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Red Internacional

Revista Pan y Rosas.  Feminismo socialista ¿para qué?

“El socialista que no es feminista carece de amplitud. Quien es feminista y no es socialista carece de estrategia.”
Louise Kneeland, 1914.

Lunes 18 de abril | 02:14

Uno de los fenómenos que ha marcado el momento histórico que vivimos, ha sido la nueva irrupción del movimiento de mujeres y disidencias sexogenéricas a nivel mundial, a raíz de la crisis capitalista abierta en 2008 [1]. Volvió a poner en el tapete el feminismo como debate vivo, masivo, después de décadas de institucionalización y encapsulamiento de las discusiones en el ámbito casi exclusivamente académico.

Esta nueva entrada de las mujeres y disidencias en el escenario político se ha expresado de diferentes formas. Tanto con multitudinarias manifestaciones en la conmemoración del 8 de marzo y contra la violencia machista, como también participando en revueltas globalmente; también en huelgas de trabajadoras y en luchas por el derecho a la vivienda, al agua y a la tierra, por sólo nombrar algunas.

Porque pese a que durante el último siglo hemos conquistado derechos, libertades y una supuesta igualdad frente a la ley -en la mayoría de los países del mundo-, la creciente pauperización de las condiciones de vida de las mujeres y disidencias sexogenéricas es escandalosa. Representamos hoy los índices más altos de pobreza en todo el mundo: el 70% de las personas en extrema pobreza son mujeres y niñas (Amnistía Internacional, 2020).

Este sistema no solamente nos condena a la miseria económica y la violencia machista. En un informe de la ONU Mujeres (2015) se reconoce además que “al combinar el trabajo remunerado y el no remunerado, las mujeres de los países en desarrollo trabajan más que los hombres, destinando menos tiempo a la educación, el ocio, la participación política y el cuidado propio”. Es decir, esta desigualdad estructural impacta en todos los ámbitos de la vida.

Como afirma Lise Vogel (1979):
Mientras el capitalismo primitivo consiguió encubrir, por medio de la promesa de una igualdad civil, su incapacidad de ofrecer las condiciones que hicieran posible una igualdad real, el imperialismo contemporáneo no puede hacer otro tanto. En consecuencia, el problema de los derechos de la mujer revela su filo revolucionario con mucha mayor rapidez que en ningún momento anterior.

Muchas de las luchas que lleva el movimiento de mujeres y disidencias chocan con los pilares de la sociedad en la que vivimos: capitalista, patriarcal y racista. Es por ello que a medida que levantamos nuestras reivindicaciones, mayor ha sido el interés de los partidos tradicionales, de los gobiernos y de los empresarios, de tomar nuestras demandas y transformarlas en algo inofensivo, buscando desactivar nuestra energía y potencia: siendo conscientes del peligroso “filo revolucionario” del cual habla Vogel.

Es que el problema de la pelea por nuestros derechos ha demostrado ser una cuestión no lineal: cada cierto tiempo, en base a las crisis económicas o arremetidas conservadoras, lo que hemos conquistado se pone en entredicho. Es decir, ninguna de nuestras conquistas es “permanente” en este sistema: “El capitalismo enseña (...) que la emancipación femenina como la de otros grupos sociales subordinados, es una quimera mientras subsista este régimen social, político y económico” (D’Atri, A y Lif, L. 2013).

¿Qué hacer?

La respuesta a la brutal desigualdad y opresión que vivimos mujeres y disidencias sexogenéricas, en el caso de Chile -después de la rebelión de 2019, paradójicamente-, se ha traducido de manera principal en políticas de “cuoteo” y representación en los espacios de poder estatales -como en el nuevo gabinete o la edecán de Carabineros de Boric- y la paridad en instituciones de gobierno, que por lo demás, mantiene la noción binaria del género.

Es histórico un gabinete mayoritariamente compuesto por mujeres (en el recién asumido gobierno de Apruebo Dignidad); no obstante, debemos estar alertas. Ese gabinete está también compuesto por partidos directamente neoliberales como el Partido Socialista, y por personeros de la Ex-Concertación como el antiguo director del Banco Central, Mario Maciel. Intentan generar simpatías con esos gestos y hacernos creer que “somos parte”, para desarticular cualquier posibilidad de movimiento auto-organizado y así, gobernar con partidos de los 30 años mientras buscan garantizar la estabilidad frágil del régimen político chileno.

Si bien recientemente se aprobó la norma por los derechos sexuales y reproductivos en la Convención Constitucional, empujada por la fuerza y potencia de nuestro movimiento, aún no sabemos la forma en la cual será aplicada: debemos seguir en las calles para que el aborto libre, seguro y gratuito sea ley.

Aunque la pandemia aumentó la carga laboral y emocional de las mujeres y disidencias más precarizadas, no existe ninguna política pública especialmente diseñada para responder a esta feminización creciente de la pobreza, expresada en el dramático retroceso de 10 años en inserción laboral de las mujeres (Instituto Nacional de Estadísticas, 2021).

Y frente a una extrema derecha que se fortalece tras las últimas elecciones, se nos presenta la política reformista de la confianza en la institucionalidad como única alternativa. Existen fuertes expectativas en las promesas del nuevo “gobierno feminista” de Apruebo Dignidad y en la vía de la progresiva adquisición de derechos, pese a que como mencionábamos antes, estos sean de carácter transitorio y a la medida de lo posible: en los estrechos márgenes de la democracia capitalista.

Muchas personas, al calor del movimiento y las discusiones feministas, han decidido abrirse paso a la vida política. Cabe preguntarse entonces ¿es el feminismo institucional, la única respuesta posible ante la precariedad de la vida de mujeres y disidencias? ¿Se puede generar otra articulación que nos permita subvertir y superar este complejo sistema de opresión y explotación? Aquí intentamos esbozar algunos apuntes para tratar de responder -colectivamente- a este desafío, desde la vereda del feminismo socialista.

¿Feminismo socialista?

Como dimos cuenta, el movimiento de mujeres y disidencias, si bien irrumpió como novedad en la escena mundial contemporánea, no es un fenómeno exclusivo de nuestra época. Entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX aparece “como un movimiento social de carácter internacional, con una identidad autónoma teórica y organizativa” (de Miguel, A. 2011). Como movimiento histórico, diversas corrientes han intervenido en su seno, manifestando sus diferencias desde las luchas del “sufragismo”, movimiento por el derecho al voto femenino.

Por esta razón, se ha recurrido a hablar de “sectores del feminismo” o directamente “feminismos”, ya que no es posible hablar de una teoría homogénea, más allá de compartir la idea general de aspirar a la emancipación de las mujeres de toda opresión. Ana de Miguel (2011) explica que ya a finales del siglo XIX
“aunque las socialistas apoyaban tácticamente las demandas sufragistas, también las consideraban enemigas de clase y las acusaban de olvidar la situación de las proletarias”.
Esto es porque para comprender el problema, las socialistas utilizaban las categorías de “explotación” y “opresión” como ejes clave. La explotación es la relación entre las clases sociales que se refiere a la “apropiación del producto del trabajo excedente de las masas trabajadoras por parte de la clase poseedora de los medios de producción” (D’Atri, 2013). La clase poseedora es la burguesía, los grandes empresarios como la familia Luksic, por dar un ejemplo. La opresión, en cambio, D’Atri (2013) la define como “una relación de sometimiento de un grupo sobre otro” ya sea por razones culturales, raciales o de género.

Entonces, las mujeres socialistas se distinguían del resto del movimiento porque consideraban que la clase social era un factor determinante para la experiencia de la opresión patriarcal, y veían, en la sociedad de clases y en la propiedad privada, fundamentos materiales del origen de dicha opresión. Y como bien sabemos, las sociedades divididas en clases sociales son muchísimo anteriores al capitalismo, al igual que la noción de propiedad privada.

Estas diferencias no impidieron que las socialistas participaran activamente en la lucha por los derechos de las mujeres. Por el contrario, se comprometieron a nivel militante, e impulsaron, además de campañas políticas, la conmemoración del día internacional de las mujeres desde el año 1910, “en homenaje a aquellas que llevaron adelante las primeras acciones organizadas de mujeres trabajadoras contra la explotación capitalista” (D’Atri, 2004).

Observaron, de manera certera y en primera fila, que mujeres burguesas y proletarias diferían en sus objetivos. Alejandra Kollontai, revolucionaria bolchevique, señalaba ya en 1907 que las feministas burguesas
“buscan la igualdad en el marco de la sociedad de clases existente, de ninguna manera atacan la base de esta sociedad. Luchan por privilegios para ellas mismas, sin poner en entredicho las prerrogativas y privilegios existentes. No acusamos a las representantes del movimiento de mujeres burgués de no entender el asunto, su visión de las cosas mana inevitablemente de su posición de clase…”.

No obstante, la primera escisión de la que se puede dar cuenta más claramente es la que ocurre -no es casualidad- ante la Primera Guerra Mundial. Un sector del movimiento sufragista, las hoy llamadas feministas liberales -mayoritariamente de origen burgués- clamaban por el derecho al voto para poder servir a la guerra imperialista, cediendo ante el nacionalismo fomentado por la clase dominante.

Por otra parte, las feministas socialistas veían en las contradicciones sociales del sistema de producción capitalista el origen de la guerra. Así, mantuvieron en alto las banderas del internacionalismo -que había caracterizado desde un comienzo al movimiento sufragista, y era parte de los principios socialistas- y el anti imperialismo, enfrentándose no solamente al feminismo liberal, sino también a las direcciones de sus partidos que apoyaron la guerra, como lo hicieron las revolucionarias Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo.

Feminismo y revolución

Autoras como Goldman, W. (2012) han insistido en que en la Rusia de los soviets, durante los primeros años de la Unión Soviética, se desarrollaron grandes transformaciones para las mujeres y disidencias. Fue la lucha de las mujeres trabajadoras rusas por pan y paz en 1917 la que dió inicio a la revolución, e impulsaron en la década de 1920, leyes que recién en la actualidad se promulgan en nuestro continente, como el matrimonio igualitario en Chile o el derecho al aborto en Argentina.

Pero el inicial espíritu libertario y feminista de la revolución rusa, fue brutalmente aplastado por la burocracia estalinista. Se suprimen muchos derechos y políticas públicas orientadas a la emancipación de las mujeres durante la década de 1930, al alero de la (mal llamada) teoría del “socialismo en un solo país”, en una acción conservadora y de preservación de sus privilegios como casta política. León Trotsky, marxista revolucionario ruso e impulsor de la teoría de la Revolución Permanente, es uno de los primeros y agudos críticos de dicho ataque contra las conquistas de las mujeres proletarias en la URSS y del conjunto de la política de Stalin.

Al respecto, D’Atri (2004) cita a Thonnessen para remarcar la idea de que existe
una conexión íntima entre el antifeminismo proletario y el revisionismo, así como la hay entre el movimiento radical por la emancipación de la mujer y la teoría ortodoxa socialista. El feminismo marxista ha llevado a cabo, característicamente, una lucha en contra del reformismo y el obrerismo por una parte, y contra el carácter limitado y elitista del feminismo burgués por otra (...).

El revisionismo, referido a aquellas ideas que modifican aspectos esenciales de la teoría marxista limando su filo revolucionario, ha sido tomado como estrategia por diferentes feministas autonomistas y de la teoría de la reproducción social para desarrollar nuevas ideas, tomando el marxismo y, en diferentes grados, en oposición y crítica al marxismo. Para ellas, la izquierda que se reclama marxista pecaría de seleccionar "a determinados sectores de la clase obrera como sujetos revolucionarios" y de "condenar a otros a un rol meramente solidario en las luchas que estos sectores llevaban a cabo" (Federici, 2012).

Evidentemente cualquier lucha circunscrita en lo netamente sindical y en una época de primacía masculina en la fuerza laboral derivaría en el menoscabo de las mujer trabajadora (incluyendo a quienes se dedican al trabajo doméstico) como sujeto revolucionario, sin embargo esta fue más bien una ubicación de los viejos partidos estalinistas más que del marxismo como teoría-práctica. Las feministas marxistas, por ende, reclamamos el rol de las mujeres trabajadoras como sujetos revolucionarios, lo que singifica pensar también en la dimensión de sujetos oprimidos y desarrollar demandas desde la clase trabajadora que superen las demandas económicas o netamente sindicales y/o gremiales.

Por otro lado, a nivel internacional en la posguerra y debido a la necesidad de recuperar la economía capitalista, se empujó nuevamente a las mujeres al mundo privado del hogar. Se buscó reforzar las imposiciones patriarcales como el rol de madre y esposa “dueña de casa y consumidora”. El mundo de los albores de la “guerra fría” buscó acallar la lucha de mujeres y disidencias sexogenéricas, después de haber entrado durante las guerras con mucha fuerza al mundo laboral, y habiendo obtenido el derecho al voto y derechos civiles en la mayoría de las democracias occidentales. Esto induce al movimiento y al feminismo en un profundo letargo.

Nueva ola de la lucha de clases, nuevas teorías

Se reactiva el debate feminista y el movimiento de mujeres a finales de la década de los 60’s, al calor de una década de luchas obreras y populares en todo el planeta. Pero no se ponía ya el centro exclusivamente en la igualdad ante la ley, sino igualdad ante la vida. Varios de estos debates provenían de las mismas militantes de izquierda que veían el machismo en sus organizaciones y políticas, herencia del estalinismo -que por entonces era considerado “el” marxismo- y lo cuestionaron de forma radical.

De esta época podemos extraer interesantes lecciones: mientras las feministas radicales planteaban que “la opresión de las mujeres no es solamente una simple consecuencia del Sistema, sino un sistema específico de dominación en que la mujer es definida en términos del varón”, el sector más cercano al feminismo socialista no podía dejar de ver a los varones de la clase trabajadora y racializados “como víctimas del sistema, y de enfatizar el no enfrentamiento con éstos” (de Miguel, 2011).

Estos debates permitieron al movimiento de mujeres y disidencias comprender mucho más profundamente las implicancias del patriarcado en nuestras vidas. Pero además llevó a muchas feministas a romper políticamente con las organizaciones mixtas y generar sus propios espacios, sólo de mujeres. Las socialistas, anti-racistas y activistas LGTBIQ+ no consideraban la existencia de organizaciones de mujeres como algo problemático en sí mismo, pero sí criticaron esta reivindicación del feminismo radical de una supuesta “esencia común” femenina, construida desde el imaginario heterosexual, blanco y burgués. Todos estos sectores, con matices, veían como necesaria la unidad con los varones proletarios para derrotar al sistema. Mucha agua ha pasado bajo el puente, y desde entonces, los feminismos no han cesado de proliferar.

Marxismo y feminismo

Contrario a la caricatura que se ha difundido durante décadas por parte de diversos sectores del feminismo, para la teoría y práctica revolucionaria marxista, el problema de la opresión de género históricamente ha constituido una preocupación central, y no una “lucha secundaria”.
Como apunta claramente D’Atri, A (2004):
“(...) Marx y Engels -pero sobre todo este último- insistieron en la existencia de la opresión de las mujeres en todas las sociedades con Estado -y no sólo en el capitalismo-, vinculando el patriarcado a la existencia de las clases sociales”.

El feminismo socialista (o feminismo marxista), a diferencia de otras corrientes teórico-políticas del feminismo actual, propone que capitalismo y patriarcado no consisten sistemas autónomos que se relacionan convenientemente entre sí, sino que el capitalismo, como forma de la sociedad de clases, lleva integradas en su seno, en las relaciones sociales de producción, la relaciones de opresión patriarcal y racista. Es por ello que la explotación es discriminatoria -solo un sector de la sociedad tiene derecho a vivir sin ser explotada/oprimida- y a la vez explota “sistemáticamente toda forma de opresión” (Amorós, C. 1991. Citado en D’Atri, A. 2004) para el beneficio de los explotadores.

Martínez (2020) sintetiza esta noción definiendo el capitalismo como una “máquina infernal de dominación imperialista” que
“se valió cada vez más de las profundas diferencias que encontraba a su paso para poner a competir unos pueblos oprimidos contra otros y exacerbó las diferencias de género, “raza” y nación para sus propios fines”.

Entendemos entonces la relación entre la explotación y la opresión, no como cuestiones “paralelas” sino parte de un mismo todo: la necesidad del capitalismo de reproducir la opresión para incrementar sus ganancias y sostener ideológicamente su modelo de sociedad. Por eso las feministas socialistas sostenemos que la emancipación de las mujeres y disidencias no puede realizarse sin la destrucción del sistema capitalista, que sostiene y reproduce la violencia patriarcal y racista en todos sus niveles.

La estrategia política consecuente con esta definición y análisis dista bastante de la posición del “feminismo del 99%”, terreno en el cual se inscriben reconocidas teóricas feministas de izquierda contemporáneas, tales como Bhattacharya, Arruzza, o Fraser, que reivindican sectores del feminismo local como la Coordinadora 8 de Marzo. Si bien entre estas teóricas, -por solo mencionar algunas referentes- tienen diferencias, proponen con mayor o menor énfasis una perspectiva interclasista (99% de la sociedad versus el 1% más rico) y ciudadana de la lucha. El problema es que la suma de todas las luchas no hará caer al sistema que nos ha dominado durante siglos. Esa unidad es necesaria, pero insuficiente. En palabras de Martínez, J. (2021): “La extensión de los movimientos de solidaridad y la resistencia no alcanza como estrategia para derrotar al capitalismo”.

El feminismo socialista, por el vértice opuesto a una perspectiva interclasista, afirma su independencia de cualquier burgués(a) por más progresista que sea, y desconfía abiertamente del Estado capitalista, que es patriarcal en su ADN, para ser garante de las legítimas reivindicaciones de mujeres y disidencias en la batalla por terminar con el capitalismo y toda su violencia. Por eso, el feminismo socialista rechaza toda política que apunte a fortalecer los métodos represivos del Estado, desde una perspectiva anti-carcelaria; y reivindica el derecho a la autodeterminación de los pueblos y naciones oprimidas, contra las intentonas de dominación, cooptación y desvío de los Estados opresores.

Como feministas socialistas, no podemos eludir la importancia estratégica de azuzar la acción y organización independiente y decisiva de la clase trabajadora, sepulturera del capital. Para echar abajo este entramado de opresión y explotación, característico de la sociedad de clases, es fundamental articular y consolidar una fuerza social capaz de oponerse al poder burgués y sus fuerzas represivas. Para nosotres, esa fuerza es el proletariado, la clase obrera mundial; compuesta por personas de todos los géneros, razas y nacionalidades.

Es necesario desmontar la caricatura que existe del marxismo sobre la cuestión de género. Esto implica no solamente reconocer el desarrollo teórico y militante de las feministas socialistas que nos preceden -que por supuesto no hemos podido nombrarlas a todas- y los mismos aportes que podemos recuperar del marxismo clásico y la estrategia revolucionaria para la lucha por la emancipación de mujeres y disidencias.

Requiere además, señalar de forma contundente que en nombre del marxismo se cometieron un montón de atrocidades y se reprodujeron lógicas tremendamente patriarcales. Principalmente, la responsabilidad política de aquello recae sobre la herencia de la burocracia estalinista en la izquierda, que como enunciamos, consideró el problema de género como algo ya resuelto en los mal llamados “socialismos reales”; como un problema para “después de la revolución” en los países de Occidente, y en los peores casos, directamente como una preocupación burguesa que dividía al movimiento obrero.

Desmontar la caricatura significa impulsar el feminismo socialista en oposición a esas nociones, de manera organizada, consciente y sistemática. El feminismo socialista contemporáneo se propone erradicar las divisiones y prejuicios que ha impuesto la burguesía sobre el proletariado y levantar nuevas -y fundamentales- contribuciones estratégicas a un proyecto político para la emancipación del conjunto de la humanidad.

Apostamos a su impulso puesto que constituye un horizonte de liberación que -aunque suene contradictorio- es lo opuesto a una utopía. La verdadera utopía es creer que podemos emanciparnos en este sistema. Mientras existan pobres, mientras exista la explotación, habrán mujeres y disidencias arrojadas a la miseria. Quizás será invisible para algunas, que en un futuro hipotético ya habrán superado el “techo de cristal” que les impide actualmente tener los privilegios del poder burgués. Pero para las personas obreras y populares, sólo se profundizará la histórica violencia capitalista en razón de género, raza y clase. El feminismo socialista lucha por alcanzar todas las herramientas que permitan a mujeres y disidencias sexogenéricas estar en igualdad de condiciones con el resto de oprimidos y explotados en la lucha contra el capitalismo, y por una revolución social que abra el camino hacia la liberación definitiva de todas las cadenas que nos oprimen (D’Atri, 2013).

Abran paso a las trabajadoras: las manos capaces de transformarlo todo

Para nadie resulta una novedad que la fisonomía y composición de la clase trabajadora ha cambiado en todo el mundo, desde el inicio de las reflexiones contra el capitalismo como sistema. No obstante, y pese a lo que pregonaron filósofos, sociólogos y políticos a finales del siglo XX, no se acabaron los grandes relatos ni se acabó la clase obrera: por el contrario, hoy es una fuerza social gigantesca compuesta por más de 3300 millones de personas en todo el mundo, de las cuales mujeres y disidencias sexogenéricas representan más del 40% .
La guerra actual en Ucrania, las revueltas en todo el mundo y la crisis económica y sanitaria global hacen que la “época de crisis, guerras y revoluciones’’ mantenga enteramente su vigencia como marco de análisis del imperialismo, etapa superior del capitalismo.

Cuando hablamos de los cambios en la fisonomía y composición de la clase obrera, nos referimos a que no contemplamos únicamente al proletario industrial, varón, de países desarrollados. Hoy la masa trabajadora es ampliamente feminizada, migrante, racializada.

Precarizades, con bajos salarios y con la mayoría de los empleos informales: esta desigualdad en los empleos feminizados es tanto por la debilidad del movimiento obrero y sus sindicatos, controlados por burocracias con intereses propios, como por el estancamiento del salario. Estas cuestiones han aportado sustantivamente al aumento generalizado de las tasas de explotación de la fuerza de trabajo de mujeres y disidencias: un reciente estudio de Amnistía Internacional (2020) sostiene que “Aunque las mujeres realizan el 66% del trabajo en el mundo y producen el 50% de los alimentos, solo reciben el 10% de los ingresos y poseen el 1% de la propiedad”. En Chile, más de un 65% de personas sin trabajo remunerado son mujeres, siendo aproximadamente el 40% de la masa asalariada, con un salario de 260.000 en promedio el 42% de ellas, es decir, menos del sueldo mínimo. Por otro lado, la tasa de sindicalización de mujeres y disidencias es baja: apenas supera el 35% (Piquete Jurídico Sindical, 2022).
Hoy las mujeres y disidencias de la clase trabajadora no solamente tienen un peso significativo en la clase trabajadora, sino además ocupan lugares claves de la economía que tienen la potencia de desarrollar hegemonía hacia amplias mayorías de la sociedad, como lo son los sectores de la salud, educación y servicios. No obstante, como bien alerta Martínez (2021): “que se pueda hacer efectiva esa potencialidad hegemónica de la clase obrera dependerá más de la política que se adopte, que de su composición “sociológica” o si se trata de trabajos productivos o de la reproducción social”.
En pleno 2022, tras dos años de pandemia, muchas mujeres y disidencias han hecho consciente cómo su trabajo -remunerado o no- es esencial para el funcionamiento de la sociedad. Pero muchas no pudieron volver a trabajar con salario, puesto que debían realizar tareas de cuidado y labores domésticas no remuneradas, producto de las enfermedades, el cierre de las escuelas y el desempleo.
Sin embargo, esta situación no ha logrado amedrentar del todo a trabajadoras de la salud y la educación, que vivieron la peor cara del COVID-19 y aún así han salido a pelear por sus reivindicaciones. Como ejemplos en Chile, está la huelga de trabajadoras de aseo del sindicato Siglo XXI en el Hospital de Antofagasta, o las tomas de salas cunas y jardines infantiles de las trabajadoras de INTEGRA en Peñalolén, Santiago. Ambas luchas lograron amplia simpatía de usuarios del sistema de salud, en el caso de Siglo XXI, y padres y madres de infantes en el caso de INTEGRA. En lugar de enfrentar a sectores de la sociedad, estas mujeres mostraron un camino para enfrentar la injusticia.
Es también eso lo que está en juego: que gracias a la experiencia de politización y organización del movimiento de mujeres y disidencias es posible jugar un rol dinamizador y de avanzada en el combate por una sociedad sin opresión ni explotación. Que a la vez que impregna de sus demandas a la clase obrera, puje por sacar a las burocracias sindicales que adormilan al movimiento obrero; que mientras impulsa comisiones de mujeres en los lugares de trabajo y estudio, pelee por la autoorganización de les trabajadores contra la dictadura del capital. Para eso, es necesario construir una organización que tome en sus manos esa tarea como prioritaria: articular la fuerza para vencer. Esa es la invitación que, fraternalmente, extendemos a todes quienes quieran hacerse parte de este apasionante desafío histórico: por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres.

Bibliografía

https://www.lemondediplomatique.cl/situacion-de-la-mujer-trabajadora-y-los-desafios-para-la-lucha-sindical.html
https://vientosur.info/clase-obrera-mundial-crecimiento-cambio-y-rebelion/#sdendnote21sym
La emancipación de las mujeres en tiempos de crisis mundial (2013, lif y datri
Lise Vogel (1979) Feminismo y Marxismo
https://web.ua.es/es/sedealicante/documentos/programa-de-actividades/2018-2019/los-feminismos-a-traves-de-la-historia.pdf

«Patriarcado y capitalismo: feminismo, clase y diversidad» por Josefina L. Martínez y Cynthia Luz Burgueño Leiva (Akal, 2019)
https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/blog/historia/articulo/la-pobreza-tiene-genero/
https://omegalfa.es/downloadfile.php?file=libros/marxismo-y-feminismo

ONU Mujeres (2015) Hechos y cifras: Empoderamiento económico. https://www.unwomen.org/es/what-we-do/economic-empowerment/facts-and-figures
Ana de Miguel - Los feminismos a través de la Historia
https://www.marxists.org/espanol/kollontai/1907/001.htm
https://www.ine.cl/docs/default-source/genero/documentos-de-an%C3%A1lisis/documentos/g%C3%A9nero-y-empleo-impacto-de-la-crisis-econ%C3%B3mica-por-covid19.pdf

¿Feminismo de la reproducción social o feminismo socialista? A propósito de un libro de Susan Ferguson Josefina L. Martínez

https://www.izquierdadiario.es/Racismo-capitalismo-y-lucha-de-clases
https://kolectivoporoto.cl/wp-content/uploads/2015/11/DAtri-Andrea-Pan-y-Rosas.pdf
Pan y Rosas, D’Atri (2013)
D’Atri 2004: Feminismo y Marxismo: Más de 30 años de controversias


[1(Burgueño, C. y Martínez, J.L. 2019)





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