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Red Internacional

Los grandes problemas de las mujeres quedaron fuera de toda discusión e indicación en la cocina parlamentaria.

Lunes 28 de septiembre de 2015 | 16:17

En la delgada línea de la incertidumbre, la Reforma Laboral de Bachelet espera poder sortear todos los obstáculos parlamentarios, entre las distintas cámaras legislativas y las múltiples comisiones, para ser aprobada a fines de octubre y ser despachada durante diciembre.
Detrás del primer plano que ocupan las discusiones sobre el reemplazo interno en la huelga, el estatuto especial para las Mipes y las posibilidades de que el empresario pueda llamar a votaciones secretas para bajar la huelga; una segunda arista se asoma sin ser mayormente cuestionada, esta arista corresponde al enfoque de género y su transversalidad en la bullada reforma.

Si los actuales portavoces del mundo sindical se han contentado con actuar como meros comentaristas del nuevo trato laboral, y no han organizado ningún llamado a la acción al movimiento sindical de conjunto, poco se puede esperar en lo que respecta a las sentidas demandas de las mujeres trabajadoras.

Sólo con una indicación pasó la actual propuesta orientada a las mujeres: de la obligatoriedad de la presencia femenina en las mesas negociadoras se amplió al aumento de la representación de las mujeres en los directorios sindicales, esta indicación se incorporó a raíz de que diversas voces plantearan la insuficiencia de la medida pues no otorgaba ni fuero, ni derechos sindicales comunes a las representantes de su género quienes voluntariosamente podrían exponerse a la revancha empresarial tan común en este país. Ningún avance en relación al derecho a sala cuna parental (para así ponerle un freno a las prácticas empresariales anti-mujeres) y más de lo mismo sobre transparentar la información sobre salarios y funciones en vías de erradicar la brecha salarial a nivel de empresa.

El elemento flexibilizador y precarizador de esta reforma, como lo son los pactos de adaptabilidad, fueron presentados -como siempre- como la única vía posible para solucionar los aquejantes problemas de las mujeres en compatibilizar trabajo remunerado y trabajo doméstico. Una canallada que es lugar común en este Chile empresarial, país en el que año tras año, encuesta tras encuesta, ve aumentar los hogares con jefatura femenina y con ello un aumento sistemático de la pobreza y la pobreza extrema; una realidad cuyo rostro es cada vez más feminizado. Frente a la doble jornada femenina, la doble explotación de las mujeres, tanto los políticos como las cúpulas del mundo sindical, como Bárbara Figueroa, acuerdan que la única solución es la precarización laboral; y como es un elemento incuestionable en esta reforma, sólo se reguló a que se aplicarán estos pactos sólo a las y los trabajadores que explícitamente suscribieran su firma o manifestaran su acuerdo.

Para una madre soltera que no tiene con quien dejar a sus hijos o no tiene quien cuide de su adulto mayor enfermo, difícilmente pueda negarse a esta irrisoria solución, pues adaptabilidad y flexibilidad son en el fondo salarios de hambre o condiciones agobiantes de trabajo y de vida.

Los grandes problemas de las mujeres quedaron fuera de toda discusión e indicación en la cocina parlamentaria.

No sólo eso, desde una interpretación más filosa, como en un tablero de ajedrez, en el precario equilibrio que pretenden lograr las autoridades dando y quitando a los trabajadores para también dar y quitar a los empresarios, el movimiento de las aparentes concesiones a las mujeres trabajadoras constituye la zanahoria que antecede al garrote, una zanahoria que, por lo demás, no alcanza a cubrir ni la décima parte de las demandas de las trabajadoras.




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