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SEMANARIO

Hegemonía: clásica y contemporánea

Juan Dal Maso

Hegemonía: clásica y contemporánea

Juan Dal Maso

A propósito de un libro de Giuseppe Cospito.

Egemonia. Da Omero ai Gender Studies (il Mulino, 2021) ha sido publicado recientemente en Italia por Giuseppe Cospito, docente de la Universidad de Pavía e integrante del equipo, encabezado por Gianni Francioni, que trabaja en la nueva edición crítica de los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci.

Centrado en las peripecias del concepto de hegemonía, el libro aparece como una combinación de investigación histórica, filológica y teórica y se compone de siete capítulos, que van desde el origen griego del concepto hasta las discusiones posteriores a Gramsci y los debates actuales.

Para nuevo, está lo clásico

Como muchos otros conceptos utilizados por la filosofía y la teoría política de la actualidad, hegemonía es un término que surge en la Grecia antigua. La hegemonía (literalmente, "jefatura") era el rol de mando que se asignaba a una entre todas las ciudades-Estado de Grecia cuando establecían una alianza entre ellas para combatir un enemigo extranjero, como el Imperio Persa. En el primer capítulo de su libro, Cospito reconstruye el trayecto del concepto desde ciertas apariciones en los poemas épicos de Homero, pasando luego a su utilización por Herodoto en sus Historias (siglo V a.c.), tanto en la acepción de "ir adelante" que ya había aparecido en La Odisea como del comando militar. Herodoto presentaba una característica de la hegemonía que se mantendría posteriormente en las interpretaciones más influyentes del concepto: la idea de una dirección basada no solamente en la fuerza militar sino también y sobre todo en la legitimación política: la hegemonía de Atenas era la dirección basada en la alianza de ciudades libres que decidían luchar unidas contra un poder dictatorial basado en una sola persona. Herodoto presentaba, anota Cospito de paso, también la contraposición entre Oriente y Occidente, destinada a prevalecer posteriormente en un amplio espectro de pensadores y teorías. Ambas cuestiones se anudaban en una cierta representación ideológica de los griegos sobre la superioridad de su propia organización social y política respecto de las demás, pero la concepción quedaba clara: la dirección no podía ejercerse solamente sobre la base de la superioridad militar. Cospito señala también aquí el origen de otra discusión que sigue presente en nuestra actualidad y es la de las vinculaciones entre hegemonía y democracia, sobre lo que volveremos más adelante. También rescata el autor las opiniones de Tucídides (s. V a.c.) sobre que la pérdida de hegemonía ateniense había tenido lugar cuando Atenas había pretendido conducir a los estados aliados en base a la imposición de su autoridad e intentando reducirlos a una posición de "servidumbre". Esta comprensión de la hegemonía en términos de supremacía basada en la fuerza era la que siempre Atenas había reprochado a la otra gran ciudad-Estado de la antigüedad griega: Esparta. Esta contraposición entre Atenas y Esparta aparecerá también en las reflexiones de Jenofonte (s. IV a.c.) e Isócrates (ídem), quien proponía a sus contemporáneos la homología, es decir la alianza sobre la base del reconocimiento de la igualdad de sus integrantes. Señala Cospito que posteriormente, a partir de las trayectorias de Filipo de Macedonia y su hijo Alejandro (más conocido como Alejandro Magno), el término de hegemonía vuelve a aparecer en el sentido del liderazgo militar, más que político. Así se lo puede encontrar en las obras de Polibio, Estrabón, Plutarco y otros.

Nuestra palabra clave aparece también en el léxico de Platón y Aristóteles. En el primero, la hegemonía oscila entre una concepción de conducción militar y otra de dirección política (según Platón reservada a los filósofos, en una república de la que estaban segregados los esclavos). En Aristóteles, junto con el tradicional significado del mando militar depositado en el comandante, aparece también como dirección de una ciudad en la alianza establecida con otras, así como al interior de la ciudad-estado o polis. Aristóteles inaugura la expresión hegemonía política que utiliza para pensar la dirección de ciudades reconocidas como pares (autonomía, otro concepto surgido paralelamente al de hegemonía y que también lo acompaña en su viaje por los tiempos modernos) a diferencia de la dominación ejercida sobre los pueblos no helenos. Anotemos que, paralelamente y relacionados con estos desarrollos, aparece también un uso médico del concepto para pensar las relaciones entre los órganos del cuerpo y a cuál darle centralidad o preeminencia respecto de los otros, que dicho sea de paso pone en evidencia cierta afinidad del término con las concepciones orgánicas más que con las mecanicistas.

El eclipse romano: ¿dictadura versus hegemonía?

En el segundo capítulo, Cospito aborda la historia de nuestro concepto en Roma. Destaca que el término hegemonía no tiene equivalente en la lengua latina. La dictadura, institución romana por excelencia, aparece como la causante de una larga interrupción del uso del concepto de hegemonía. Pero destaca Cospito que la contraposición aparente entre la hegemonía griega y la dictadura romana es problemática. En efecto, la dictadura en la antigua Roma, siguiendo a Tito Livio (rescatado siglos después por Maquiavelo en sus célebres Discursos) era un gobierno investido de poderes excepcionales, pero durante un lapso limitado de tiempo y tenía la función de equilibrar la balanza social en favor de las clases populares, surgiendo concretamente como garantía contra las tentativas de restauración monárquica. De ahí también el uso que hiciera Marx de la figura de la dictadura del proletariado que en su pensamiento tenía similares características que la institución de la dictadura romana y -al nivel en que Marx logró esbozar una concepción cercana al concepto de hegemonía del marxismo posterior- tampoco se contraponía al ejercicio de la hegemonía por parte del proletariado (volveremos sobre esto más adelante). Con el advenimiento del Imperio y la figura del César, la imagen del dictador popular retrocede. Aquí la problemática de la hegemonía se traslada de la relación entre las clases de la sociedad romana a la que establecieron los romanos con los pueblos sojuzgados bajo su imperio, en cuya representación operan, al igual que en el ejemplo griego, cierta auto-indulgencia ideológica (representarse el ejercicio de la propia dominación como positivo para los dominados), pero también formas de legitimación que los romanos buscaron agregar a su potencia militar. Es así que en el siglo I a.c. el término imperium pasa a tener cierto carácter similar al de hegemonía en la antigua Grecia. Por eso, Augusto afirmaba haber asumido el mando supremo por "consenso universal" (al igual que otros emperadores posteriores). Cospito recoge diversas referencias de este largo período de eclipse del uso explícito del concepto de hegemonía pero de supervivencia del mismo bajo otras formas en obras tan diversas como el evangelio según San Lucas, los escritos de Cicerón, Séneca y otros, cerrando este capítulo con un breve apartado sobre la continuidad del uso del término en las reflexiones antropológicas ligadas a las cuestiones médicas.

Entre el Medioevo y la Edad Moderna

Prosigue Cospito con las peripecias de nuestra heroína la hegemonía y nos cuenta en el tercer capítulo que el término desaparece de la reflexión escrita en Europa durante el Medioevo. Textos escritos en latín, en un contexto de dominación de la Iglesia católica no ofrecen lugar para concepciones de un poder basado en otra cosa que una autoridad incuestionable. Parecería que aquí termina el asunto, pero resulta que no es tan sencillo. Apoyándose en estudios recientes, Cospito destaca el carácter democrático y por esa vía hegemónico de las corporaciones (que se remontan a los fines del Imperio Romano) y de las instituciones comunales que luego darán lugar a las ciudades-Estado como Florencia en los orígenes de la Edad Moderna. Nuestra palabra clave sigue sin aparecer en los primeros escritos no ya en latín sino en vulgar, entre los cuales se encuentran las obras de Maquiavelo, que por supuesto, más allá de que no utilice el término, contiene una concepción de hegemonía en su pensamiento: reivindicación de la dictadura romana, recomendación de la combinación de buenas leyes y buenas armas, etc., todas las cuales indican el interés de Maquiavelo en la constitución de un poder político con apoyo popular. Jean Bodin, Giovanni Botero, Juan Ginés de Sepúlveda, serán otros nombres invocados para dar cuenta de esta situación en la cual múltiples autores aluden a la hegemonía sin nombrarla (no será la primera ni la última vez en darse esta circunstancia), así como diversas traducciones de Aristóteles y otros autores de la antigüedad griega en las que sí aparece el término pero sin afectar el marco general de relativa desaparición de la referencia explícita al mismo en la reflexión filosófica y política.

El siglo XIX: de los diccionarios al mando del Estado

El desarrollo de las lenguas nacionales ofreció nuevas posibilidades para nuestra sacrificada palabra clave, a la cual Cospito redescubre, en el cuarto capítulo de su libro, en diversos diccionarios de los siglos XVIII y XIX. De una extraña palabra griega pasa a ocupar un pequeño lugar en los léxicos del italiano, francés, inglés y alemán, ganando luego cierta importancia en el terreno del debate sobre las relaciones entre los Estados o entre las regiones que aspiran a unificar sus respectivas naciones en Estados (Prusia y Piamonte). Autores como Martín Wieland, en un trabajo de 1796, y otros autores en textos posteriores, retoman la referencia a la diferencia entre la hegemonía ateniense y la espartana; mientras que Paul Pfizer afirma en 1831 en su Epistolario entre dos alemanes que Prusia debe ejercer la hegemonía sobre toda Alemania. Dos años después, Droysen sale al ruedo con su Alejandro Magno, en el cual el paralelo entre Macedonia y Prusia es indisimulable aunque se mantiene implícito, a diferencia de su obra posterior, titulada Historia de la política prusiana (1855-56). Mientras tanto, no aparece el término en la obra de Leopold Von Ranke, aunque su libro Las grandes potencias es un clásico de la reflexión sobre la política internacional y apunta en diversos aspectos a una idea de hegemonía a través de los conceptos de equilibro y balance de poderes. Apareciendo y desapareciendo, la hegemonía se insinúa o protagoniza abiertamente las reflexiones sobre el problema del Estado y el rol de Prusia y Alemania en Europa, en la obra de diversos autores, entre ellos Theodor Mommsen, Hintz y posteriormente Heinrich Trieppel, que en su libro Hegemonía retomó la reflexión en torno a la problemática, utilizando el concepto de manera explícita, acercando su sentido al de predominio o supremacía, para reflexionar sobre la política interestatal, desde una perspectiva nacionalista.

En Italia, nuestra palabra clave reaparece en el trabajo de Vincenzo Gioberti De la renovación civil de Italia (1851). Pensando el problema de la hegemonía piamontesa para Italia, Gioberti señala que la hegemonía es una "especie de primado" de "mayoría ni legal ni jurídica" sino de "eficacia moral" que "entre provincias congéneres, con la misma lengua y connacionales, una ejerce sobre las otras". Apela a la experiencia griega para decir que en la antigüedad la hegemonía se ejercía mediante la combinación de las armas y la cultura y señala que en la edad moderna ambas formas se utilizan por separado, la segunda de forma ordinaria mediante la "influencia" y la primera de forma extraordinaria, cuando es necesario. Por el contrario, para Amedeo Peyron, abate turinés y senador por Cerdeña en La hegemonía de los griegos, la hegemonía no podía ser la solución para la unidad italiana, porque las luchas por la hegemonía habían debilitado y dividido a Grecia. Con posterioridad a Gioberti, cuya lectura encuentra más aceptación que la de Peyron, el término comienza a ser utilizado también en el ámbito lingüístico.

El debate marxista: un nuevo comienzo

Con todas las fatigas del recorrido anterior, hemos llegado recién al comienzo, o mejor dicho, a un nuevo comienzo que implica cambios fundamentales en la reapropiación del término hegemonía por una tradición de pensamiento que le otorga una funcionalidad específica y también un sentido distinto a los usos anteriores. Y por tanto, se renuevan las peripecias de nuestra palabra clave. Al interior de la tradición marxista (y su posterior deformación por el stalinismo), se pueden verificar procesos parecidos a los que Cospito destaca en toda la trayectoria anterior del concepto: usos explícitos, usos elípticos, usos sistemáticos, usos asistemáticos e incluso ocasionales, restricciones y ampliaciones de su sentido y también la desaparición lisa y llana.

Inicia Cospito esta nueva etapa señalando, en el capítulo quinto, que mientras en Alemania se afirma el concepto en el campo de investigación de lo que hoy llamamos "relaciones internacionales", no aparece en los escritos de Marx y Engels. Aquí el autor retoma la problemática de la dictadura del proletariado, recuperando la historia del concepto en Marx, desde La lucha de clases en Francia (1850), pasando por la carta a Weydemeyer de marzo de 1852, despareciendo luego del léxico de Marx y Engels hasta el balance de la Comuna de París y la crítica del Programa de Gotha. En el caso de Marx, aunque Cospito no lo afirma taxativamente, la dictadura del proletariado no se contrapone con una concepción de la política pensada en términos de hegemonía, toda vez que para Marx la dictadura (y esto sí lo dice Cospito) revestía las características de transitoriedad, limitación en el tiempo y defensa del interés popular que la definían en la antigua Roma, como ya señalamos antes [1]. Por su parte, Engels, en la crítica del programa de Erfurt había ligado la república democrática con la dictadura del proletariado, retomando el ejemplo de la Revolución Francesa. Estas referencias sirven para Cospito a los fines de diferenciar la concepción de Marx y Engels de la falsa identificación entre marxismo y stalinismo. Prosigue Cospito con que en los años de la Segunda Internacional, el propio Engels reintroduce la problemática de la hegemonía, sin usar el concepto, haciendo referencia a la necesidad de ganar el consenso de las masas trabajadoras del sector agrícola, sobre las que el SPD no tenía influencia. Pero es en el debate del marxismo ruso que el término hace su aparición explícita en el ámbito marxista, con Axelrod y Plejanov, después apropiado por Lenin y los bolcheviques. El concepto de hegemonía en los marcos del marxismo ruso buscaba dar cuenta del problema de cómo hacer una revolución en un país con aplastante mayoría campesina. La clase trabajadora, el proletariado debía ejercer su hegemonía respecto del campesinado para, mediante ella, llevar adelante la revolución democrático-burguesa (acorde a la teorización original de Lenin modificada posteriormente con las Tesis de Abril y El Estado y la revolución en 1917). La fórmula de la "hegemonía del proletariado" sintetiza esta idea. Cospito hace referencia también a que Trotsky utilizaba el concepto de hegemonía antes de 1917, pero que su concepción economicista del movimiento histórico le impide desarrollar su potencialidad, quedando muy parecido al concepto de dictadura. Esta afirmación no se corresponde con la obra de Trotsky, que registra un uso prolongando, aunque asistemático, en muchos casos explícito y en otros elíptico del concepto desde 1905 hasta 1939, destacándose su relación con el de "dualidad de poderes", pero abarcando también la cuestión de la transición al socialismo y las relaciones internacionales [2]. Cabe aclarar que Cospito matiza su afirmación sobre Trotsky en una nota de pie, pero entonces no queda claro por qué afirma lo anterior en el texto principal. Prosigue Cospito con los debates de los años 1924-26, con intervenciones de Bujarin, Zinoviev y Stalin contra Trotsky a propósito de sobre cómo establecer la alianza entre el proletariado y el campesinado y una correcta relación entre la industria y la agricultura soviéticas, y su posterior desaparición del debate en el marco de la colectivización forzosa y la política internacional del "tercer período" de la Comintern.

Gramsci: hegemonía y cuestión de clase

En el capítulo sexto, por fin nuestra palabra clave se ha encontrado con su mayor cultor. Debemos decir que aquí Cospito evita con eficacia un repaso por lo obvio de la cuestión en Gramsci. Con la misma paciencia con la que hizo el trayecto anterior desde la antigua Grecia, se da la tarea de reconstruir la utilización del concepto de hegemonía en Gramsci, desde sus escritos periodísticos de la primera posguerra hasta los Cuadernos de la cárcel. Resulta interesante ver, a partir de la reconstrucción de Cospito, la dilatada trayectoria del término en la producción escrita de Gramsci, desde una primera versión en la que la hegemonía se refiere especialmente a la función de dominio de la potencia mundial, pero también de la primacía al interior de Italia de determinados grupos de capitalistas, pasando por la adopción de la consigna bolchevique de "hegemonía del proletariado" para pensar las relaciones entre el campesinado del sur y las islas y el proletariado del norte, en trabajos de los años 1924-26, y posteriormente en sus reflexiones carcelarias, en las que asistimos a una ampliación importantísima del concepto.

Cospito reconstruye la cuestión de la hegemonía en los Cuadernos, abarcando diversos problemas: ¿Cuál es la acepción particular que Gramsci le da al concepto de hegemonía política? ¿Sobre qué terreno se desarrollan los conflictos hegemónicos? ¿Cuáles son sus actores? ¿Cuál es el paradigma teórico de referencia para este conjunto de temáticas?

Prosigue entonces Cospito señalando que Gramsci piensa mediante la hegemonía el problema de la dirección política, combinando las dimensiones de clase dirigente (de los sectores aliados) y dominante (respecto de las clases enemigas). Hay una cierta oscilación en Gramsci entre si la hegemonía es la dirección o la suma de dirección y dominación. En cualquier caso, para Gramsci no es posible hegemonía solamente en base a la dominación. La crisis del régimen parlamentario posterior a la guerra y al ascenso revolucionario iniciado por la Revolución rusa, plantea una crisis para el modo "normal" de ejercicio de la hegemonía y da lugar a formas "corporativas" que van desde el fascismo hasta el stalinismo, con todas las diferencias del caso y con una amplia gama de formas intermedias cesaristas o bonapartistas, temas que Gramsci recoge en sus reflexiones sobre el Estado integral, la guerra de posición y otros. Lo que más interesa a Cospito, retomando sus reflexiones de El ritmo del pensamiento de Gramsci es el tema del alejamiento de Gramsci respecto de un paradigma que el autor llama "clasista". Para Cospito, correlativamente con la superación de la metáfora marxiana de la estructura y la superestructura utilizada como esquema rígido, mediante la formulación del análisis de situaciones y relaciones de fuerzas, Gramsci se aleja de un paradigma centrado en la clase, respecto de la cual establece la mediación de los intelectuales. Aquí Cospito realiza un movimiento que no resulta del todo convincente, sobre todo en una época en la que el enfoque de clase es extremadamente impopular en los ámbitos académicos. Acorde a la propia concepción de Gramsci sobre la hegemonía, ¿es atinado decir que se aleja del punto de vista de clase o sería más adecuado decir que lo complejiza y lo expande a un nivel que combina la tentativa de superar el economicismo con la de mantener un punto de vista de clase? ¿No señala el propio Gramsci que los intelectuales orgánicos son intelectuales de una clase? ¿No piensa el problema de la construcción cultural en el Estado obrero en términos de una clase que debe recrear la herencia cultural de Occidente, creando un nuevo humanismo laico? ¿No afirma que la hegemonía implica una expansión de los intereses de clase sobre un plano universal y no corporativo? ¿De qué otra forma puede pensarse entonces el nexo entre hegemonía y democracia (en sentido sustantivo) al que hace referencia Cospito?

Después de Gramsci

El último capítulo está dedicado a la recapitulación de algunos debates posteriores, particularmente las discusiones sobre la hegemonía en Italia y Francia entre 1948 y 1975 y luego las elaboraciones de algunos autores como Laclau-Mouffe, Stuart Hall, Robert Cox, Ranajit Guha, Gayatri Chakravorty Spivak, Carlos Nelson Coutinho, José Aricó y Juan Carlos Portantiero. Cospito recorre los debates sobre la problemática de la hegemonía en Italia en la segunda posguerra, desde la publicación de las ediciones temáticas de los Cuadernos de la cárcel (1948-51) hasta la edición crítica de Valentino Gerratana (1975) y años posteriores. Estos debates estuvieron ligados a las diversas lecturas puestas en práctica por el PCI en función de apropiarse del legado gramsciano para fundamentar su actividad política, enmarcada en la "vía italiana al socialismo", destacándose entre los muchos debates la discusión de los años ’70 entre intelectuales del PCI y el PSI sobre la legitimidad (o no) de las elaboraciones gramscianas para un socialismo en los marcos de la democracia parlamentaria. Respecto de Francia, con una recepción más tardía de Gramsci, el autor rescata los trabajos de Buci-Glucksmann y Portelli y las discusiones en los marcos de los debates sobre el eurocomunismo (correlativas a los debates italianos), antes de un retroceso en el interés por Gramsci, mientras este crecía fuera de Italia, de lo que las obras de los autores mencionados más arriba es una demostración, tanto en la amplitud de las coordenadas geográficas como en los temas de discusión, llegando incluso, como lo señala en el capítulo de las conclusiones, a la utilización del término hegemonía en los estudios de género y las teorías queer.

Algunas cuestiones y conclusiones

Egemonia es un libro que muestra una gran erudición de su autor, lleno de información útil e interesante y bien escrito. Algunas de las cuestiones que encontramos problemáticas las hemos señalado, tanto a propósito de Trotsky, como del problema del "clasismo" en Gramsci. Quisiera retomar aquí algunas reflexiones relacionadas con los problemas tratados por el libro.

La primera, es que el de hegemonía es un concepto cargado de múltiples significados y distintas interpretaciones, pero de notable persistencia en la teoría política y la política práctica, a lo largo de la historia. Puede haber muchas razones para ello, pero la principal creo que tiene que ver con que la problemática de la hegemonía toca muy sensiblemente una cuestión que hace a toda reflexión sobre la política: ¿cómo conquistar una relación de fuerzas favorable para cumplir los propios objetivos?

En este contexto, y esto quizás tenga que ver con sus ambivalencias y problemas de "formalización", la hegemonía, incluso cuando se da de manera más o menos sostenida, siempre es una relación contradictoria, nunca es del todo estable, implica una combinación de liderazgo con apoyo, coerción y compromisos. Las reflexiones de Gramsci, especialmente en lo que hace a la cuestión de la transición al socialismo, tienen que ver con estos problemas.

Pero aquí surge otra cuestión, relacionada con la ligazón que hace Cospito entre la hegemonía y las formas posibles de una democracia sustantiva. Como señala el autor, la dictadura romana recogía en buena medida aquellos aspectos democráticos de la hegemonía ateniense y, a su vez, era la imagen que tenía presente Marx cuando habló de dictadura del proletariado. La identificación de la dictadura del proletariado con el stalinismo, rechazada históricamente por Trotsky en sus trabajos de los años `30, pero también por marxistas que no provenían del trotskismo, como Louis Althusser y Manuel Sacristán (quienes rechazaban también el eurocomunismo) a fines de los años ’70, deja planteada la necesidad de presentar las formas de una democracia de la clase trabajadora y el pueblo que constituya una alternativa frente a la democracia burguesa en proceso de degradación y el fantasma de las dictaduras totalitarias.

Trotsky pensó esta cuestión en términos de una restauración de la democracia soviética, a través de una revolución política interna que en la URSS desplazara a la burocracia para establecer una gestión democrática de la economía planificada y la pluralidad de partidos revolucionarios. En el caso de Gramsci, esta forma de democracia de masas son los consejos de fábrica, que aparecen en los Cuadernos de la cárcel, pero más como antecedente que como posibilidad para el presente y el futuro, mientras que en la escritura carcelaria se expande el partido como escuela de la vida estatal. En este contexto, sin negar los méritos de las lecturas filológicas como las de Cospito, para volver a pensar a Gramsci en términos de establecer una alternativa al legado del stalinismo, quizás se imponga una cierta "lectura anti-cronológica" [3] de su pensamiento, que revincule la problemática de la hegemonía con la de los consejos de fábrica.


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NOTAS AL PIE

[1Agrego aquí algunas otras posibles alusiones implícitas de Marx a la cuestión de la hegemonía: su planteo en La lucha de clases en Francia de la necesidad de que el proletariado se eleve a "clase nacional" y su defensa de la autodeterminación de Irlanda como condición de la emancipación del proletariado inglés, uniendo la cuestión de clase con la nacional.

[2Me permito remitir a mi libro Hegemonía y lucha de clases. Tres ensayos sobre Trotsky, Gramsci y el marxismo, Buenos Aires, Ediciones IPS, 2018.

[3Sobre la propuesta de una lectura "anti-cronológica" pero en relación con Marx, ver Garo, Isabelle, Communisme et stratégie, París, Éditions Amsterdam, 2019.
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Juan Dal Maso

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(Bs. As., 1977) Integrante del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 1997, es autor de los libros El marxismo de Gramsci (2016), traducido al portugués y al italiano, Hegemonía y lucha de clases (2018), traducido al inglés, y Althusser y Sacristán (2020), escrito junto con Ariel Petruccelli.
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