Sociedad

TRIBUNA ABIERTA

Electropsiquiatría, patriarcado y capital

Es nuestra Tribuna Abierta, compartimos este artículo escrito por Ana Baeza desde el Colectivo Autogestión Libre-Mente.

Martes 29 de junio | 18:38

La terapia electro convulsiva (TEC), más conocida como ‘electroshock’ genera una corriente eléctrica en el cerebro para producir convulsiones en los pacientes. A diferencia de formas brutales aplicadas en el pasado, el electroshock se realiza hoy con anestesia y relajantes musculares para mitigar el daño que las convulsiones puedan producirle al cuerpo (como fractura de huesos, por ejemplo). Se monitorea la ‘calidad de la convulsión’. Te ponen electrodos en el pecho, la frente, las sienes. Luego te ponen una vía en la vena de la mano, te colocan una mascarilla respiratoria. Te sedan. Te tiemblan un poco las extremidades, te paralizarás por unos minutos, pero estarás narcotizado así que no lo notarás.

Probablemente lleguen a estimularte con 180 voltios, 0,9 amperios, 285 milicolumbios. Se contraerá tu rostro. No te morderás la lengua porque te habrán metido una gasa a la boca para protegerte de tu propia dentadura. Una máquina medirá el tiempo que dure tu convulsión y arrojará un papelito, igual como el comprobante de la redcompra.

En verdad, no es tan terrible. Quizás un poco más molesto que una limpieza dental o un tratamiento conducto. La violencia radica en el diagnóstico y en la ridiculez de un tratamiento ineficaz, pero sobre todo, en las consecuencias de ambos.

Mi abuela, Lucía Benavides Márquez fue diagnosticada antes de los 30 años con psicosis maníaco depresiva (actual trastorno bipolar). El relato familiar dice que cayó en una profunda tristeza cuando murió su nana. Esta mujer la había criado seguramente, porque las mujeres burguesas, como era mi bisabuela, no cuidaban personalmente a sus hijos, y menos cuando era la número 7 de 8 hermanos. Esta señora que murió, cuyo nombre no sé porque parece que no era tan importante para mi familia, dejó a mi abuela echa un mar incontenible de lágrimas, lo que le valió entrar al sistema de salud mental de la época.

El mismo Doctor Luis Calvo Mackenna era amigo de la familia, por lo que mi abuela para sus lágrimas tenía asegurada la mejor atención que podía aspirar alguien en este país. Así fue como empezó a tomar medicamentos psiquiátricos, en la década de 1940 cuando ya estaba casada y había sido madre. Son los años en que estos medicamentos comienzan a desarrollarse y a mi abuela, por pertenecer a la pujante burguesía de Ñuñoa, le tocó el premiado, la última novedad de la medicina norteamericana.

Su padre era publicista, uno de los fundadores de la revista Zig Zag. Un hombre liberal de vanguardia, comecuras, que, sin embargo, no dejó estudiar a ninguna de sus cinco hijas. Mi abuela sufrió todas las represiones que sufrían las mujeres de su época. No podía estudiar, no podía opinar en la mesa cuando se hablaba de política, no se podía divorciar de su marido que la maltrataba y la gorreaba. Tampoco podía llorar demasiado por la pérdida de una empleada doméstica porque no era lo que su clase esperaba de ella.

Mi abuela era la mujer más inteligente de la familia, leía a Proust (yo nunca he podido terminar ni un libro suyo). Era guapa, tenía carácter, una sonrisa espléndida, pero su padre no le permitió a ninguna de sus hijas ni terminar la escuela, por lo que ella y sus hermanas estaban condenadas a tener que aguantarle todo a sus maridos si no querían quedar en la calle.

Mi abuela era el conejillo de indias de la medicina santiaguina. Había salvado de la muerte cuando niña. Alguna enfermedad fuera de control le provocó una septicemia. Sólo sé que fue su hermana mayor, mi tía Mina quien la cuidó, veló su cama día y noche. Ella era la enferma de la familia desde los nueve años. A los ocho trepaba árboles y fumaba junto a sus hermanos mayores. Pero después de la septicemia, como todos estaban en la onda art decó, la obligaron a representar el papel de la mujer lánguida y al borde de la muerte.

Mi padre la recordaba como una mujer muy dulce que nunca peleaba. Estaba todo el tiempo drogada, le hicieron muchos electroshock a la antigua, sin anestesia. A pesar de que murió cuando yo tenía siete años, su imagen quedó bien estampada en mis recuerdos y en mi corazón. Esta mujer, que todavía no cumplía los sesenta años, ya no hablaba, estaba todo el día en bata de levantarse, fumaba un cigarro tras otro y tenía todo el tiempo la mirada fija hacia abajo.

La taza de té se movía ruidosamente al temblor de sus manos. Aun así era cariñosa, de gestos pequeños, pero claros como el agua. Murió muy joven, en 1976. Hace unos diez años atrás saqué un certificado de defunción con causa de muerte: coma mixedematoso. Pudo haber sido la tiroides, o los medicamentos que tomaba. Pero ella era un caso perdido. Todos pensaban que lo mejor que podía pasarle era haberse muerto luego y que ‘parara de sufrir’.

Hoy en día muchas mujeres son diagnosticadas con ‘trastornos psiquiátricos’. Se sienten mal sin una causa aparente y entonces tienen ‘depresión endógena’ -les dicen-. Debieran ser felices. Están casadas, tienen hijos, un trabajo donde les pasan uniforme y plata para almorzar, pero se sienten mal. Pienso en la película “Las horas”, basada en la novela homónima de Michael Cunninham. Se trata de tres mujeres en distintas épocas, sus historias están unidas por la novela de Virginia Woolf, “La Sra. Dalloway”. Julian Moore caracteriza a una mujer que tiene un hijo precioso, sin embargo, tiene puras ganas de morirse. Creo que es una imagen muy clara de las mujeres de clase media que ‘deberían ser felices’ y no lo son.

Muchas veces el malestar llega a ser físico. Ir a un médico significa ser escuchada. Pienso en el clásico estereotipo de la señora mayor cuya único tema de conversación son sus enfermedades. No es raro esto, si las mujeres no son escuchadas, la enfermedad es un modo de llegar a ser visible. Es entonces que se entra en un círculo vicioso de malestar y medicalización. Citaré algunos ejemplos de testimonios tomados de la memoria de título de Sociología de Milenka Bosnich (Universidad de Chile) titulada “Violencia de Género en Salud Mental: Representaciones y Prácticas de Resistencia desde la perspectiva de Mujeres Expertas por Experiencia”.

“Fui al psiquiatra cuando tuve un momento, cuando tuve un brote como de una ansiedad muy fuerte que yo no pude levantarme para ir al trabajo… me había vestido, me había puesto el uniforme de trabajo, todo y no pude levantarme porque tuve una angustia, una angustia muy grande y ahí ese día fui al psiquiatra y de ahí no paré nunca más de ir” (Carolina, 38).

“Partí en el sistema porque, primero partí sin saber, porque se suponía que cuando me enfermaba estando casada, como a los 9 meses empecé a somatizar, pero desde lo físico […] del médico general llegué al neurólogo y él trabajaba con una dupla-psiquiatra-porque igual los neurólogos se supone que hacen tratamiento psiquiátrico, entonces el tipo me hizo un scanner, me hizo exámenes y dijo que tenía los neurotransmisores dañados, tenía menos cantidad de no sé qué hueá, inventó algo, hoy día sé que inventó algo, pero dio una explicación que pareció razonable a todo el público, ya que yo llevaba tiempo dando jugo desde lo físico y él dijo que era mental (…)” (Luisa, 41)

“Nadie me preguntó oye que te pasó cuando chica, tenías algo, de a donde crees tú que viene, nadie nadie, sino ¿qué sentís? esto, como que leen la parrilla, estos síntomas, tenis esto ah ya, suman todos estos síntomas entonces tenis esto otro, es como lo que yo puedo hacer no sé, como puedo cruzar información en una tabla po’ ¿cachai?, pero nosotros no somos tablas, somos personas súper diversas” (Carmen, 43).

“Fue fuerte, o sea porque siento que siempre se me individualizó, por ejemplo todo lo que yo te contaba, como todos estos abusos que yo viví obviamente cualquier mujer habría estado llena de rabia, llena de pena, de pensar como cuántas veces me han, no solamente me han oprimido sino como que me han discriminado y me han hecho cosas solamente por el hecho de ser mujer, entonces como que siento que gran parte de la psiquiatría y de la psicología en verdad nunca tomaron ese factor como un hecho cachai” (Karina, 21).

La mayoría de las mujeres trabaja 12 horas diarias, 2 más se lo pasan en un transporte, a su casa llegan a trabajar también, todo es trabajo y hasta los hijos se transforman en ‘una pega más’. Y si es que tienes la suerte de no estar cesante. Pienso que la cualidad de la vida es la incertidumbre, sin embargo poco la toleramos. Los medios de comunicación difunden la idea de que nuestra vida ofrece bienestar y seguridad, el orden del Parque del Recuerdo, la satisfacción de un buen celular, el sentimiento de comunidad de la Teletón, la mente entretenida en las menudencias de la vida de la farándula.

La explotación y la violencia son la regla y no la excepción. ¿En serio nosotras somos las enfermas? El malestar es la respuesta más sana y natural a este modo de vivir absurdo, enfermedad sería no tener ningún tipo de respuesta a un estilo de vida de estas características.

Autogestión Libre-Mente es un colectivo de personas sobrevivientes de la psiquiatría, organizades para denunciar esta violencia. Este mes impulsamos una campaña contra el Electroshock que se puede ver en la página de Facebook Autogestión Libre-Mente. Allí conocerán la historia de un hombre que por 20 años llevó la rutina de dormir 4 horas diarias, pues tenía dos trabajos para poder mantener a su familia. Al cabo de ese tiempo, naturalmente el hombre se quería puro morir. La psiquiatría le ofreció el electroshock.

En Chile se practican más de 3000 electroshock en un año, solo en el sistema público. El electroshock se inventó en 1938 como un método experimental. Aún no se sabe con certeza qué es lo que produce en el cerebro. Funciona en la mitad de los casos y sus resultados (alejar a las personas de sus ideas suicidas) suelen durar poco tiempo. Nosotros pensamos que es una tortura y una estupidez.






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