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Red Internacional

OPINIÓN. Paro portuario: ¿qué caminos empezó a abrir y qué desafíos nos deja?

Refiriéndose a la actuación del gobierno y a los bonos por capacitación que éste les otorgará a los 400 trabajadores portuarios que completaron 35 días en huelga, el reaccionario abogado laboralista Huberto Berg señaló que aquello constituye un pésimo precedente porque valida la violencia como mecanismo de negociación.

Juan ValenzuelaProfesor de filosofía. Partido de Trabajadores Revolucionarios.

Ricardo Trabajador portuario eventual despedido

Domingo 30 de diciembre de 2018 | 01:43

Bastante a tono con el discurso oficial de Richard Von Appen, que con el paro todavía en curso defendió su intransigencia frente a las demandas de los trabajadores portuarios “con la gente que ha violentado, que ataca nuestras oficinas y a nuestras personas”. O con el columnista de El Mercurio, Sergio Urzúa, que el pasado 23 de diciembre habló de las “bestiales manifestaciones en Valparaíso” y tituló su escrito Bajo la sombra de la violencia.

Desde el otro lado, Pablo Klimpel, director del Sindicato de Estibadores, reconocía que la huelga le trajo costos a la ciudad de Valparaíso: "le pedimos disculpas a la ciudad de Valparaíso, porque las jornadas de protesta hay que entenderlas en un contexto. Son la misma expresión de la marginalidad en la que nos encontramos, la que nos obliga a hacer este tipo de actos en la ciudad". Por otro lado, en un foro en la Universidad de Valparaíso, indica que la huelga portuaria implica que la lucha de clases está vigente y se posiciona a favor de lo que denomina “violencia política de masas”.

¿Se “fracturó” la convivencia social durante el conflicto en el puerto, que unos acusan violencia y otros piden disculpas, aunque señalan luego que la lucha de clases ha regresado?

Más que una huelga económica: el retorno de la lucha de clases

Estas preguntas se abren porque la lucha de los portuarios no fue una simple lucha económica por un bono que hay que arrancarle a una empresa en particular, aunque esa era su demanda más sentida: un bono de dos millones, un bono paliativo que tenía que entregar la empresa de Von Appen frente a la reducción de turnos que viene ocurriendo en el puerto. Es cierto que esa demanda en sí misma no cuestiona el trabajo eventual, con sus contratos que duran 8 horas, lo que impide el reconocimiento de antigüedad y somete a una constante incertidumbre en las “nombradas”. Los temas relacionados a las condiciones laborales se abordarán recién en la “mesa portuaria” de la que se hará cargo Gloria Hutt, de Transportes, desde enero. Es cierto que esa demanda tampoco cuestiona el poder de los grandes grupos económicos que controlan los puertos como los Von Appen. Pero más allá de lo que se peleó, el cómo se peleó, la lucha que se desarrolló con el objetivo de lograr el bono, los métodos de lucha callejera contra la policía y coordinación con la juventud; excedieron por mucho la dinámica de una huelga “normal” que no sale de los muros de la empresa. Fue una huelga que tensionó a toda la ciudad y a los principales actores políticos del país, incluido al gobierno. Sin llegar a ser una huelga política, el paro portuario podría haber ido en esa dirección si por ejemplo unía su pelea a la lucha por sacar a Fuerzas Especiales de la ciudad y un repudio a la represión al pueblo mapuche. Por otro lado, que el paro haya sido propulsor de acciones de lucha callejera de sectores populares podría haber abierto una dinámica de revuelta parecida a la que tuvo lugar algunos años atrás en Aysén cuando los pescadores artesanales y los sectores populares lograron echar a la policía y controlar las calles de la ciudad. Pero no llegó a alcanzar tales dimensiones.

En parte, este gran poder del paro portuario se explica porque el puerto es gravitante en la vida social de Valparaíso, actividades como el turismo o el comercio minorista en la ciudad ligan sus destinos a lo que acontezca en el puerto. Además, más fundamental aún, de su funcionamiento depende el 60% de las exportaciones de fruta del país y otros productos. Y el hecho de que este puerto esté ubicado en una de las principales urbes del país, sin duda también aumenta su capacidad de impactar en términos políticos.

Fue una huelga que tensionó a toda la ciudad y a los principales actores políticos del país, incluido al gobierno. Sin llegar a ser una huelga política, el paro portuario podría haber ido en esa dirección si por ejemplo unía su pelea a la lucha por sacar a Fuerzas Especiales de la ciudad y un repudio a la represión al pueblo mapuche. Por otro lado, que el paro haya sido propulsor de acciones de lucha callejera de sectores populares podría haber abierto una dinámica de revuelta parecida a la que tuvo lugar algunos años atrás en Aysén cuando los pescadores artesanales y los sectores populares lograron echar a la policía y controlar las calles de la ciudad. Pero no llegó a alcanzar tales dimensiones.

Los paros y tomas estudiantiles en la Universidad de Playa Ancha y en la Universidad de Valparaíso en solidaridad con los portuarios y asambleas de trabajadores y de estudiantes que no se veían desde hace años, y que esta vez, tuvieron un cierto halo del 2011; la adhesión de sectores populares con gente bajando desde los cerros al centro de la ciudad a fin de repeler a la policía; los paros espontáneos de los trabajadores de TCVAL -que ya se había bajado del conflicto- en protesta por la destrucción de la sede del Sindicato de Estibadores; la extensión de la paralización a los puertos en Iquique, Antofagasta, Huasco, Caldera, Chañaral, San Vicente, Talcahuano, Coronel, Lirquén, Penco, Huachipato, Puerto Montt y Punta Arenas; evidencian que la huelga portuaria no fue parte de la rutina.

Este primer episodio de paro después de 18 años en Valparaíso concluyó en una conquista económico-sindical: bonos y préstamos. Y en una mesa que abordará aspectos relacionados a las condiciones laborales. No desarrolló todo su potencial. Pero las tensiones que hereda la lucha portuaria amenazan con volver a aparecer.

El gobierno tuvo que apurarse para evitar que miles nos movilizáramos en las calles

Esto es lo que apuró al gobierno a intervenir, pues si no lo hacía, podía abrirse un escenario inmanejable para ellos. Porque simultáneamente volvía a abrirse una crisis en Carabineros producto de la filtración de videos que evidencian el asesinato deliberado de Camilo Catrillanca, cuestión que derivó en el paso a retiro del recién electo director general de Carabineros, Hermes Soto -que no acató automáticamente el deseo de Piñera- y una crisis de la institución policial sin precedentes.

Con Carabineros sacudido por su crisis interna -lo que también impacta en el ánimo del “paco de a pie” encargado directo de la represión en la calle- ¿no se hacía posible que trabajadores y estudiantes ganaran cada vez más presencia de la ciudad durante las manifestaciones? ¿No era potencialmente peligrosa la marcha que estaba prevista para el viernes 21 de diciembre para la “estabilidad” en la ciudad sin el conflicto portuario resuelto y en medio de la crisis de Carabineros?

No olvidemos que en los portuarios en huelga se gestó un sector de vanguardia de trabajadores que expresaron estar dispuestos a darlo todo en la lucha, a pelear hasta el final, arriesgando sus propias vidas, como se expresó en la resistencia a la represión que tuvo lugar desde los techos del Sindicato de Estibadores el lunes 17 de diciembre. Encontrarse en las calles de Valparaíso con cada vez más estudiantes, pobladores y portuarios dispuestos a todo no era un escenario muy auspicioso para una policía surcada por una profunda crisis interna, cada vez más desprestigiada, y para un gobierno que prepara la implementación de una reforma laboral. Menos, cuando hay varios “incendios” que apagar simultáneamente. Por ejemplo, el ministro del Interior, Andrés Chadwick, por estos días, volvió a ponerse en la mira como responsable político del asesinato de Catrillanca y las comunidades mapuche han convocado a movilizaciones en todo el país. No había márgenes para reprimir decididamente sin pagar grandes costos políticos. Para el gobierno, lo peor que podía pasar es que el paro portuario se uniera a la lucha contra la represión protagonizada por el movimiento mapuche y la juventud.

No olvidemos que en los portuarios en huelga se gestó un sector de vanguardia de trabajadores que expresaron estar dispuestos a darlo todo en la lucha, a pelear hasta el final, arriesgando sus propias vidas, como se expresó en la resistencia a la represión que tuvo lugar desde los techos del Sindicato de Estibadores el lunes 17 de diciembre. Encontrarse en las calles de Valparaíso con cada vez más estudiantes, pobladores y portuarios dispuestos a todo no era un escenario muy auspicioso para una policía surcada por una profunda crisis interna, cada vez más desprestigiada, y para un gobierno que prepara la implementación de una reforma laboral. Menos, cuando hay varios “incendios” que apagar simultáneamente.

Por eso el gobierno finalmente terminó protagonizando el acuerdo, destinando desde las arcas fiscales la suma de $1.150.00 en tres partes. Desde su visión, continuar esperando que hubiese algún tipo de diálogo entre Von Appen y los trabajadores podía implicar costos graves para la estabilidad del país. Por eso el gobierno tuvo que desdecirse de su afirmación primera, que el paro portuario era producto de un conflicto entre privados.

¿Hasta dónde podríamos haber llegado?

Tengamos en cuenta que para el sábado 22, la Coordinadora Ni Una Menos de Valparaíso, federaciones estudiantiles y miembros del Sindicato de Estibadores estaban preparando una reunión de coordinación en la sede de este último. Paralelamente, una serie de organizaciones sindicales comenzaron a publicar declaraciones de solidaridad o a realizar diversos gestos de apoyo como hicieron la ANEF o el Sindicato de Maquinistas y Afines de Metro Regional Valparaíso, que expresó su “absoluto apoyo a los trabajadores portuarios de Valparaíso que se encuentran movilizados en demanda de mejores y más justas condiciones laborales”. U otras como el SUTE, la Fenpruss o la FENATS. Desde el Sindicato de los trabajadores del centro cultural Gabriela Mistral (GAM) ubicado en pleno centro de Santiago, desde el Colegio de Profesores de Antofagasta y el Sindicato Interempresa del Ferrocarril Antofagasta Bolivia que protagonizó la resistencia contra los despidos desde fines de julio; desde salas de Correos Chile en Recoleta o Peñalolén, desde el Sindicato de Komatsu y jardines de la Fundación Integra o el Colegio Winterhill, trabajadoras y trabajadores del PTR en común con compañeros de trabajo, impulsaron acopios y le exigieron a las grandes centrales sindicales como la CUT y el Colegio de Profesores o a los sindicatos y federaciones a los que pertenecen, que se pusieran en movimiento para que la fuerza de la clase trabajadora de todo el país se active e incline la balanza a favor de los portuarios. El enorme poder de los portuarios concentrado la huelga, abría condiciones para la gestación de la más amplia unidad de acción de trabajadoras y trabajadores -un frente único obrero en todo el país- y para una potente alianza con sectores de la juventud que ya venían a la vanguardia en la ciudad de Valparaíso con tomas y movilizaciones, razón por la cual los militantes de Vencer pelearon por un paro nacional del Confech.

Si esas fuerzas se hubiesen desplegado, no sólo hubiese estado planteado ganar el petitorio completo. Sino incluso ir por más. Se podría haber dado una pelea seria por el fin del trabajo eventual y por expulsar a Von Appen de los puertos terminando con las concesiones a los privados y formando comités de trabajadores para gestionarlos en alianza con la comunidad. Estaba planteado dar una lucha aún mayor.

¿Por qué cosas podríamos haber peleado?

La plata del bono se acabará, pero el trabajo eventual continúa. Von Appen sigue embolsándose millones de pesos en las costas, protegido por marinos y carabineros. Si la fuerza de la lucha hubiese crecido a través de un paro regional en Valparaíso y un paro nacional indefinido de la Unión Portuaria y a través de un plan ascendente de lucha en las calles del que se hubiesen hecho impulsores la CUT y el Colegio de Profesores, podríamos haber combatido contra esas situaciones que nos afectan.

Podríamos haber peleado el fin del trabajo eventual y la expropiación de Von Appen y la gestión obrera y popular del puerto estatizado. Eso hubiese elevado mucho más el “programa” de la lucha y las expectativas de toda la clase trabajadora en Chile.

Incluso no habiendo logrado las demandas, habríamos conseguido ampliar las expectativas de la clase trabajadora en un escenario en el cual el gobierno viene empeñado en reducirlas atentando contra derechos como la indemnización por años de servicio o contra los sindicatos a través de la reforma laboral anunciada por el ministro del Trabajo Monckeberg.

Estrategias en juego

Sin embargo, la disposición a entregarlo todo en la lucha que tenían los trabajadores portuarios y las posibilidades materiales del conflicto de desarrollarse a una escala superior, involucrando a la juventud que repudió el asesinato de Camilo Catrillanca, no encontraron una estrategia política y una fuerza militante con peso que apuntara en la dirección de desarrollar todo el potencial de esas tendencias. Las estrategias políticas que actuaron con preponderancia en el conflicto, no tenían esa finalidad.

Valparaíso podría haberse transformado en un bastión de resistencia contra los planes de los grupos económicos y la derecha y en un laboratorio de organización de la clase trabajadora y los sectores populares, que permitiese superar las formas tradicionales por gremio, los sindicatos que sólo hacen demandas económicas, las federaciones estudiantiles rutinarias que mantienen a los estudiantes separados del resto de los sectores que luchan. En Valparaíso estaba planteado que la huelga portuaria se transformara en el propulsor de un gran frente único de la clase trabajadora y una coordinación con sectores populares, la juventud y el movimiento de mujeres para enfrentar unitariamente las demandas y unirlas con la lucha contra la policía exigiendo la inmediata disolución de las Fuerzas Especiales que en Gulu Mapu reemplazan al GOPE y que en Valparaíso se encargaron de reprimir violentamente las manifestaciones portuarias.

El empeño constante del Frente Amplio fue buscar actuar como un mediador, buscando la intervención del gobierno para que acelerara una solución a la crisis. El alcalde Jorge Sharp se ubicó discursivamente del lado de los trabajadores. Generó revuelo cuando “mandó a callar” a Von Appen: “Si no quiere ayudar, mejor guarde silencio, hágalo por Valparaíso”. Repudió incluso la represión públicamente -lo que le acarreó las críticas de personajes como José Antonio Kast-. Pero aun así no podemos decir que el Frente Amplio desplegara todas sus fuerzas para desarrollar el conflicto y multiplicar sus chances de alcanzar la victoria. Con más de 40.000 votos en Valparaíso, dos diputados y un senador, con un papel dirigente en el Colegio de Profesores y en diversas federaciones estudiantiles, podía haber sido un factor para activar movilizaciones masivas; con la presencia de Sharp o incluso de los diputados en las calles o el Sindicato en clara señal de apoyo, cuando la policía reprimía con brutalidad, se podrían haber enfrentado mejor los abusos y haberlos transformado en un escándalo nacional.

Valparaíso podría haberse transformado en un bastión de resistencia contra los planes de los grupos económicos y la derecha y en un laboratorio de organización de la clase trabajadora y los sectores populares, que permitiese superar las formas tradicionales por gremio, los sindicatos que sólo hacen demandas económicas, las federaciones estudiantiles rutinarias que mantienen a los estudiantes separados del resto de los sectores que luchan. En Valparaíso estaba planteado que la huelga portuaria se transformara en el propulsor de un gran frente único de la clase trabajadora y una coordinación con sectores populares, la juventud y el movimiento de mujeres para enfrentar unitariamente las demandas y unirlas con la lucha contra la policía exigiendo la inmediata disolución de las Fuerzas Especiales que en Gulu Mapu reemplazan al GOPE y que en Valparaíso se encargaron de reprimir violentamente las manifestaciones portuarias.

Que la fuerza política más influyente de la ciudad pusiese su “centro de gravedad” en las maniobras institucionales y no en la lucha de portuarios y estudiantes; que confiara más en su “astucia institucional” que en la fuerza del movimiento obrero, el movimiento estudiantil y el movimiento de mujeres; obstaculizó esa perspectiva. Esto se relaciona directamente con el programa del municipio ciudadano respecto al puerto: que tribute en Valparaíso. Un nuevo pacto entre empresariado, Estado y ciudadanía debería posibilitar eso. En lo inmediato, se trataría de fiscalizar desde el parlamento a empresas que no han siquiera desarrollado inversiones en infraestructura portuaria.

Aun así, al no desarrollarse las tendencias más profundas de la lucha de clases que apuntamos acá, y al darse una solución basada en el diálogo de EPV, el gobierno y los dirigentes sindicales, Jorge Sharp y su conglomerado salen fortalecidos del conflicto. Porque el desarrollo que finalmente tuvo el paro parece darle la razón a la tesis de que lo que había que hacer era apurar la intervención del gobierno. Pero no era el único camino. La hostilidad que estaba generando el empresario Von Appen con su intransigencia, por una parte, y la fuerza del conflicto, por otra, hacían necesario para la lucha el programa de expropiación de Ultraport sin ningún tipo de indemnización, para que el puerto funcione gestionado por sus trabajadores y los sectores populares.

A diferencia del Frente Amplio, los partidos de la ex Nueva Mayoría y el PC jugaron un papel restringido. El burócrata sindical Roberto Rojas -cercano a la DC- está profundamente desprestigiado entre los trabajadores de base que protagonizaron la huelga. Sólo a último minuto aparecieron dirigentes sindicales de la CUT -muchos de ellos del PC- con acopio y palabras de apoyo. Pero la CUT no tuvo ningún papel relevante en la pelea. Su aparición en realidad hay que leerla más como un gesto que busca transmitir el mensaje de que “volvimos a la normalidad” y que los dirigentes tradicionales tienen todavía un papel que cumplir. Pero Roberto Rojas, aun siendo desplazado del centro de la dirección sindical y estando ahora profundamente debilitado, no ha sido derrotado y continúa sentándose al frente de las asambleas portuarias. Sabe que lo quieren echar del sindicato, pero seguramente buscará volver a ganar fuerza.

Quien sí destacó como dirigente en el conflicto y fortaleció su influencia es Pablo Klimpel. A diferencia de dirigentes odiados y burocráticos como Roberto Rojas que fueron tarde, mal y nunca a la huelga (18 días después de haberse iniciado), Klimpel mantiene una vinculación mayor con los trabajadores de base en conflicto razón por la cual es vocero. Aun así, a nuestro modo de ver, tampoco fue un factor para que la huelga desarrollara toda su capacidad disruptiva. Por ejemplo, no puso en el centro del plan de lucha la defensa del bloqueo para afectar la producción tal vez creyendo que esa decisión podía ser un gesto de entendimiento, lo que le abrió las puertas a Von Appen para que luego alardeara diciendo que no hay paro. En los días más definitorios después de la destrucción de las dependencias del Sindicato de Estibadores, puso el acento de su acción sindical, no en la coordinación de los sectores obreros y populares de la ciudad y a nivel nacional para irrumpir en las calles, sino en las tratativas con la “bancada convergente” del Frente Amplio. Aun así, luego del conflicto, entre las figuras dirigentes del conflicto, es quien más claramente sale fortalecido. Pablo Klimpel estableció una alianza con la Unión Portuaria que estuvo poniéndose a la cabeza de las distintas paralizaciones en solidaridad a lo largo de los puertos del país. Como ha enunciado públicamente, tienen el fin de ingresar como organización al puerto de Valparaíso.

Sólo uno de los actores del conflicto comenzó a comprender que para obtener algo tan mínimo como un bono por capacitación, una mesa y un compromiso de no tomar represalias contra los trabajadores se necesitaba de una gran lucha, chocar en contra de las fuerzas represivas del Estado y el gobierno, unirse a los estudiantes: el sector de vanguardia de la huelga, que estuvo todos los días y todo el día poniendo el cuerpo en la lucha. Ese sector, que hizo una experiencia de métodos asamblearios en contra de las formas burocráticas de tomar decisiones en los sindicatos, que eligió delegados controlados por la base, además, presiente que se puede pelear por más.

En los hechos, esa vanguardia, pujaba por la unidad con la juventud y otros sectores sociales de la ciudad, les transmitía cómo es la explotación laboral en los puertos a las y los jóvenes, iba a almorzar a la universidad, e incluso aprendía del movimiento estudiantil que también “tiene calle” con experiencias de lucha. Este sector de trabajadores que votó contra el acuerdo ampliamente, no se convence con que nos tengamos que conformar con el bono y queda con un gusto amargo una vez concluido el paro, aunque sabe que algo se ganó.

Sólo uno de los actores del conflicto comenzó a comprender que para obtener algo tan mínimo como un bono por capacitación, una mesa y un compromiso de no tomar represalias contra los trabajadores se necesitaba de una gran lucha, chocar en contra de las fuerzas represivas del Estado y el gobierno, unirse a los estudiantes: el sector de vanguardia de la huelga, que estuvo todos los días y todo el día poniendo el cuerpo en la lucha. Ese sector, que hizo una experiencia de métodos asamblearios en contra de las formas burocráticas de tomar decisiones en los sindicatos, que eligió delegados controlados por la base, además, presiente que se puede pelear por más.

Generar mejores condiciones para ampliar los objetivos de la lucha, expulsando del sindicato a los dirigentes burocráticos y mafiosos que reman para el lado de la empresa y reorganizar el sindicato de abajo hacia arriba continuando la experiencia del comité formado por los propios trabajadores en paro; iniciar una gran campaña política por el fin del trabajo eventual y por la contratación directa; pelear por llevar adelante el objetivo de ver fuera a Von Appen expropiando a la concesionaria y estatizando el puerto bajo gestión obrera y popular para organizar planes de vivienda e infraestructura, son tareas que quedan planteadas por la lucha. La mesa portuaria que encabezará Gloria Hutt -ministra de Transportes- bien podría actuar como un distractor que haga perder el centro en las fuerzas de los propios trabajadores y la juventud.

Resguardando la intransigencia de Von Appen

¿Pero hubo violencia como expresó el abogado Berg con tanta certeza? Sí, pero esencialmente provino de Fuerzas Especiales y de la empresa, Ultraport, que además no modificó su intransigencia ante las demandas del conflicto. Quizá la destrucción de la sede del Sindicato de Estibadores, el pasado lunes 17, sea la mayor expresión de esta violencia policial. Ese mismo día, tres jóvenes fueron atropellados por un auto gris que se dio a la fuga y fue protegido por carabineros. Activistas y dirigentes -del puerto y de fuera- han sido arremetidos o amenazados de muerte. Un joven de 13 años acusa tortura de parte de carabineros. Por otro lado, la empresa sostuvo un discurso particularmente virulento contra los trabajadores.

Richard Von Appen, como quien da una limosna dijo de la propuesta que la empresa había diseñado a los trabajadores antes del acuerdo final, que “esto es un regalo, esto no necesita ninguna asamblea”. El pasado 18 de diciembre Richard Weinreich -gerente- había declarado en CNN que dependerá de la empresa ver quien continúa, alegando desde ya que sacarán de sus funciones a quienes consideran “gente violenta”.

Este discurso criminalizador y esos hechos constituyen un eje de la línea de conducta que tuvo el grupo Von Appen en este conflicto, que pesos más, pesos menos, no cedió nada, salvo la promesa de no tomar represalias. Consciente de lo que está en juego es la gestación de una vanguardia obrera inconformista que eventualmente podría empezar a cuestionar otras cosas más profundas incluso como el trabajo eventual, Von Appen prefiere tratar a todo el mundo de delincuente y fomentar la represión.

El jueves 20 de diciembre, este mismo gerente en una señal de alarde de la fuerza de la empresa versus la lucha de los trabajadores señalaba que “no hay un paro portuario” y que 350 trabajadores realizan normalmente sus funciones. Según él se habían atendido desde el 28 de noviembre -cuando se terminó el bloqueo- nada menos que 13 naves. Sería completamente ingenuo creer que Von Appen, ahora sin paro, no va a buscar las formas de revancha.

La violencia policial y extra policial cumplió el papel de resguardar los negocios de este empresario que siguió realizando. Pero una nueva rabia viene gestándose en la juventud trabajadora y estudiantil. Pero por ahora, no podemos decir que le ganamos a Von Appen.

Ganamos algo, pero todavía no derrotamos ni a Von Appen y ni al gobierno
Aun así, con todos estos obstáculos en contra, con una patronal dura enfrente no dispuesta a ceder nada, con una policía reprimiendo a diario, con un intento de secuestro a un dirigente y una golpiza a un activista y un gobierno que quiso implementar el diálogo sólo para persistir en repetir el mismo ofrecimiento que Von Appen; los portuarios ganaron. ¿Qué ganaron? Que el gobierno finalmente acceda a otorgar dos bonos de $375.000 cada uno, sujetos a la realización de capacitaciones por los trabajadores y otro de $400.000 con el mismo criterio y que actúe como garante del acuerdo frente a la empresa. Conviene tener en cuenta que el discurso inicial del gobierno es que se trataba de un “conflicto entre privados”. Si terminó yendo contra su propio discurso es porque le atemorizó la perspectiva de lucha de clases que venía gestándose en Valparaíso en el marco de la crisis de Carabineros y su potencial expansión. Con su actuación consiguió desactivar el conflicto y evitar una crisis mayor, pero a cambio de ir contra su propio discurso y darle espacio a estos trabajadores combativos para que saquen la lección de que lo obtenido es una conquista de “la lucha dura peleada en común ente trabajadores y estudiantes” -como han expresado trabajadores- y no una dádiva producto de la “buena disposición al diálogo”. Aun así, esto no quita que ante los ojos de sectores más amplios la población sea fruto de la insistencia en dialogar. Gestos como las “disculpas” que Pablo Klimpel le pidió a la ciudad de Valparaíso, pueden alimentar esta ilusión de que la combatividad de los trabajadores fue más un “mal” que la razón que permitió ganar algo.

Pero los trabajadores en huelga y la vanguardia que gestó el conflicto tampoco salieron derrotados. Se fortalecieron en el proceso en tanto realizaron una serie de aprendizajes: la lucha callejera, la unidad con la juventud, los choques con la policía, en un puerto que se había restado de las huelgas de 2013 y 2015. Este elemento implica que al interior del TPS lo que quedará será un clima sumamente tenso en el que más temprano que tarde se podrían reanudar hostilidades. Es obvio que la empresa buscará usar el condicionamiento de los bonos a las capacitaciones para limitar cualquier movilización.

Ahora bien, como señalábamos Von Appen -pesos más, pesos menos- no cedió nada nuevo aparte de un préstamo de $550.000 y una giftcard por $250.000, salvo la promesa de “no tomar represalias” aunque “sin perjuicio de las acciones legales que pudiesen corresponde por actos delictivos que se encuentren acreditados”. Algo bastante parecido a una amenaza contra el activismo que lo dio todo en las calles. Esta intransigencia no cambió. El grupo Von Appen salió golpeado en la opinión pública, pero estuvo lejos de salir derrotado en el conflicto.

Pero los trabajadores en huelga y la vanguardia que gestó el conflicto tampoco salieron derrotados. Se fortalecieron en el proceso en tanto realizaron una serie de aprendizajes: la lucha callejera, la unidad con la juventud, los choques con la policía, en un puerto que se había restado de las huelgas de 2013 y 2015. Este elemento implica que al interior del TPS lo que quedará será un clima sumamente tenso en el que más temprano que tarde se podrían reanudar hostilidades. Es obvio que la empresa buscará usar el condicionamiento de los bonos a las capacitaciones para limitar cualquier movilización.

Los desafíos pendientes

Era posible que el conflicto tomase otro camino. Aunque así no haya sido, el paro portuario de 35 días ya mostró la enorme fuerza de la clase trabajadora y de la unidad con el movimiento estudiantil y que por muy poco que sea lo que pidamos, necesitamos poner todas nuestras energías en las calles. Pero también mostró que, si las estrategias en juego no ponen en el centro la fuerza de trabajadores, juventud y mujeres, sustituyéndola por la “astucia institucional” -a la manera que hacen el Frente Amplio o el PC- o manteniendo a la clase trabajadora en un estado de “reposo” y una falta de acción como las burocracias sindicales de la CUT y el Colegio de Profesores o el mismo Roberto Rojas; podemos quedarnos eternamente esperando algo tan mínimo como un bono. Y para qué decir, cuestiones como el fin del trabajo eventual y de todas las formas de trabajo precario.

Los desafíos que quedan planteados después de la huelga son los siguientes: A) Pelear por sindicatos sin burócratas. Los trabajadores de base del puerto demostraron que no es necesario esperar al dirigente vendido de turno para salir a luchar y formaron un comité con delegados. Pero Rojas sigue en su cargo, esto es porque lo sostuvo la empresa. Hay que darle continuidad a la autoorganización de los trabajadores y constituir un sólido cuerpo de delegados revocables e instaurar que las asambleas de base siempre son resolutivas para tomar las decisiones. Pero el problema de los dirigentes vendidos no es sólo en el TPS. Es una pelea de todo el movimiento obrero. B) Pelear por unidad de los trabajadores y la alianza con la juventud y los sectores populares. Quedó claro que cuando salimos a las calles y nos unimos, podemos ganar nuestras demandas y preparar el terreno para ir por mucho más. Queremos sindicatos que se movilicen junto a los estudiantes contra la represión, junto a los mapuche, que sean de lucha. C) Hay que pelear por el fin del trabajo eventual y todas las formas de contrato precario. Hoy lucharon los eventuales. Pero las formas de “contrato precario” son muy variadas: subcontrato, contrata y honorarios en el Estado. Hay que eliminar todas esas formas de contratos “de segunda”. Y no quedarnos en eso porque por ejemplo cuando hay dificultades eocnómicas siempre afectan a los trabajadores con despidos, cesantía y rebajas de sueldo: hay que ir por una jornada de 6 horas, 5 días a la semana, sin rebaja de sueldo, para que todos trabajen. D) Hay que expropiar a Von Appen y a los capitalistas portuarios. Gestión obrera de los puertos estatizados para que los capitalistas dejen de hacer lo que les place como por ejemplo también hace Luksic contaminando en Antofagasta con la ATI. E) Disolución de las Fuerzas Especiales. Así como el denominado GOPE y el Comando Jungla han azotado con represión la zona mapuche, Fuerzas Especiales se encarga de reprimir las movilizaciones. Portuarios y juventud de Valparaíso vieron como la represión se desata. Esto, combinado con amenazas y persecución. El problema de fondo es que la policía como tal es una institución que no es ninguna contribución a la sociedad. Quienes escribimos estas líneas pensamos que debiese ser disuelta. Hay que comenzar por disolver los destacamentos especializados en reprimir la movilización social.

Para defender este programa necesitamos organizarnos. Quienes militamos en el PTR consideramos que construir un partido revolucionario en los lugares de trabajo y estudio, con miles de militantes, es querer que estas experiencias de lucha obrera y estudiantil sean potenciadas con un programa y con una estrategia, desarrollando toda su fuerza, para que podamos ir al fondo de las cosas apuntando a que la clase trabajadora gobierne en ruptura con el capitalismo. Es necesario llevar este programa a cientos de miles.




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