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SEMANARIO

La izquierda chilena y el laberinto constituyente

Alejandra Decap

La izquierda chilena y el laberinto constituyente

Alejandra Decap

El escenario post plebiscito, abre el cuestionamiento sobre qué camino seguir en la conquista de las demandas del octubre chileno.

El domingo 25 de octubre, el pueblo chileno manifestó que quiere una nueva constitución. Detrás de la “paliza” del apruebo y convención constitucional, hay enormes expectativas en resolver las aspiraciones sociales y democráticas. El pueblo lo sintió como un triunfo, aunque se haya tratado de una trampa montada por el viejo régimen para desactivar las tendencias revolucionarias de la lucha de clases y llevarlo al terreno de las “instituciones” o el “camino institucional”.

De manera lamentable, la izquierda parlamentaria ha querido pintar este resultado electoral como “el fin del pinochetismo” [1] o como un paso hacia la Asamblea Constituyente Libre y Soberana. Nos cruza, además, una pandemia que desnudó las contradicciones de nuestro país, ya enunciadas por la revuelta que aún no ha sido derrotada, pero que hoy “le están haciendo la cama”.

¿Se terminó el pinochetismo el 25 de octubre? ¿Se terminó el Chile heredado de la dictadura? No, y por el contrario, se prepara para su reacondicionamiento.

El régimen político está operando con todo para que nada cambie realmente, haciendo gatopardismo. Tienen poder de veto, con el alto quórum de 2/3 la derecha y también la ex-Concertación (desde la Democracia Cristiana al Partido Socialista) para que mantengan vivo lo esencial del legado de Pinochet, de explotación y opresión. El sistema político nacional está organizado para cambiar algo, y que así nada cambie realmente. De todas formas, la contradicción más importante de la Convención Constitucional no está dada sólo por sus limitaciones objetivas para la conquista de las demandas de octubre, sino fundamentalmente por estar sometida hoy a los poderes constituidos del régimen, incluso a la constitución de Pinochet, que sigue tan viva que la quieren modificar para ilegalizar los partidos que “inciten la violencia”. Y aún con miles de personas privadas de libertad por luchar, junto a las violaciones a los derechos humanos en la impunidad.

La institucionalidad y la calle

El historiador Luis Thielmann en su artículo “Chile, de un octubre a otro” aparecido en el dossier de la revista Jacobin [2] a propósito del proceso chileno, apunta a que el proceso constituyente abordado desde la izquierda “debe tener una propuesta no solo para la Constitución, sino para convertir la mayoría en revuelta en poder en las instituciones, a través de la veintena de elecciones que tendrá Chile en dos años.”

Para él, se trata del objetivo de ganar “poder en las instituciones”, “a través de” las elecciones. Es decir, el centro de gravedad está en las “veintena de elecciones que tendrá Chile en dos años”. Esa es toda la estrategia que orienta a Thieleman y a un sector, “ganar” a través de las elecciones. Toda la fuerza de la lucha de clases llevarla al camino de las instituciones y de la auto-reforma del viejo régimen.

Es un camino opuesto a la estrategia revolucionaria, porque alimenta esperanzas en que el pinochetismo real y su herencia, se acabarán sin enfrentamientos y combates decisivos entre las clases. Si el objetivo es “ganar poder institucional" y la vía central las elecciones, entonces la lucha de clases es un complemento para “presionar” en ese sentido. El objetivo es hacer “más de izquierda” las instituciones de la democracia liberal capitalista. No es que no exista la lucha de clases, sino que es el complemento para una estrategia de reforma de las instituciones del sistema, y en este caso, de la auto-reforma del viejo régimen.

La minoría del rechazo no perdió más que simbólicamente, ya que aún concentra el poder político, económico, militar y la herencia de la dictadura se mantiene intacta en sus pilares.

En lugar de preparar a la clase trabajadora y los sectores populares para un enfrentamiento decisivo contra los sostenedores del capital, instalan la demagogia de que será posible obtener echar abajo el Chile de los 30 años con la venia de sus guardianes. Y encima, buscando todo el tiempo ir de aliados con la Ex Concertación, arquitectos también del modelo que dicen querer desmontar.

Un escenario para triunfar en la lucha de clases, como implica mayor confrontación (huelga general revolucionaria), hace manifiesto la necesidad del desarrollo de organismos de lucha y autoorganización. Pueden crearse mediante comités de huelga, coordinadoras, comités de autodefensa contra la policía junto a la primera línea, etc.

Resulta curioso, de mínima, que sectores de la izquierda chilena que reivindican política e ideológicamente a Rosa Luxemburgo omitan que ella defendía la huelga general como una nueva forma de lucha revolucionaria; mientras sus compañeros de partido, como Kautsky, llamaban a esperar pasivamente las próximas elecciones, planteando “evitar los combates decisivos”, acumular fuerzas y “desgastar al enemigo”, la revolucionaria Rosa Luxemburgo respondía que eso era “nada-más-que-parlamentarismo”.

La clave de Thielmann es tener una “fuerte alternativa electoral institucional” por sobre todas las cosas. Así, sostiene:
“Llegó la hora de levantar un programa que le permita distinguirse de la clase política de la transición, convocar a la mayoría aplastante del domingo a superar la mera negación del pinochetismo y pasar a la afirmación de una nueva sociedad. A pesar de todos los llamados a un programa de unidad antineoliberal de la izquierda chilena, que permita referenciar en una fuerte alternativa electoral institucional al movimiento popular, se llega a este punto con el vacío. Es el vacío de la victoria, un abismo estratégico para la izquierda.”

El “abismo estratégico” es la ausencia de alternativa electoral-institucional para Thielemann. Nosotros no nos hacemos la “ilusión de lo social” por sí mismo. Se requieren instituciones base de un nuevo estado y partidos. Sin embargo, tampoco nos hacemos ilusión de “lo político” en las instituciones de la democracia liberal. Se trata de hoy organismos para la lucha y el combate en la perspectiva de un nuevo orden. Para quienes reivindicamos la política revolucionaria, una nueva institucionalidad surge de los “consejos” y la democracia directa de trabajadores. O sea, organismos del poder de trabajadores, como sujeto político de una revolución.

No se trata de huir de la lucha política parlamentaria, sino de ir con una política que ponga centro en la lucha de clases. Que en un escenario electoral, implica levantar un bloque de parlamentarios revolucionarios que se pongan a la cabeza de la lucha contra la represión, que impulsen la movilización permanente, a la coordinación y auto-organización, a la autodefensa, etc., en la perspectiva de la caída revolucionaria del régimen mediante una huelga general, única forma de cumplir nuestras demandas.

¿De qué sirve conquistar influencia, bancadas, para las y los revolucionarios, si no es en esta perspectiva?

Para ello debemos preparar un frente de trabajadores y la izquierda anticapitalista, con candidaturas de trabajadores, sectores populares y en lucha como las mujeres y el pueblo mapuche, que sean tribunos de una estrategia de movilización ascendente, que denuncie abiertamente el laberinto constituyente que nos impone el régimen y ponga su fuerza en desarrollar nuevamente la perspectiva de la huelga general y prepararnos para choques cada vez más abiertos.

Porque una lección que nos otorga la historia es que si queremos superar el capitalismo como orden de vida, sin destruir la fuerza represiva y militar no se puede. Y esto lo demostró trágicamente el golpe cívico militar de 1973.

Buscando la salida al laberinto constituyente

En Chile, las dirigencias de los movimientos y organizaciones de masas jugaron mayoritariamente un rol retardatorio durante la revuelta. Siempre detrás de los hechos. Y cuando vieron que había energía convocando a la huelga nacional del 12N, no dudaron en desmovilizar para abrir la comprensión del Acuerdo Nacional; acuerdo que separó masas de la vanguardia, a las clases medias de los sectores populares; pero que están en disputa porque la burguesía no logra unificar en un proyecto convincente.

Hoy, en medio del laberinto constituyente, es necesario plantear claramente que las fuerzas deben ir en el sentido de impulsar la movilización extraparlamentaria y la auto organización para impulsar las demandas de las masas, que culmine en la Huelga General para imponerlas.

Sólo echando a Piñera con la huelga general, y las trampas, podemos imponer una Asamblea Constituyente Libre y Soberana (ACLS) que responda a las necesidades del pueblo. Si se desarrolla el proceso de movilización que estamos planteando, llevará a que surjan organizaciones de los trabajadores y el pueblo pobre que encabecen la lucha por echar a Piñera y al régimen, y que serán las que podrán encabezar un gobierno provisional de las organizaciones obreras y del pueblo pobre que convoque a la ACLS, como transición a un gobierno de las y los trabajadores. Es fundamental hoy movilizarnos masivamente en un plan que culmine en la huelga general para echar a Piñera y conquistar nuestras demandas o la nueva constitución mantendrá lo fundamental de la constitución de Pinochet.

No podemos engañarnos con que los capitalistas nos cederán amablemente parte de su privilegio. Están preparados para resistirse fehacientemente a nuestra avanzada. Por eso la política plebeya no puede reducirse a un “luche y vote”, o en la fórmula de Thielmann “voto y barricada”, pues esto nos desarma completamente frente a un enemigo que no dudará al momento de imponer su voluntad como clase dominante, en caso de ver peligrar sus reales intereses.

Tomando sus propias palabras: “La lucha de clases, como el agua, busca su curso, empapa todo y se hace evidente (...) se politiza y rompe cualquier contenedor de su propia esclavitud ultramoderna”. ¿Sabrá Thielmann que su coalición es parte de ese contenedor?

Construir partido revolucionario hoy, y alertar de las trampas de la burguesía y los falsos amigos del pueblo, es forjar el martillo que romperá ese contenedor hasta hacerlo añicos, para que el agua fluya, de una vez por todas, libremente.

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