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Evergrande: el difícil pasaje del “crecimiento ficticio” al “crecimiento genuino” en China

Juan Chingo

Evergrande: el difícil pasaje del “crecimiento ficticio” al “crecimiento genuino” en China

Juan Chingo

El gigante inmobiliario ejemplifica la histórica burbuja crediticia de China. Su probable default y las zozobras que crea muestran las dificultades de Pekín para avanzar hacia un nuevo modelo de crecimiento más equilibrado y sustentable.

La burocracia de Pekín se encuentra en una posición difícil sobre qué hacer con el promotor inmobiliario chino –el más endeudado del mundo– cuyo lento colapso ha paralizado los mercados. Sus pasivos en el balance ascienden a casi el 2 % del PIB anual de China y sus obligaciones fuera del balance suman hasta otro 1 %. Evergrande debe más de 300.000 millones de dólares a bancos e instituciones financieras no bancarias, tenedores de bonos nacionales e internacionales, proveedores y compradores de apartamentos. Tiene préstamos bancarios por valor de 90.000 millones de dólares, incluidos los del Agricultural Bank of China, China Minsheng Banking Corp y China CITIC Bank Corp (según los informes, hay 128 bancos expuestos). Miles de proveedores se encuentran endeudados por valor de 100.000 millones de dólares. La reestructuración de la deuda de Evergrande es inevitable, incluso es muy probable un default.

Evergrande es el más endeudado de un sector de promotores inmobiliarios chinos muy apalancado. Posee más de 1.300 proyectos en más de 280 ciudades. Emplea a 200.000 personas y ayuda indirectamente a mantener más de 3,8 millones de puestos de trabajo cada año. Pero sus intereses se extienden a otros dominios que lo inmobiliario, como señala Michelle Toh:

Además del negocio de la vivienda, el grupo ha invertido en vehículos eléctricos, deportes y parques temáticos. En 2010, la empresa compró un equipo de fútbol, que ahora se conoce como Guangzhou Evergrande. Desde entonces, ese equipo ha construido la que se cree que es la mayor escuela de fútbol del mundo, con un coste de 185 millones de dólares para Evergrande. El Guangzhou Evergrande sigue alcanzando nuevos récords: Actualmente está trabajando en la creación del estadio de fútbol más grande del mundo, suponiendo que la construcción finalice el año que viene como se espera. El recinto, con un coste de 1.700 millones de dólares, tiene forma de flor de loto gigante y podrá acoger a 100.000 espectadores. Evergrande también atiende a los turistas a través de su división de parques temáticos, Evergrande Fairyland. Su reclamo para la fama es un enorme proyecto llamado Ocean Flower Island en Hainan, la provincia tropical de China comúnmente conocida como el "Hawaii chino". El proyecto incluye una isla artificial con centros comerciales, museos y parques de atracciones. Según el último informe anual del grupo, a principios de este año empezó a recibir clientes a modo de prueba, con planes de apertura total a finales de 2021.

Digamos también para cerrar el cuadro que su fundador y presidente Xu Jiayin fue reconocido en 2018 por el Partido Comunista Chino como uno de los 100 empresarios privados más destacados en el 40º aniversario de la política de "reforma y apertura". A la vez, a medida que su estrella ascendía en el mundo de los negocios, Xu fue invitado a formar parte de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, un órgano consultivo de alto nivel y volcándose a la política.

Pero para entender las consecuencias de la debacle de Evergrande para el futuro de la economía china, tenemos que ir más allá de esta empresa por más grande que sea la misma.

Un país sobre-endeudado

Evergrande ejemplifica la histórica burbuja crediticia de China. Ha pedido préstamos y ha gastado a dos manos, en el epicentro de una extraordinaria burbuja de inflación de activos, especulación e inversión imprudente financiada por la deuda. Como explica el economista Michael Pettis:

La relación oficial entre la deuda y el PIB de China se ha disparado en casi 45 puntos porcentuales en los últimos cinco años, lo que la sitúa entre las más altas de la historia de los países en desarrollo. El sector inmobiliario es famoso por su adicción al endeudamiento. Esta adicción se ha manifestado no sólo en el endeudamiento con los bancos y los mercados de bonos, sino de otras maneras. Los promotores inmobiliarios prevendían regularmente departamentos a los compradores de viviendas con muchos meses o incluso años de antelación, por los que recibían el precio total o al menos un depósito considerable. Pagaban a los contratistas y proveedores con papel comercial y cuentas por cobrar en lugar de hacerlo en efectivo. Sus brazos de financiación llegaron a vender productos de crédito conocidos como productos de gestión de la riqueza a inversores minoristas, principalmente, al parecer, a los empleados de las empresas prestatarias, sus bancos y sus proveedores. Todo este endeudamiento ha permitido que el sector inmobiliario se convierta en uno de los principales motores de la actividad económica de China, llegando a representar el 25 % del PIB del país (bastante más de lo que es habitual en otros países). Pero esta fiebre de préstamos también ha contribuido a alimentar una importante burbuja inmobiliaria en un país en el que los precios de la vivienda son varias veces superiores, en relación con los ingresos de los hogares, a los de Estados Unidos u otras grandes economías. Y lo que es peor, la burbuja inmobiliaria ha dado lugar a una gran cantidad de casas y departamentos vacíos -entre una quinta y una cuarta parte del parque total de viviendas, especialmente en las ciudades más requeridas-, propiedad de compradores especuladores que no tienen interés en mudarse ni en alquilar. Las viviendas vacías no crean ningún valor económico, aunque tengan un coste económico importante.

Pero los niveles excesivamente altos de deuda no son un privilegio de los promotores inmobiliarios sino que corroen todo el cuerpo de la economía china, afectando también a las empresas estatales, los gobiernos locales e incluso los hogares. El drama de Evergrande y las dificultades para su solución deben ser vistos en este contexto de una sobreacumulación de capital y de sobreendeudamiento, a la que la burocracia intenta poner límites de forma administrativa, desde hace unos años.

Una transición traumática a sectores creadores de valor

Esta sobreacumulación de capital y este sobreendeudamiento excesivo han dado origen a una enorme inversión improductiva. Un poco antes de la crisis mundial de 2008/9, pero especialmente después de ella, la deuda china comenzó a aumentar más rápidamente que el PBI, generando una brecha cada vez más importante entre los costos del servicio de la deuda que se fueron acelerando mientras que la capacidad de servicio de la deuda se desaceleraba, una prueba de inversión improductiva sistemática, a escala masiva.

Frente a esta realidad que podía dar origen a una crisis fenomenal de la deuda o de los límites de un modelo de acumulación adicto al crecimiento vía la deuda, la burocracia de Pekín trató de imponer nuevas reglas financieras para que los prestamistas chinos sean más reacios a financiar proyectos de inversión no productivos [1]. Estos proyectos generan lo que el líder chino Xi Jinping, en un importante ensayo reciente para Qiushi (la principal revista teórica oficial del Partido Comunista Chino) calificó de "crecimiento ficticio", en contraste con el "crecimiento genuino" que reclamaba [2]. Sin embargo, este “crecimiento genuino” para utilizar la terminología de Xi, basado en el consumo –impulsado por el aumento de los ingresos de los hogares en lugar de por el aumento de la deuda de los mismos–, las exportaciones y la inversión empresarial, se chocan con los objetivos ambiciosos de crecimiento diseñados por la burocracia, quien nada más que a fines de 2020 prometió duplicar el PBI para 2035. La burocracia busca la cuadratura del círculo: quiere evitar las consecuencias nefastas del sobreendeudamiento sin provocar una fuerte caída en el crecimiento por temor a las consecuencias sociales del mismo. A menos que China descubra un motor de crecimiento económico totalmente nuevo que compense el enorme plus de crecimiento generado por la deuda que ahora se destina a inversiones no productivas, esta cuestión no tiene solución no traumática. Sobre todo porque la burocracia de Pekín, a pesar de su nuevo discurso sobre la “prosperidad en común”, se niega a impulsar el consumo mediante una redistribución masiva de la renta en favor de los hogares ordinarios. A pesar de que lleva años hablando de "reequilibrio", el gobierno chino nunca ha tenido como objetivo aumentar la proporción del consumo en el PBI que cambiaría fundamentalmente las bases del modelo chino basado en la super-explotación de la fuerza de trabajo. Una modificación radical en el reparto de la renta nacional solo puede imponerse con una lucha desde abajo, de ahí el temor de la burocracia a toda acción independiente de las masas y sus discursos demagógicos que buscan desviar la bronca existente contra las ricos, los ritmos de trabajo super intensivos y la fuerte desigualdad social, hacia cambios cosméticos pero dentro del mismo modelo económico.

El riesgo de la pérdida de confianza

A medida que el grupo inmobiliario chino se acerca al impago, rápidamente surgieron comparaciones con la bancarrota de Lehman Brothers, que desató una crisis en el corazón del sistema financiero mundial. Pero el estallido de Lehman fue la culminación de 15 meses de desarrollo de la dinámica de la crisis. La crisis de confianza en los pasivos del mercado "repo" [3] de Lehman fue el catalizador de la liquidación por pánico y la dislocación en todo el mercado de repos. Por otra parte, a pesar de que han aumentado especialmente los lazos en el último tiempo, el sistema financiero chino no está directamente conectado al sistema financiero mundial. No puede haber una fuga de capitales de Evergrande, debido a una serie de barreras comerciales e incluso financieras.

En este momento, la crisis de Evergrande permanece en la "periferia" del sistema financiero de China. Aunque podrían permitirse impagos y una dolorosa reestructuración, los mercados siguen confiando en que Pekín salvaguardará el sistema bancario chino. Sin embargo, después de haber escuchado que los EE. UU. no permitiría el colapso de México en 1994 o que Occidente no dejaría que Rusia se derrumbase en 1998 o en el núcleo del sistema, que Washington nunca toleraría un colapso inmobiliario en 2007, llama poderosamente la atención la fe en la competencia y el poder de un gobierno como la que se le otorga estos días a la burocracia de Pekín, tanto en China como en el extranjero.

El riesgo es que esto podría empezar a cambiar. Como dice el geopolítico y sinólogo Francesco Sisci, antiguo corresponsal durante años del diario italiano La Stampa en China, “ante el riesgo de una represión por parte del gigante chino el gobierno aún no ha intervenido, no ha dicho nada y no se sabe si va a intervenir y cuándo”. Una situación que “puede llegar a ser preocupante”. Esto “no crea una fuga de inversiones de China, sino una desconfianza progresiva y generalizada hacia las acciones chinas, hacia las empresas chinas”. Y las repercusiones pueden ser “graves” porque no sólo está en juego la “imagen”, ya que “China tiene decenas de empresas que cotizan en el exterior, desde Nueva York a Londres, pero también en Hong Kong”, y si se extiende la duda sobre la acción del gobierno chino, por supuesto esto tendría un efecto general sobre todas las empresas chinas que cotizan en el exterior”.

Frente a este peligro potencial, la dirigencia china debe actuar con rapidez para crear mecanismos que permitan a los sectores altamente endeudados sanear sus balances. Como explica el analista afincado en Tokio William Pesek:

Pekín también necesita un plan. Los últimos 30 años de Japón ofrecen demasiadas historias aleccionadoras sobre los perjuicios de moverse con demasiada lentitud. El equipo de Xi debe actuar con rapidez para crear mecanismos que permitan a los sectores altamente endeudados sanear sus balances. El equipo de Xi podría considerar la posibilidad de diseñar una estrategia de desapalancamiento similar al remedio de Washington para la crisis de ahorros y préstamos de la década de 1980. Podría crear una serie de entidades similares a la Resolution Trust Corp. La clave es elaborar un plan creíble para que los bancos, las empresas estatales y los municipios enteros puedan deshacerse de los préstamos dudosos. De lo contrario, las cosas podrían complicarse mucho para Pekín. Los gigantes de la inversión, desde Black Rock hasta JP Morgan, pasando por UBS y HSBC, que ahora se apresuran a seguir el camino de China -y cantan las alabanzas de Xi como reformista- se convertirán rápidamente en vendedores netos. Y China simplemente se preparará para un ajuste de cuentas mayor y más desagradable que nunca había necesitado hacer.

¿Se romperá el pacto con la clase media?

Se transforme o no en una crisis financiera descontrolada, cuestión que como vimos aún está por verse, está claro que Evergrande representa un importante catalizador de una burbuja china que se está desinflando. Los promotores inmobiliarios de ese país llevan mucho tiempo afirmando que el éxito de su negocio se debe a tres elementos combinados: alto volumen de negocio, alto beneficio bruto y alto apalancamiento. Todos estos elementos están crujiendo a medida que los efectos de la crisis de Evergrande se extienden por toda la economía. Los potenciales compradores de viviendas, por ejemplo, atemorizados por lo que leen en las noticias, se están volviendo reacios a concretar la compra, lo que ha provocado un descenso ya importante de las ventas. También es probable que se nieguen a pre-comprar pisos inacabados o a depositar fianzas, salvo con grandes descuentos, con lo que se reduce la liquidez y aumentan los costes de financiación para los promotores.

Las consecuencias sociales de esta debacle ya se están haciendo sentir, en especial en los pequeños ahorristas o inversores que confiaron sus yuanes a Evergrande. Es que en China, el sector inmobiliario, además de representar una cuarta parte del PBI nacional, es también la única opción de ahorro válida y segura para los hogares chinos, por delante de las inversiones financieras o bancarias. Los precios de los inmuebles tienen fama de no bajar en China y su peso es tan grande que el gobierno arriesga una gran crisis social si la burbuja estalla. De esto da cuenta la agencia Reuters: “Cientos de miles de unidades sin terminar... tienen que ser entregadas a los compradores. Me derrumbé cuando supe que la construcción se había detenido. Cómo me duele el corazón –dijo a Reuters una mujer de mediana edad fuera de la oficina de ventas–. Para gente normal como nosotros, todos los ahorros de nuestra vida se han invertido en la casa”.

Más aun, la crisis estructural del sector inmobiliario en China pone en cuestión la principal fuente de financiamiento de los gobiernos locales, que lucraban con las tierras comunales frente a los ávidos promotores. Esto arriesga de transformarse en un gran problema político. Como dice Sisci:

Los gobiernos locales tienen que cambiar la fuente de adquisición de recursos, y también haría falta empezar a gravar, aunque sea moderadamente, a la clase media. Pero gravar a la clase media socava el consenso político y cambia el contrato social existente. El contrato social actual prevé en realidad un intercambio: a ustedes, la clase media, no les interesa la política, Pekín hace política, pero Pekín no les cobra impuestos y les promete un desarrollo progresivo y seguro. Si se grava a la clase media, la gente también querrá saber en qué se gasta ese dinero, sobre todo porque, si bien hay confianza en la administración central, existe una profunda desconfianza en las administraciones locales, a las que se acusa de ser profundamente corruptas. Si los ayuntamientos aceptan el dinero de los promotores ricos a cambio de licencias, es una cosa, pero si quieren quitárselo a la clase media, es otra.

La burocracia de Pekín está en un cruce de caminos. O salva a Evergrande para evitar que el promotor inmobiliario masivamente endeudado dañe la mayor economía de Asia, o lo deja caer con efectos inciertos, no solo financieros y económicos sino más graves aun a nivel social. La primera opción, aumentaría el ya grave “riesgo moral” financiero [4] y más grave aun políticamente, dejaría una imagen horrible para un líder del Partido Comunista Chino que, según dice su propaganda, pretende reducir la brecha entre ricos y pobres al rescatar a un multimillonario que actúa de forma imprudente. La segunda, como vimos, podría romper el pacto político con las clases medias, la base de la estabilidad reaccionaria después de varios lustros del régimen anacrónico de Pekín. La burocracia intentará seguramente como es su costumbre un camino intermedio. Pero como explico en mi largo ensayo “La ubicación de China en la jerarquía del capitalismo global”, tanto en el plano interior como en su entorno internacional, los márgenes históricos de la burocracia restauracionista de Pekín se vienen reduciendo rápidamente. La historia de a dónde va China aún está lejos de estar contada.


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NOTAS AL PIE

[1En el verano de 2020, el Banco Popular de China redactó "tres líneas rojas" para los promotores inmobiliarios: un ratio máximo de deuda sobre activos del 70%, un tope del 100 % en el ratio de deuda neta sobre fondos propios y una tesorería al menos igual a los préstamos a corto plazo. Las empresas que no cumplan estos requisitos se enfrentan a restricciones para obtener préstamos de los bancos. Evergrande se apresuró a arreglar sus finanzas para cumplir estas estipulaciones. Ha rebajado el precio de sus condominios para venderlos más rápido y obtener dinero en efectivo, reduciendo el precio medio de sus propiedades un 14% en el año. Aunque ha conseguido reducir su deuda, la mejora sigue siendo lenta. Evergrande seguía sin cumplir dos de las líneas rojas a finales de junio, según el Instituto de Investigación Beike.

[2“Understanding the New Development Stage, Applying the New Development Philosophy, and Creating a New Development Dynamic”, XI JINPING, edición inglesa de Qiushi Journal, 8/7/2021.

[3Un repo es una operación de recompra en la que una entidad financiera vende a un inversor un activo con el compromiso de comprarlo en una fecha determinada a un precio determinado. El mercado de "repo" de Estados Unidos se encontraba en el núcleo del sistema: un "dinero" percibido como seguro y líquido que, de repente, se consideraba que implicaba un riesgo significativo. Dado que el mercado de repos proporciona una fuente de financiación básica para los mercados de valores y derivados, la falta de liquidez y la dislocación resultaron catastróficas. El pánico resultante desencadenó una dinámica de desapalancamiento que amenazó con un colapso sistémico financiero. La percepción del mercado había cambiado bruscamente, pasando de "Washington nunca permitirá una quiebra inmobiliaria" al pánico de que la dinámica de la crisis se estaba saliendo del control de la FED.

[4Los riesgos de que el riesgo moral (“moral hazard” en inglés) contribuyan a una crisis financiera generalizada han aumentado a medida que los niveles de deuda en toda la economía china se han disparado desde 2008 con los efectos perversos sobre su modelo de crecimiento, como explicamos. El mismo Banco Mundial sostiene que ningún país en la historia ha acumulado tanta deuda tan rápidamente como China sin sucumbir a un colapso financiero.
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Juan Chingo

Integrante del Comité de Redacción de Révolution Permanente (Francia) y de la Revista Estrategia Internacional. Autor de múltiples artículos y ensayos sobre problemas de economía internacional, geopolítica y luchas sociales desde la teoría marxista. Es coautor junto con Emmanuel Barot del ensayo La clase obrera en Francia: mitos y realidades. Por una cartografía objetiva y subjetiva de las fuerzas proletarias contemporáneas (2014) y autor del libro Gilets jaunes. Le soulèvement (Communard e.s, 2019).
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