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Red Internacional

Si bien, en Chile la esclavitud se abolió en 1823, después de casi 100 años aún existe la lógica de que una persona pueda ser propiedad de otra. De hecho, ese es el concepto de amor mejor aceptado socialmente.

Sábado 22 de octubre de 2016 | 07:05

Basta ver los programas televisivos que refuerzan esa idea, como las telenovelas, la publicidad, las caricaturas con las que crecen nuestros hijos, los valores que les inculcamos, cómo se refieren los medios a los femicidios: “la mató por celos”, “crimen pasional”, entre otras maneras. De esta forma, naturalizamos los pilares del patriarcado que reducen a la mujer a una cosa.

Esto se agrava con la precarización, siendo las mujeres pobres las más vulnerables, las que tienen que aguantar al marido golpeador, ya sea por los preceptos morales y religiosos, el factor psicológico de dependencia emocional o por una cuestión económica, porque el salario mínimo no está hecho para que una mujer pueda mantener sola a sus hijos y si se separa resulta problemático estar demandando constantemente.

Vanessa, una joven colombiana fue asesinada por su pareja en una notaría, mientras sostenía a uno de sus cuatro hijos en sus brazos. Inmigrante y pobre, probablemente no era la primera vez que su pareja la agredía, pero fue la última.

Esa misma semana, Bernardita, una mujer de 45 años, fue asesinada por su pareja en esa misma ciudad, y al igual que Vanessa era pobre.

Cuando hay femicidio, anteriormente hubo agresión, pero ¿qué hace la sociedad para que esto frene? ¿Qué hace el Estado para que esto no se siga reproduciendo?

Nada, las mujeres siguen ganando menos que los hombres, se sigue cosificando a la mujer en los anuncios publicitarios; es más, la mujer no tiene derecho a decidir ni en su propio cuerpo.

Un gobierno que obliga a una mujer mapuche a parir engrillada, no es un gobierno que se le antoje reducir la violencia de género. Paradójico que el gobierno presidido por una mujer violente a las mujeres, pues no es lo mismo ser mujer pobre, que mujer acaudalada.

Por ello, ahora más que nunca, las mujeres debemos organizarnos en nuestros espacios de trabajo, en los establecimientos estudiantiles, porque si las mujeres no luchamos, nadie lo hará por nosotras.




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