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SEMANARIO

¿Qué hacer con esta policía?

Juan Valenzuela

Diego Lobos

¿Qué hacer con esta policía?

Juan Valenzuela

Diego Lobos

Las candidatas y candidatos de la Lista de Trabajadoras y Trabajadores Revolucionarios vienen planteando la campaña “ni un peso más para los pacos” ¿Cuál es el trasfondo de esa campaña?

En este artículo queremos defender la idea de que es necesario vincular esa campaña con el programa de disolución de la policía, tanto de carabineros como de la PDI. Sostenemos que para realizar tal disolución, será necesario enfrentarnos con el Estado de la clase capitalista que es una herramienta para mantener y profundizar las condiciones económicas y sociales que esta clase le impone al resto de la sociedad. En este proceso, afirmamos; la clase trabajadora y los sectores populares podrán ensayar sus propias formas de seguridad y defensa en el camino de constituir un gobierno propio.

¿Por qué hay policía?

En una reciente entrevista a Alex S. Vitale , profesor de sociología y autor del libro «The End of Policing», publicada por la revista Jacobin, éste sostenía que:

«De alguna forma, puede decirse que hemos llegado a aceptar la idea de que la vigilancia policial [policing] es un componente inevitable de la civilización moderna. Pero, en realidad, su forma moderna cuenta con pocos siglos de existencia. La vigilancia policial como institución se deriva de sistemas de desigualdad. Los departamentos de policía fueron creados, sobre todo, durante el siglo XIX, en un vínculo estrecho con realidades como la esclavitud, el colonialismo y la fabricación, por decirlo de alguna forma, de una clase trabajadora industrial estable. En este sentido, puede decirse que la vigilancia policial [policing] es una herramienta para gestionar las consecuencias ocasionadas por los regímenes de explotación».

¿Es verdad que muchos entienden que la policía es un “componente inevitable de la civilización moderna”? A nuestro modo de ver, sí: la mayoría de las veces, cuando uno pregunta a compañeros de trabajo o a estudiantes si se imaginan que la sociedad podría funcionar sin una policía, la respuesta es negativa. Odiar la represión es una cosa. Otra, concebir que es posible un "orden social" sin policía. Cuando las y los militantes revolucionarios decimos “disolución de la policía”, no pocas veces la reacción es una cierta perplejidad.

Sin embargo, Alex S. Vitale tiene razón cuando escribe que “la vigilancia policial como institución se deriva de sistemas de desigualdad” y que “es una herramienta para gestionar las consecuencias ocasionadas por los regímenes de explotación”. El sociólogo explica de manera bastante consistente que ciertos “males” de nuestra sociedad como los “crímenes callejeros” que, precisamente, tienen causas sociales y económicas enraizadas en esta sociedad de explotación; no terminan cuando la policía los reprime. Tomando su planteamiento podríamos señalar que gestionar esos problemas es todo lo contrario a eliminarlos; como si se atacaran sólo los síntomas pero no la enfermedad. Encarcelando a un criminal no se acaba el crimen, deteniendo y actuando violentamente contra una persona en situación de calle, no se termina con los desahucios de viviendas por no pago, el desempleo u otras causas que explican la situación de calle. Pero esto es peor aún: cuando surgen movimientos sociales que cuestionan la raíz de los problemas, la situación de explotación y desigualdad social -ambos factores que generan el crimen, la situación de calle, etc.-; la policía también los reprime. La violencia policial es esencialmente conservadora.

El caso chileno es bastante evidente en relación a este punto. Lo vimos con la respuesta del Estado a la rebelión popular de 2019 que cuestionó la herencia económica y social de la dictadura y al Chile de los “30 años”: mutilamientos, violaciones e incluso asesinatos perpetrados por carabineros. También el tratamiento que carabineros le da al pueblo mapuche, evidencia el papel policial. Cuando los luchadores mapuche se enfrentan a las grandes forestales o a la propiedad terrateniente basada en el despojo, carabineros revela su verdadera función. Por ejemplo, el actual director general de carabineros, Ricardo Yáñez, frente a la serie de recuperaciones de tierra llevadas adelante por comunidades mapuche durante esta semana, declaró ser partidario de contar con apoyo de las Fuerzas Armadas, en inteligencia, medios blindados, planificación y entrenamiento con técnicas y tácticas militares para reprimir.

Alex S. Vitale sostiene que tener en cuenta este “análisis de la naturaleza funcional de la vigilancia policial (...) nos previene de caer en el error de pensar que podríamos solucionar el problema con más formación, cámaras portátiles, salarios más altos, diversificación de las fuerzas o más entrenamiento”. En sus palabras “la vigilancia policial (policing), no está diseñada para resolver estos problemas, sino para contenerlos”. Por su parte el revolucionario ruso León Trotsky, en una situación muy distinta a la actual (Alemania, 1932), ya discutía en contra de las tendencias reformistas que sembraban ilusiones en que los policías de “origen proletario” se pudieran transformar en aliados de la clase trabajadora en su lucha contra el fascismo y por la revolución. Escribía que:

«aquí, una vez más, es la existencia la que determina la conciencia. El obrero, convertido en policía al servicio del Estado capitalista, es un policía burgués y no un obrero».

Este pasaje de Trotsky es importante porque no se limita a la “función social” de la policía, sino que también da cuenta de la subjetividad que se genera por esa función social. Con la lógica de Trotsky podríamos decir: si día a día la función práctica de la policía es “gestionar” los efectos de una sociedad basada en la explotación y la lucha por la existencia individual; si de manera cotidiana los agentes represores asestan sus golpes a las y los pobres de las ciudades, a las personas en situación de calle, a los trabajadores y trabajadoras que se rebelan contra su situación de explotación, a los mapuche y a quienes se toman terrenos para conquistar una vivienda; entonces esa “práctica” será más determinante para la “conciencia” de los policías que cualquier sermón bien intencionado que les recuerde su “origen popular” con el supuesto objetivo de acercarlos a la revolución. Por esto, no es una casualidad que entre los policías, la extremaderecha siempre cuente con una cierta base, como lo revela en Estados Unidos el apoyo de los sindicatos policiales a Donald Trump y en Brasil el apoyo de los agentes represores a Bolsonaro.

En una perspectiva histórica más profunda, el intelectual y dirigente comunista Friedrich Engels escribía en 1878 que “(...) en cuanto la dominación de clase y la lucha por la existencia individual, engendrada por la anarquía actual de la producción, con los choques y los excesos dimanantes de todo ello, desaparecen, ya no habrá nada que reprimir, y la necesidad de una fuerza especial de represión, un Estado, dejará de ser necesaria”. Correlativamente, el planteo de Engels significa que mientras perduren esa dominación de clase y esa lucha por la existencia individual, necesariamente existirá esa fuerza especial de represión. En otras palabras, esta idea es bastante similar al planteo de Alex S. Vitale que señala que la policía como una herramienta para gestionar las consecuencias ocasionadas por los regímenes de explotación. Pero Engels visualiza la posibilidad de que esos regímenes desaparezcan por medio de una revolución socialista que permitirá que todas las conquistas de la tecnología y la ciencia sean puestas al servicio de la humanidad sobre la base de una economía socializada. Alex S. Vitale, por su parte, pese a las premisas acertadas de su análisis, reivindica ciertos “intentos de abordar la violencia juvenil, la violencia callejera y la violencia de las pandillas a través de estrategias de inclusión social” para él exitosas en Ecuador y relativamente Centroamérica. Engels, por su parte, nunca cayó en ese juego de buscar formas más eficientes de gestionar el crimen, bajo un Estado capitalista. Para el teórico revolucionario, si los medios productivos pasan de manos privadas a manos de toda la sociedad, desaparecen los antagonismos de clase; si la socialización y planificación de la producción incrementa la productividad del trabajo y hay abundancia de medios de vida y no escasez como ocurre en el capitalismo, entonces cesa la lucha por la existencia individual. En ese caso se realizaría la divisa de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades. En una sociedad de ese tipo, socialista, será innecesaria la policía.

Pero para alcanzar semejante estadio de la sociedad, la revolución requiere realizar muchas tareas previamente. Entre otras, disolver las policías del Estado capitalista y formar un Estado de transición al socialismo gobernado por la clase trabajadora. Un Estado en el que -como decía Trotsky en La revolución traicionada-, no se elimina de la noche a la mañana la lucha por la existencia individual. Si el proceso revolucionario tiene como base una estructura económica-productiva rezagada con respecto a las naciones más avanzadas desde el punto de vista técnico-productivo, esa lucha será aguda y no se podrá aplicar la divisa comunista “a cada cual según sus necesidades”. En su tiempo, Trotsky pensaba que ni siquiera en los Estados Unidos un Estado socialista formado “sobre la base del capitalismo más avanzado (...) se podrá dar a cada uno lo necesario”. Lejos de cualquier visión “facilista” del proceso revolucionario, explicaba que ese Estado “se vería obligado, por tanto, a incitar a todo el mundo a producir lo más posible”. Para realizar ese estímulo, el método de retribución del trabajo, no podrá ser “a cada cual según sus necesidades”. Sólo una sociedad socialista que supere en productividad al capitalismo, garantizará una abundancia tal de productos que todas y todos podrán consumirlos de acuerdo a sus necesidades. Por mientras, en tanto exista la lucha por la existencia individual, incluso el Estado de la clase trabajadora, va a necesitar ciertos métodos de vigilancia.

Disolución o reforma

Es con una perspectiva socialista que las y los revolucionarios decimos “disolución de la policía”. Para nosotros es un programa que se contrapone a la política de reforma de la policía del reformismo, que considera que con mejores protocolos para el uso de la fuerza, educación en DD. HH. y uso de armas no letales, dependencia del poder civil, etc., es posible mejorar las policías existentes (carabineros y PDI).

Un buen ejemplo local de esta política del reformismo la encontramos en una Carta abierta al presidente de Chile que fue entregada en La Moneda el pasado 18 de febrero por dirigentes de una serie de organizaciones político-sociales como la CUT o NO+AFP, referenciadas -en buena medida- en el Partido Comunista. En esa carta -motivada por el asesinato de Francisco Martínez en Panguipulli- se plantean una serie de demandas muy necesarias a las que adherimos: detener la sistemática violación de los derechos humanos ejercida por agentes del Estado contra la población, criminalizando el legítimo derecho a la movilización social; verdad, justicia y reparación para las víctimas de la violencia ejercida por agentes del Estado de Chile; aprobar un proyecto ley para poner término al procedimiento de Control de Identidad considerado un acto de discriminación que promueve abusos y brutalidad policiaca, entre otras cuestiones. En varias de esas peleas nos hemos encontrado luchando en común. Pero además de estas medidas democráticas mínimas, en esta carta se plantea una idea que no compartimos respecto a las policías. La carta propone:

«Iniciar de manera urgente la REFUNDACIÓN de las instituciones de orden y seguridad, basada en el respeto a los derechos humanos, el apego irrestricto a la democracia y al estado de derecho. Este proceso deberá contar con la participación de Instituciones especializadas en seguridad y derechos humanos, así como de representantes del mundo civil y de organizaciones sociales».

Quienes acudieron a La Moneda a entregar la carta portaban un lienzo con el lema “Paren de matar, disolución de carabineros AHORA”. Pero más allá de eso, es ineludible que nos preguntemos si su propuesta de refundación de carabineros “desde la perspectiva del respeto de los derechos fundamentales” es una verdadera “disolución”. A nuestro modo de ver, no. En realidad se trata de una reforma. El texto propone una modificación de la “Ley Orgánica de Carabineros, terminando con su autonomía en los procedimientos y asegurando su subordinación efectiva al poder civil” y “rechazar el actuar del alto mando de Carabineros”. Pero suponiendo que esas medidas den inicio a un proceso de refundación, ¿en base a qué podríamos esperar que una institución cuya función es gestionar los efectos de un régimen basado en la explotación, respetará los derechos humanos sólo por haber sido reeducada? Es una utopía reaccionaria esperar que la policía, en base a la reeducación, modifique sus prácticas y su conciencia antipopular, antiobrera, racista, machista. Eso es mil veces menos realista que hablar de disolución.

Con una política así, a lo más se podrá realizar un cierto lavado de imagen para las mismas tareas represivas, como ocurre desde 2013 en el condado de Camden, New Yersey. En ese lugar el departamento de policía fue “desmantelado” y se formó uno nuevo, un ejemplo que la parlamentaria de los Socialistas Democráticos de América (DSA) Alessandra Ocassio Cortes reivindica como una gran panacea. ¿Pero de qué sirve esta reforma si las policías estadounidenses continúan entre las más violentas del planeta? ¿No es un ejemplo aislado sin mayor efecto en tanto perduren la pobreza, el racismo estructural del Estado y la explotación? Si el pueblo de Camden se revelara contra la miseria y la policía local no actuara ¿no se abrirpía el peligro de una intervención de la Guardia Nacional? En Minneapolis, EE.UU. donde fue asesinado George Floyd en mayo de 2020, el concejo municipal votó por una mayoría la “disolución de la policía”, pocos días después del asesinato de George Floyd, pero eso en realidad es hacer una reforma a la policía local como la que ya se hizo previamente en Camden: una política de ciertos sectores “progresistas” que apunta a que los policías establezcan vínculos con la “comunidad”, etc. En Minneapolis, se habla también de un “desmantelamiento” y reorganización como señala la concejala Lisa Bender. Se trataría de un proceso que durará varios años. ¿Qué hace creer a quienes hablan de refundación que aquélla se podría lograr con una serie de reformas? ¿Y mientras tanto hay que continuar aguantando la brutalidad?

En realidad, la política reformista para la policía siembra ilusiones en un imposible. Es en contra de esas posiciones que las y los marxistas revolucionarios planteamos la disolución de la policía, pues no se trata de mejorar o crear una nueva policía dependiente del Estado capitalista, sino de enfrentar al capitalismo y organizar las tareas de autodefensa en base a instituciones de los propios trabajadores, sectores populares y mapuche, para chocar con la policía. Creemos que esta política no es sólo para un futuro indefinido, sino que tienen que ver con las tareas preparatorias centrales en esta situación.

Experiencias de vanguardia

En esta situación, pues la consigna “disolución de la policía” sí dialoga con un cierto estado de conciencia actual, al menos en algunas franjas de masas o de sectores de vanguardia, un estado de conciencia que proviene de experiencias vivas de lucha de clases. A partir de éstas, ya han decantado sectores que pueden abrirse a imaginar la posibilidad de organizar la sociedad sin la policía, odiada e identificada con represión brutal contra los trabajadores y la juventud. No se trata de una imaginación puramente abstracta, para un futuro indeterminado, sino de una experiencia con actualidad.

Por ejemplo, la experiencia concreta que se dio en medio de la revuelta estadounidense, en Seattle (Washington), en la Zona Autónoma de Capitol Hill, con una comisaría abandonada y un control territorial en un radio de 6 cuadras entre jóvenes anarquistas “laxamente asociados” vecinos y sectores populares que en un petitorio plantearon entre otras cuestiones la abolición de la policía. En ese perímetro no se permitía el ingreso de la policía y se construyó “un monumento a George Floyd, estaciones con alimentos, agua y suministros médicos gratuitos, y espacios para que la comunidad se organice, tenga discusiones políticas y descanse”. En Chile no hemos sido ajenos a experiencias profundas como las de la revuelta de Aysén (2012) o Chiloé (2016) que tuvieron cierta dinámica territorial expulsando momentáneamente a la policía de ciertas áreas, o la propia rebelión de 2019 en la cual carabineros se ganó el odio popular y en ciudades como Antofagasta se vio realmente en problemas, atrincherada en unas pocas comisarías, mientras la ciudad era copada por trabajadores y pobladores que organizaron su propia seguridad con el Comité de Emergencia y Resguardo.

La derecha asusta a los sectores populares con un cierto relato “hobbeseano” según el cual sin agentes de represión estatal inevitablemente se desataría una guerra de todos contra todos. En el sentido común que trata de imponer la derecha, la existencia de una policía es inherente a una sociedad “civilizada”. Nosotros, por el contrario, tomando la experiencia internacional y nacional de la lucha de clases, como los ejemplos mencionados, creemos que es posible que la consigna “disolución de la policía” se escuche y se tome, y que eso sería un gran paso si ocurre. Desarrollando los elementos más avanzados de la conciencia derivados de la experiencia de la lucha de clases y cediendo a la política de reformas del reformismo o incluso del centrismo, podemos preparar el terreno para la revolución socialista.

No dejar para mañana lo que podemos pelear hoy

La consigna “disolución de la policía”, en síntesis, tiene un rol preparatorio. Un partido revolucionario al mismo tiempo que indicar un camino posible -en este caso, el de la disolución de las fuerzas represivas en contraste con la reforma-, necesita conectar ese objetivo político, con el papel de la clase trabajadora como sujeto emancipador de la sociedad. Por eso, “disolver” carabineros cambiándole el nombre a la institución, destituyendo a algunos altos mandos y estableciendo nuevos protocolos y cursos de derechos humanos; puede terminar siendo un lavado de imagen para una institución esencialmente antiobrera, racista, machista y antipopular. Creer que eso es la mayor aspiración que podemos tener respecto a la policía, equivale a no confiar en que la clase trabajadora que pone en movimiento los grandes centros de producción en la sociedad y que produce los medios de vida, puede organizar la seguridad de otra manera.

¿De qué manera? En el apartado anterior nombramos algunas experiencias actuales juveniles, populares u obreras muy germinales, pero también hay experiencias históricas mucho más profundas que podemos recuperar y desarrollar. Por ejemplo, en la Comuna de Paris (1871) por primera vez la clase trabajadora construyó un Estado propio, cuando los obreros se hicieron dueños de la ciudad quedándose con las armas y formando un gobierno basado en cuerpos de delegados que tomó una serie de medidas revolucionarias. Lenin, en El Estado y la Revolución, explicaba -tomando los escritos de Marx y Engels- cómo funcionaba la Comuna:

«1) no sólo elección, sino revocación del mandato en cualquier momento; 2) un sueldo que no exceda el salario de un obrero; 3) implantación inmediata de un sistema en el que todos desempeñen funciones de control y de inspección, de manera que todos se conviertan en "burócrata por un tiempo" y que por lo tanto nadie pueda convertirse en "burócrata"».

Cuando las y los marxistas revolucionarios decimos “disolución de Carabineros y la PDI” nos apoyamos en esta tradición. La Comuna cuando hizo “que todos desempeñen funciones de control y de inspección” apuntó a disolver los “cuerpos especiales” como la policía que en el capitalismo “controla e inspecciona”. “La sustitución del ejército permanente por el pueblo armado”: ese el programa bolchevique como explicaba Trotsky en La revolución traicionada. Quien no dice “disolución de la policía” con experiencias de la lucha de clases como las que hemos tenido en Chile o Estados Unidos y se limita a proponer protocolos y reformas, renuncia a que los trabajadores puedan gobernar.

Que en el corazón del imperio, en los Estados Unidos de Trump, haya surgido una identificación masiva con el socialismo en la juventud -vaga, por lo demás, pero no por eso menos auspiciosa-, y que en ese mismo país amplias franjas de la juventud hayan planteado la consigna “desfinanciar, desarmar y abolir la policía”, son hechos que las y los revolucionarios internacionalistas necesitamos tener a la vista. El desvío que significa el actual gobierno de Biden, no anula esta experiencia. Es en este contexto internacional y teniendo en cuenta las experiencias en Chile, que tomamos la consigna de “disolución” de la policía para empezar a sembrar la idea de que los trabajadores pueden constituir su propio Estado. Decimos “ni un peso más para los pacos” porque la disolución es imposible si el aparato policial continúa contando con recursos materiales. A nuestro modo de ver si esas consignas son tomadas masivamente, la relación de fuerzas avanzaría a favor de la clase trabajadora.

Para terminar, podemos hacer una analogía con la discusión que hacía Trotsky en Adónde va Francia, sobre la consigna de milicia obrera -correlativa a la consigna de “disolución”. Un periódico estalinista defendía la idea de que es “…inadmisible lanzar una consigna que no es oportuna más que en “plena crisis revolucionaria”” ¿Cómo respondía Trotsky?:

«(...) ¿Los estrategas de L´Humanité piensan que “en plena crisis revolucionaria” podrán movilizar y armar al proletariado sin preparación? Para conseguir muchas armas hace falta tener al menos algunas (…) Hace falta un trabajo preparatorio ininterrumpido, no sólo en las salas de gimnasia, sino indisolublemente ligado a la lucha cotidiana de las masas. Esto quiere decir: hace falta construir de inmediato la milicia y, al mismo tiempo, realizar la propaganda en favor del armamento.»

Con la misma lógica, podemos decir que necesitamos aprovechar cada lucha cotidiana contra la represión policial, por el castigo a los represores y la libertad de los presos políticos para la preparación política de la disolución efectiva de la policía. En esas luchas hay que pelear por el frente único de la clase trabajadora y alianzas con sectores populares para contar con la fuerza social que permita ganar, pues si son cada vez más sectores de trabajadores y sectores populares los que se movilizan contra la represión y la lucha se masifica e incrementa sus objetivos, la consigna de disolución encontrará las vías concretas de su realización. Si en el presente, franjas de masas o de vanguardia se imaginan que la “disolución” será un acto jurídico de la Convención Constitucional o la imaginan como “liberar zonas”; los militantes revolucionarios no actuaremos desde fuera de su experiencia: al revés, tomando el hecho de que es un importante avance que se hable de “disolución”, tenemos que explicar pacientemente que aquélla será posible sólo a través de los métodos revolucionarios de la lucha de clases, y que debe ir acompañada de la formación de milicias u organismos de autodefensa propios de la clase trabajadora, que sean la base de un nuevo Estado basado en la autoorganización. En esto consiste la política socialista ante la policía. En lugares como Chile, donde la represión policial ha estado en el centro de las controversias políticas, al mismo tiempo que pelear por la liberación de los presos políticos y las leyes represivas, no callarnos la boca con este objetivo, es parte de una política revolucionaria para el presente.

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Juan Valenzuela

Profesor de filosofía. Dirigente del Partido de Trabajadores Revolucionarios.
Santiago de Chile

Diego Lobos

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