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SEMANARIO

Proceso constituyente: la izquierda y la lucha de clases

Joaquín Romero

Proceso constituyente: la izquierda y la lucha de clases

Joaquín Romero

El triunfo del apruebo es celebrado por el PC y el FA como el fin de la constitución de Pinochet. Sin embargo, esta posibilidad aún esta lejos de lograrse.

El triunfo del apruebo y la ilusión de fin de la herencia de la dictadura

Ha transcurrido una semana desde que la opción apruebo se impuso en el plebiscito por un 78,8% de los votos y los aires de triunfo sacuden a toda la izquierda, principalmente aquella que cuenta con representación parlamentaria. “Hemos enterrado la constitución de Pinochet” exclama la izquierda reformista para toda la orbe celebrando con entusiasmo un plebiscito histórico.

Incluso dentro del trotskismo criollo hay quienes celebran el plebiscito como si se tratase de la continuidad y profundización de la rebelión de octubre, levantando grandilocuentes consignas como la que sostienen los militantes del Movimiento Internacional de Trabajadores (parte de la LIT-CI) : “triunfó el apruebo, nuestra revolución continua”. Dicho así, Chile estaría viviendo una “revolución de febrero” y solo nos queda esperar a que los soviets surjan espontáneamente y que la providencia nos envíe un Lenin dado que una “nueva revolución de octubre” estaría a la vuelta de la esquina.

En este clima de celebración y “fiesta de la democracia” el gobierno no pierde oportunidad, aprovechando que algunos personeros políticos de la derecha cruzaron la “barrera ideológica” llamando a votar por la opción de cambiar la constitución, llama a la unidad nacional: “Chile se ha expresado que quiere un cambio por la vía democrática y pacífica”, exclama Piñera mientras continúa la represión contra los manifestantes, la militarización del walmapu y cerca de 600 presos políticos encarcelados y 2500 procesados desde la revuelta.

Lo cierto es que si este plebiscito tiene algo de histórico es que la enorme mayoría expresó sus ansias de acabar con la herencia de la dictadura. Pero el régimen de conjunto, incluida su ala izquierda (Frente Amplio y Partido Comunista) siembran la ilusión de que esto será posible por medio del proceso constituyente actual. Peor aún, arrojan polvo sobre los ojos del pueblo trabajador diciendo que la votación ya habría puesto fin a este legado.

Pero lo que callan, es que este proceso constituyente zanjado en el acuerdo del 15 de noviembre es una enorme operación que orquestó todo el régimen político para desviar, contener y encauzar la energía de la rebelión en los marcos de la legalidad burguesa. Sobre todo después de ver la posibilidad de la entrada como actor independiente de la clase trabajadora, con el punto de inflexión que significó la jornada histórica del paro del 12 de noviembre.

El temor al desarrollo de una huelga general revolucionaria que echara por la borda a un gobierno profundamente cuestionado e hiciera caer al régimen por los métodos de la lucha de clases, obligó a la burguesía y a sus representantes políticos con la venía del Frente Amplio y el Partido Comunista (aceptando el acuerdo en los hechos) a orquestar un desvío histórico. Buscan diluir el potencial revolucionario del proceso y utilizar esa energía para recomponer un sistema político y económico que hace aguas. La burguesía conoce muy bien la ley Lavoisier dado que en la historia de la misma manera que en la física y en la química, nada se crea ni se destruye solo se transforma.

La dinámica de la relación de fuerzas entre las clases llegó a un punto en el cual la burguesía logró sortear la situación preservando su régimen político llevando la fuerza de la rebelión al cauce parlamentario con la ayuda de la izquierda reformista, quien se negó a liberar la fuerza de la clase trabajadora para que se fusionase con las masas movilizadas y paralizar así la economía para darle el golpe de gracia al sistema mediante una Huelga General. Fue precisamente el rol del Frente Amplio al firmar el acuerdo y del Partido Comunista al negarse organizar una verdadera huelga general lo que mantuvo a Piñera en el poder.

En varios artículos de nuestro medio de prensa, La Izquierda Diario, hemos reiterado hasta el cansancio los enormes límites que tiene el actual proceso constitucional diseñado de manera que el sistema político tenga margen de maniobra para engañar a la clase trabajadora y el pueblo. Todos los medios de comunicación celebran el histórico plebiscito, llamando al diálogo y a la unidad nacional, para que el pueblo pueda digerir que los ⅔ que impone la Convención Constitucional no es un “límite a la democracia” sino que un mecanismos para buscar acuerdos y consensos que permitan devolver a Chile al camino del “desarrollo estancado por estos meses de violencia”.

Octubre sin duda cambió la situación política en Chile, modificando la correlación de fuerzas de las clases sociales. El actor predominante fue la lucha de clases marcada por jornadas revolucionarias y el histórico paro del 12 de noviembre. Abrió una situación prerevolucionaria de tiempos largos, donde -parafraseado a Lenin- los de abajo ya no pueden seguir viviendo como antes y los de arriba no pueden seguir gobernando como siempre. Pero nos diferenciamos de los trotskistas que insisten en que octubre fue una revolución. Esa definición lejos de ser una caracterización concreta, lleva a diluir el rol fundamental de la necesaria entrada en escena como sujeto independiente de la clase trabajadora para que desate toda su fuerza creadora por medio de una huelga general revolucionaria, ingrediente indispensable para que se genere un proceso revolucionario.

Nuestra tarea como revolucionarios consiste en desprender la “política concreta, de la situación concreta”. La situación prerevolucionaria que abrió la rebelión de octubre no se encuentra cerrada, la burguesía no ha derrotado. Pero la situación está marcada por la capacidad del régimen de lograr contener la movilización a márgenes tolerables para la burguesía, en un equilibrio inestable al que ahora se suma una crisis económica y sanitaria en ciernes. Pero también por que la clase obrera aún no terminó de emerger como un actor independiente tras las jornadas del 12 de Noviembre, más allá de expresarse electoralmente y en la movilización en las calles. La burocracia dirigida por la izquierda reformista evitó por el momento que esta lograse entrar a la escena con sus propios métodos de autoorganización y arriesgar el funcionamiento de la maquinaria capitalista. En otras palabras, capaz de blandir las armas que golpeen el centro de gravedad de la burguesía. Aportar a que se desarrolle esa fuerza es nuestra tarea en el presente periodo.

La juventud que nació sin miedo: el combustible de la rebelión

La rebelión de octubre condensó en las calles a una nueva generación impulsada por la juventud que “saltó los torniquetes”. Tras meses de represión la ley “aula segura” fue empujada de sus liceos a las calles logrando motorizar el descontento de la inmensa mayoría de la población con los 30 años de neoliberalismo que han precarizado sucesivamente la vida de la clase trabajadora.

Esta juventud ha sido el resultado de más de una década de movilizaciones estudiantiles contra la educación de mercado El costo de acceder a la educación superior mantiene hoy endeudado a miles de trabajadores y profesionales jóvenes encadenados a las condiciones draconianas que impone la banca con el “aval del Estado”. El mismo acceso a la educación superior se encuentra condicionado por las enormes desigualdades que existen en la educación escolar donde se habla con razón de que existen colegios para ricos y para pobres. En este escenario la posibilidad de “ascenso social” es solo un mito dado que es el lugar de nacimiento el que termina condicionando cual será el futuro de los jóvenes que hoy cursan su enseñanza escolar.

Contra esta situación de injusticia se levantaron primero los secundarios en la “revolución pingüina” del 2006 y en las manifestaciones estudiantiles del 2011 que alcanzaron un enorme apoyo de la población. Tras algunas concesiones menores que el régimen político le hizo a la juventud, como la beca gratuidad de Bachelet, la represión se convirtió en la única respuesta para esa juventud que se seguía rebelando contra la educación de mercado.

Pero también jugaron un rol las organizaciones estudiantiles como la CONFECH, que tras la aplicación de la beca gratuidad se limitaron a ejercer presión en tal o cual coyuntura de discusión parlamentaria. Todos los ciclos de ascenso del movimiento estudiantil fueron acompañados, de un despertar político de la clase trabajadora con sus propias demandas laborales (los mineros del cobre, los portuarios, carteros, servicios, etc).

Las direcciones estudiantiles se negaron a buscar una alianza con esos sectores y dotar así de mayor amplitud y nuevas energías al movimiento estudiantil, para construir así una verdadera correlación de fuerzas que lograse imponer al régimen la demanda de una educación gratuita universal. Por el contrario dejaron pasar los momentos en que se podrían haber golpeado juntos y dejaron languidecer las fuerzas del movimiento estudiantil condenando a la pasividad a las federaciones estudiantiles y secundarias.

La emergencia nacional del Frente Amplio el 2017 con cerca del 20% de los votos, que los catapultó a la arena parlamentaria, implicó enormes ilusiones en un importante sector de la juventud que veía en ellos la expresión de todos los años de luchas estudiantiles. Sin embargo, al poco andar esta irrupción parlamentaria en nada ayudó a dinamizar la movilización social, por el contrario fortaleció la apuesta de seguidismo parlamentario de las organizaciones estudiantiles controladas por el FA a la agenda de sus diputados.

Con la tradición de organización del movimiento estudiantil debilitada, la juventud debió encontrar otros canales para que su energía entrase en contacto, y así el salto de los torniquetes se convirtió en la chispa de la rebelión de octubre y el punto de contacto entre las masas juveniles toda vez que las organizaciones tradicionales se habían convertido en un obstáculo.

Esto sin duda ha fortalecido un ánimo “antipolítico” explicable por el rol de peso muerto que han ejercido los partidos de la izquierda reformista que de ser por ellos la rebelión de octubre no hubiese existido nunca. Es cosa de recordar que solo unos meses antes de la rebelión declaraban en medio de la huelga de los profesores que era imposible un escenario de mayor lucha de clase cada vez que se les discutía la necesidad de plantear en las calles una alianza entre los trabajadores y los estudiantes.

La firma del acuerdo por la paz terminó de mostrar para un sector importante de la juventud el rol del Frente Amplio en sostener por izquierda el régimen. Eso generó un importante desprendimiento de la base social de los partidos reformistas. Pero pese a todas las desconfianzas en el itinerario constituyente impuesto, la votación en el plebiscito tanto en la juventud como de conjunto mostró la dialéctica entre ilusión de poder acabar con la herencia de la dictadura por medio del proceso constituyente actual por un lado, aunque con una desconfianza que se traduce en “no soltar las calles”, y por otro, las enormes expectativa en mejorar sus condiciones de vida.

El plebiscito la movilización de la juventud , principalmente aquellas de las comunas denominadas como periféricas fue uno de los grandes factores que consolidó el triunfo del apruebo. Comunas que bordeaban una participación del 35 al 40 por ciento se encumbraron por sobre el 50% del padrón.

Tomando ese crecimiento como base diversos analistas se aventura a cifrar la cantidad de nuevos electores entre un 15% y 20% lo que corresponde entre 882.963 – 1.177.284 definiéndolo como el sector que oscilaba entre el Apruebo y la abstención (algunos cálculos estiman dicha proporción entre 1 millón 300 mil y 1 millón 600 mil este espacio). Un ejemplo de esto es lo ocurrido en la comuna de La Pintana. En esta comuna la participación el 2017 fue de un 37,29%, siendo el municipio con menos participación, y este año incrementó a un 52,64%.

Estos jóvenes que votaron por primera vez, ubicados por los analistas principalmente en el rango entre 18-25 años buscan ser convertido por la izquierda reformista en un botín electoral, pese a la desconfianza que prima en la juventud hacia estos partidos. Buscará así el FA y el PC convertirse en el mal menor convenciendolos de que esa es la única manera que la derecha no controle una convención, que ya juridicamente tienen amarrada.

Precisamente en esta perspectiva tenemos que ver la campaña que se encuentra realizando el PC (de la que se colgó el frente amplio) con la Ley de Anmistia para los presos políticos de la revuelta. La disputa por este nuevo electorado es reparada por el FA quién observa que es difícil poder crecer hacia ese lugar y su dilema es si Jadue será capaz de capitalizarlo mientras ellos conservan la capacidad de arrastrar sectores de votantes de la concertación (de los cuales el PC también arrastra un sector). Sobre esta apuesta auspiciosa es que RD y el PC se encuentran desarrollando negociaciones intensivas ante la eventual decadencia de la concertación.

Probablemente entremos en una coyuntura donde esa crisis y falta de hegemonía será disputada principalmente en la arena electoral lo que plantea la interrogante de si esa masa de votantes jovenes será integrada al régimen o continuará siendo el combustible de la lucha de clases en chile. Nuestra batalla para construir un Partido Revolucionario y evitar así que la juventud combativa y la clase trabajadora sea cooptada y engañada por las ilusiones del reformismo se ubica en la segunda afirmación.

La crisis económica provocada por la pandemia mundial del covid, que tiene en la incertidumbre a la burguesía internacional y en plena disputa por la hegemonía mundial , ha golpeado con fuerza a la población trabajadora de nuestro país y no es descartable que sus condiciones de vida continúan precarizando. En un escenario así la chispa de la rebelión sigue contando con pasto seco para prenderse en cualquier momento.

Si bien es cierto que el proceso constituyente continúa su curso, no es claro que éste transite por un camino controlado que desdibuje la lucha de clases.
Lo que sí es claro es que la ilusión de que los empresarios hagan concesiones en un marco de crisis económica, solamente por que una convención constitucional se los “sugiere” es una hipótesis utópica que solo existe en la cabeza de la izquierda reformista.

Por lo mismo es que la derecha ha desatado toda una campaña demagógica contra la “violencia” buscando comprometer a la izquierda con la legalidad que ellos buscan imponer al proceso y el respeto a la propiedad privada aunque eso signifique mantener a la población en condiciones intolerables de vida. Por lo mismo es que una fuerza política que se proponga intervenir en el proceso constituyente en curso para agitar ampliamente un programa que choque con los intereses de los empresarios y organizar ese descontento y esa fuerza aún gravitante tiene posibilidades de emerger no sólo como fenómeno político, sino para desatar la fuerza de la lucha de clases.

La necesidad de un Frente de Izquierda Anticapitalista de Trabajadores

En el plano de las ideas el debate programático hacia la convención constitucional expresa la decadencia del régimen heredado de la dictadura, toda vez que los partidos tradicionales han centrado el debate en las figuras más puesto que saben que su proyecto estratégico de “renovar las credenciales democráticas del régimen” para mantener vigente el neoliberalismo no cuenta con el respaldo popular.

Por su parte, la izquierda reformista ha centrado su discurso en que la convención garantice un catálogo “robusto de derechos sociales”. Para los “constitucionalistas” del Frente Amplio basta con cambiar la constitución para que inmediatamente seamos un país desarrollado, algo así como ponerle a Chile un filtro de Instagram para que seamos como Islandia. Lo que no explican es que en los países europeos que tienen constituciones progresistas que garantizan dichos derechos sociales eso no ha impedido la crisis capitalista se descargue sobre los hombros de la clase trabajadora y la juventud precaria en los países centrales.

La centro izquierda tampoco ha sido capaz de ofrecer una respuesta coherente, para defender lo que ellos llaman como proceso de modernización capitalista, al hecho de que el crecimiento económico presente una tendencia a la baja desde los inicios de la década del 2000 (que tiene en el año 2010 un punto de inflexión que acrecentó dicha tendencia a la baja). Esta es la base material del agotamiento del modelo neoliberal chileno.

La derecha tampoco ha podido dar una respuesta a dicho fenómeno dado que implicaría entrar en contradicción con sus intereses. Su debilidad radica en que usaron este argumento, el crecimiento economico, como la plataforma electoral que llevó a Piñera a la presidencia. Los argumentos de este sector se quedan en los problemas de competitividad y falta de inversión extranjera, una generalidad que no explica que por ejemplo la inversión extranjera no ha dejado de crecer pero que se concentra en aquellos instrumentos económicos que no desarrollan capital en nuestro país (dada nuestra condición de ser un país dependiente del imperialismo).

En este escenario los partidos parlamentarios han centrado la discusión hacia la Convención Constituyente en como construir alianzas electorales, sembrando la ilusión de que es posible conquistar los ⅔ de la Convención o de que es posible desbordar institucionalmente dicha instancia. De esta manera nos presentan una versión descafeinada de las demandas de octubre, para que sean del gusto de los empresarios.

Desde la vereda de la necesidad de levantar una nueva izquierda revolucionaria hemos planteado que es imposible avanzar en las demandas populares más sentidas cómo el fin del sistema de AFP, la renacionalización de los recursos naturales o instalar un plan de emergencia para enfrentar la crisis económica garantizando a la clase trabajadora un puesto de trabajo y un salario igual a los 500.000 mil pesos, sin afectar las ganancias de los grandes capitalistas.

Todo esto es inviable en el actual marco jurídico del proceso constituyente y menos posible aún buscando alianzas amplias con los ex partidos de la concertación que mantuvieron sin rasguños el sistema neoliberal que heredaron de Pinochet. Una izquierda que no se plante como Anticapitalista, es decir que ponga los intereses de las masas trabajadoras por sobre los del empresariado no tendrá ni una claridad “programática” ni un potencial transformador para sortear con éxito las trampas que impondrá el sistema político para que todo se mantenga tal como está.

La alianza que hoy debemos buscar para enfrentar el proceso constituyente no está en los viejos partidos de la concertación. Esa alianza es necesaria construirla con la juventud que fue la chispa de la rebelión, el movimiento de mujeres, la diversidad sexual, los movimientos socioambientales, en los trabajadores de los sectores estratégicos y en la infantería ligera de trabajadores precarios y de los servicios, así como en los miles de cesantes que dejó la pandemia.

Esta alianza no puede ser una sumatoria de los movimientos sociales en general. Debe proponerse estructurarse en los batallones centrales de la clase obrera y desde ahí agrupar a la juventud y a los sectores movilizados. Tomar las demandas de los movimientos , que por distintas aristas han denunciado los aspectos más miserables del modelo neoliberal, no significa solamente tener un pliego de demandas.

Tomar las demandas implica construir concretamente el camino para que estas puedan vencer. Sin afectar las ganancias capitalistas, sin apostar por una movilización que lance por tierra el acuerdo por la paz. Para esta perspectiva es que hacemos un llamado a todas las organizaciones que compartan esta perspectiva y que tengan la convicción de que la movilización es la única manera de enfrentar a este régimen político.

Una alianza de esas características es necesaria para poder construir esa fuerza social que logre expresarse en las calles y en los lugares de trabajo en la perspectiva de retomar el camino de la huelga general para acabar con este régimen de los empresarios y abrir la perspectiva de una sociedad socialista que supere todo tipo de opresión y explotación. Requiere batallar por las conciencias de esas millones de personas que hoy tienen ilusiones en que el proceso constitucional pueda significar una mejora en sus vidas para convencerlas de la necesidad de organizarse y movilizarse. Sin eso, es muy probable que los partidos tradicionales logren limitar el aspecto revulsivo de la movilización y cooptar para una nueva alianza empresarial que mantenga el status quo.

Esa alianza de clase entre oprimidos y explotados es el objetivo de un Frente de Izquierda Anticapitalista de trabajadores como su punto de partida, como también el de llegada. Como punto de partida en tanto que todas las organizaciones que compartamos el balance de la trampa del acuerdo por la paz emprendamos el camino de levantar esa fuerza histórica capaz de dar vuelta el tablero que nos impusieron para desviar la revuelta. Es el punto de llegada en tanto que logremos expresar políticamente una alternativa que busque ir más allá de la rebelión para abrir una salida revolucionaria que sea capaz mediante la huelga general imponer una asamblea constituyente libre y soberana para poder decir los destinos del país y abrir así la posibilidad de un gobierno de trabajadores en ruptura con el sistema capitalista.

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Joaquín Romero

Santiago de Chile
Candidato a Constituyente Distrito 10. Editor de La Izquierda Diario
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