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Los 75 años del fin de la Segunda Guerra Mundial mirados desde la crisis del COVID-19

Joaquín Romero

Los 75 años del fin de la Segunda Guerra Mundial mirados desde la crisis del COVID-19

Joaquín Romero

Hace unos días se conmemoraron 75 años del día de la victoria que marco el final de la segunda guerra mundial. Revisamos las conmemoraciones que este hecho dio lugar en el mundo al calor del análisis de los desafíos que enfrentan actualmente las potencias que fueron protagonistas del conflicto.

Un fantasma que recorre el mundo

Nos cuenta Ernest Mandel, en su libro El significado histórico de la segunda guerra mundial, que el día que la guerra estalló incluso Hitler se sorprendía del poco entusiasmo que despertaba en la población el desfile de las tropas que se alistaba a enfrentarse en la contienda. Aún eran vividos los recuerdos de los horrores de la primera guerra mundial en la población y un clima sombrío recorría el mundo ante los inicios de una nueva guerra. Atrás quedaban los triunfantes desfiles nacionalistas donde millones de personas despedían a sus ejércitos que se aprestaba a pelear el conflicto ante la oleada de entusiasmo azuzada por las potencias del primer conflicto mundial.

Acostumbrados por la propaganda hollywodense , pero también por el “consenso historiográfico al que incluso se suman algunos autores críticos como Eric Hobsbwan, de considerar la segunda guerra mundial como un enfrentamiento épico entre la democracia y el fascismo, año tras año vemos como las grandes potencias vencedoras de dicho realizan fastuosos desfiles y conmemoraciones para reafirmar el lugar que ocupan para gobernar los destinos de la humanidad.

Sin embargo, a 75 años desde la bandera soviética se clavase en Berlín las conmemoraciones que se pensaban como fastuosos desfiles para mostrar el poderío militar de las grandes potencias tuvieron que ser suspendidos ante una crisis sanitaria que ha hecho temblar los cimientos mismos del orden político y económico del planeta.

Mientras el horizonte de un mundo post-covid19 aún es incierto, las disputas por definir el escenario cada vez se tornan más agresivas en la medida que los efectos de la pandemia, en particular la crisis económica que arrastra consigo, parecen devolvernos a aquella época en que las principales potencias se lanzaban a conquistar el mundo.

En un artículo reciente para el semanario Ideas de izquierda, la economista Paula Bach define un escenario marcado por:

La actual convulsión económica mundial −que a esta altura ya resulta la peor desde la Gran Depresión− que se pone de manifiesto como un choque entre, esencialmente, dos fuerzas. La primera: la pandemia de Covid-19 (…) y una segunda fuerza: la debilidad legada por las características de la recuperación post crisis 2008/2009. Una fragilidad que se viene expresado desde hace más de diez años en dos grupos de factores que, como veremos, resultan complementarios. Por un lado, el apagado crecimiento del comercio mundial −una tendencia muy anterior a las medidas proteccionistas de Trump−, el de la inversión en capital fijo y el de la productividad del trabajo −a pesar del desarrollo impactante de las nuevas tecnologías. Y, por el otro, el encendido crecimiento de las deudas tanto privadas como públicas.

Es este un escenario mundial que guarda una similitud con aquella época en que se desarrollaron los acontecimientos que llevaron a la segunda guerra mundial. Una de sus contradicciones principales es rol hegemónico de Estados Unidos, que hoy como ayer constituye una interrogante crucial para el desarrollo de los acontecimientos.

Hay una diferencia importante entre ambos escenarios: si en el pasado la pregunta versaba respecto de la forma en la que los EEUU se alzaría con el dominio del mundo hoy es cómo logrará defender su posición privilegiada como potencia imperialista hegemónica en el concierto del capitalismo actual. La crítica brutal que Marx realizara sobre los dirigentes políticos de su era cobra hoy un particular sentido, la historia se presenta primero como Tragedia y después como farsa.

Donlad Trump, a quien la historia ha colocado a desempeñar el papel de capitán general del Imperialismo, intenta infundir aires triunfalistas ante la peor catástrofe sanitaria vivida en su país anunciando esta semana millonarios recursos para obtener una vacuna contra el coronavirus antes de septiembre en un proyecto científico que el presidente no escatimo en las analogías al aprovechar una nueva conmemoración de la guerra que coronará el papel de Estados unidos en el mundo al comparar dicho proyecto con el “proyecto Manhattan” con el que su nación terminaría dando luz a la bomba atómica que marcó el fin de dicho conflicto.

Los ojos de Trump están puestos en China, el principal enemigo estratégico que su administración ha definido desde que ingresó a la casa blanca. Todo su programa se ha basado en convencer al sector de la burguesía norteamericana, encarnada en el partido demócrata, de que mantener la hegemonía norteamericana sobre la base de un consenso con China son ilusorios. Trump ha defendido siempre una política más agresiva con China ante el avance que el gigante asiático ha tenido en la disputa de los espacios que el imperialismo norteamericano ha dejado vacíos, como por ejemplo América Latina donde los intereses chinos se extienden sobre una amplia gama de recursos naturales y relaciones políticas siempre adaptables a los distintos gobiernos del “patio trasero” de los Estados Unidos.

Es difícil creer que el actual mandatario haya leído alguna vez literatura marxista, pero su política “realista” acierta en un punto respecto a la naturaleza del imperialismo como fenómeno histórico que Lenin define , en pleno desarrollo de los acontecimientos de la primera guerra mundial, por ser un fenómeno marcado por la naturaleza monopólica del capitalismo que tendía a fusionarse en grandes carteles y corporaciones transnacionales que se extendían como una red por todo el planeta fusionando ramas enteras de la producción que pasaban a ser manejadas por los bancos e instituciones financieras y cuya disputa que las llevaba a romper constantemente con las fronteras nacionales y por tanto al enfrentamiento entre las potencias que daban sustento a dichos carteles. Ninguna potencia imperialista, y con ello sus intereses económicos que la sustentan, es capaz de desplazar o mantener su hegemonía mundial sin aplastar militarmente a otra. La guerra mundial era para Lenin la continuación de esta política de las potencias en pugna, y hoy Donald Trump sabe que su país necesita prepararse estratégicamente para este escenario.

La pandemia por el coronavirus no pudo llegar en un peor momento para el presidente Donald Trump y su campaña de reelección. Antes del brote, el Mandatario republicano basaba su buen desempeño en las favorables cifras económicas que acompañaron su gestión y en un Partido Demócrata que se encontraba profundamente dividido entre el ala más moderada y una más de izquierda.

Las medidas de confinamiento para tratar de contener la pandemia, que tiene a 1,3 millones de estadounidenses contagiados -mientras que más de 80 mil han muerto a causa del virus, han paralizado la economía, provocando la peor tasa de desempleo desde la Gran Depresión, con 20,5 millones de estadounidenses que han perdido su trabajo solo en abril y con cifras que crecen a velocidades alarmantes hacia los 40 millones de desempleados al cierre de este artículo, el labor department cifra actualmente el desempleo en un 14,5% de la población y no descarta que esta cifra sea el 20% si se considera el panorama global de trabajadores ilegales, eventuales e independientes, escenario que no solo se expresa en cifras, el descontento también comienza asomar con las huelgas de Amazon, la cadena de supermercados Whole Foods, los trabajadores de limpieza de New Orleans.

“Todos los empleos volverán, y volverán muy pronto”, prometió Trump en una entrevista con el canal Fox tratando de mantener el optimismo. El mandatario es consciente que si no logra reactivar la economía, la batalla que ha definido como crucial y con la que cree que sus extravagantes comentarios sobre la pandemia serán un dato menor de la causa, se juegan en ello la batalla por mantener a Estados Unidos con la capacidad de mantenerse en la contienda por la hegemonía mundial y defender su posición como principal potencia, este escenario ha reavivado las confrontaciones en el terreno internacional con China a quien busca hacer responsable de la actual crisis que vive los EEUU.

China: el principal rival estratégico de Estados Unidos

Si el año 2020 comenzaba con una bandera blanca entre China y EEUU que ponía fin a la guerra comercial que marcó el 2019, el covid volvió a remover las bases de dicho entendimiento. “Nunca debieron dejar que esto sucediera” dice Donald Trump endosando a China la responsabilidad de la actual crisis sanitaria mundial “ya no siento lo mismo” remató amenazando de esa manera con cortar las relaciones. Hace unos días el departamento de comercio de la administración norteamericana volvía a imponer sanciones contra el gigante tecnológico chino Huawei prohibiéndole adquirir y operar con tecnología estadounidense amparando la resolución en razones de “seguridad nacional”.

China ha llamado a mantener las relaciones internacionales y ha optado por un tono conciliador sin dejar de deslizar que el responsable de todo es el actual mandatario y su tono belicista. Beijin sabe que en una confrontación abierta EEUU en estos momentos está lejos de ser conveniente para una economía que, si bien ha logrado reactivarse, con un enorme aparataje propagandístico para mostrar la normalización del país tras una estricta cuarentena, quedó severamente dañada por la pandemia.
En un artículo reciente para la Izquierda Diario, el columnista Andres Acier mostraba que el escenario económico chino distaba de estar en su óptimo. El presidente Xi Jinping esperaba que este 2020 permitiese a China avanzar cualitativamente en su propósito de convertirse en una nación próspera, la crisis del covid ha truncado dichos planes.

Nos relata Acier como el paro de la industria nacional, principal motor de la economía del gigante asiático y responsable de la contracción del 6,8% del PIB en el primer trimestre, ha generado en China la mayor erosión económica desde 1976. El FMI prevé que el PIB de China será del 1,3% en 2020. Sin embargo, pese a las dificultades que enfrenta, todavía su PIB será más alto que el de las mayores economías occidentales.

El desempleo es una enorme presión en el gigante asiático al igual que en Estados Unidos. Nos detalla Andres Acier que “El Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social anunció que, a finales de abril, la tasa de desempleo de China se elevó al 5,9 por ciento (26 millones de personas), en comparación con la tasa de diciembre de 2019, que fue del 5,2 por ciento (23 millones de personas). Esto coincide con la información de un estudio de la Universidad de Beijing que indica una caída del 27% en los empleos creados en el primer trimestre de 2020 en comparación con el mismo período del año pasado”.

26 millones de trabajadores chinos que puede parecer una cifra impresionante pero que según muchos analistas podría incluso ser el doble. Zhuang Bo, economista de TS Lombard, dice que la masa de desempleados podría ser significativamente mayor si se cuentan los 50 millones de trabajadores migrantes.

Andres Acier remata en su columna que: “los resultados están todavía lejos de la productividad de 2019, y el debilitamiento del ritmo de recuperación económica se ve alimentado por el mayor problema de China: la dependencia de la demanda externa, que se ha reducido considerablemente debido a la propagación de la pandemia de coronavirus a los principales países occidentales”

La situación internacional del principal contendor de los Estados Unidos atraviesa un espinoso camino donde todo pende de un delicado equilibrio, que permita a Beijín controlar las contradicciones internas que podrían desarrollarse con un incremento agresivo de la tasa de desempleos, que podría quebrar el estatus quo del gigante asiático de manera aún más crítica que un rebrote de coronavirus.

China es un país cuyo desarrollo está íntimamente ligado a las contradicciones que se enfrentaron en la segunda guerra mundial. La revolución convirtió a China de espectador en protagonista de los acontecimientos mundiales , por medio de una guerra civil en la que se vieron involucradas millones de personas, como resultado de la invasión japonesa, pero también de un odio milenario acumulado contra los grandes terratenientes y su subordinación a las distintas potencias imperialistas. Una revolución capturada por una burocracia que mediante diferentes maniobras y revistiéndose de los ropajes del comunismo y la revolución bolchevique, dirigió una contrarevolución capitalista que mantuvo a la burocracia en el control del estado y a la vez la convirtió en la clase capitalista del pais asiático.

Su futuro como potencia está determinado por el enfrentamiento con los Estados Unidos y Xi Jinping sabe que este enfrentamiento es inevitable, y su apuesta pasa por llevar a su adversario a competir en un terreno que le sea favorable y en las condiciones elegidas por los chinos, sin embargo, la crisis del Covid19 parece acelerar los planes en un momento que no pilla suficientemente fortalecido a China para enfrentar este escenario, y Donald Trump sabe que es ahora cuando debe golpear.

Europa: el pálido recuerdo del esplendor perdido

En el libro ya citado Ernest Mandel reflexionaba respecto a la importancia de no ver la guerra imperialista que se desarrollaba como un mero conflicto entre potencias sino como un proceso de enfrentamiento entre estas que al expandirse “impulsadas por la sed de ganancias esta solo es factible en la medida que existe una relación específica con el trabajo asalariado en la medida que este se encuentre subordinado al capital”.

La segunda guerra enfrentaba a un Capitalismo atravesando la hasta ahora peor recesión y crisis económica de su historia, con cifras históricas de desempleo, el problema del desempleo y la relación con la clase trabajadora tanto en EEUU y China, y la necesidad de ganarse a su población con una política de empleo eficaz que ha sido la Agenda de Trump como de Xi Jinping, que veíamos anteriormente tiene hoy la misma dimensión estratégica para fortalecer su posición en la contienda que Mandel señaló en su momento “la integración estratégica de la clase trabajadora es el componente necesario en los centros metropolitanos es un componente necesario para que los países imperialistas puedan seguir sus planes de dominio mundial”

Y es esta incapacidad de cohesionar a las clases, nacionalidades y grupos sociales que componen el viejo continente en torno a un proyecto estratégico es la principal muestra del eclipsado rol que ocupa hoy Europa, otrora principal teatro de operaciones de las guerras mundiales.

Si todos los años políticos, escritores e intelectuales de todo el espectro político no gastan palabras en la alabanza del proyecto europeo, encarnado en la Unión Europea, como el principal legado de las lecciones de la segunda guerra mundial, hoy el tono parece oscilar entre la advertencia, el temor y el hecho consumado. La unidad europea ya venía golpeada por el auge de los proyectos nacionalismo y el brexit que tras largas discusiones finalmente se consumó en Inglaterra.

Todos los llamados a mantener la unidad y las palabras de buena crianza saltaron por los aires una vez que la crisis estalló y las fronteras se cerraron de manera apresurada en un acto que ni en sus mejores sueños hubiese imaginado Vox en España o Lepen en Francia. Este cierre de fronteras además vino acompañado en el recrudecimiento del enfrentamiento diplomático por los “costos de la crisis en curso” entre los países del Norte y del Sur de Europa.

Italia y España, los socios menores de Alemania, quien volvió a dirigir los destinos de la Europa continental, iniciaron un gallito con Merkel exigiendo recursos económicos y dar un giro a la política de austeridad impulsada desde Bruselas para enfrentar la crisis, posibilidad que la canciller alemana cerró de un portazo.

Aún en los momentos de mayor dificultad para el bloque Angela Merkel, pese a que todos venían desahuciando en un plan postergado al no existir aún herederos, ejerció el liderazgo del alicaído imperialismo europeo manteniéndose fiel a su política de austeridad fiscal. El coronavirus es una crisis, pero hay que tener recursos para enfrentar la crisis económica que viene después, tal fue el argumento con que Alemania mandó a Italia y España a combatir la pandemia por su cuenta con algunos beneficios menores y que de conjunto no impedirán tampoco la crisis en dichos países.

Esta política de austeridad aplicada desde el 2008, y que salvó a Alemania de la crisis a costa de privatizaciones en el sur de Europa, el desempleo y recortes sociales en Grecia, España, Portugal, Italia e incluso en Inglaterra, y que ha intentado empujar en Francia de la mano de su amigo Macron algo que si bien avanza no ha podido implementarse del todo por la resistencia de la clase obrera francesa.

Para Merkel es clave que esta línea resista pese a la pandemia, y aún con las dificultades previas que venía experimentando en Francia, el coronavirus no puede ser una excusa para retroceder dado que de ella depende el equilibrio de fuerzas que favorece actualmente a Alemania en el concierto europeo.

Podríamos sostener que Macrón, en quien Merkel se apoyaba para avanzar en sus planes para Europa, es sin duda uno de los beneficiados con la suspensión de los actos públicos concernientes a la conmemoración del día de la victoria. Difícilmente el presidente francés podría darse un baño de masas en una gestión que venía bastante debilitada tras enfrentarse al levantamiento de los chalecos amarillos que el 2018 marco la política francesa y asestó un duro golpe a su gobierno y la reciente huelga general francesa más grande de la última década que desde finales del 2019 y durante principio del 2020 dividió profundamente a Francia en un enfrentamiento entre su presidente y la clase trabajadora francesa , en un conflicto que si bien se decidió a favor de Macrón a lo más constituyó una victoria pírrica. Sin duda el presidente respiraba tranquilo en la ceremonia sobria que tuvo acompañado solo de los representantes de los otros poderes del estado en su ofrenda floral al monumento del soldado anónimo.

Del otro lado del canal de la mancha, el primer ministro británico Boris Johnson trata de compararse con Churchill, buscando repetir la historia esta vez como parodia, tratando de darle nuevas ínfulas al decadente imperialismo británico que al igual que la monarquía que lo encabeza parece hoy una estrafalaria y costosa pieza de museo, pese a mantener un nada despreciable rol en la economía mundial. la aventura del brexit olvidada en estos días de pandemia enciende temores sobre la soledad británica para sortear este duro escenario, confianza que obliga a Johnson a depositar su esperanza en el imperio Norteamericano aprovechando la conmemoración del final de la segunda guerra para sumarse a la retórica racista en contra de china mostrando que con la UE o sin ella, solo le queda un rol de vasallo en el juego de Trump por doblegar aún más a Europa y cuadrarla en su disputa contra el gigante asiático buscando cerrarle el paso al aumento de la influencia en el viejo continente que hace años Beijín trataba de desplegar mediante su proyecto de inversión en la ruta de la seda, que buscaba conectar el mercado financiero europeo con la producción de mercancías chinas y que la pandemia ha aplazado sin un futuro certero.

Tratando de mantener un rol más discreto que de costumbre Rusia aguarda expectante el desenlace de la crisis para jugar sus cartas. El orgullo nacional agitado por Putín de ser la nación vencedora de los nazis es un recuerdo de que el rol imperialista es gracias a lo heredado de las conquistas de la URSS. La burguesía que surgió del colapso del primer estado obrero del mundo carece de cualquier iniciativa y requiere de caudillos excéntricos que gestionen un capital histórico pero que no tiene precisamente gusto por aventuras, es precisamente ese el fundamento de la ausencia de una “democracia competitiva” en rusia, los inversionistas prefieren que sus cuentas sean resguardadas por un agente único.

Putín enfrenta una presión por mantenerse como la carta segura de dicha burguesía, pero el panorama dista mucho de ser alentador. Según el diario el País, la economía rusa lleva en hibernación casi siete semanas debido al confinamiento. La caída de los precios del petróleo- señala el medio- como consecuencia del desacuerdo con Arabia Saudí y la OPEP y la baja demanda por la pandemia, tendrá también un gran impacto en la economía rusa, en la que los hidrocarburos representan un tercio del presupuesto nacional.

El FMI pronostica que el producto interior bruto de Rusia se contraerá un 5,5% este año, la mayor caída desde 2009. La tasa de desempleo podría duplicarse al 10%, según datos citados por el periódico gubernamental Rossiiskaya Gazeta. El rublo ha perdido más de una quinta parte de su valor frente al dólar este año. Todo ello con una situación ya deteriorada: hoy, los ingresos reales de los rusos son un 7,5% más bajos que hace seis años y volverán a caer un 5% en 2020, según las previsiones de Alfa-Bank.

Putin ve como aumenta el descontento que ya comienza a expresarse en protestas virtuales y en una baja en su popularidad. La otrora potencia victoriosa de la segunda guerra no podrá aguardar en un rincón a que pase la tormenta que en su propio territorio amenaza con remecer la estructura rusa hasta sus cimientos.

Una nueva época de grandes crisis se avizora en el futuro, en el que las contradicciones sociales que la pandemia ha develado y hecho más crudos y evidentes, y que en modo alguno ha inventado, como el desigual acceso a la salud. Los protagonistas de antaño parecen enfrascados en las mismas contradicciones que ayer les hicieron poco a poco deslizarse hacia la locura de una masacre a gran escala como vía para enfrentar sus planes de dominio mundial para destrabar las contradicciones que impedían su desarrollo. Que el futuro no sea la barbarie y la muerte depende de lo preparada que logre llegar la clase trabajadora al momento decisivo, algo que no logró para el inicio de la segunda guerra mundial , para detener la locura y la anarquía capitalista que empuja a la miseria, a la inmensa mayoría de la humanidad.

Referencias

Acier, Andre “Un problema estratégico para Xi Jinping: el flagelo del desempleo en China” http://www.laizquierdadiario.cl/Un-problema-estrategico-para-Xi-Jinping-el-flagelo-del-desempleo-en-China

Bach, Paula “Crisis económica mundial: el lugar de las deudas y el día después” http://www.laizquierdadiario.com/Crisis-economica-mundial-el-lugar-de-las-deudas-y-el-dia-despues

Lenin, Vladimir “El imperialismo la fase superior del capitalismo”

Mandel, Ernest “ El Significado histórico de la segunda guerra mundial”

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Militante del Partido de Trabajadores Revolucionarios
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