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Marat/Sade: la revolución en el cine

Se cumple un nuevo aniversario de la toma de la Bastilla, considerada símbolo del comienzo de la Revolución Francesa (1789). Recomendamos la película Marat/Sade, de Peter Brook.

Martes 13 de julio | 20:19

Marat ¿qué están haciendo con la revolución? Lo que ocurre nos causa malísima impresión. Nosotros somos pobres; no nos dan ocasión. No esperes a mañana, dice nuestra canción. [Coro, en Marat/Sade]

La historia de este potente film se desarrolla en 1808. Reconstruye los eventos previos al asesinato del dirigente Jean Paul Marat a manos de la joven Charlotte Corday, escenificados en el internado de Charenton, a través de la puesta teatral que realiza cada noche un grupo de internos en la sala de baños de ese asilo bajo dirección del mismísimo marqués de Sade. El marqués había sido acusado por el gobierno de Napoleón de “demencia libertina” en 1801 y condenado a permanecer allí recluido los últimos años de su vida, hasta su muerte en 1814.

Monsieur Coulmier, director de Charenton, presenta la obra: “a uno de nuestros residentes, Monsieur de Sade, hemos de agradecer, quien escribió y produjo esta obra para su disfrute”. Su discurso evoca la revolución que conmueve a Francia desde 1789 aunque ya en un momento conservador: “nosotros”, continúa Coulmier, “espíritus modernos e ilustrados, en vez de emplear terrores y amenazas con nuestros internados procuramos aliviar su tedio y su clausura (...) por medio como ven del arte y la cultura. Servimos de este modo los principios sagrados que en el solemne Decreto de Derechos del Hombre quedaron declarados.”

La huida de la monarquía, la violencia popular y la guillotina, la legitimidad del poder, el derecho al pan y a la liberación, la persecución religiosa, son algunas de las narraciones que cruzan esta historia en la que la revolución aparece una y otra vez a través del debate que protagonizan Sade y un enfermo Marat, quienes no solo han sido testigos presenciales sino que la han acogido de diferente manera. De ningún modo hay un relato cronológico sino la memoria de sus instantes controversiales y paradojas y aunque no se mencionan los eventos que conducen a la crisis del Antiguo Régimen, se intuye, colérica, la declinante nobleza aristocrática frente a la plebe hastiada de sans culottes (pobres y trabajadores manuales urbanos), que junto al campesinado alientan su radicalización.

Jugando con los tres estamentos de la Francia feudal, ligado al Tercer estado, a su sector más plebeyo, aparece Jean-Paul Marat médico y periodista francés y uno de los integrantes del ala radical entre los jacobinos. Marat comenzó a ganar reconocimiento como “el amigo del pueblo” a partir del diario que creó (“L’ ami du peuple”), que utilizó como tribuna para atacar a los partidarios del Antiguo Régimen y lo llevaría varias veces a prisión. Cuando las conspiraciones monárquicas y el peligro de guerra contra la Francia revolucionaria dan nuevo ritmo a la lucha, Marat es elegido representante del pueblo francés en la Convención Nacional de 1792 como un férreo combatiente contra la aristocracia y defensor de la República. Enfrentó a los grupos conciliadores y moderados girondinos, a quienes consideraba enemigos encubiertos de la Revolución. Dirá en la obra: “dicen estar con el pueblo pero por dentro apoyan la monarquía. Si una tienda es asaltada gritan: ¡mendigos, villanos, ratas de alcantarilla!”

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Aparecen otros personajes como el guillotinado Lavoisier o el ilustrado Voltaire mientras Sade y Marat tratan temas que los persiguen y atormentan, pues el cruce que despliegan no es sólo político sino más general e ideológico. Como ocurre frente al coloquio sobre la vida y la muerte, “la naturaleza no la conoce… solo nosotros damos a esta vida cierta importancia”, declara un escéptico y nihilista Sade, antiguo integrante de un linaje en decadencia, estamento poseedor en la Francia monárquica de casi un tercio del total de la tierra y de derechos feudales sobre gran parte del resto. Radical, Marat responderá: “Ciudadano marques: puedes ser el juez de nuestros tribunales, habrás luchado a nuestro lado, cuando sacamos de las cárceles a los aristócratas que tramaban contra nosotros, pero aún hablas como uno de ellos. Lo que llama indiferencia de la naturaleza es su propia falta de compasión. (...) Si, soy extremo pero no lo soy del mismo modo que Usted. Contra el silencio de la naturaleza, yo actúo. (...) En la vasta indiferencia, yo invento una razón.”

También se incluye al clero. Si bien el menos numeroso de los tres estados era, como guardián moral y espiritual del pueblo, el más próximo al rey y a Dios y poseedor del 10% de la tierra. No era poco. Lo ilustra el pasaje en el que varios bufones evocan a los dignatarios de la Iglesia, con escobas entrecruzadas, susurrando “aquello que os machacan todos los días se acaba por creerlo, de modo que los muertos de hambre se contentaban con la imagen del crucificado. (...) Soportad en silencio vuestro mal, y rogad a Dios por vuestros verdugos porque vuestras únicas armas son la bendición y la plegaria.” Es así que el ex sacerdote Jacques Roux, convertido en activista, defensor de la toma de la Bastilla y partidario de Marat, internado por “extremista” aparece poseído, jugando de este modo a justificar su conversión. Roux convoca a quienes representan al pueblo a que luchen por sus derechos, “¡a las armas, arrancadles todo lo que os deben! (...) Nosotros exigimos que se abran los graneros para aliviar el hambre. Nosotros exigimos que talleres y fábricas pasen a ser de nuestro pueblo. Exigimos la conversión de las iglesias en escuelas para que en ellas se enseñe ahora algo útil.”

Son eficaces las escenas que delinean, con su coro de enfermeros y monjas de Charenton, las condiciones del encierro y exponen otro pliegue de esta historia. Aparece, burlesca, la crítica oxidante hacia esta institución, la agonía que provoca el aislamiento, la opresión y el deseo de igualdad, de libertad. Es la revolución la que la pide, son los internados los que la gritan.

Ficha técnica

La película fue estrenada hacia finales de la década de 1960, un momento de cuestionamiento a la sociedad capitalista y de aguda lucha de clases. El cine no escapó de esta crítica radical de lo concebido y por el contrario emerge como un dispositivo clave para alterar el mundo de las representaciones. Por varios años permaneció envuelto en agudas polémicas sobre la relación del cine, la tecnología y sus vínculos con las otras artes.

El film de Brook se encuadra en este contexto. Es un cine de carácter experimental, o podría decirse, alejado del canon clásico en el que el espectador olvida el artificio de la representación. La manipulación del tiempo, el espacio y la mirada teatral confundidos con el lenguaje cinematográfico. Todo ello ocurre en el film Marat-Sade (cuyo título original es Persecución y asesinato de Jean Paul Marat representado por el grupo teatral del hospicio de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade) estrenado en 1967 (116 min), con música de Richard Peaslee y fotografía de David Watkin. La obra fue presentada originalmente como pieza teatral en 1964, por la Royal Shakespeare Company, a cargo de Brook, quien luego la llevaría a la pantalla reuniendo parte del elenco inicial. Entre ellos, Patrick Magee (marqués de Sade), Ian Richardson (Marat), Clifford Rose (Monsieur Coulmier), Glenda Jackson (Charlotte Corday), Michael Williams (Herald), Freddie Jones (Cucurucu), Hugh Sullivan (Kokol) y John Hussey (Newly Rich Lady).

Peter Brook.

El guión de la película está basado en la obra teatral del dramaturgo alemán Peter Weiss (1916-1982), cuyo trabajo abrevia en dos grandes vertientes e influencias, la del teatro de la Crueldad impulsado por Antonin Artaud y la del teatro de Bertolt Brecht, especialmente en su propósito de afectar al espectador. El texto de Weiss en manos de Brook se transforma en un espectáculo comunicador de potentes ideas, en el que los actores (el cuerpo y la voz, en primer plano), la puesta, los colores y la música son el vehículo visual de artificios que sorprenden sin grandes efectos y con limitados recursos, como el uso de los tablones del internado convertidos en guillotinas, que cumplirán con su afilado trabajo cuando le llegue el turno al rey, figura armada con ingredientes comestibles de los residentes.
El director nos recuerda que asistimos a algo más que pura creación: las clases altas parisienses que asisten al evento aparecen proyectadas detrás de las rejas del hospicio y la cámara se aleja para señalarnos que no son los únicos espectadores, los que presencian su violento final y dan significación política a su pieza.

Son varias las películas que tratan esta gran revolución burguesa convertidas en clásicos, “La Marsellesa” (Jean Renoir), “Danton” (Andrzej Wajda), “La Pimpinela Escarlata” (Harold Young), “La noche de Varennes” (Ettore Scola) pero pocas como la de Brook eligen una forma de contarla a través de la reivindicación de la palabra, propia de la escena teatral, proyectada en la magia del cine. Buena ocasión para volver a discutirla, revelar su intensidad y experiencia política en las voces confrontadas de estos dos personajes históricos.

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