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SEMANARIO

Los trotskistas en la Segunda Guerra Mundial

Rescates: Rodolphe Prager

TROTSKISMO

Los trotskistas en la Segunda Guerra Mundial

Próximamente Ediciones IPS publicará la traducción de la biografía escrita por Nathaniel Flakin, Martin Monath, un trotskista judío entre soldados nazis. Esta obra relata, entre otros aspectos, el trabajo de confraternización realizado por él y otros revolucionarios franceses con los soldados alemanes de la base naval de Brest, Francia. Además, como resultado de esta confraternización editan el periódico Obrero y soldado. Para ampliar sobre el tema se puede consultar esta entrevista. A propósito de esto, nos parece oportuno rescatar el prólogo al tomo 2 de Les Congrès de la Quatrième Internationale, titulado “La Internacional durante la guerra (1940-1946)” [1], escrito por Rodolphe Prager, una suerte de breve historia de la intervención de los trotskistas en ese período. Ellos se enfrentaron a nuevas situaciones, pero intervinieron en línea de continuidad con los planteos de Lenin para la Primera Guerra Mundial y de Trotsky para la Segunda. Además, un gran número de ellos fueron reprimidos no solo por las democracias imperialistas y el nazismo, sino también por el estalinismo.

La Segunda Guerra Mundial no deja de ser un tema de actualidad, que genera vivas controversias. Con respecto a la guerra de 1914-1918, más “clásica”, presenta facetas múltiples, muy contrastantes, en las que se conjugan guerras civiles y enfrentamientos interimperialistas, y varios tipos de guerras en una. Las conquistas iniciales de Alemania, extendiendo el reinado nazi a toda Europa y buscando perpetuar su dominación con el exterminio de millones de seres humanos, determinan el giro específico del conflicto. Los móviles imperialistas de los Aliados tienden a borrarse frente a la opinión pública, para dejar aparecer solo su misión “liberadora”. Gran aceleradora de la historia, la guerra cuestiona a los regímenes y a los Estados imperialistas enfrentados a una doble amenaza: la de los imperialismos rivales y la del peligro revolucionario, contenido en germen en una conflagración mundial. La guerra también es temida por las diferentes direcciones del movimiento obrero. Durante la guerra, en las organizaciones reunidas bajo la II Internacional, se volvió costumbre despreciar los grandes ideales que alimentan los discursos dominicales de tiempos de paz, para atarse tras del carro del Estado nacional amenazado. Por poco que esto esté de acuerdo con los imperativos de la diplomacia soviética, el pavoroso ardor patriótico de los partidos estalinistas no tiene límites. Por el contrario, el combate de los revolucionarios aborda una fase decisiva, en la que su programa y sus capacidades sufren una prueba de fuego. La guerra es una cuestión clave en la política proletaria. El éxito del partido revolucionario “depende ante todo de la política en la cuestión de la guerra” (Programa de Transición).

La política de los trotskistas se definió en las Tesis del Secretariado Internacional del 1° de mayo de 1934, redactadas por Trotsky: “La guerra y la IV Internacional”, frecuentemente citada en los principales documentos del movimiento [2]. Estas retoman la orientación de Lenin durante la Primera Guerra Mundial y pregonan la estrategia del derrotismo revolucionario en un conflicto imperialista, cuya naturaleza se define con relación a los objetivos reales de los beligerantes, independientemente de sus formas de gobierno y de la vestimenta ideológica que utilicen. Las tesis rechazan particularmente la mentira de la cruzada de las “democracias” contra el fascismo. Es evidente que la responsabilidad de las “democracias” está fuertemente comprometida con la llegada del fascismo y con su supervivencia. Por otra parte, ¿su campo no comprende también a auténticas dictaduras en Polonia, en Yugoslavia, en Rumania, por ejemplo? No subsistirán grandes trazas de democracia en tiempos de guerra, esta se sustituirá por un sistema policíaco-militar. Las organizaciones obreras serán amenazadas y sus militantes llenarán las prisiones y los campos de concentración. El objetivo del conflicto no es otro que la lucha por un nuevo reparto del mundo. El proletariado solo será la víctima, no tomará parte en este reparto. Las metas imperialistas le son ajenas.

Con respecto al derrotismo revolucionario, este debe comprenderse como realmente es, más allá de las traducciones simplistas, malintencionadas o sectarias. Así, la fórmula de Lenin, frecuentemente retomada: desear y combatir por la derrota de la propia burguesía, nunca tuvo el sentido de desear y facilitar la victoria de la burguesía adversa –esto es una necedad–, decía Lenin [3]. Tampoco se trata de dejarse llevar hacia actos de sabotaje y de aventurerismo, ya que el arma de los revolucionarios sigue siendo la acción de masas, sino que se trata de continuar e intensificar una lucha de clases intransigente durante el desarrollo de la guerra. “El enemigo está en nuestro propio país”. La derrota que se prevé es la resultante de la ofensiva revolucionaria del proletariado. “La derrota es el mal menor” significa que una derrota militar provocada por el desarrollo revolucionario es mucho más benéfica para el proletariado que una victoria obtenida por la “unión sagrada”; las tesis de la IV Internacional evocan, en sustancia, todo esto. Lenin creía que los fracasos y reveses militares a veces se muestran favorables para despertar la conciencia de masas y el impulso revolucionario. Es evidente que esta hipótesis no puede verificarse en todo momento, y Lenin no llegó a ver las derrotas del tipo de junio de 1940 [4], que significaron una tremenda postración en la clase obrera. La idea central que debe destacarse es que la continuidad de la lucha de clases y la salvaguarda del internacionalismo exigen una total disociación de los intereses nacionales de la burguesía. El derrotismo no es una consigna, no es una fórmula comodín que dispensa la necesidad de considerar las condiciones concretas de cada conflicto para encontrar las soluciones apropiadas.

Algunos comentarios dejan entrever que el rechazo absoluto de la “defensa de la patria”, el derrotismo revolucionario, que se justifica totalmente en una guerra de posición, no tenía sentido y no encontraba campo de aplicación frente a las “victorias napoleónicas del ejército hitleriano” [5]. Es verdad que las condiciones de la lucha eran muy diferentes y se necesitaban otras alternativas tácticas, otras consignas. Pero, no obstante, el antagonismo entre la burguesía y el proletariado no se disipaba, muy por el contrario: la estrategia contrarrevolucionaria de los aliados se traslucía a cada paso. La unión nacional se volvía un engaño. Por cierto que no es a los trotskistas a los que se les puede reprochar el hecho de haber minimizado la diferencia entre regímenes democráticos o fascistas. No pensaron en ningún momento en confiar en la burguesía para combatir al fascismo, que debía ser vencido por el proletariado, con sus propias armas y según sus propios objetivos. ¿Hubiera sido necesario derrotar primero a Hitler? ¿“Comprometerse prioritariamente en la lucha armada para combatir al fascismo, para luego encarar la perspectiva de la revolución”, como se nos sugiere [6]? Idea absurda, inspirada en un falso realismo, la de esta mutación de los revolucionarios que resignarían durante un tiempo su programa, que renunciarían a sus objetivos para someterse a sus adversarios de clase, más determinados que nunca en sus destinos reaccionarios. El desarme tiene un único sentido: solo hay que recordar las amabilidades norteamericanas prodigadas en Vichy, y su intento de ayudar a Darlan [7] y a Giraud, como así también la masacre de los partisanos griegos a manos del ejército de Churchill. ¿Los revolucionarios renunciarían a su combate en lo más fuerte de la crisis del capitalismo internacional y de las relaciones sociales, para renacer de sus cenizas cuando la guerra terminara? ¿Con el objetivo de no luchar contra la corriente y de sacrificarse por un seudoantifascismo? Sobrevivir a un suicidio político sería, como mínimo, una empresa arriesgada.

Incluso bajo la ocupación nazi, la lucha de clases continuaba, y el combate revolucionario se interrumpía menos que nunca. Las implicancias del derrotismo revolucionario –el internacionalismo proletario, la confraternización, la transformación de la guerra imperialista en guerra civil– seguían siendo de candente actualidad. El hecho nuevo, la opresión nacional en el contexto de la guerra imperialista, era de primordial importancia y debía traducirse en la acción de los revolucionarios. Algunos se equivocaron y lo subestimaron. De alguna manera, asimilar esta situación a la de los países coloniales era cometer el error inverso. Participar en la lucha de masas contra la opresión nazi, sin concesiones al chovinismo imperante, sin pactar con la burguesía, combatiendo con sus propios métodos de clase, era la línea directiva de los revolucionarios. Los trotskistas no la pusieron en práctica correctamente desde el principio, sino que lograron llegar a esto por correcciones sucesivas, a medida que se borraban los traumatismos de junio de 1940. La reivindicación del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos debía agregarse al programa de la revolución proletaria.

Las relaciones con la Resistencia oficial, que abrazaba la causa de los aliados, cuando no estaba subordinada a los servicios especiales angloamericanos o gaullistas, no podían tomar otra forma que la independencia, a menos que se consintiera al Frente de los franceses [8]. Pero no hay que confundir esta estructura con los movimientos de masas y englobarlos con la misma reprobación. Tampoco hay que excluir una participación individual en estos movimientos para influenciar a algunos de sus miembros, o para permitir colaboraciones de orden técnico. Este trabajo no tuvo suficiente desarrollo por falta de efectivos y porque los trotskistas dieron prioridad a la lucha en las fábricas. Tampoco hubiera modificado sensiblemente las relaciones de fuerzas y el curso de los acontecimientos. Los fracasos de los trotskistas no provinieron de la falta de tácticas, sino de su situación a contra corriente y por la influencia del estalinismo sobre las masas. Una cierta dosis de “realismo” oportunista hubiera podido alterar la fisonomía del movimiento inútilmente, sin alcanzar buenos resultados. No bastaba con aligerar el bagaje ideológico para tener grandes éxitos. Hubiera sido demasiado fácil y esta es una vieja ilusión. Al decir esto, nuestro propósito no es encarar toda la actividad trotskista sin mirada crítica, sino poner las cosas en su lugar. Este libro se dedica a mostrar todo, a decir lo que es, sin seleccionar lo “bueno” y lo “malo”.

La realidad de la Resistencia también tiene sus matices. A juzgar por la impresionante cantidad de obras que le fueron consagradas, uno puede imaginarse que toda Francia era resistente. Pero no fue así, y muchos autores lo demostraron. Los miembros de la Resistencia más numerosos, fueron, por lejos, los de la 23ª. y de la 24ª. hora. Extremadamente minoritarios, y en sus inicios, a veces impopulares, las redes y los maquis solo tuvieron carácter de masas a partir de 1943. Las acciones populares no iban tan en línea recta como puede parecer. No olvidemos que el mariscal Pétain tuvo en París, aún en la primavera de 1944, un caluroso recibimiento de parte de la multitud. Un homenaje rendido más a su persona que al régimen que encarnaba. La Resistencia tomó formas variadas y adquirió una influencia de masas más o menos importante, según las particularidades de los países implicados. Los movimientos partisanos en países con mucha población campesina, como en Yugoslavia, Polonia, Grecia, que se comprometieron con la lucha desde el principio, tuvieron un carácter muy diferente, verdaderamente popular y su evolución social fue más pronunciada.

La aplicación de nuevas tareas bajo la ocupación ponía de relieve uno de los pasajes del Programa de Transición, que varios de los delegados, durante el Congreso de Fundación de la IV Internacional, habían querido enmendar o suprimir [9]: “En el pacifismo, así como en el patriotismo de los oprimidos, hay elementos progresivos que reflejan, por un lado, el odio contra la guerra destructora y, por el otro, su apego a lo que creen que es por su propio bien”. Las polémicas en torno a esta frase fueron muchas, como se puede suponer. Pero este párrafo no hace ninguna conciliación con el socialpatriotismo y tiene el mérito, no de contentarse con la repetición de los grandes principios, sino de apoyar las reivindicaciones, incluso las que se pueden satisfacer parcialmente, capaces de hacer actuar a las masas y de despertar su espíritu crítico. De nuevo era necesario no equivocarse y encontrar una puesta en práctica adecuada. Se sabe por experiencia que, en circunstancias críticas, el sendero de una política correcta que transita entre el oportunismo y el sectarismo es muy estrecho.

En otro orden de ideas, la “Política Militar Proletaria”, adoptada por el SWP de EE.UU. por sugerencia de Trotsky, encontró reacciones bastante negativas en amplias secciones de la IV. Trotsky atacó vivamente a las corrientes pacifistas y neutralistas norteamericanas, dirigidas por el sindicalista John Lewis, quien hacía campaña contra el servicio militar obligatorio. El Workers Party de Shachtman adhirió a esta campaña. Ubicándose en la tradición leninista [10], Trotsky consideraba ridículos los discursos pacifistas contra la militarización, que ya era un hecho, mientras que la guerra hacía estragos [11]. El enfrentamiento de clases no podrá evitar la lucha armada: por lo tanto, a los obreros les interesa aprender el arte militar. “Un bolchevique trata no solo de convertirse en el mejor sindicalista, sino también en el mejor soldado” [12]. En la perspectiva del armamento del proletariado, Trotsky retoma la reivindicación transitoria: creación de escuelas militares especiales para la formación de oficiales salidos de las filas de los trabajadores, funcionando junto con los sindicatos. Esta postura no es comprendida en numerosas secciones, como lo testimonia el gesto del Partido Comunista Revolucionario belga, que en su edición clandestina del Manifiesto de la Conferencia Internacional de mayo de 1940, realizada bajo la ocupación, se toma la libertad de censurar el párrafo dedicado a esta cuestión [13]. Acto reprobado por la sección francesa y por el Secretariado Europeo, quienes tenían una opinión moderada sobre la cuestión. Así, la reproducción de los textos de la convención del SWP de septiembre de 1940 en el Boletín Regional de la zona sur provocó un clamor de protesta de los militantes, que unánimemente creían utópica y condenable esta política [14]. También, el RCP (Partido Comunista Revolucionario) británico tuvo una posición muy reservada, pero sus voces más extremas, como la de Munis [15], en México, se hicieron escuchar gritando: traición. Es lamentable que el profundo debate internacional que el Secretariado Europeo quiso hacer con las secciones europeas en 1945 sobre esta cuestión no haya podido tener lugar, a causa de la dimensión de los temas que en ese momento estaban a la orden del día. [16]

La complejidad de los problemas se acrecienta por la interferencia de guerras de naturaleza diferente: guerra interimperialista que pone de relieve el derrotismo revolucionario, guerra que enfrenta a la URSS con Alemania, en la que los trotskistas se pronuncian por la defensa de la URSS, guerra justa de China contra Japón, en donde pelean por el triunfo de China. En lo que atañe a la defensa de la URSS, esto no implica atenuar la hostilidad hacia la burocracia reinante, y “más que nunca el proletariado internacional tendrá que salvaguardar su total independencia de la diplomacia soviética” [17]. De esto se desprende que el proletariado no se convertirá en un aliado de los aliados imperialistas de la URSS, y que su intervención contra su propio gobierno conserva la misma intensidad y no está afectada de ninguna manera: “En este sentido, su política no será diferente de la del proletariado del país que pelea contra la URSS. Pero en lo que hace a la actividad concreta, pueden surgir diferencias considerables según la situación de la guerra. Por ejemplo, sería absurdo y criminal, en caso de que se declarase una guerra entre la URSS y Japón, que el proletariado norteamericano saboteara el envío de municiones a la URSS. Pero el proletariado de un país que pelea contra la URSS se vería absolutamente obligado a recurrir a acciones de este tipo: huelgas, sabotajes, etc.” [18]. Esta parte de la tesis fue muy cuestionada por Craipeau [19] y Vereeken [20], y vilipendiada por la ultraizquierda. Trotsky tuvo la oportunidad de ilustrar varias veces sobre este punto, sobre todo en la comisión Dewey, que investigó los Procesos de Moscú, en EE.UU. Con el ejemplo de Vereeken, algunos militantes quisieron ver en esto un cambio de posición en la cuestión de la guerra. Ellos declaraban que renunciar al sabotaje en un país aliado a la URSS era renunciar al derrotismo revolucionario e inclinarse hacia la “unión sagrada” [21].Independientemente de estas exageraciones que subrayan una vez más la resistencia contra la que se chocó el rechazo al doctrinarismo de Trotsky, no se pueden ignorar las repercusiones que tuvieron la imbricación de los dos tipos de conflictos. La identificación, en los trabajadores, de la causa de la URSS con la de sus aliados le confirió más poder a la corriente de unión sagrada y al chovinismo antialemán. La puesta en práctica propagandística de la defensa de la URSS a veces tomó una forma oportunista.

Lo que quizás llamará la atención, sobre todo en la lectura de los textos de este libro, es el divorcio entre algunas perspectivas y las realidades de posguerra. La previsión marxista es una herramienta indispensable para la acción pero, por supuesto, tiene sus límites. Define las características de un período y los posibles desarrollos que guiarán la intervención política y la elección de las consignas. No tiene nada que ver con una profecía que pretendería describir un futuro, que siempre será más rico, más inesperado y más caprichoso que las mejores previsiones. Por su parte, Trotsky era muy consciente de la relatividad de los pronósticos políticos, lo que no lo llevaba a poner freno a su audacia. En su justo término, porque la audacia es un elemento del combate político, con la reserva de no sucumbir al formalismo y de operar a tiempo los ajustes necesarios.

Que el agravamiento de las contradicciones del mundo capitalista y la guerra más devastadora engendran los más vastos levantamientos en todos los continentes, es una perspectiva que se ha verificado perfectamente, y los trotskistas son quienes la han profundizado más. Seguramente no es absurdo deducir de ello el punto de vista de una época revolucionaria sin precedentes que corresponde a la crisis de un capitalismo vacilante. Condiciones tan excepcionales también son, por definición, las más favorables para la emergencia de un nuevo partido revolucionario, ya que la bancarrota y el desmembramiento de las organizaciones de la II y de la III Internacional hacen sentir la necesidad de este. Un punto crucial, difícil de aprehender, concernía a la capacidad de resistencia de la burocracia soviética en semejante tormenta. Según la opinión de Trotsky, como fenómeno transitorio, poco estable, ligado a una cierta relación de fuerzas internacional, el poder de la burocracia no parecía poder sobrevivir a tal borrasca. En esta hipótesis, el estalinismo sufriría un golpe fatal que acrecentaría la posibilidad de transformación de la IV en organizaciones de masas. Esta posibilidad pareció confirmarse en los comienzos de la guerra, luego de la firma del pacto Stalin-Hitler que sacudió seriamente a los partidos comunistas. La constatación que se impone es que, generalmente, la tendencia de las previsiones establecidas por Trotsky, y mucho antes, por Marx y Lenin, para no nombrar más que a ellos, tiende hacia un acortamiento de los plazos históricos a la medida de una existencia humana. El análisis referido a la relación de fuerzas entre las clases en movimiento trata de estudiar las potencialidades que pueden ser explotadas por la acción política. En este estadio interviene la compleja dialéctica de factores objetivos y subjetivos. El análisis faltaría a su objetivo si no tomara en cuenta los giros bruscos, las prodigiosas aceleraciones que marcan el proceso histórico en ciertas etapas. Si el partido toma una prudencia excesiva, este análisis puede volverse contemplativo, objetivista, corriendo el riesgo de desterrar su espíritu ofensivo.

Obligados a aliarse a la URSS para terminar con la terrorífica maquinaria militar alemana, los imperialistas occidentales, por largo tiempo, dejaron agotarse a los dos beligerantes en el frente ruso, para debilitar a su inoportuno aliado. Los generales norteamericanos de renombre se preguntaban si no se habían equivocado de enemigo. Finalmente, Roosevelt y Churchill debieron pagar caro la alianza contrarrevolucionaria con Stalin para salvaguardar el mundo capitalista. Aunque habiendo acumulado enormes errores y estando al borde de perder durante las espantosas ofensivas de la Wehrmacht, el hundimiento general del imperialismo le permitió a la burocracia salir fortalecida de la guerra. El prestigio del estalinismo, su influencia sobre las masas y, por ende, su capacidad contrarrevolucionaria, se acrecentaron en proporciones desconocidas hasta entonces. El estalinismo fue un obstáculo enorme que se erigía frente al ascenso revolucionario, que se conjugaba con el de la socialdemocracia, relegada a un segundo plano. Esta fue una de las causas que limitó la oleada del 1943-1947 y la condenó al fracaso. Pero no fue la única.

Con el estallido de la Segunda Guerra, esta vez no hubo fervor patriótico, los hombres fueron al frente con resignación y tristeza. Pero, por el contrario, al salir del terror nazi, de las deportaciones y ejecuciones sumarias, la exasperación del sentimiento nacional volvió más difusas las fronteras de clase. El entusiasmo por la Liberación y el recibimiento delirante hecho a los “libertadores” dejaron poco lugar al sentimiento antiimperialista. Tales disposiciones, que encontraban argumento en las campañas ultrachovinistas del estalinismo, imbuido de su nuevo papel de partido de gobierno, limitaban el impacto de la acción revolucionaria. Los sentimientos de las masas no eran los mismos al final de la Primera Guerra, aunque frecuentemente se comparaban. La generación de la guerra de trincheras, que le ponía una flor al fusil, experimentó una irresistible aversión contra la inmensa carnicería, y al patriotismo le sucedió la firme resolución de combatir a los responsables de la matanza para “no pasar nunca más por esto”. Estimulada por el aliento de la Revolución rusa, esta generación se lanzó hacia la toma del poder. Su compromiso político se traducía en la radicalización del movimiento obrero y en la ruptura con el reformismo. Los nuevos partidos nacieron a partir de fracciones de izquierda existentes en los partidos socialistas.

Sin embargo, la aspiración al cambio se manifestó en 1944, y la iniciativa popular fue pisoteada por las prerrogativas de las instituciones implementadas a toda prisa. La lista de los nuevos prefectos ya había sido designada antes, en Argelia, por el gobierno de De Gaulle, cuidadoso de evitar todo vacío de poder cuando se produjera la partida de la Wehrmacht. No bien regresó de su exilio en Moscú, Thorez [22] tuvo que imponer su autoridad para obtener que las armas sean devueltas a las autoridades. Pregonó “un solo ejército, una sola policía, una sola administración”, luego entonó el himno a la producción: “Producir ahora, pelear por reivindicaciones después... la huelga es el arma de los trusts”. Mereció los homenajes póstumos de De Gaulle, quien se felicitó por haber recurrido a los ministros comunistas en su gobierno. El flujo de adhesiones registrado en los partidos obreros tradicionales batió todos los récords, y la voluntad popular se expresó, además, por la vía de las urnas, que dio la mayoría absoluta a socialistas y comunistas en la Cámara de Diputados. Hecho instructivo: los dos partidos renunciaron a hacer uso de esta mayoría para constituir un gobierno a su imagen.

El peso de las derrotas de 1923 a 1939 no fue el mismo en el proletariado de todos los países europeos. Los trabajadores italianos, sometidos durante más tiempo al yugo fascista, dieron muestras de una gran combatividad y lucidez en 1943, ante la caída de Mussolini, comprometiéndose de entrada en la construcción de embriones de soviets. El movimiento obrero había salido reforzado, mejor estructurado, transformado, de las batallas de 1936. Pero ahora se erigía el primer Estado obrero, con la aureola de sus éxitos militares, y dotado de colosales medios para oponer una barrera a la extensión de la revolución. Solo concebía anexiones territoriales estratégicas sometidas a su control absoluto. A su turno, esta extensión de la esfera de influencia soviética, estas nuevas conquistas podían percibirse como la confirmación de las altas cualidades de la estrategia estalinista, del basamento de toda una política.

La experiencia muestra que el movimiento obrero tradicional, el mejor implantado, el más sólidamente estructurado, es el que ofrece mayor resistencia a la irrupción revolucionaria. Tiende a reducir la espontaneidad proletaria y las oportunidades de desbordes, y si no puede evitarlos, toma el control de los aparatos políticos y sindicales. Este problema no es nuevo, ya preocupó a la III Internacional en su 3° y 4° Congreso. Contrariamente a lo esperado, la preeminencia socialdemócrata en el movimiento obrero en un gran número de países europeos no hizo mella de manera decisiva en la Internacional Comunista. Por cierto, una mayor madurez de los jóvenes partidos comunistas y una bien entendida política de frente único tendrían que haber permitido limitar la influencia de estos partidos. No es menos cierto que el peso de la tradición le asegura al reformismo una capacidad de resistencia y una longevidad inesperada, que contribuyó a muchos de los pronósticos optimistas de la III y, luego, de la IV Internacional. Los trabajadores no cambian de organización como de marca de auto. No les basta con que les muestren una nueva bandera o un nuevo programa, por más correctos que sean. Incluso insatisfechos y desconfiados frente al partido al que pertenecen, no se resignan a cambiar más que en última instancia. Y esto por la simple razón de que estas organizaciones constituyen sus instrumentos de defensa y de lucha cotidiana, que solo pensarían reemplazar si su fracaso irremediable pareciera garantizado, y con la condición de que una nueva formación bastante fuerte y creíble, que ya se haya probado, pretenda tomar la delantera.

Un número muy pequeño resuelve comprometerse con las organizaciones minoritarias de vanguardia. Aunque las posibilidades de extensión de estos movimientos en la actualidad sean otras que las de los años 40´, los mismos no pueden llegar a crear partidos revolucionarios de masas por la simple vía de la extensión progresiva. El desarrollo de tales partidos presupone que las organizaciones tradicionales se debiliten mucho por crisis profundas, provocando la salida de sectores enteros de sus miembros. Así se formaron los partidos comunistas, y más o menos así se puede suponer que ocurriría en los partidos de la IV Internacional.

El factor de la tradición obrera –por razones bien conocidas– interviene, por el contrario, más débilmente en las regiones con fuerte dominación campesina, en donde una dirección revolucionaria puede alcanzar una influencia de masas determinante en plazos más cortos. El ejemplo clásico es, naturalmente, el de la Revolución rusa que vio al Partido Bolchevique desbordar las organizaciones reformistas en el curso de algunos meses. La resolución, por parte del proletariado, de las tareas en suspenso de la revolución democrática –la reforma agraria y la emancipación nacional– favorece la toma del poder en los países poco desarrollados económicamente. En comparación, esta resolución es más difícil en las naciones altamente industrializadas.

El balance de la IV Internacional a lo largo de los años de la guerra, presentado sin hipocresía, es verdaderamente positivo y justifica un legítimo orgullo. Las críticas negativas pecan, en general, de desconocimiento global del tema. Citan episodios aislados de contexto, “ignoran” que las desviaciones o debilidades fueron superadas y tuvieron su correspondiente autocrítica, le reprochan a la IV Internacional no haber recorrido un camino sin errores. Al hacer esto, no se percatan que se sacrifican un poco al mito de la infalibilidad, que es una invención estalinista. Trotsky tenía buenas razones para incluir en las tesis “La guerra y la IV Internacional” un extenso pasaje que recuerda la falsificación estalinista de la historia del Partido Bolchevique, con el fin de destacar que, para “para un partido revolucionario es especialmente crítico el momento en que se declara la guerra. La prensa burguesa y socialpatriota, en alianza con la radio y el cine, derramarán sobre las masas trabajadoras torrentes de veneno chovinista. Ni el partido más revolucionario y templado puede resistirlo totalmente” [23]. Efectivamente, es necesario recordar las fluctuaciones que se produjeron en el Partido Bolchevique en 1914. Sus diputados en la Duma firmaron con los parlamentarios mencheviques, “una declaración socialpatriótica teñida de un internacionalismo pacifista”. El trabajo ilegal cesó casi totalmente durante un tiempo. Enseguida hubo un enderezamiento pero, casi todos los diputados se delimitaron del derrotismo revolucionario levantado por Lenin. Para no hablar de la orientación socialpatriótica de la Pravda en marzo de 1917, por influencia de Stalin y Kamenev, al inicio de la revolución.

Por más que los trotskistas se prepararon para esta situación, no estuvieron totalmente inmunizados contra la presión de los acontecimientos después de la derrota de junio de 1940. El momento era mucho más trágico que en 1914. También hay que considerar que las crisis internas y las divisiones que habían sufrido, en un momento de retroceso obrero marcado por el fracaso de la huelga general del 30 de noviembre de 1938, les hizo abordar la guerra en las peores condiciones. El estado de sus fuerzas disponibles luego de las movilizaciones –principalmente de los militantes más jóvenes y de las mujeres– no fue tan catastrófico como lo predijo Trotsky, quien, pintando un cuadro muy sombrío, daba a entender que, en Francia, quizás tres o cuatro militantes permanecerían fieles, al escapar de los arrestos y de la movilización [24]. Se comprenderá que su intención no era negar la capacidad de la sección francesa, no importa cuales fueran sus lagunas en materia de organización –el “mal francés”–, sino insistir en las circunstancias totalmente excepcionales a las que se enfrentaron, circunstancias capaces de cuestionar la supervivencia de una organización.

Las condiciones de la lucha y los problemas originales que surgen de improviso, naturalmente, exponen a los revolucionarios a cometer errores más graves que en tiempos ordinarios. No siguen siendo menos revolucionarios si no reniegan, si prosiguen la lucha, si corrigen sus faltas; entonces no hay que someterlos al rigor.

A quienes dudaban de la oportunidad de construir la IV Internacional en un período de retroceso, con fuerzas débiles, la guerra les dio una rápida respuesta. Enfrentó valientemente el desencadenamiento de la violencia, las persecuciones de los regímenes democráticos, fascistas y a los asesinos estalinistas, que se encarnizaron con sus organizaciones. Permaneció fiel a sus convicciones revolucionarias. A pesar de las graves pérdidas que tuvo que lamentar y de algunos quiebres individuales inevitables, hay que destacar que no solamente mantuvo sus fuerzas, sino que las reforzó y rejuveneció en Gran Bretaña, EE.UU., Francia y otros países. Si bien, por los límites de la situación revolucionaria y por el resurgimiento estalinista, no pudo realizar la esperada apertura hacia las masas, vio nacer nuevas secciones en América Latina, los Países Bajos, Italia, India, Egipto, Chipre, etcétera.

La Internacional es un instrumento político irremplazable en una época difícil en donde los problemas se mundializan y las visiones nacionales se vuelven inoperantes. Ofrece la posibilidad de superar las particularidades y de contener las fuerzas centrífugas llamadas a acentuarse en situaciones críticas. Basta con referirse a la Conferencia Europea de febrero de 1944 para juzgar los frutos de una búsqueda y de un debate internacionales que reorientaron al movimiento y unificaron sus puntos de vista y sus objetivos.

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Por último, debe destacarse el esfuerzo de ayuda mutua, de solidaridad moral y material, tan vital en la adversidad. El SWP de EE. UU. ayudó materialmente a las secciones europeas en 1939 y retomó las comunicaciones con ellas a partir de 1944-1945. Se debe hacer un homenaje a los militantes de este partido que, atravesando los océanos, aseguraron la conexión con los trotskistas de un gran número de países. Bajo el impulso de su dirigente, James P. Cannon, el SWP desde 1936 había emprendido un trabajo en la marina mercante y en los sindicatos marítimos. La “fracción marítima” se amplió mucho durante la guerra y llegó a tener ciento cincuenta militantes, quienes reconfortaron y transmitieron información y documentación a los militantes de India, Australia, Sudáfrica, Antillas, Cuba, Gran Bretaña, Francia e Italia. En Murmansk, en la URSS, difundieron volantes en ruso. Los convoyes de navíos fueron atacados regularmente por los submarinos alemanes, que hundieron un gran porcentaje de barcos. Siete militantes murieron en alta mar. Otros fueron rescatados del naufragio. Durante la guerra, navegaron varios dirigentes conocidos del SWP: Joseph Hansen, Sam Gordon, Franck Lovell (su barco se hundió en las costas de Islandia), Tom Kerry, Art Sharon, Morris Chertov y George Clark (cuyo barco se hundió cerca de la costa atlántica de EE. UU.). El internacionalismo no tenía valor simbólico para estos militantes, que pagaron con sus propias vidas el hecho de mantener viva a la IV Internacional [25]. Se puede medir mejor hasta qué punto el papel del SWP, que tuvo que soportar una pesada carga en la conducción de la Internacional, fue capital.

La evocación del combate de la IV Internacional no se concibe si se omite la amplitud de la represión que la golpeó y las dolorosas pérdidas, que alcanzaron a sus mejores cuadros y dirigentes, que tuvo que lamentar. Las pérdidas se hicieron sentir duramente al final de la guerra. Lamentablemente, no se puede establecer un estado exhaustivo de estas víctimas. Sin embargo, quisimos publicar una lista como anexo que, seguramente, tendrá numerosas lagunas. Los trotskistas fueron perseguidos en todos los países, en todos los regímenes, y sufrieron, además, la venganza asesina del estalinismo, que persiguió a sus militantes hasta las prisiones y los campos de concentración.

En Francia, a partir de 1939-1940, durante el gobierno de Daladier, cinco miembros del POI (Stève, Rigaudias, Baufrère, entre sus dirigentes), y luego diez militantes del grupo Frank-Molinier, entre ellos Margne y Boussel-Lambert, fueron apresados. Más de ciento cincuenta trotskistas franceses fueron detenidos o deportados durante la ocupación. Treinta y cinco a cuarenta fueron muertos, fusilados como Jean Meichler, Marc Bourhis, Henri Lebacher y André Thiolon, asesinados como Robert Cruau y Marcel Hic, principal dirigente del movimiento, o muertos en los combates de la “Liberación”, como Henri Molinier, uno de los fundadores de la Oposición de Izquierda, y el joven obrero Henri Van Hulst. Sin olvidar al viejo dirigente comunista italiano Pietro Tresso y sus tres camaradas, liquidados, aparentemente, por los estalinistas en un maquis de la Haute-Loire. La sección belga también fue atacada. Gran parte de sus deportados no sobrevivieron a los horrores de Neuengamme y Auschwitz, entre ellos, destacados dirigentes como León Lesoil, fundador de la sección y principal dirigente, y Abraham Leon-Wajnsztok, secretario del partido durante la guerra, miembro del Secretariado Europeo. En los Países Bajos, ocho miembros de la dirección del antiguo RSAP, entre ellos Sneevliet, quien inspiró la política de la III Internacional en los países coloniales, Menist y Dolleman fueron condenados a muerte y fusilados el 13 de abril de 1942. En Polonia, la sección desapareció. En Austria, los trotskistas fueron arrestados, condenados a partir de 1936, deportados en 1938 y sufrieron grandes pérdidas en los campos. Dos dirigentes, Joseph Jakobovits y Franz Kascha fueron fusilados en 1944. La sección alemana fue diezmada por los procesos nazis de 1936-1937. Durante la guerra, perdió dirigentes como Walter Held, asesinado por la GPU, Widelin-Monath, asesinado por la Gestapo en París, en julio de 1944, y el antiguo miembro de la dirección del PC alemán, Werner Scholem, asesinado en Buchenwald en agosto de 1940. Los trotskistas griegos tuvieron que lamentar muchos asesinatos, en su gran mayoría, imputables al estalinismo. Entre ellos, el eminente dirigente Pouliopoulos, antiguo secretario del PC, y Xypolitos, Yannakos, Verouchis, Doxas, Makris, Tatsis, Dimitriadis, Krokos, todos cuadros del movimiento.

Las pérdidas trotskistas en Indochina fueron particularmente altas, sobre todo a manos de los estalinistas que asesinaron al popular dirigente Ta Thu Thau, y a sus camaradas Phan Van Hum, Tran Van Trach, Huynh Van Phuong, entre muchos otros. Los trotskistas chinos fueron alcanzados a la vez por las fuerzas japonesas, por las de Chiang-Kai shek y las de Mao-Tse tung, y perdieron a uno de sus principales dirigentes: Chen-Chi chang. En Ceilán, los dirigentes más conocidos fueron arrestados desde el comienzo de la guerra, se fugaron y retomaron la lucha en India, en donde fueron nuevamente arrestados en compañía de numerosos militantes hindúes. En Palestina, varios trotskistas permanecieron en prisión durante la guerra.

Incluso la apacible Suiza apresó a los trotskistas en 1940 y los procesó en 1942. En Gran Bretaña, militantes extranjeros, como Pierre Frank, fueron internados en campos, y dirigentes del RCP fueron arrestados y perseguidos en 1944. Por último, en el “corazón de la democracia”, en Minneapolis, EE.UU., en octubre de 1941, se desarrolló un proceso contra veintiocho sindicalistas y dirigentes del SWP. Dieciocho de ellos sufrieron condenas de doce a dieciséis meses de prisión, que purgaron en 1944. Los principales líderes del partido estuvieron implicados y fueron apresados: James P. Cannon, Farrel Dobbs, Albert Goldman, Felix Morrow, Grace Carlson, Vincent Raymond Dunne... Una gran campaña pública, que encontró gran eco y sirvió al SWP, recorrió todo el país. El trotskismo atormentaba a las potencias que temían un coletazo revolucionario y este puñado de hombres y mujeres eran verdaderamente el enemigo jurado de la reacción y del estalinismo.

Traducción: Rossana Cortez


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NOTAS AL PIE

[1Esta traducción se hizo especialmente para el Cuaderno del CEIP, “Los trotskistas en la Segunda Guerra Mundial”, que se publicó en el año 2000. Fue corregida y editada para esta publicación.

[2León Trotsky, Oeuvres, vol. 4, EDI, París, 1979, p. 48. En español ver La Segunda Guerra Mundial y la revolución, OE 8, IPS, 2015, pp. 145-176.

[3Lenin-Zinoviev, Contre le courant, tomo 1, p. 116. Artículo: “Del derrotismo en la guerra imperialista”, reimpreso por Maspero, París, 1970.

[4El 14 de junio de 1940 cae París y las tropas de Hitler entran en la ciudad. Entre el 16 y el 22, Pétain sucede a Reynaud como premier de Francia. Francia capitula. Alemania mantiene ocupada la costa atlántica y la mitad norte del país, incluso París. En el sudeste, se establece un territorio “libre” con capital en Vichy bajo el gobierno colaboracionista de Pétain. El general De Gaulle (que había sido parte del gobierno de Reynaud) se traslada a Gran Bretaña.

[5Roman Rosdolsky, Studien ueber revolutionaere Taktik, Archivo Drucke, Berlín, 1973.

[6Jacqueline Pluet Despatin, Les trotskistes et la guerre 1940-1944, Anthropos, Paris, 1980.

[7François Darlan (1881-1942): Militar francés, jefe del Estado Mayor de la Marina en 1936, durante el gobierno del Frente Popular, y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Marinas en 1939. Después de la invasión a París y la ocupación de Francia por los ejércitos nazis, se alineó a los postulados colaboracionistas del mariscal Pétain y se trasladó a la ciudad de Vichy, capital de la Francia no ocupada. A principios de 1942 se trasladó a Argelia, en donde fue capturado por los ejércitos aliados. Darlan se ofreció a colaborar en contra del régimen de Vichy, y los Aliados lo nombraron comisionado del África francesa. Fue asesinado ese mismo año y lo sucedió Henri-Honoré Giraud (1879-1949), quien fue máximo responsable militar de los territorios franceses del norte y oeste de África.

[8Movimiento de la Resistencia interior francesa creado por el Partido Comunista francés a través de un llamado público en L´Humanité publicado en 1941. Apelaba a una gran unión patriótica abierta a quienes no eran comunistas para incorporar a todos los sectores de la sociedad.

[9Les Congrès de la IV Internationale, vol. 1, pp. 223-225 y 246-248. En español ver El Programa de Transición, OE 10, IPS, 2017, p. 60.

[10Lenin-Zinoviev, ob. cit., tomo 2, artículo “Sobre la consigna del desarme”.

[11León Trotsky, Sobre la Segunda Guerra Mundial, comentado por Daniel Guérin, Seuil, París, 1974, pp. 207-209.

[12La Segunda Guerra Mundial…, ob. cit., “Manifiesto de la IV Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial”, p. 301.

[13Les Congrès de la IV Internationale, ob. cit., p. 377.

[14Bulletin Mensuel de la IV Internationale (zone libre) N.º 2, abril de 1941.

[15Grandizo Munis (1912-1989): Militante de la Izquierda Comunista de España y de la IV Internacional. Se afilió a la sección española de la Oposición de Izquierda de León Trotsky en febrero de 1930. Defendió la entrada de la ICE en el PSOE y las Juventudes Socialistas ante el giro a la izquierda que estaban viviendo esas organizaciones. Sin embargo, la ICE se fusionó con el Bloque Obrero y Campesino para formar el POUM en septiembre de 1935. Dirigió la reconstrucción de las fuerzas trotskistas fundando la Sección Bolchevique-Leninista de España, que publicó el periódico La Voz Leninista. Formada por la minoría trotskista procedente de la ICE y voluntarios internacionales, solicitó el ingreso en el POUM como fracción, pero dicha propuesta fue rechazada, afiliándose la mayoría de sus miembros de forma individual. El 5 de abril de 1937 la mayoría de ellos fueron expulsados. Durante las Jornadas de mayo de 1937 participó junto a la Agrupación de los Amigos de Durruti de la CNT-FAI y el ala izquierda del POUM en los llamamientos a proseguir los combates frente a la contrarrevolución estalinista y sustituir al gobierno republicano por una junta revolucionaria elegida por obreros, campesinos y soldados. Tras el comienzo de la represión en la zona republicana, Munis pasó a la clandestinidad, hasta ser detenido el 12 de febrero de 1938. Tras ser torturado duramente por el NKVD, consiguió evadirse y huyó hacia el exilio en Francia. Durante la Segunda Guerra Mundial, se mostró partidario de no defender a la URSS, a la que consideraba una potencia imperialista más y con un régimen de capitalismo de Estado.

[16Bulletin du Secrétariat européen, N.º 5, abril de 1945.

[17Tesis, “La la guerra y IV Internacional”, ob. cit., p 161.

[18Ibídem, p. 162.

[19Yvan Craipeau (1912-2001): Dirigente bolchevique-leninista de la Juventud Socialista Francesa y miembro de la IV Internacional durante la Segunda Guerra Mundial. Uno de los conductores de la tendencia del POI que estaba a favor de la entrada en el PSOP. Dejó el movimiento trotskista en 1948 para unirse luego a diferentes grupos centristas.

[20Georges Vereeken (1896-1978): Se unió al PC belga en 1922. Miembro de su CC en 1925. Partidario de la Oposición de Izquierda desde su fundación. Miembro del SI de la Oposición de Izquierda, posteriormente, de la LCI. Se opuso al “giro francés” y al entrismo. En 1936 se unió a la Acción Socialista Revolucionaria surgida del POB de Walter Dauge y constituyeron el Partido Socialista Revolucionario. Criticó la posición del Buró Ampliado de Ámsterdam sobre el POUM y polemizó contra Trotsky sobre la cuestión española en 1937. Abandonó el PSR en ese año. Clandestino durante el período de la guerra. Regresó a las filas de la IV Internacional pero luego la dejó en el mismo momento que Michel Pablo.

[21Bulletin intérieur du Secrétariat international N.º 2, abril de 1938, y Georges Vereeken, La Guépéou dans le mouvement trotskiste, La Pensée Universelle, París, 1975, pp. 266-283.

[22Maurice Thorez (1900-1964): Miembro del PS francés en 1919. Entró en el Comité Central del PC a partir de 1924. Secretario General del PC francés desde 1930 hasta su muerte. Fue un fiel lugarteniente de Stalin. Se exilió en la URSS durante la guerra por una condena por deserción en 1939. Retornó a Francia indultado por De Gaulle en 1944 y fue el artífice del desarme de la resistencia comunista y de la subordinación del PC a la burguesía francesa. Fue ministro sin cartera entre 1945 y 1946 y vice primer ministro entre 1946 y 1947.

[23“La guerra y la IV Internacional”, ob. cit., p. 171.

[24Entrevistas Trotsky-James en abril de 1939, en Le mouvement communiste en France, textos comentados por Pierre Broué, Minuit, París, 1967, p. 637.

[25Informaciones recogidas por Georges Breitman y Sam Gordon.
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