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SEMANARIO

¿Feminismo de la reproducción social o feminismo socialista? A propósito de un libro de Susan Ferguson

Josefina L. Martínez

¿Feminismo de la reproducción social o feminismo socialista? A propósito de un libro de Susan Ferguson

Josefina L. Martínez

"Mujeres y trabajo. Feminismo, trabajo y reproducción social" de Susan Ferguson fue publicado por editorial Sylone en España en diciembre de 2020 [1]. Su lectura es una buena oportunidad para profundizar en algunos debates sobre el feminismo socialista, el feminismo de la reproducción social y las diferentes estrategias políticas para la lucha contra las opresiones y la explotación capitalista.

Con este libro, Ferguson se propone contribuir a la “renovación del feminismo de la reproducción social” y trabajar “hacia una fundamentación teórica más sólida con una política transformadora que sitúe la lucha contra la opresión en el centro de la lucha contra el capital.” Para ello, en la primera parte del libro esboza un recorrido histórico y propone la existencia de tres grandes corrientes: el feminismo de la igualdad, el feminismo de la igualdad crítico o feminismo socialista y el feminismo de la reproducción social. En la segunda parte, aborda algunos debates dentro del feminismo de la reproducción social y desarrolla una polémica con el feminismo autonomista. Por último, retoma la perspectiva del feminismo del 99%.

El libro de Ferguson tiene el mérito de poner el foco en la relación sistémica que se establece en el capitalismo entre opresiones y explotación. El recorrido que realiza por debates sobre el trabajo de las mujeres en la historia permite recuperar aportaciones menos conocidas, como las del socialismo utópico del siglo XIX. También contribuye a clarificar algunos importantes debates con la corriente autonomista acerca del trabajo doméstico y la ley del valor, por lo que se trata de una recomendable lectura. Ferguson insiste en que la cuestión de la opresión de las mujeres se encuentra “en el centro de la lucha contra el capital” y es parte constitutiva de la lucha de clases contra el capitalismo, no un elemento complementario o aditivo a la misma. Con esta tesis, planteada de forma general, coincidimos plenamente. Sin embargo, nos parecen más cuestionables otras tesis del libro, tanto en lo que hace a los debates históricos, algunas conceptualizaciones y acerca de la estrategia política.

Sobre trayectorias y genealogías

Antes de abordar las tres trayectorias históricas que propone Ferguson, es necesario ubicar el contexto del debate que está planteado en el libro. En abril de 2019 se publicó un dossier acerca de la Reproducción Social en la Revista Radical Philosophy. Este contaba con un artículo de presentación de Silvia Federici [2] y un artículo teórico de Alessandra Mezzadri [3] donde despliegan diversas polémicas con los argumentos de quienes se identifican como promotoras de la Teoría de la Reproducción Social (entre ellas Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya, Susan Ferguson). Mezzadri cuestiona que estas elaboraciones [4]se puedan considerar como una “teoría” de la reproducción social. Federici, por su parte, señala que enfocar la realidad desde el punto de vista de la reproducción social “no es en sí mismo adoptar una postura marxista o radical en términos generales”. Y, por lo tanto “como categoría analítica, la ‘reproducción social’ no puede adoptarse como una forma de identificación política, como hacen las feministas que se describen a sí mismas como ‘teóricas de la reproducción social’”. Para Federici, lo específico del debate sobre la reproducción social, lo que ella considera “revolucionario” del aporte que hicieron las activistas impulsoras de la Campaña por el salario del trabajo doméstico en los años 70 [5] no fue poner el foco en el trabajo doméstico, sino considerar que éste era un trabajo tan productivo como el trabajo de las fábricas. Es decir, que en ese ámbito había una explotación capitalista, algo que, desde su punto de vista, había sido ignorado hasta entonces por marxistas y anarquistas.

Los artículos de Mezzadri y Federici hacen explícita una “disputa teórico-política” al interior de las teorías de la reproducción social entre un ala autonomista y las autoras que se referencian como el sector “marxista” o “marxiano” de la misma. [6] Es en el terreno de esta disputa, entonces, que Ferguson quiere dotar a la TRS de una genealogía propia, una “tradición” que ella busca diferenciar tanto del sector autonomista como del feminismo socialista dominante. A este lo presenta –desde Engels en adelante– como prisionero de errores “dualistas” sobre la conceptualización de la relación entre género y clase. Con esta última idea, en particular, vamos a polemizar a continuación.

Pero antes de eso, y para completar este mapeo por los debates abiertos al interior de las teorías de la reproducción social, señalemos que si bien el ala “marxiana” de la reproducción social (como la llama Ferguson) ubica en el trabajo de Lise Vogel [7] uno de sus puntos de referencia, tampoco las posiciones son aquí del todo homogéneas. Ferguson, como veremos, toma una mayor distancia de lo que llama la tradición dominante del feminismo socialista. Por su parte, Vogel, aunque señala lo que considera importantes errores, fallos y omisiones en su obra, reivindica los aportes de Marx y Engels para comprender, analizar histórica y teóricamente la opresión de las mujeres, como parte de una visión más general acerca de las relaciones sociales capitalistas. [8] En su libro, Vogel recupera diferentes aspectos de la obra de Marx y Engels, desde sus primeros escritos de juventud, pasando por el Manifiesto Comunista hasta El Capital y Los Orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado, sobre la cuestión de género y clase. [9] También señala su pelea práctica, al interior de la Asociación Internacional de Trabajadores, para crear “ramas especiales” de mujeres al interior de las organizaciones socialistas, como parte de su combate porque el movimiento obrero adopte la lucha contra las opresiones. Nada de esto es retomado por Ferguson. [10].

Consideremos ahora la idea de las “tres trayectorias”. Como dijimos, Ferguson propone tres corrientes del pensamiento feminista: el feminismo de la igualdad, el feminismo de la igualdad crítico (en el que sitúa al feminismo socialista dominante) y el feminismo de la reproducción social.

El feminismo de la igualdad tiene antecedentes en la querelle de las mujeres y se consolida con las reflexiones de las feministas ilustradas como Mary Wollstonecraft y Olimpes de Gouges en el contexto de las Revoluciones burguesas a fines del XVIII. Esta corriente se basa en una crítica racional-moral sobre la degradación de las mujeres en la nueva sociedad, excluidas del ámbito de la razón y relegadas al espacio privado del trabajo doméstico. Para justificar esa subordinación, los discursos filosóficos, legales y culturales las definen como seres inferiores por naturaleza a los hombres. Entre los objetivos prioritarios de este feminismo de la igualdad se encuentra el acceso al ámbito laboral –para no depender de los hombres– y una educación igualitaria. La pertenencia de estas pensadoras a sectores de la elite ilustrada les impide realizar una crítica sobre a la desigualdad de clase.

La segunda y la tercera trayectoria son más importantes para las tesis del libro. Se trata de la diferencia que establece Ferguson entre lo que llama la corriente del feminismo socialista y el feminismo de la reproducción social [11]. Para ella, la distinción entre ambas trayectorias o enfoques no es una sutileza teórica, sino que “aclara definitivamente cómo y por qué dentro de la tradición feminista surgen unas prioridades políticas divergentes”. Veamos de qué se trata.

Para rastrear las raíces históricas del feminismo de la reproducción social, Ferguson recupera algunos escritos de pensadores socialistas utópicos que problematizaron la situación de las mujeres. Destaca aquí el aporte de William Thompson y Anna Wheeler, quienes publicaron en 1825 un trabajo titulado La demanda de la mitad de la raza humana, las mujeres. [12] Ferguson considera que los autores analizan allí por primera vez el trabajo doméstico de las mujeres “a través de la misma lente con la que los economistas políticos contemporáneos enfocaban el trabajo productivo en el sentido capitalista”. Y al vincular la opresión de las mujeres con la “dimensión relacional entre el trabajo productivo y el reproductivo constituye un punto de inflexión en la historia de las teorías feministas del trabajo” [13]. Aunque reconoce que esta “innovación” no trascendió de pequeños círculos lo considera el origen del feminismo de la reproducción social.

Por su parte, sobre el feminismo socialista, sostiene que, este:

“considera que el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres, si bien es esencial, es irrelevante para el funcionamiento del capital; las relaciones de poder patriarcales existen fuera del capitalismo, lo que significa que la lucha contra ellas tiene que ser adicional a la lucha contra el capitalismo. El feminismo es por tanto una ‘lucha especial’ (por utilizar el lenguaje de los Partidos Comunistas de una época posterior) que puede desarrollarse al mismo tiempo que la antigua lucha de clases o supeditada a ella”.

Con esta definición, se podría pensar que la autora diferencia entre las posiciones más burdas de los partidos comunistas de la posguerra –que llegaron a plantear que la lucha de las mujeres “dividía” a la clase obrera y que por eso había que “postergarla” hasta el “después de la revolución”– y una tradición revolucionaria que abordó de forma conjunta la lucha contra las opresiones y contra la explotación. Sin embargo, la genealogía que construye Ferguson es diferente. Para ella, la tradición del feminismo socialista que culmina en este tipo de posiciones conservadoras arranca con Flora Tristán y se consolida con las aproximaciones “dualísticas” de Bebel y Engels sobre la cuestión de la mujer. Serían estos –sostiene Ferguson– quienes abrieron paso a las interpretaciones posteriores marcadas por el “reduccionismo de clase” y un desprecio por las luchas contra la opresión de género dentro del movimiento obrero. La genealogía de Ferguson es llamativa por varios motivos. Por un lado, pone un signo igual entre Bebel y Engels, obviando que el texto clásico de Engels sobre la familia respondía en parte a los planteos de aquel, para mostrar que la opresión de las mujeres tenía un origen social e histórico, y no respondía a motivos morales ni naturales. [14]. Por otro lado, las referencias de Ferguson sobre los orígenes del feminismo socialista saltan de Flora Tristán a Engels y Bebel, sin mencionar nada menos que a Marx, que no queda claro en qué “trayectoria” quedaría ubicado.

¿Qué explicación tendría este devenir del feminismo socialista? Para Ferguson, es la falta de una teorización adecuada sobre la relación entre trabajo productivo y trabajo reproductivo no remunerado en el capitalismo. Lo que habría primado, desde Engels en adelante, es una explicación de la opresión de las mujeres más parecida a la del feminismo de la igualdad, aunque acompañada de una crítica de clase (por eso lo llama un feminismo de la igualdad crítico). Para Ferguson, el feminismo socialista solo analiza el trabajo doméstico a partir de la división sexual del trabajo, y explica la opresión de las mujeres por tener que asumir estos trabajos pesados y penosos, de forma aislada, en los hogares individuales. Pero no teoriza adecuadamente la relación entre trabajo productivo y trabajo reproductivo en el capitalismo. “Desde su punto de vista, el trabajo doméstico y la crianza de la prole constituyen una actividad necesaria, pero necesaria para la vida, no para el funcionamiento del capital.” El argumento central es que ambos elementos fueron analizados de forma separada, sin conexión sistémica entre uno y otro, lo que habilitó entonces a posiciones políticas que postergaban una lucha (la de las mujeres) en favor de otras (las de clase).

Ferguson menciona solo una excepción parcial en la obra de Aleksandra Kollontai y Clara Zetkin quienes “quedan libres de culpa” porque “empujaron contra esta tendencia” y batallaron contra “el machismo y el antifeminismo de los miembros del partido”. Y señala que, mientras ellas sostenían que no se podía conquistar una emancipación plena de las mujeres sin terminar con el capitalismo, defendían la lucha por las reivindicaciones de las mujeres “en el marco de esta lucha, y no postergarla a fechas posteriores”. Aunque después de señalar esto, matiza que “el marco teórico de Zetkin y Kollontai no resultó del todo suficiente para la tarea que se habían propuesto”. De este modo, la tradición del feminismo socialista estaría viciada desde el origen por una errónea comprensión teórica acerca del trabajo doméstico, lo que explicaría el curso “dualista” posterior y el “reduccionismo de clase”, concluyendo en las posiciones totalmente conservadoras del estalinismo respecto a las luchas de las mujeres al interior de la clase obrera.

La tesis de Ferguson es equivocada por varios motivos. En primer, porque abstrae la historia del movimiento feminista socialista de toda la historia de luchas políticas, teóricas y estratégicas al interior del movimiento socialista y comunista desde Marx y Engels en adelante [15], pasando por la II y la III Internacional, la emergencia del estalinismo y la lucha del marxismo revolucionario contra este aparato contrarrevolucionario. Pareciera que para Ferguson estas dos dimensiones no están relacionadas. Es más, ella sostiene que, mientras

“se suelen diferenciar los feminismos socialista y liberal en función de su respectivo compromiso con la política revolucionaria y reformista, el cuadro que observamos aquí indica que esta es una vara de medir demasiado burda, ya que no permite comprender los supuestos compartidos por ambas tradiciones ni las ambigüedades teóricas que perviven dentro de la tradición feminista socialista”. [16]

Ferguson considera más adecuado subrayar las (supuestas) afinidades teóricas que percibe entre el feminismo de la igualdad (burgués) y el feminismo de la igualdad crítico o feminismo socialista que las diferencias teóricas y estratégicas entre quienes defienden las relaciones sociales capitalistas y quienes luchan contra ellas. Lo que termina siendo una vara de medir demasiado burda es este relato que no diferencia entre marxismo, reformismo socialdemócrata y estalinismo respecto a la cuestión de la opresión de las mujeres y la lucha contra el capitalismo.

Por otro lado, es necesario detenernos un poco más en la idea del “reduccionismo de clase” que Ferguson atribuye sin cortapisas a toda la tradición del feminismo socialista desde Engels en adelante. ¿Qué significa ese “reduccionismo de clase”? Como expone con varios ejemplos de la historia del Partido Comunista de Estados Unidos en la posguerra, se refiere a la posición de la dirección del partido a postergar las reivindicaciones de las mujeres contra el machismo –ya sea al interior de los lugares de trabajo o dentro de las propias organizaciones del movimiento obrero– para un futuro indeterminado. El término “reduccionismo de clase” tiene trampa, porque pareciera oponer las reivindicaciones de “clase” a las de “género”, cuando en realidad lo que está en cuestión es una visión economicista, corporativa y sindicalista de la clase obrera. Un punto de vista de clase, en cambio, plantearía la necesidad de luchar contra las divisiones internas en el movimiento obrero y combatir contra todas las opresiones machistas, racistas, o del tipo que sean.

Llegados a este punto, entonces: ¿cómo se explica la predominancia de este tipo de posiciones economicistas en los partidos comunistas de la posguerra respecto a la cuestión de la mujer? ¿Se trata de un “error de matriz” teórico como plantea Ferguson, o hay que buscar la explicación en otra parte? Pensamos que las bases materiales para este tipo de posiciones se encuentran más bien en los grandes procesos sociales y políticos que atraviesan al movimiento obrero y al movimiento socialista en el siglo XX. El reduccionismo economicista que defienden los partidos comunistas estalinizados se afirma con la consolidación de una fuerte burocracia obrera. Esta busca preservar sus propios intereses, despreciando las reivindicaciones de los sectores más explotados de la clase obrera, lo que incluye a las mujeres, la juventud más precaria y las personas migrantes y racializadas. Toda una dimensión de la historia del movimiento socialista (¡y del feminismo socialista!) que Ferguson omite.

La revolución rusa y la socialización del trabajo doméstico

Ferguson afirma que la socialización del trabajo doméstico no forma parte del “telos de la lucha feminista ni de la lucha de clases” [17] en la tradición del feminismo socialista. Pero la afirmación de la autora no se corresponde con la realidad. Engels había señalado que con la socialización de los medios de producción en el comunismo “la familia individual deja de ser la unidad económica de la sociedad. El trabajo doméstico privado se transforma en una industria social”. Además, “el cuidado y la educación de los hijos se convierte en un asunto público”. [18] Aunque no lo desarrolle más teóricamente, esto implica un reconocimiento de que el trabajo doméstico en el capitalismo es parte de un trabajo social que ha sido restringido al ámbito privado de la familia. Además, planteaba que uno de los objetivos de la sociedad comunista sería su socialización. Y qué mejor testeo de la teoría mediante los hechos que la experiencia de la Revolución rusa, donde esa perspectiva fue convertida en fuerza material. Llamativamente, Ferguson tampoco hace ninguna mención sobre esta experiencia revolucionaria ni sobre el programa de los bolcheviques para la emancipación femenina.

En agosto de 1919, las militantes femeninas del partido crearon el Zhenotdel, compuesto por trabajadoras, campesinas y amas de casa, para realizar un trabajo especial entre las mujeres, en medio de las dificultades de la guerra civil. En noviembre de 1920, se legalizó el aborto y se despenalizó la homosexualidad, al mismo tiempo que se reconoció la igualdad de los hijos nacidos fuera del matrimonio. Eran años de intensos debates y experimentación, donde la emancipación de las mujeres, la liberación sexual y la trasformación de las relaciones personales se pensaba como parte integral de la lucha por la construcción del socialismo. Y para eso era necesario también transformar por completo la relación entre trabajo reproductivo no remunerado y la producción en general. Con este objetivo, se propusieron una serie de medidas para la socialización del trabajo doméstico como la creación de guarderías estatales, casas cuna, comedores comunitarios y lavanderías. El objetivo era que estos trabajos pasaran a ser nuevas ramas de la producción social, reduciendo lo más posible el trabajo doméstico en los hogares.

Como explica la historiadora norteamericana Wendy Goldman, en tanto que “el trabajo doméstico sería transferido a la esfera pública, las tareas realizadas en el hogar por millones de mujeres individuales sin pago serían encomendadas a millones de trabajadores pagos mediante la puesta en funcionamiento de comedores, lavaderos y centros de cuidado infantil comunitarios”. En relación con esto, Aleksandra Kollontái sostenía que “la costura, la limpieza y el lavado se debían transformar, bajo el Estado obrero, en ramas de la economía como la metalúrgica o la minería”. También Inessa Armand luchaba por acabar con la “esclavitud doméstica” y en un Congreso de Mujeres Obreras y Campesinas de 1918 denunciaba la doble carga de las trabajadoras en las fábricas y en el hogar. Lenin también había señalado en varias ocasiones que “la verdadera emancipación de la mujer debía incluir no solamente la igualdad, sino también la conversión integral del trabajo doméstico al socializado”. Y, en el mismo sentido, León Trotsky aseguraba que, en cuanto el “lavado estuviera hecho por una lavandería pública, la alimentación por un restaurante público [...] el lazo entre marido y mujer sería liberado de todo factor externo y accidental”.

La tradición del marxismo revolucionario buscó combinar la lucha contra la opresión de las mujeres y contra la explotación como parte de una misma lucha por una sociedad comunista. Esto incluía socialización del trabajo doméstico como un elemento central. El posterior retroceso contrarrevolucionario que se produjo con el estalinismo (que implicó retrocesos importantes en los derechos de las mujeres) no puede extrapolarse hacia el pasado, como si hubiera estado inscripto en la teoría marxista desde sus orígenes. Al construir su relato sobre el feminismo socialista, Ferguson, más que contestar, como quería, otorga legitimidad a los ataques contra el marxismo que se hacen desde la corriente autonomista al interior del feminismo de la reproducción social.

Trabajo doméstico y reproducción social

Poniendo el foco en la trayectoria de la reproducción social, Ferguson se remonta a la Segunda ola del movimiento feminista a fines de los 60 y las polémicas sobre el trabajo doméstico. El tema fue debatido desde diferentes posiciones como el feminismo liberal, el feminismo radical o la Campaña por un salario para el trabajo doméstico. También destaca el aporte de Margaret Benston en 1969 que luego fue retomado por otras autoras. [19]

En la Segunda parte de su libro, Ferguson hace un recorrido por estas y otras elaboraciones que “plantean más claramente la contradicción irresoluble de la vida contra el capital”. Concluye, sin embargo, que ese feminismo de la reproducción social de la década de 1970 se equivocó al centrarse demasiado en el trabajo no remunerado de las mujeres en la familia, en vez de tener una visión más amplia de la reproducción social.

Para esto, asegura, hubo que esperar al trabajo de Lise Vogel y la publicación en 1983 del libro Marxism and the opression of Women: Toward a Unitary Theory. [20]. En vez de focalizarse en el trabajo no remunerado, Vogel “destaca el significado de la relación necesaria, pero contradictoria, entre el trabajo de reproducción social y los procesos de acumulación del capital”. [21] Desde entonces, el trabajo de reproducción social quedaría “ampliamente definido, pues incluye el trabajo cotidiano y generacional que ha realizado normalmente las mujeres de dar a luz, criar y cuidar de la prole. Pero también incluye el trabajo que lleva a cabo la gente para sostenerse a sí misma y a otras personas como seres humanos, a las estrategias de supervivencia individuales y colectivas ‘a través de las cuales la gente desempeña las tareas básicas de la vida’”. [22]

El objetivo del trabajo de la reproducción social es “sostener la vida, pero al mismo tiempo es un medio de asegurar el abastecimiento suficiente de fuerza de trabajo disponible para sostener el capital”. [23] La pregunta que surge es si, con el fin de evitar una definición restringida al trabajo doméstico no remunerado, no estamos ahora ante una definición demasiado amplia del trabajo de reproducción social. ¿No resultan un tanto ambiguas las fronteras de hasta dónde llega esta esfera? Por ejemplo, Cinzia Arruzza incluye como parte del trabajo de reproducción social a las trabajadoras de cadenas de comida rápida como Mc Donalds [24]. Si esto es así, deberíamos incluir también a los mensajeros en bicicleta que llevan esos productos a las casas particulares, y a todos los empleados y empleadas de bares y restaurantes. Pero ¿por qué incluiríamos a estas trabajadoras y no a las cajeras de los supermercados, que cumplen el mismo papel de facilitar la compra de comida para las familias? ¿Y los trabajadores que permiten el transporte de esa comida? Así podríamos seguir incluyendo una serie de trabajos esenciales para la reproducción de la vida, que son muchos, tal como quedó demostrado durante la pandemia en todo el mundo. Pero si la definición se puede seguir ampliando tanto, ¿no pierde poder explicativo? También pueden diluirse algunas de las diferencias internas cualitativas entre los diferentes tipos de trabajo que forman parte de esta amplia categorización de reproducción social. Esta última cuestión está relacionada con la polémica que se aborda en la parte final del libro, entre las teorías autonomistas y la corriente marxiana de la reproducción social, acerca de la cuestión del valor. Lo veremos a continuación.

Capitalismo, valor y trabajo doméstico

¿El trabajo doméstico crea valores de uso o valores de cambio? Este debate de los años 70 es retomado en la actualidad. Ferguson señala que dentro del feminismo de la reproducción social hay dos escuelas que divergen sobre cómo se organiza la resistencia y cuál es la estrategia política (la escuela marxiana y la autonomista). Considera que estas divergencias están conectadas con el “desacuerdo sobre la manera de teorizar la relación del trabajo de reproducción social con la creación de valor”. En los últimos capítulos del libro aporta varios argumentos interesantes para el debate con las corrientes autonomistas.

Para las teóricas autonomistas de la Campaña por el salario del trabajo doméstico, este produce una mercancía que es el trabajador-fuerza de trabajo (no diferencian entre ambos) y por lo tanto produce valor. [25] Se trataría de un trabajo productivo y los capitalistas explotan directamente a las amas de casa. [26]Ellas serían parte de esa “gran fábrica social” del capitalismo patriarcal. [27] Por lo tanto, negarse a realizar el trabajo doméstico bloquearía la creación de valor (tanto o más que una huelga en una fábrica, porque ese trabajo sería un “pilar” del capitalismo patriarcal). La estrategia que desprenden de esta definición es exigir un salario para las amas de casa (para visibilizar la relación de explotación oculta) y, al mismo tiempo, rehusarse al trabajo doméstico, la huelga en el hogar.

Ferguson contrapone el análisis de la escuela marxiana de la reproducción social que, siguiendo a Vogel y a Marx, considera que el trabajo doméstico no es productivo porque el producto de este trabajo no está destinado a venderse en el mercado. En realidad, no es ni productivo ni no productivo, porque ambas categorías se refieren al trabajo que se remunera, según sea su relación con el proceso capitalista de valorización. El trabajo doméstico produce cosas que son consumidas por el trabajador y la trabajadora. Y en la medida que no son comparadas en el mercado, no podrían reducirse a la forma de trabajo abstracto con que se mensura el valor de las mercancías en el capitalismo. Se trata de un trabajo útil, que se consume en la esfera privada, de formas variadas. Esto implica, a su vez, que no hay un control capitalista directo sobre el tiempo que dure este trabajo, ni sus ritmos, ni las tareas específicas que realiza. Aquí hay que tomar en cuenta la diferencia entre el trabajador y la fuerza de trabajo (que es lo que se vende en el mercado), así como entre el trabajo que produce valores de uso y el trabajo que produce valor.

Siguiendo este argumento, el trabajo doméstico, aunque está subordinado a las relaciones sociales capitalistas, mantiene una relativa autonomía y no se encuentra directamente subordinado al control del capital. Como bien explica Paula Varela, en el mismo sentido:

"Si el hogar fuera una fábrica de fuerza de trabajo (en un sentido literal) debería regirse por la misma lógica de la producción de cualquier otra mercancía: la búsqueda de reducir el tiempo de trabajo socialmente necesario para que dicha mercancía sea plausible de venderse en el mercado (es decir, sea competitiva). Nada de esto pasa con la mercancía fuerza de trabajo: su dificultad o imposibilidad de venderse en el mercado no detiene su producción: en épocas de alto desempleo los niños siguen siendo alimentados, bañados, educados, vestidos; seguramente será un trabajo realizado en condiciones más precarias y penosas, pero no existen las “suspensiones” por exceso de stock en el ámbito de la reproducción social…” [28].

Ahora bien, hemos señalado que, desde el punto de vista de la TRS, no todo el trabajo de reproducción social se limita al trabajo doméstico no remunerado, sino que incluye trabajo asalariado en diferentes ámbitos. Encontramos así una gradación sobre la relativa autonomía o no que mantiene este trabajo respecto al control capitalista, y en una relación disímil respecto a la cuestión de la valorización.

En un polo, se encuentra el trabajo doméstico no remunerado, que sería un trabajo útil, pero ni productivo ni improductivo desde el punto de vista capitalista [29], y con un mayor grado de autonomía respecto al control por parte del capital en general. En el otro polo están los trabajos que son parte de la reproducción social pero asalariados. El trabajo doméstico remunerado en casas particulares es improductivo desde el punto de vista de la generación de valor y conlleva un mayor grado de control por parte de los patrones (que puede llegar a extremos brutales). Algo que, en el caso de las trabajadoras internas, además, se extiende de forma casi totalizante también sobre su “tiempo de descanso”, es decir de reproducción directa, ya que viven en la misma casa donde trabajan y su tiempo libre se encuentra mucho más regulado, restringido y coaccionado que el de una trabajadora que puede irse a su casa al terminar la jornada laboral. Diferente es la situación de las trabajadoras de la reproducción social en el ámbito asalariado público, donde los “márgenes de autonomía” sobre la forma concreta que adquiere su trabajo pueden ser mayores que el de aquellas trabajadoras que realizan este trabajo en forma privada. Para comparar, suele ser mayor el control sobre el trabajo, horarios, productividad, etc., en el caso de las enfermeras o limpiadoras en una clínica privada, que en un hospital público. Pero aquí nos encontramos con otra cuestión para tener en cuenta, mientras el trabajo concreto de ambas es muy parecido, el de las primeras sería productivo para el capitalista dueño de la clínica, mientras que aquel que realizan en el hospital público, aunque fuera un trabajo concreto muy parecido, sería improductivo. Esto se complejiza si tenemos en cuenta que, cada vez más, los hospitales públicos tercerizan esos trabajos, por medio de empresas privadas que extreman la precariedad y las exigencias sobre las trabajadoras. ¿Y en el caso de una empleada de un local de comida rápida? No hace falta decir que el grado de control sobre la forma de su trabajo, los ritmos de trabajo, la intensidad de este, etc. puede compararse (o incluso puede ser mucho mayor) que en otros sectores productivos “clásicos” como una fábrica. Esta diferenciación entre trabajos productivos e improductivos (aunque sean trabajos que realizan las mismas tareas) no es capciosa, sino que señala la relación de estos trabajos con el capital y por lo tanto su papel en la creación de plusvalor en el capitalismo.

Por último, esta variedad de trabajos dentro de lo que se define como el ámbito de la reproducción social (trabajos no remunerados, remunerados en hogares individuales, socializados remunerados en el ámbito público o privatizados) que a su vez pueden ser improductivos o productivos, deja planteada nuevamente la pregunta de si puede definirse de forma tan categórica la existencia de un espacio de la reproducción social claramente diferenciado del ámbito de la producción, o si, en cambio, tiene fronteras mucho más cambiantes y disímiles de lo que parece, según cómo se lo analice y con qué objetivo.

De la teoría a la política: estrategias del feminismo

Ferguson señala que ambas escuelas, la autonomista y la marxiana “acuerdan en la importancia de la huelga de reproducción social, pero tienen diferentes concepciones sobre la misma”. Sobre esta base, polemiza con la estrategia que defiende Silvia Federici, que apuesta por la creación de espacios autónomos “fuera del capital”: espacios del “bien común revolucionario”. Estos serían cooperativas, comedores comunitarios y otro tipo de asociaciones vecinales que se regulen “por fuera” de las relaciones sociales capitalistas y que permitan “prefigurar” una sociedad más allá del capital. La huelga de reproducción social consistiría en el “abandono” del trabajo doméstico y en la creación de aquellos espacios, lo que en algunos casos se acompaña con la exigencia de una “renta social” para las mujeres.

Ferguson sostiene que, si bien escuela marxiana de la TRS comparte la importancia de la huelga de reproducción social, no se trata solo de crear espacios “cooperativos”, sino de luchar también para exigir al Estado mejoras en materia de sanidad, educación, etc. Esto requiere de huelgas laborales de reproducción social en el sector público o movilizaciones vecinales. La huelga, asegura, es una herramienta para “enfrentarse al capital en su propio terreno y crear solidaridad entre las luchas”. Agrega, además, que las huelgas en el sector productivo también son claves, porque el trabajo productivo no mantiene la misma relación con el capital que el trabajo reproductivo y que “no se puede amenazar seriamente a la clase dominante organizando la resistencia únicamente en base a huelgas de reproducción social”.

Por último, piensa que la lucha se debe impulsar en varios frentes, creando lazos para “imaginar maneras de que las huelgas laborales incorporen políticas contra la opresión, y que las huelgas contra la opresión incorporen reivindicaciones propias del lugar de trabajo”. En este sentido, concluye que “la construcción de la solidaridad es el medio y el fin de las huelgas”. No es posible rechazar la “dominación de la vida por el capital” mediante cooperativas, espacios del bien común, ni una renta básica feminista, asegura Ferguson. Para ella, se trata de “hacer retroceder la dominación de la vida por parte del capital dentro del propio sistema, exigir más recursos para la vida y menos para el capital”. Aunque, hasta que no se destruya al capitalismo “no podremos liberarnos de él”. Finalmente, para Ferguson, la “estrategia revolucionaria comporta la incorporación de múltiples formas de resistencia al capital mediante la creación de un movimiento de masas que asocie las luchas en los barrios y en las calles con las que tienen lugar en los centros de trabajo asalariado. Este movimiento es diverso, pero está unido en su intento de crear un mundo que priorice la necesidad de la población sobre la ganancia, que sustituya el trabajo para el capital, por el trabajo para la vida.”

En este debate de estrategias, Ferguson lleva la razón al polemizar contra la política autonomista de crear espacios “fuera del capital” en los márgenes del sistema. Estas cooperativas, o bien se verán impelidas a competir dentro de las relaciones capitalistas (tienen que seguir comprando productos producidos de forma capitalista en el mercado, pagando la luz a empresas capitalistas, etc.), o bien se tratará de pequeños proyectos efímeros, porque no es posible mantener pequeños “oasis” utópicos en medio de la catástrofe capitalista.

Por otro lado, la estrategia que propone Ferguson y que identifica con el “feminismo del 99%” está centrada en la idea de crear movimientos de resistencia masivos frente al capital para “hacer retroceder la dominación de la vida por parte del capital dentro del propio sistema”. Al mismo tiempo, apuesta por generar “lazos de solidaridad”.

Lo que propone este feminismo del 99% es necesario, claro está, para superar las divisiones que fragmentan las fuerzas de la clase obrera, para generar alianzas sólidas entre los oprimidos y poder construir una fuerza social capaz de desafiar al capital. Pero, así planteado, es completamente insuficiente. La extensión de los movimientos de solidaridad y la resistencia no alcanza como estrategia para derrotar al capitalismo. ¿Qué relación se establece entre esas resistencias y el momento de pasar a la ofensiva? ¿Qué programa defendemos que cuestione las ganancias capitalistas, además de exigir más sanidad y educación pública? ¿Cómo conectar las aspiraciones y necesidades más urgentes de la población trabajadora con la lucha por el socialismo? La creación de “lazos de solidaridad” es un grado elemental de la estrategia, si se hablamos de una estrategia revolucionaria. Porque hace falta mucho más para lograr crear fuerzas materiales capaces de derrotar al capitalismo, sus Estados y las fuerzas represivas. A lo largo de la historia del marxismo revolucionario, los debates sobre la estrategia han sido claves. Estos incluyen la cuestión de la huelga general y las posiciones estratégicas que ocupa la clase obrera, la necesidad de organismos de autoorganización, la relación entre clase obrera y sus aliados, acerca del frente único, o sobre la construcción de partidos revolucionarios con un programa para vencer. La cuestión de la hegemonía es uno de estos debates claves: cómo logra la clase obrera dirigir y soldar las alianzas con otros sectores oprimidos. [30] Este fue un tema clave en la II y la III Internacional: la cuestión campesina durante la Revolución rusa, los derechos de las nacionalidades oprimidas o las reivindicaciones democráticas de diferentes sectores, así como la cuestión de la lucha contra la opresión de las mujeres o contra el racismo. En relación con las opresiones, esto implica también articular reivindicaciones democráticas (que no son solo aquellas de la clase obrera) con otras que son específicas de los sectores feminizados o racializados de la clase trabajadora. [31]

Y, por último, dos cuestiones fundamentales. En primer lugar, para lograr soldar esa “solidaridad” desde abajo, es necesario enfrentar la política corporativa de las burocracias, tanto en el movimiento obrero como en los movimientos sociales, que son un obstáculo para esta. Desde los movimientos suele cuestionarse el corporativismo de las burocracias sindicales. Pero también hay burocracias en los movimientos sociales que pueden ser corporativas, separatistas o integrarse al Estado. Un ejemplo reciente lo tenemos en el movimiento feminista, que en varios países ha pasado de las calles y las grandes huelgas de mujeres a los ministerios y la gestión del estado capitalista. [32]

Los movimientos sociales más importantes de los últimos años, como el antirracista BLM o el movimiento feminista fueron desactivados con la idea de apoyar al “mal menor” contra la derecha y transformados, en gran parte, en base de apoyo al Partido Demócrata en Estados Unidos o del gobierno Podemos-PSOE en el Estado español. Es decir, que no alcanza con una estrategia de “solidaridad” si no se defiende una política de independencia de clase y antiburocrática al mismo tiempo.

A modo de conclusión. Muchas elaboraciones de las teóricas que se enfocan en la cuestión de la reproducción social, desde Vogel en adelante, son muy valiosas para profundizar acerca de la relación sistémica entre opresiones y explotación en el capitalismo. En este terreno, hay mucho por desarrollar. En el caso de Vogel, su trabajo es clave porque retoma las categorías de El Capital de Marx para elaborar un análisis específico que aquel no había desarrollado, situando el trabajo doméstico como parte necesaria de la reproducción de la fuerza laboral.

En la actualidad, las autoras de la TRS llaman la atención sobre la potencialidad que tienen algunos sectores de la reproducción social como maestras, enfermeras, cuidadoras de ancianos, etc. para establecer lazos de “solidaridad” o actuar como “puente” con otros sectores obreros y populares. Su trabajo colabora con la reproducción de la vida diaria de la clase trabajadora y se encuentran ligadas a esta por múltiples lazos. Esto se pudo ver en las huelgas de las maestras en Estados Unidos, o en el reconocimiento social y el apoyo popular que se generó hacia las trabajadoras de los hospitales durante la pandemia. Sin embargo, esa “potencialidad” no asegura que esta “solidaridad” se concrete. En muchas ocasiones, las burocracias sindicales juegan en contra y lo impiden. Al mismo tiempo, una política revolucionaria puede lograr desplegar ese potencial “hegemónico” en otros sectores de la clase obrera, incluso entre sectores productivos de “cuello azul”. Un ejemplo es la lucha contra los despidos de la refinería Total de Granpuit en Francia, que ha establecido lazos de solidaridad con sectores ecologistas para defender una transición ecológica favorable a los trabajadores y el pueblo. Otro ejemplo es la historia de la lucha de la fábrica recuperada Zanon bajo control obrero en Argentina y múltiples alianzas que soldó con estudiantes, el pueblo mapuche, desempleados y otros trabajadores. En última instancia, que se pueda hacer efectiva esa potencialidad hegemónica de la clase obrera dependerá más de la política que se adopte, que de su composición “sociológica” o si se trata de trabajos productivos o de la reproducción social. Aquí pasamos del nivel del análisis al plano de la política revolucionaria.

Por último, partiendo de reconocer los múltiples aportes que se están generando para pensar la relación entre género y clase por parte de varias autoras que se sitúan en el campo de la TRS, no compartimos la idea de interpretar estos como si constituyeran una tradición diferenciada, ni mucho menos superadora, de más de 150 años de debates en el marxismo y el movimiento feminista socialista. Al revés, es necesario poner estos aportes en relación con otros debates de estrategia acerca de cómo lograr la unidad de clase y las alianzas con todos los oprimidos. La solidaridad no puede ser solo un “medio y un fin” de la lucha y las huelgas. La solidaridad y la unidad de la clase trabajadora con el resto de los movimientos sociales solo tiene sentido estratégico si es un medio para un objetivo superior: la lucha revolucionaria por el socialismo. Solo así se puede abrir paso a una sociedad que ponga la vida por encima de las ganancias y que libere al trabajo (productivo y reproductivo) de la violencia que impone esta sociedad capitalista.


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NOTAS AL PIE

[1Susan Ferguson; Women and work, publicado originalmente en inglés a comienzos de 2020 por Pluto Press

[2Silvia Federici; "Social reproduction theory, History, issues and present challenges", Radical Philosophy, Issue 2.04, series 2, spring 2019, Dossier Social Reproduction Theory

[3Alessandra Mezzadri; "On the value of social reproduction. Informal labour, the majority world and the need for inclusive theories and politics"; RP 2.04 (Spring 2019)

[4Las elaboraciones de la TRS fueron agrupadas en el libro Social Theory Reproduction. Remapping Class, Recentering Oppression, editado por Tithi Bhattacharya y publicado por Pluto Press en 2017

[5Esta campaña fue impulsada por Mariarosa Dalla Costa, Silvia Federici y Selma James, entre otras feministas. Su matriz teórica se basaba en los planteos desarrollados por el autonomismo italiano.

[6Paula Varela; "La reproducción social en disputa: un debate entre autonomistas y marxistas", Revista ARCHIVOS de historia del movimiento obrero y la izquierda, Año VIII, nº 16, pp. 71-92, marzo de 2020-agosto de 2020

[7Lise Vogel, Marxism and the Oppression of Women. Este libro fue publicado originalmente en inglés por Rutgers University Press en 1983 y ha sido reeditado en Historical Materialism Book Series por Haymarket en 2013.

[8“ Antes de continuar, es importante considerar el tipo de cosas que debe incluir un enfoque integral del problema de la opresión de la mujer. En primer lugar, debe partir de un compromiso firme con la liberación de la mujer y con la igualdad social real de todos los seres humanos. En segundo lugar, debe hacer un análisis concreto de la situación actual de las mujeres, así como estudiar cómo se ha producido. En tercer lugar, debe presentar una teoría de la posición de la mujer en la sociedad. Es decir, además de una historia de la posición de la mujer, debe tener una teoría. En cuarto lugar, un debate exhaustivo sobre la situación de la mujer debe estar informado por una visión de la liberación de la mujer en una sociedad futura que sea coherente con su teoría y con la historia de la subordinación de la mujer en las sociedades pasadas y presentes. Por último, y casi por definición, plantear la llamada pregunta de la mujer es también exigir una respuesta, en términos de programa y estrategia prácticos. En su obra, Marx y Engels abordaron, al menos parcialmente, cada uno de estos aspectos.” Lise Vogel, Idem. Traducción propia.

[9Para profundizar, ver: Ariane Díaz; Economía política de la reproducción social I: trabajo y capital, Contrapunto (14/07/2019) en http://www.izquierdadiario.es/Economia-politica-de-la-reproduccion-social-I-trabajo-y-capital. Y Ariane Díaz; Economía política de la reproducción social II: patriarcado y capitalismo, Contrapunto (21/07/2019) en http://www.izquierdadiario.es/Economia-politica-de-la-reproduccion-social-II-patriarcado-y-capitalismo

[10No es la misma posición de Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya. Ver, por ejemplo: Cinzia Arruzza, Las sin Parte, donde hace un recorrido por los aportes de Flora Tristán, Marx y Engels, Clara Zetkin, Aleksandra Kollontai y el programa emancipador de los bolcheviques durante la revolución rusa, que diferencia del posterior retroceso con la burocracia estalinista

[11Aunque Ferguson ubica el feminismo de la reproducción social como una parte del feminismo socialista, más bien tiende a presentarlos como dos trayectorias divergentes

[12Wheeler y Thompson; La demanda de la mitad de la raza humana, las mujeres, contra la pretensión de la otra mitad, los hombres, de mantenerlas en la esclavitud política y, en consecuencia, civil y doméstica

[13Destacado nuestro.

[14Josefina L. Martínez, Engels, las mujeres trabajadoras y el feminismo socialista, en http://www.izquierdadiario.es/Engels-las-mujeres-trabajadoras-y-el-feminismo-socialista. Y Ariane Díaz, El marxismo y la opresión de la mujer, en http://www.laizquierdadiario.com/ideasdeizquierda/el-marxismo-y-la-opresion-de-la-mujer/

[15Además, resulta un poco injusta con Flora Tristán, quien si bien se encuentra en un intermedio entre el socialismo utópico y el socialismo científico, hace aportes importantes y pioneros para pensar la relación entre clase y género, cuestionando también el machismo al interior de la clase obrera.

[16pag. 83

[17Ferguson, Ibídem.

[18Engels, Los orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado. Idem.

[19Benston plantea que el trabajo doméstico no era productivo en el sentido marxista, porque no producía valores de cambio, sino valores de uso, consumidos directamente en el hogar. Para ella, se trataba de un trabajo precapitalista, pero necesario para el capitalismo.

[20Lise Vogel, Idem

[21Ferguson, Ibidem.

[22Ferguson, Idem.

[23Ferguson, pag. 138.

[24Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya; "Teoría de la Reproducción Social. Elementos fundamentales para un feminismo marxista", Revista Archivos de historia del movimiento obrero y la izquierda. Año VIII, nª16, marzo de 2020-agosto de 2020.

[25Andrea D’Atri y Celeste Murillo; "Nosotras, el proletariado", Contrapunto 22/07/2018) en http://www.izquierdadiario.es/Nosotras-el-proletariado

[26Es necesario aclarar que, en términos de Marx, la definición sobre si un trabajo es productivo o improductivo no tiene ninguna carga moral sobre si uno es más “valioso” o “importante” que otro. Es una definición relacionada con el hecho de si ese trabajo produce mercancías para el mercado, y si por lo tanto produce plusvalor de forma directa o no.

[27El concepto de “fábrica social” lo tomaron las autonomistas italianas del operaísmo italiano y las elaboraciones de Mario Tronti.

[28Paula Varela; "La reproducción social en disputa: un debate entre autonomistas y marxistas", Revista ARCHIVOS de historia del movimiento obrero y la izquierda, Año VIII, nº 16, pp. 71-92, marzo de 2020-agosto de 2020.

[29En Marx esta diferenciación se refiere a diferentes trabajos asalariados.

[30Emilio Albamonte y Matías Maiello; Trotsky, Gramsci y la emergencia de la clase trabajadora como sujeto hegemónico en http://www.izquierdadiario.es/Trotsky-Gramsci-y-la-emergencia-de-la-clase-trabajadora-como-sujeto-hegemonico

[31Para profundizar en los debates de la estrategia revolucionaria recomendamos: Albamonte, Emilio y Maiello, Estrategia socialista y arte militar, Ediciones IPS.

[32Josefina L. Martínez, De la huelga de mujeres al feminismo ministerial y la prohibición de las manifestaciones del 8M, en Izquierda Diario.es
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Josefina L. Martínez

@josefinamar14
Nació en Buenos Aires, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Autora de No somos esclavas (2021). Coautora de Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.
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