queda.

Fin de ciclo

Al mismo tiempo que Espinar daba un portazo, en Toledo se reunía a espaldas de la dirección un cónclave de “barones” de Podemos, entre los que había diez líderes autonómicos -tanto los considerados pablistas, como errejonistas-, para pedir “unidad” en Madrid. La situación es de tal gravedad que la formación morada ha convocado una reunión extraordinaria del Consejo Ciudadano Estatal para el sábado 2 de febrero. A sólo tres meses para el comienzo de la campaña electoral, la fractura infinita de Podemos amenaza con liquidar el proyecto sin que pueda llegar siquiera a las Elecciones Generales, con la consiguiente desmoralización de amplios sectores.

La necesidad de impulsar una alternativa política de la izquierda anticapitalista y revolucionaria basada en la lucha de clases y un programa revolucionario radical para enfrentar a la extrema derecha y el conjunto del Régimen es más urgente que nunca.

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