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Fukuyama en Chile: identidad de clase y democracia liberal

Hace unos días atrás, el prestigioso politólogo Norteamericano - célebre por su libro “El fin de la Historia” - Conversó con Daniel Matamala en un programa en CNN en donde entre otras cosas analizaba el auge de los populismo de derecha, el deterioro de la democracia global y la necesidad de identidades por parte de los trabajadores. Además de entregar una crítica a la izquierda en cuanto esta no toma en consideración las identidades surgidas en el siglo actual.

Domingo 26 de mayo

Hacen eco las palabras de quien fuese polémicamente el hombre que dijera que la historia había muerto en los años 90. Muerte entendida como la coronación última de la democracia capitalista como mejor sistema de gobierno después de la caída de la URSS. Muerte del antagonismo y de la lucha de clases, los "ismos" (marxismo, anarquismo, etcétera) fueron, para él, sustituidos por los pos y los neo.

Matamala abre la conversación preguntando sobre el último libro de Fukuyama: “Identidad” ¿Por qué? “es un intento de explicar el por qué del populismo global” - dice - “Trump, el Brexit en Gran Bretaña, el ascenso de Bolsonaro en Brasil, Italia y la nueva conformación de ultraderecha elevándose” [...] “Algo pasa en la política” Se pregunta retóricamente, “aumentó el populismo global en términos de la necesidad de identidad” ¿y la necesidad económica? Interviene en algún momento Matamala. ¿Qué ocurre con la necesidad económica? “Si fuese por la necesidad económica habría un populismo de izquierda” - responde el académico - “los líderes de izquierda no quieren hablar de la nación, son universalistas. La izquierda asocia la nación a un patriotismo agresivo. Resultado, la derecha se nutre porque ellos si quieren esa nación patriótica” - hablan de ella. La defienden.

Algunas claves centrales del discurso de Fukuyama durante la entrevista parecen ser: la democracia liberal como fin último a defender - y mantener -; la identidad - de las comunidades / naciones -; y el o los populismo de derecha como hegemónicos en el panorama político actual.

Fukuyama y la democracia liberal

Fukuyama cataloga el auge del populismo [de derecha] como síntoma de una democracia erosionada - degradada -, producto de las políticas de la socialdemocracia tradicional y - para él - la idea errada de la izquierda clásica en seguir impulsando como “significante nodular de identidad” a la clase obrera. La izquierda para Fukuyama sigue utilizando este grupo de manera universal aún cuando en este siglo, existen una multitud de grupos - marginales - que ya no se verían representados en ese significante clásico del “proletario”.

Por otro lado y bajo esa suposición, Fukuyama describe peligros en los populismos de derecha en cuanto daño para la democracia que - en él - sería el fin último de las sociedades. Hipótesis concordante con su antigua aseveración de “fin de la historia y el último hombre”.

Respondemos a este supuesto hipotético fukuyanista con la siguiente cita, rescatada de la revista Estrategia Internacional de la Fracción Trotskista Cuarta Internacional: “Los teóricos posmodernos de la democracia plural han reemplazado la gran aspiración a la emancipación de la explotación asalariada, por un retorno vulgar a viejos conceptos de la teoría liberal, tales como los valores universales de ciudadanía e igualdad”(Emilio Albamonte y Claudia Cinatti). Lo que políticamente se traduce en una secuencia sistemática de “prácticas reformistas” - como dirían Albamonte y Cinatti - disfrazadas en algunos casos de democracia radical. Radicalidad al más puro estilo de T. Negri y el autonomismo.

Fukuyama nombra a la democracia como el orden político último en donde se desarrollan por igual los ciudadanos, pero olvida a voluntad por lo que se puede observar en su entrevista, que esta igualdad - jurídica - no implica un no dominio de clase por parte del Estado aún en las democracias más desarrolladas.

Así y retomando el tópico de Eduard Bernstein (padre del reformismo y revisionismo Alemán de la socialdemocracia), pareciera creer - ilusamente - que en la radicalidad democrática entendida como “ampliación de derechos, participación democrática y renegociación ciudadana” (2) se encontraría esa fórmula necesaria para el proletariado (aunque él no da el nombre) para “anular los aspectos de dominio de clase del estado burgués” (3).

De esta manera además, volvemos al viejo intento de nublar un horizonte revolucionario - de quiebre radical con el capitalismo - cayendo en la vieja trampa del socialismo desde estados democráticos previos, la ilusión de que se puede alcanzar el socialismo por vía democrática (la "vía chilena al socialismo" que terminó con la tragedia del golpe del 73’). Apuesta conveniente para un teórico liberal como Fukuyama, pero que se encuentra en serias contradicciones incluso internas del discurso, pues vemos que es el mismo académico quien palabras después refiere que aún en EEUU hay perversión de la democracia por elites económicas que degradan al Estado y juegan con la democracia y la política por beneficios privados. Esa misma contradicción la podemos encontrar luego cuando habla de Chile como un Estado eficaz, pero desconoce este teórico liberal los casos de corrupción que proliferan y ramifican en esta democracia chilena “tan eficaz”. Desconoce el clientelismo de grupos y partidos políticos dentro del Parlamento para con empresas y grupos económicos de poder en Chile - es solo ver a Lusic y compañía.

¿De qué democracia sin clases habla Fukuyama? De una utopía tal vez, pero acaso ¿No se nos dice a nosotros o nosotras, revolucionarios de la clase obrera, ser lo utópicos?

Sujeto de la identidad

En sus escritos sobre la revolución, Hannah Arendt (filósofa y politóloga Alemana) habría destacado que Marx fue el primero en unir (cuestión social que hace referencia a las necesidad en cuanto a escaces de recursos “perentorias para el pueblo”) y (cuestión política) transformando esto en la conocida fórmula “lo social en político”.

Es necesario rescatar esta primera parte de Arendt, este recuerdo, en cuanto crítica al segundo lugar común que aparece en el discurso fukuyanista: la identidad del proletario perdida. Dice éste que parte de ese populismo [de derecha], además de degradar esa democracia platónica que defiende, surge como respuesta ante la ceguera de la izquierda [clásica] para reconocer a los grupos “marginales” de la sociedad que prestan esa identificación que el significante proletario ya no logra otorgar.

Así la comunidad “LGTBI”, el feminismo, los y las inmigrantes, la comunidad negra, etcétera, serían los nuevos significantes nodulares que entregarían lo que la palabra proletario ya no otorga: identidad, pertenencia. Ya no soy proletario - dice Fukuyama - ahora quiero ser esto otro que “sí me representa”. Un significante sin embargo, acotado, restringido a la otra idea que toma el académico: La Nación, La Patria. La izquierda al no darle importancia a la patria, no identifica y, por ende, grupos de “trabajadores antes de izquierda ahora votan por Trump, por Bolsonaro, apoyan a los grupos italianos de ultraderecha”.

Fukuyama ignora u olvida que el grupo “clase obrera” y el significante “proletario” existe - a priori - en cuanto fenómeno producido por las condiciones y relaciones económicas existentes aún en el capitalismo más estable y la democracia más desarrollada.

Olvida (o quiere olvidar) también que los marxistas comprendemos a la clase obrera en su dimensión estratégica, esto es, en su potencialidad para atacar el corazón de capitalismo, dimensión que si bien es objetiva, el paso entre lo que Marx llamaba clase "en sí" a clase "para sí" se conquista y no viene dada.

Junto con ello, lo que él determina como “grupos marginales” a los cuales ahora la clase obrera intenta identificarse son fenómenos que existen y existieron, no son nuevos. Utiliza el concepto de “identidad” para elaborar de la peor manera posible una retórica que - a la fuerza - justifique su proposición anterior de “ciudadanía” y “democracia” como fin último de la historia.






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