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Red Internacional

El 21 de mayo Bachelet volvió a justificar sus reformas, ahora por la “grieta social”, pero reafirmando el fin de unas reformas, la “obra gruesa”, que no dejan conforme a nadie, y en las calles se manifiesta en el paro de Atacama o en Chiloé, también en acciones aisladas el mismo día, que demuestran la urgencia de una política independiente de la clase trabajadora.

Nicolás MirandaComité de Redacción

Martes 24 de mayo de 2016 | 13:55

La grieta de Bachelet

En un momento Bachelet lanzó una idea nueva, la de la “grieta social”, diciendo que “debo señalar también que ha habido resistencia a los cambios. Algunos no ven que hay que cerrar la grieta social que se ha formado en nuestro país”.

Pero al mismo tiempo, dio, nuevamente, por terminada la “obra gruesa”, los anuncios de reformas: “Con hechos reales, ya empieza a concluirse lo que podríamos llamar la "obra gruesa" de nuestras reformas”. Aunque aún resta la decisiva discusión de la gratuidad, la desmunicipalización y el conjunto de la reforma educacional, así como el proceso constituyente.

A la vez, puso énfasis en la exigencia de la derecha y los empresarios de poner el centro en el crecimiento económico por medio del aumento de la productividad, es decir, de la explotación de los trabajadores.

Y le siguió una serie de anuncios.

Lo cierto es que consolida así el giro a derecha que se inició hace más de un año con el cambio de gabinete y el “realismo sin renuncia”, y que concluyó en que la reforma laboral termina siendo peor que el Código Laboral de la dictadura, un abierto retroceso. Y en la reforma educacional, se dio espacio para lo mismo, con la discusión sobre legalizar el lucro en las Universidades, lo que ni Pinochet se atrevió.
Tan es así, que una agencia imperialista, Bloomberg, comentando el discurso afirmó que “el gobierno está perdiendo la voluntad o la capacidad de empujar su polémica agenda”. Dirigentes oficialistas habrían dicho que el Gobierno “tiró la toalla”.

La grieta de Bachelet, entonces, en vez de cerrarse, se profundiza. Las organizaciones estudiantiles y sindicales criticaron el discurso, justamente por no responder a sus demandas. Las organizaciones empresariales y la derecha la critican por seguir justificando las reformas anunciadas y los timoratos pasos dados, más que esto, por haber asumido la agenda que se impuso desde el 2011, con la intención de usurparla para intentar desviar la lucha de clases. Fracasó este intento de usurpar las demandas de estudiantes y trabajadores con las llamadas “reformas estructurales” que no fueron tales. Un fracaso porque pretendió conciliar lo inconciliable, una dinámica de tendencias antagónicas entre los empresarios y sus partidos de un lado, y los estudiantes y trabajadores del otro. Así no tuvo la decisión de enfrentar, como dice la misma agencia imperialista Bloomberg, “la resistencia del país más conservador y desigual de América Latina” que la dura oposición de la derecha y los empresarios opusieron, pretendiendo apaciguarlos, pero reabriendo a su izquierda la oposición de estudiantes y trabajadores que pretendía cerrar.

Así, todas las contradicciones que explotaron el 2011 siguen abiertas, y se agravan. Lo que está abierta es la salida que se les dará.

La grieta social y la lucha de clases

La grieta social es una realidad que los partidos empresariales del régimen quieren tapar con un dedo. El senador PPD Lagos Weber habló de dejar de dispararse entre ellos. Quiere que no se abran más brechas por arriba, que permite, como decía Lenin, que se cuelen los de abajo, el pueblo trabajador. La derecha solo pide represión, retrotraer todo como si se pudiera, y ganar las próximas elecciones. En esto, igual que la Nueva Mayoría, transformados todos en máquinas electorales ajenas a los trabajadores y al pueblo. Este giro a derecha de la Nueva Mayoría que se consolida, con todos apuntando ahora al ciclo electoral, podría afirmarse en un nuevo triunfo electoral de la derecha que lo puedan traducir políticamente volviendo a cambiar la agenda política nacional.

El fracaso de la política de desvío de la Nueva Mayoría fue reabriendo la oposición por izquierda con los métodos de la lucha de clases. En este año, con el relanzamiento de la lucha estudiantil con dos grandes movilizaciones y tomas de colegios, aún en curso. Principalmente con el combativo y extenso paro de los funcionarios públicos de Atacama, o la revuelta en Chiloé. El Gobierno, con la ayuda de las dirigencias cupulares, burocráticas, logró impedir que se desarrollen y triunfen. Pero sin resolver ninguna de las contradicciones profundas que manifestaron en las calles. Lo que es un triunfo inmediato, resulta en una derrota de largo plazo.

Sin una salida independiente de la clase trabajadora, el odio social crece y se multiplica. Pero cobra formas laberínticas, e impotentes. La marcha en las calles de Valparaíso el 21 lo expresa. Acciones aisladas en las que explota, al menos en algunos, el odio social, y que terminaron en la lamentable muerte de un guardia municipal.

Un odio social impotente, un odio social, basado en una grieta social, que necesita una salida independiente de la clase trabajadora para dirigirlo contra esta democracia para ricos.

Hablando de un caso extremo de las “acciones aisladas”, el gran revolucionario ruso León Trotsky decía que “El asesinato del propietario de una fábrica no produce más que efectos de naturaleza policial, o un cambio de propietario desprovisto de toda significación social. Que un atentado terrorista, incluso "afortunado", provoque confusión entre la clase dirigente, depende de circunstancias políticas concretas. De todas formas, esta confusión siempre dura poco; el estado capitalista no se sostiene sobre los ministros del gobierno y no puede ser eliminado con ellos. Las clases a las que sirve siempre encontraran quien los reemplace; la maquinaria seguirá intacta y continuará funcionando. Pero el desorden que un atentado terrorista provoca entre las masas obreras es más profundo. ¿Si basta armarse con un revólver para logar el objetivo, para qué los efectos de la lucha de clases? Si un dedal de pólvora y un poco de plomo bastan para atravesarle el cuello al enemigo y matarle, ¿para qué hace falta una organización de clase? Si tiene sentido aterrorizar a los más altos personajes mediante el estampido de las bombas, ¿es necesario un partido? ¿Para qué valen los mítines, la agitación entre las masas y las elecciones, si desde la galería del parlamento se puede divisar fácilmente el banco de los ministros?”.

Y agrega sobre la importancia del papel de las masas, su auto-organización, su organización en un partido revolucionaria y sobre el desarrollo de la lucha de clases: “A nuestro entender el terror individual es inadmisible precisamente porque devalúa el papel de las masas en su propia consciencia, las hace resignarse a su impotencia y volver la mirada hacia un héroe vengador y liberador que esperan llegará un día y cumplirá su misión. Los profetas anarquistas de la "propaganda de la acción" pueden mantener todo lo que quieran a propósito de la influencia exaltadora y estimulante de los actos terroristas sobre las masas. Las consideraciones teóricas y la experiencia política prueban que sucede todo lo contrario. Cuanto más "eficaces" son los actos terroristas y mayor es su impacto, más limitan el interés de las masas por su auto-organización y auto-educación … La revolución no es un simple agregado de medios mecánicos. La revolución no puede producirse más que por la acentuación de la lucha de clases, y su única garantía de victoria reside en la función social del proletariado. La huelga política de masas, la insurrección armada, la conquista del poder del Estado, están determinados por el grado de desarrollo que ha alcanzado la producción, por la orientación de las fuerzas de las clases, por el peso social del proletariado y, por último, por la composición social del ejército, puesto que en períodos de revolución las fuerzas armadas son el factor que determina el destino del poder del Estado”.

La grieta social, las profundas contradicciones del régimen siguen abiertas, las salidas siguen abiertas, puede producirse un desplazamiento a la derecha, atravesado por explosiones de odio social y por nuevos fenómenos de la lucha de clases. De nuevo como decía Trotsky, la tarea “no estriba en calmar el deseo de venganza insatisfecho del proletariado sino en intensificarlo más y más, profundizarlo y dirigirlo contra las causas reales de toda injusticia y bajeza humanas. Si nos oponemos a los atentados terroristas es sólo porque la venganza individual no nos satisface. La cuenta que tenemos que saldar con el sistema capitalista es demasiado elevada como para presentársela a cualquier funcionario llamado ministro. Aprender a ver todos los crímenes contra la humanidad, todas las indignidades a las que se ve sometido el cuerpo y el espíritu humanos, como las excrecencias y expresiones deformadas del sistema social existente para concentrar todas nuestra energías en la lucha contra él. He aquí la dirección en que debe encontrar su más alta satisfacción moral ese ardiente deseo de venganza”. Por esto es que luchamos por una salida independiente, construyendo un partido revolucionario de la clase trabajadora, que es la tarea del Partido de Trabajadores Revolucionarios (PTR) haciéndose parte de cada lucha de los trabajadores y los estudiantes.




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