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¿El problema es la ministra o el sistema?

Con la popularización del eslogan “No tenemos Ministra” ha quedado de manifiesto el repudio generalizado contra la designación por parte de Sebastián Piñera a Macarena Santelices en el ministerio de la Mujer y Equidad de Género. Consigna que se ha instalado transversalmente y a la vez ha abierto reflexiones en las voces críticas del feminismo ¿El problema es la ministra? ¿Buscamos su destitución? ¿Y después qué?

Pamela Contreras

Valparaíso, Chile

Jueves 14 de mayo | 11:24

El día miércoles 6 de mayo, Sebastián Piñera designó a Macarena Santelices Cañas Pinochet, militante de la UDI, sobrina nieta del tirano Augusto Pinochet y ex Alcaldesa de Olmué, como ministra de La Mujer y Equidad de Género. A través del nombramiento de Santelices, el gobierno reafirmó la política negacionista frente a los crímenes de lesa humanidad de la dictadura cívico militar del ‘73, como también la validación, relativización y justificación de las violaciones –sistemáticas- a los Derechos Humanos en los gobiernos pos dictadura y agudizadas desde la revuelta popular a la fecha a través de la política de represión salvaje.

Un guiño del gobierno hacia los sectores retrogradas y fundamentalistas del país, considerando que la Ministra es una defensora acérrima del criminal legado de la dictadura militar, y de la cual, ostenta una serie de declaraciones racista, elitistas, xenófobas, militaristarista, patrioticas y ultraconservadoras, resultando una provocación total hacia el movimiento de mujeres y feministas que durante los últimos años han logrado instalar las demandas y reclamos en las calles. Ante esto, diversas organizaciones han manifestado su rechazo a que Macarena Santelices se desempeñe en el cargo de ministra, generando un hashtag contra su nombramiento: #NoTenemosMinistra, y en medio de ola de denuncia han emergidos algunas voces críticas ante los argumentos que sustentan dicha campaña.

Para todas quienes protegen y luchan por los derechos de las mujeres y las disidencias sexuales esta designación en la cartera de la Mujer y Equidad de Género es indignante, la cual ha generado un legítimo odio, al ser un liderazgo que defiende la discriminación y la desigualdad como política de Estado, lo que se vuelve más complejo en un escenario de alza de la violencia machista contra las mujeres y de crisis de cuidados por efectos y consecuencias del COVID-19. Sin embargo, parece necesario tensionar el debate frente algunos de los argumentos presentados por parte importante de quienes rechazan a Santelices con el fin de saber hacia dónde vamos y cuál es nuestra lucha.

Uno de los aspectos que han generado mayor malestar es la nula formación en “estudios académicos afines” y experiencia de la actual Ministra en materia de género, dicho argumento encierra en sí misma una contradicción, pensar que el saber/conocimiento es neutral. El sistema actual genera instituciones para validar ciertos conocimientos (academia) y desechar otros saberes. En este sentido apelar el tecnicismo y su especialización para “certificar” la crítica, es superficial y elitista, tomando en cuenta que muchas luchadoras y feministas jamás han pasado por la academia. ¿Acaso un grado académico en estudios de género exhortarían a Santelices de sus posiciones ideológicas conservadoras y neoliberales?
El rechazo a la ministra, pone nuevamente sobre el tapete que no existe unidad entre todas las mujeres, que el feminismo no puede transformarse en el “mujerismo” que muchas proclamaron bajo el paragua de la “sororidad”, porque existen mujeres cómplices, que reproducen y avalan el actual sistema de opresión y explotación.

Desde esta perspectiva, la exigencia de destitución de la Ministra retomar debates pendientes surgidas a principio de los años ´90, entre institucionalizadas y autónomas, las primeras integrándose al aparato estatal, a través de diversas ONG´s y el naciente Servicio Nacional de la Mujer (SerNam) y las segundas, que lograron resistir la cooptación al sistema en diversos colectivos de mujeres autodenomidas autónomas.

La descomunal fragmentación del movimiento social y la clase trabajadora producto de las consecuencias de la instalación forzosa del neoliberalismo impuso nuevos debates, el movimiento feminista se vio sumergido en el nuevo escenario y las expectativas que abría el desarrollo de la democracia en el contexto de la restauración conservadora a nivel internacional.

En este sentido, mientras muchas feministas comenzaron a gestionar e implementar los planes gubernamentales a través del SerNam y sus redes, pensando que desde las políticas públicas y las reformas podrían hacer los cambios anhelados, abandonando la lucha contra el orden social y moral que impone el capital, borrando la visión de una sociedad por fuera de los marcos del sistema capitalista. Por otra parte, las voces que se mantenían críticas a la democracia pactada, se auto marginaron tratando de resistir, pero muchas de ellas se adaptaron a una liberación individual, apostando al cambio de conciencia y dejando de luchar directamente contra el Estado y sus instituciones por fuera de un nivel simbólico.

Para quienes levantamos las ideas del feminismo de clases, la emancipación de las mujeres no está garantizada automáticamente con la revolución socialista o con algunas leyes progresivas que pueda impulsar un gobierno obrero. Pero sin duda, lo contrario es casi imposible. La crítica despiadada a la cultura patriarcal, alejada de la crítica económica y estructural, es un intento de reacomodar la asimetría de poder dentro del sistema sin cuestionar el mismo, en este sentido la emancipación de las y los oprimidos adquiere el carácter de una verdadera utopía.

Cada uno de los derechos formales que las mujeres hemos arrancado al capitalismo a través de la lucha de décadas se convierten en papel mojados si no se apunta a transformar la raíces de este sistema, siendo que es este es el que mantiene miserias y agravios contra las grandes mayorías de las personas en especial contra las mujeres, basado en la más abyecta de las jerarquías que es la de que una minoría de la población viva a expensas de la explotación de millones de seres humanos. Mientras luchamos por un sistema donde no exista la explotación ni la opresión, es necesario impulsar y ser parte de cada una de las luchas por mejorar las condiciones de vida para las mujeres aun dentro de los marcos de este mismo sistema, por los derechos democráticos más elementales negados por el empresariado, los gobiernos de turnos y jerarcas.

No sólo se trata de violencia simbólica, porque la revolución cultural proclamada por miles de mujeres no puede limitarse a una simple conversión de las conciencias y de las voluntades individuales (necesarias), sino en todo un sistema económico que sustenta, reproduce y amplifica nuestra discriminación en beneficio de sus ganancias. Porque no se trata de una ministra, sino de todo un sistema, sin plantearse la estrecha relación entre capitalismo y patriarcado, no es solo termina en una miopía teórica, sino una ceguera política.

Es imposible pensar en este sentido que el régimen pos dictadura pueda promover una ministra “que exprese nuestros intereses y demandas”, considerando que es el propio sistema el que sustenta nuestra discriminación y el cual está hecho a medidas de los empresarios, sus políticos y la élite del país. Si lograramos destituir a Santelices, incluso por una doctora y democrática ministra, el problema seguiría existiendo, como lo vimos con las anteriores renuncias de Plá, Chadwick, Cubillos, el gobierno volvería a reacomodar sus piezas y el dominio seguiría, porque el problema no es una ministra sino todo un sistema político, económico y cultural, el cual impugnamos en las calles.






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