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Red Internacional

Compartimos este brevísimo cuento en las redes de La Izquierda Diario que envía uno de nuestro colaboradores

Martes 23 de junio de 2020 | 04:49

Cuenta la historia que, en su fortaleza burguesa, la casta política se lanzó a la travesía de conquistar tiempos mejores (para ellos). Navegaron por largos días en aguas quietas y horizontes utópicos, jactándose de poseer un buque cinco estrellas, admirado y respetado a nivel mundial. Los tripulantes en su totalidad parecían remar en el mismo destino, a pesar de la diferencia de clases que los separaba.

Pero no hay cuento sin conflicto. En medio del océano los esperaba un enemigo silencioso, al cual, ellos aseguran, no vieron venir. Un enorme bloque de hielo que, aunque hicieron todos los intentos (a punta de represión, gases y disparos), no pudieron esquivar. Ese octubre terminaron estrellándose, provocando estragos en su, ya no tan poderosa, embarcación.

Quisieron parchar el buque que comenzaba a quebrajarse, firmando acuerdos inverosímiles, lanzando leyes prohibitivas e insuficientes y protegiendo a los pasajeros más poderosos. Sin embargo, no se percataron de que el agua ya les venía llegando hasta el cuello y que la sal corrompía irremediablemente los pilares neoliberales del crucero. Ellos creyeron, en su soberbia, que solo habían impactado la parte visible del iceberg, cuando en realidad, lo habían destruido desde su raíz. Lo peor estaba por venir.

Un segundo impacto vino a deteriorar aún más la confianza que se había depositado en este proyecto y el nefasto capitán se negaba a abandonar la dirección del navío. La gente comenzó a morir. A pesar de los esfuerzos inconmensurables del personal de salud, y del gran abastecimiento de aquel barco de lujo, decidieron que no se contaría siquiera con los insumos mínimos para asegurar el bienestar de la tripulación. Los botes salvavidas estuvieron siempre reservados.

Entre la confusión y el caos, hubo tripulantes que se mantuvieron estoicos y resistentes, personas que se tuvieron que rearmar ante el conflicto. Al igual que los músicos del Titanic, hubo quienes siguieron tocando sus instrumentos mientras el país zozobraba, trabajadores y trabajadoras de la salud y de muchos otros rubros se vieron forzados a mantener insólitas melodías. Las profesoras y profesores, conscientes de su labor social no cesaron de educar en sus puestos invisibles. Hoy, estos últimos, necesitan dejar sus pentagramas porque la llave de sol ya se apagó en medio de tanto oído sordo, es tiempo de enfocarse y conectarse con el dolor de los estudiantes y sus familias.

El gobierno nos exige indiferencia, nos llena de trámites burocráticos, arriesga nuestras vidas pidiéndonos salir de casa. Desde el magisterio se nos induce a la desobediencia y nos prometen una lucha quimérica, que fue incapaz de revertir las vacaciones anticipadas y suspender la evaluación docente. Al parecer estamos solos, el buque se sigue hundiendo y el director de orquesta nos obliga a interpretar la novena sinfonía. Es hora de tomar en nuestras manos la operación de rescate.




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