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Red Internacional

El SIMCE viene siendo duramente cuestionado hace años como principal medidor de la calidad en la educación ¿Qué está midiendo realmente esta evaluación?

Álvaro Pérez Jorquera Profesor de Historia y Geografía, historiador y músico

Viernes 5 de mayo de 2017 | 16:35

Educar es un proceso complejo que va mucho más allá de la simple reproducción y transmisión del conocimiento. De la misma manera que es clave la preparación para adecuarse a diferentes formas de aprendizaje, y por ende, mayor éxito en el proceso de educar, también lo es la constatación de este proceso. Así, la evaluación cumple un importante papel a la hora de indicar cómo va este proceso y ayuda a identificar debilidades específicas en las salas de clases que podemos ir revirtiendo a la hora de educar.

Durante siglos, la educación no superó los límites de la instrucción básica, la entrega de un conocimiento básico necesario para desenvolverse en una sociedad cada vez más modernizada. Así, las formas de evaluación se adecuaban a este propósito, enfocándose preferentemente en la capacidad de memorizar y aplicar lo aprendido, es decir, asimilación y reproducción del conocimiento.

Sin embargo, educar implica apropiarse del conocimiento, no sólo asimilarlo para su posterior reproducción, por lo que involucra también analizarlo, criticarlo, ponerlo a prueba, como única manera de que el conocimiento no se estanque transformándose en dogma. Y es acá dónde es posible diversificar la forma de evaluar para poner a prueba otras capacidades en relación al conocimiento.

¿Dónde entra el SIMCE? Claramente el grueso de su contenido es la capacidad de memorización y aplicación del conocimiento, de manera que aquello que se está evaluando no sobrepasa la simple instrucción, influyendo a su vez en el proceso educativo centrándolo en asimilar y reproducir.

¿Cómo influye en el proceso educativo? El SIMCE no es realizado como un simple medidor con el objetivo de constatar un estado de la cuestión, a modo de foto de la educación. Actualmente las subvenciones y respaldos de la Agencia de la Calidad de la Educación se fijan en los resultados SIMCE, afectando directamente el futuro del establecimiento si este no obtiene buenos resultados en la prueba.

De este modo se ejerce presión sobre profesores y estudiantes que ven peligrar su unidad educativa. Ante esta posibilidad ¿Cómo no centrar una clase en estos contenidos si tu fuente laboral depende de ello? Así el SIMCE termina imponiéndose como regla, y la educación que genera estas herramientas para guiarse se transforma en un gigantesco aparato que existe para responder bien al SIMCE.

Los contenidos a evaluar en el SIMCE, no son resultado de lo que pasa en las salas de clase, ni siquiera se consulta a la labor docente para establecerlos. En Chile lo establecen "expertos", ingenieros que tienen su foco en el mercado, en la economía. Por tanto, la calidad que se busca es en verdad la búsqueda por que la educación responda más fielmente a las necesidades de los empresarios, no sólo de la educación, sino de los empresarios de conjunto desde las actividades extractivas hasta los servicios.

Es por eso que la problemática del SIMCE no se puede reducir a la herramienta de evaluación por sí misma, se trata de crear las condiciones para que la educación se pueda desarrollar como el proceso complejo que es. Significa terminar con los privados en educación, las subvenciones y que las escuelas pasen al estado con financiamiento permanente, para que el desarrollo de la educación no sea limitado por la inestabilidad monetaria. Significa terminar con el autoritarismo en todos los niveles de la educación, el de los sostenedores y los expertos de los gobiernos de turno, para que se democraticen las decisiones y por esa vía, los contenidos.

Es necesario acabar con la evaluación punitiva e impositiva, acabar con la inestabilidad del financiamiento y el autoritarismo. En suma, acabar con la educación de mercado.

En este sentido, los profesores aún deben dar una lucha, partiendo por el propio Colegio de Profesores, y en conjunto con los estudiantes y apoderados, por instaurar Consejos Escolares Resolutivos, donde los estamentos de las unidades educativas decidan todos los ámbitos de gestión administrativa y pedagógica terminando de facto con el autoritarismo.

Así mismo, luchar por la vuelta de todos los colegios al estado con financiamiento permanente, para que estos puedan desarrollarse; y por una Comisión Nacional de Currículum y Evaluación, sin expertos de los gobiernos de turno, resolutiva y retroalimentada a partir de los Consejos Escolares, que termine con las evaluaciones punitivas y plantee un currículum en base a las necesidades de las unidades educativas y no las de los empresarios y el mercado.

De este modo, se podrá tomar lo mejor de las experiencias históricas del profesorado como las Escuelas Obreras impulsadas por la Asociación General de Profesores de Chile (AGP) y la Federación Obrera de Chile (FOCH) en los años 20’ y el proyecto de Escuela Nacional Unificada (ENU), impulsado por el Sindicato Único de Trabajadores de la Educación (SUTE) y la Central Única de Trabajadores (CUT) en los 70’.




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