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Red Internacional

La canciller alemana selló la deportación a otros países de Europa a los refugiados que lleguen a los "centros de tránsito", y así evitó -de momento- una crisis con el ala derecha de su coalición.

Patricio ConchaTalcahuano / @patricio_concha

Sábado 28 de julio de 2018 | 09:16

Europa acostumbrada estos meses a un clima de incertidumbre, suma a ello la crisis de la coalición de gobierno de la primera economía del viejo continente. Los aliados que eran el sustento de gobernabilidad de Angela Merkel, le han dado un golpe crítico en una semana con tensiones de niveles nunca antes vistos.

El día domingo se anunciaba la salida del ministro del Interior, Horst Seehofer, quien también es el líder de la Unión Social Cristiana (CSU), el riesgo de colapso de los “Partidos de la Unión”se transformó una posibilidad latente durante las horas siguientes ante las incertezas producidas.

Sin embargo, el lunes por la noche llegaron a un acuerdo que hizo comprender que el conflicto tenía como punto clave las políticas migratorias. En el texto de características racistas contra los inmigrantes y refugiados, sorprendió la rapidez con lo que se trató de resolver el altercado, que logró además, dejar sin efecto la salida de Seehofer; pues, era visto como una costumbre de parte de la canciller hacer prevalecer la supremacía del partido oficialista y a los otros partidos del bloque como simples anexos.

El golpe que sufrió iniciando la semana fue desestabilizador, viró aun más a la derecha en esta área, sellando la implementación de “centros de tránsito” en la frontera con Austria, deportando a los que lleguen allí a otros países de la región, y así -gradualmente- convertirse en un cierre de fronteras unilateral a los refugiados.

En estos últimos años, la mandataria intentó mostrarse con un “rostro humano” frente a los refugiados sirios, defendiendo el establecimiento de cuotas acordadas de cantidades de inmigrantes entre los países de la región, una careta propia de su astucia; a la vez que, hace pocos días solicitaba a la cumbre de la Unión Europea la creación de “centros de control” de refugiados, para que sean deportados aceleradamente a verdaderos campos cerrados (“centros de desembarco”) en el norte de África; propiciando la destinación de fondos para “luchar contra la inmigración ilegal”.

La debilidad estructural del gobierno de Merkel viene en escalada, incluso fulminó cualquier anhelo de mantener la alta votación de aquella alianza en las elecciones parlamentarias de 2013, obteniendo en 2017 los peores resultados desde que asumió como canciller en 2005.

Tanto así que, inmediatamente instalados los conservadores y socialdemócratas (CDU, CSU y el SPD) en el gobierno, descendieron abrumadoramente en las encuestas, obteniendo un impulso el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD) y el partido Die Linke (La Izquierda). Este último, avista una escisión de su ala derecha hacia un socialchovinismo explícitamente declarado.

Merkel ya no es Merkel. Su gobierno pierde día a día toda capacidad estratégica de dirección en Alemania; en Europa su proyecto está caducando con el fortalecimiento del protofascismo, proteccionismo y del populismo neorreformista; y, a nivel global, a pesar de rescatar un acuerdo con Trump de aranceles cero, gracias a una ágil maniobra, este lío quedará en manos de EE.UU. y China.

Esto desemboca en una situación política incierta en los próximos meses o semanas, ya que el acuerdo sobre la cuestión migratoria alemana será en cualquier caso meramente coyuntural, siendo la canciller expectante a la próxima jugada que ocurra dentro de su conglomerado o en los flancos opositores, entre los que, recordemos, se encuentran millones y millones de trabajadores marginados, a los que jamás han beneficiado las salidas por derecha a las crisis.




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