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Tecnología, ecología y materialidad de lo digital

Entrevista: Jussi Parrika

TECNOLOGÍA

Tecnología, ecología y materialidad de lo digital

Javier Occhiuzzi

Jussi Parikka es profesor de Cultura Tecnológica y Estética en la Facultad de Arte de Winchester, Universidad de Southampton en Inglaterra. También es profesor visitante en la Escuela de Cine y Televisión de la Academia de Artes Escénicas en Praga, donde lidera el proyecto Imágenes Operacionales y Cultura Visual. Su trabajo aborda un amplio rango de temáticas que contribuyen a un entendimiento crítico de la cultura en red, la estética y la arqueología mediática de la sociedad contemporánea, así como de la política e historia de los nuevos medios.

En el semanario Ideas de Izquierda reseñamos su último trabajo, Una geología de los medios (Caja Negra 2021) que podemos entenderlo cómo un intento de buscar una tercer vía entre las posiciones del romanticismo antitecnológico que piensa que podemos volver a un origen técnico analógico renegando del mundo digital y el idealismo del Sillicon Valley o tecnooptimismo que considera que solo con el desarrollo de nuevas tecnologías la humanidad podrá llegar a un estadio superior. Ecología, geología y explotación de los recursos humanos y naturales son algunos de los principales tópicos de su trabajo. Partiendo de estas ideas, entrevisté al autor, quien amablemente respondió estas preguntas.

En tu Libro Una geología de los medios proponés un tipo de enfoque alternativo para pensar la relación de los humanos con el planeta. Definís tu libro como “eco-geo-biopolítico”.¿Cómo sería eso? ¿Los tres conceptos tienen el mismo peso? o ¿Lo pensás como una sola unidad?

Es un término que suena bastante híbrido, ¿verdad? Probablemente suene grandilocuente, pero pretende guiarnos a pensar “qué es la teoría de los medios de comunicación y la cultura digital en la era de este particular cambio en el modo de fluir de la energía y la materia”. Que los asuntos ecológicos se relacionan con términos geológicos particulares (como “Holoceno” y “Antropoceno” en los debates estratigráficos) y con medidas biopolíticas particulares de gestión de poblaciones humanas y no humanas. El cambio climático y la crisis de la biodiversidad son un contexto para considerar cómo entendemos las mediaciones, y cómo nuestro trabajo en las humanidades también forma parte de este cambio planetario más amplio. Así que los tres términos deben considerarse interconectados, de forma similar a como los pioneros de las teorías de la biosfera, como Vladimir Vernadsky, articularon su forma de decir que los patrones vivos y no vivos son codeterminados. Ahora estoy trabajando en un nuevo libro con Abelardo Gil-Fournier en el que Vernadsky es uno de los principales puntos de referencia, pero ya en Geología de los Medios me interesaba este contexto más amplio de materia y energía que define lo que vemos relacionado con la tecnología, los residuos, el uso y el desuso.

¿Cuál consideras vos que es la mayor o más inminente amenaza ambiental que afecta el planeta? Y en ese sentido, se puede pensar una alternativa de desarrollo tecnológico sostenible.

¿Soy demasiado previsible cuando digo capitalismo y propiedad privada? El tipo de cerramientos que construyen una destrucción a escala planetaria de las ecologías materiales y mentales y que nos encierran en vías particulares de sufrimiento ecológico. Estoy aquí, por supuesto, ironizando con Félix Guattari, pero también con muchos otros que han desarrollado significativamente la idea de los bloques de construcción necesarios de futuros tecnológicos alternativos. Para mí, la clave es que la crítica de las tecnologías contemporáneas, como la IA y el aprendizaje automático o el big data, debe definirse en relación con sus contextos capitalistas y corporativos. Algunas teorías críticas parecen insinuar que estamos destinados a vivir sin conexión y sin contextos digitales, pero yo diría más bien que cultivemos versiones ecosocialistas radicales sobre cómo los datos y el aprendizaje automático pueden formar parte del futuro racional de la sostenibilidad a escala planetaria. No nos encerremos ni en lo local ni en lo global como perspectiva, sino que exijamos esas soluciones escalables que no reproduzcan la lógica violenta de las plantaciones, ni de ningún otro sistema de eliminación de la diferencia. Sin embargo, las meras respuestas localistas tampoco son suficientes ya que pueden conducir a todo tipo de formas de ecofascismo. Así que mi pregunta e interés es ¿qué es el internacionalismo en la era de esta catástrofe climática? ¿Qué infraestructuras necesitamos para este internacionalismo?

Ahora dirijo un nuevo proyecto en Aarhus sobre “datos ambientales críticos”. Aunque no llegaremos a una solución para los daños climáticos a escala planetaria, nos interesan mucho las cuestiones en las que los datos ayudan a pensar en las escalas entre los números, la abstracción y las ubicaciones materiales, incluidas las políticas materiales de todo tipo de formas híbridas complejas que definen nuestro momento contemporáneo.

En tu libro hablás de pensar el tiempo desde una unidad de medida no antropocéntrica, desarrollas el concepto de tiempo profundo, en ese sentido y teniendo en cuenta la definición de la primera pregunta, ¿cómo o a partir de qué sistema político pensás este otro concepto de tiempo?

Me baso en los trabajos anteriores sobre los tiempos profundos, tanto en el sentido más científico (¡el tiempo terrestre!) como en lo que Siegfried Zielinski había hecho también en los estudios sobre los medios de comunicación. Para mí, se convierte en una forma radical de pensar más allá de la historia sin olvidar la historia. Se convierte en una forma de integrar a los no humanos en un contexto de investigación de las humanidades, en una teoría de posthumanidades críticas que sigue teniendo un interés particular en la política contemporánea. En este caso, los tiempos profundos son el tiempo de los movimientos de la tierra, del cambio climático, de otras abstracciones que no están necesariamente presentes solo en el aquí y ahora. En otras palabras, la experiencia no puede ser nuestra única categoría que nos lleve a la acción política. La experiencia puede ser nuestro callejón sin salida, al menos en ciertos sentidos. Tenemos que ser capaces de orientarnos también en abstracciones que tienen un peso particular como sabemos por la realidad estadística calculada del clima. Esto se convierte también en un mandato para todas las demás acciones, como por ejemplo el diseño y los estudios de diseño, la arquitectura y el paisaje, que son algunos de mis intereses en mi trabajo actual.

A lo largo del libro se plantea una relación muy profunda entre lo geopolítico y lo biológico a partir de la demanda de los nuevos minerales de la era digital. En una época de montaje mundial. En donde China compra chatarra electrónica para acceder a determinados minerales y competir tecnológicamente, ¿cómo pensar que pueden afectar la guerras y las sanciones económicas que viene habiendo, para el desarrollo técnico de los microchips a escala mundial? en la relación Oriente-Occidente.

Hay una cita en el libro, de Gravity’s Rainbow de Pynchon, que me gusta: “Esta guerra nunca fue política en absoluto, la política era todo teatro, todo para mantener a la gente distraída [...] secretamente, estaba siendo dictada en cambio por las necesidades de la tecnología. [...] Las verdaderas crisis eran de asignación y prioridad, no entre las empresas –solo se escenificó para que pareciera así– sino entre las diferentes tecnologías, plásticos, electrónica, aviones, y sus necesidades que solo entiende la élite gobernante”.

Así que juzgar las guerras también en términos de la cuestión más amplia de los materiales y la producción, de la asignación y las infraestructuras añade otra capa para evaluar los horrores de la guerra que estamos presenciando también ahora debido a la agresión rusa. En otras palabras, la historia del petróleo y los minerales, de todo tipo de producción material que también se va a intensificar a medida que se intensifique el cambio climático y otras crisis ambientales planetarias. La dependencia europea del gas y el petróleo rusos es una cara de esto, y una cara que expone no solo el preocupante contexto de la guerra y la seguridad, sino también la preocupante falta de preparación para el cambio climático (incluyendo el cambio radical de la dependencia de los combustibles fósiles). Este acceso a los recursos, el control de los recursos, y no menos los componentes tecnológicos como los microchips serán una condición clave para todo tipo de conflictos, y “operaciones distintas de la guerra”. También tenemos que ver el conflicto en estos términos ampliados que se relacionan con los recursos, el medio ambiente, la destrucción del medio ambiente.

En tu libro señalás y denunciás varias de las prácticas industriales de explotación de la tierra que están afectando al medio ambiente y a la humanidad: hablas del fracking como una “hipérbole capitalista que va más allá de los límites”, señalás que los dispositivos de Apple explotan trabajo infantil en las minas del Congo, o que las fábricas Foxconn de China tienen condiciones de trabajo tan deplorables que empujan al suicidio a muchos de sus trabajadores. En ese sentido ¿cómo pensás que se pueden articular estas denuncias con los diferentes temas que fuimos charlando a lo largo de la entrevista?

Algunos de estos ejemplos se convirtieron en los temas recurrentes de las teorías críticas de la tecnología, de la IA y de las culturas de los datos durante la última década. Aparecen en trabajos teóricos como el mío, pero también en muchos otros. En cierto modo, esto definió para mí la agenda de los estudios de los medios de comunicación para las posthumanidades críticas: mapear qué formas de lo humano, de rechazar la humanidad de algunos, e intensificar la explotación de muchos a lo largo de las líneas racializadas familiares de los cientos de años de opresión colonial.

Si bien algunos de estos ejemplos son los más conocidos, ¿qué otras cosas forman parte de la lista de las antropociencias que definen las condiciones laborales, la pobreza estructural, las políticas neofascistas, los etnonacionalismos y las guerras y agresiones flagrantes de nuestro tiempo? ¿Cuál es el formato del trabajo académico –desde la metodología a la innovación teórica pasando por los nuevos conceptos y escarbando en los viejos– que puede hacer malabares con tantas pelotas al mismo tiempo? No necesitamos super teorías (ni teóricos superestrella) pero sí esta flexibilidad multiescalar: de la violencia lenta a la violencia rápida y aguda, la destrucción medioambiental leída en términos de cuestiones laborales y de propiedad, la economía política y la ecología política, la estética digital como visión del cambio cultural.

Como se ha dicho, ninguna teoría resuelve esto, pero tenemos que cultivar esas comunidades teóricas más amplias, creativas, pero también orientadas a la política, que puedan reunir muchos de estos aspectos. Mi propio enfoque va en dos direcciones: metodológicamente, en algunos aspectos el trabajo académico y los contextos organizativos se encuentran. Por ejemplo, la reciente y todavía continuada exposición en Atenas, Weather Engines, coproducida por Daphne Dragona, fue este tipo de ángulo para ampliar la investigación con un fuerte contexto de público. En segundo lugar, me gusta el tema de los datos medioambientales que he mencionado de pasada. Aquí trabajo con un tema realmente maravilloso interesado en cuestiones de datos, infraestructura, paisaje y materialidad geográfica, y cómo los números (datos) se leen en términos de materialidad (espesores ambientales, profundidades, pero también superficies).


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Javier Occhiuzzi

Nacido en Bs. As. en 1983. Es Licenciado en Filosofía y miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Es profesor en varios I.S.F.D y de distintas escuelas secundarias en la Provincia de Bs. As. Autor de múltiples artículos que abordan aspectos tanto teóricos como políticos en relación a la Filosofía y la Inteligencia Artificial.
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